Para disimular su nerviosismo, Ripley contemplaba las estrellas a través de la gran cúpula de cristal que coronaba la sala de reuniones. Como cada año, habían sido las primeras en llegar y a medida que el recinto se llenaba ella iba desplazándose hacia un rincón, participando lo menos posible en las conversaciones que de manera esporádica iban surgiendo y evitando el típico correteo de aquí para allá al que solían dedicarse las muchachas de su edad en la fiesta anual. No recordaba si siempre había sido así, pero desde hacía unos años el día de la fiesta anual era siempre igual. Las mismas conversaciones, los mismos gestos y las mismas miradas furtivas. A veces tenía la impresión de que era la única persona que se percataba de la inevitable repetición de las cosas. Al fin y al cabo, aquella gente no tenía nada nuevo que contarse. Llevaban muchos años viviendo en el mismo lugar y haciendo lo mismo, por eso a Ripley no dejaba de sorprenderle el entusiasmo con el que cada año se saludaban y se abrazaban los adultos, las animadas conversaciones que surgían entre ellos al tiempo que los más jóvenes parecían disfrutar explorando un espacio que tenían más que explorado. Dentro de unas horas todo acabaría, cada uno volvería a su lugar y hasta dentro de un año no volverían a verse, aunque para la mayoría sería como si solo hubiera pasado un día.
Y aún así, Ripley estaba nerviosa.
No esperaba que las cosas fuesen distintas esta vez. Tenía casi la certeza de que la fiesta sería igual a la fiesta del año pasado, y del anterior, y del otro. No recordaba cuando había comenzado a sentirse interesada por aquel chico, ni siquiera sabía en que momento había notado su presencia. Era evidente que siempre había estado allí, al igual que el resto de participantes en la fiesta, pero en los últimos años casi lo único que le interesaba de aquella reunión anual era saber que tarde o temprano acabaría viendo a aquel muchacho de ojos melosos y sonrisa dulce. Y si ahora estaba nerviosa y mirando hacia el exterior era porque en la fiesta del año pasado, por un instante, sus miradas se cruzaron y tuvo la certeza de que también el sentía cierto interés por ella.
Una tenue luz anaranjada en un extremo de la gran sala indicaba que ya no faltaba nadie por llegar. Poco a poco el techo abovedado comenzó a teñirse de distintos colores hasta que se convirtió en un perfecto cielo azul de primavera en el que comenzaba a vislumbrarse un sol naciente. El día de la fiesta anual había comenzado. Todo lo que quisieran decirse tendrían que hacerlo mientras durase aquella jornada, al finalizar tendrían que retirarse y no volverían a verse hasta el próximo año. Ripley buscaba a aquel muchacho entre la multitud, necesitaba confirmar si también él se había fijado en ella, si sus sentimientos tenían alguna posibilidad de ser mutuos y aquel muchacho tendría la misma curiosidad que ella, las mismas mariposas en el estómago cuando se veían, el mismo interés en conocerla que ella tenía en conocerlo a él.
Sus hermanas seguían correteando entre la gente como niñas recién salidas de la escuela. Al acabar la reunión, ya de retirada hacia su Zona, siempre le decían que no habían tenido tiempo suficiente para saludar a todas las personas que deseaban saludar. No entendían como ella podía quedarse tanto tiempo en el mismo lugar y sin apenas hablar con nadie ni hacer otra cosa que mirar al exterior por los grandes ventanales. Ripley se limitaba a sonreír y les decía que no encontraba ningún aliciente en pasar todo el día hablando con personas que no tendían nada distinto que contar, forzando conversaciones que se tornaban repetitivas e insulsas. Al fin y al cabo, la mayoría de los que asistían a la fiesta anual había tenido las mismas experiencias durante el último año. Solamente las personas escogidas para las labores de organización y mantenimiento tenían la posibilidad de hacer cosas distintas y mantener relaciones personales un poco más cercanas. El resto debían contentarse con regresar a su Zona de Residencia y aguardar a la próxima Fiesta Anual. Ripley, al igual que sus hermanas, sabía que algún año le tocaría a ella encargarse de esas tareas. La Supervisora Jefa Cairme la nombraría después del discurso y al final de la reunión tendría que quedarse para recibir las oportunas instrucciones. Pero teniendo en cuenta su edad y el lento transcurrir del tiempo al que estaban sometidas aún tardaría muchos años en suceder.
Aún faltaban unas horas para el discurso y la Gran sala se había convertido en una fiesta. Unas inmensas pantallas situadas a tres o cuatro metros de altura mostraban el avance realizado el último año. Casi nadie prestaba atención ya a estas pantallas. Todo el mundo sabía que si había alguna novedad que les afectase la Supervisora Jefa Cairme hablaría del tema. Ripley recordaba los primeros años, cuando se formaban grandes aglomeraciones para consultar en las pantallas si se había alcanzado el objetivo y podían romper con la monotonía temporal en la que se había instalado la sociedad. Con el paso de los años la desesperanza se había instalado en el grupo. Casi nadie era optimista y la mayoría habían asumido que lo mejor era disfrutar del momento y aprovechar aquella reunión para hacer con otras personas todas aquellas cosas que a lo largo del año no podían hacer. Charlar, bailar, disfrutar de una buena comida, practicar algún deporte o entretenerse con algún juego de mesa. Alrededor de la Gran Sala existían espacios destinados a estas actividades, y poco a poco los grupos de personas iban desplazándose según sus preferencias. Ripley nunca hacía nada especial. Pasaba el día observando a los demás, atenta a las dinámicas que se establecían entre los distintos grupos. Le hubiera gustado ser más activa, aprovechar hasta el último minuto de aquel día para sentirse viva, para explorar, para probar cosas nuevas. No era su carácter. El entusiasmo no estaba en su genética. Y sin embargo aquel chico había conseguido despertar en ella algo parecido al deseo. Tenía ganas de volver a verlo, quería acercarse a él y hablarle. Quería saber de él.
Pero el muchacho no aparecía. No era fácil encontrarlo entre la multitud, pero Ripley tenía la esperanza de que volvería a pasar por donde había pasado otras veces. Todos solían hacer más o menos lo mismo año tras año, y por eso ella se había quedado sin moverse desde que había llegado a la gran sala y tenía la intención de quedarse allí plantada todo el tiempo que fuese necesario.
La Supervisora Jefa Cairme estaba explicando los avances que habían realizado en los últimos meses. A los pocos minutos de comenzar el discurso anual, Ripley había desconectado y ahora solamente recibía algunas frases sueltas. Los recursos se mantenían estables y no se preveían cambios en los próximos años. Si todo seguía así, decía Cairne, la siguiente reunión podría durar más de un día. Nadie creía que esto pudiera ser cierto, por lo menos no a corto plazo. Las normas eran muy claras al respecto y no admitían ningún tipo de variación. Por lo menos no hasta que hubiesen transcurrido dieciocho años. Pero aún así las palabras de la Supervisora Jefa, habían provocado entre el público un pequeño alboroto que sacó a Ripley de su ensimismamiento. Y entonces lo vio.
El muchacho estaba casi a su lado, comentando con un grupo de Organizadores las últimas palabras de la Supervisora Jefa Cairme. Ripley sintió que el corazón le daba un vuelco cuando el muchacho la saludó con la cabeza mientras le hacía un gesto para que se acercase. Su alegría, sin embargo, se desvaneció cuando al aproximarse descubrió que en su brazo derecho lucía orgulloso el distintivo que lo señalaba como uno de los Organizadores durante el próximo ciclo.
Durante los próximos tres años, aquel muchacho no regresaría con el resto del grupo a las zonas de residencia. Ripley sabía que la edad no sería un problema, pero también era consciente de que las mayoría de las parejas que terminaban formalizando su relación se conocían durante el periodo de organización. En algún lugar de su corazón había nacido la idea de que les tocaría al mismo tiempo realizar sus Períodos de Organización y Mantenimiento. Ahora sabía que de momento esto no ocurriría. Como la mayoría de las personas de aquella reunión, solamente disponían de lo que quedaba del día para contarse lo que quisieran contarse.
No te preocupes, -le dijo a modo de despedida. -El año próximo yo te encontraré a ti.

No hay comentarios:
Publicar un comentario