miércoles, 11 de enero de 2023

Prisas

 



Prisas. Vivimos en la sociedad de las prisas. Nos arrastramos hasta el borde de la cama con la sensación de que ya vamos tarde, cinco minutos más se convierten en un cuarto de hora, apuramos el desayuno, intentamos que se levanten ya, amenazamos con privaciones imposibles repitiendo una y otra vez que ya es tarde, que llegamos tarde, que así no da tiempo a nada. 

Y el día no mejora. En la carretera, por las aceras, en la cola del supermercado... el lenguaje corporal, y a veces el lenguaje verbal nos indican siempre que hay prisa, que si el límite son 70 km debes ir a 80, que las aceras son para ir lo más rápido posible del bar a la panadería y embolsar la cesta de la compra se convierte en una competición con el cliente siguiente mirando el reloj y la persona de la caja pasando los productos a la mayor velocidad posible.

Y llegamos justos a recoger a la niña del comedor; y el niño tiene clase por la tarde; y ya me paso yo por la frutería; date prisa que a las seis se pasa el fontanero... 

Todo lo hacemos con prisas, incluso parece que tengamos prisa para consumir el ocio, para acabar los capítulos de la serie de moda o para entrenar, para ir al gimnasio o en nuestra clase de yoga. Y así llegamos a la mitad de la semana pensando que no hemos hecho casi nada, salvo ir con prisas de un lado a otro, y al llegar el fin de semana somos incapaces de desconectar, como si la inercia nos arrastrase y surgen las prisas para ir al cine o para salir a caminar por el monte. Incluso a veces parece que tenemos prisa para apurar las tardes de relax viendo llover.

Podría seguir contando historias sobre la vida acelerada que llevamos pero lo siento mucho, tengo que marcharme, me pilláis con un poco de prisa...




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