Cosquilleo.
Me pasa a veces que cuando acabo una novela siento un extraño cosquilleo entre los hombros y el cuello. Cierro la última página alegre, satisfecho, y suelo quedarme unos minutos pensando en lo que me acaban de contar, en la historia, en el ambiente, en lo que habrán hecho los personajes después de la novela. Pienso que la literatura también consiste en vivir otras vidas y en estar en otros lugares, en ampliar nuestra experiencia. Supongo que por eso nos sentimos bien cuando las novelas acaban bien para los personajes y nos quedamos algo apagados cuando se trata de tragedias y sinsabores.
De Jonathan Coe había leído ya un par de novelas. A casa do sono (NovoVinilo Edicións), fue una recomendación de Chus (Libraría Pedreira), y como suele acontecer acertó. Después leí La lluvia antes de caer, y en mi cuaderno de lecturas le di un 5 sobre 5 “porque hai un apartado, case ao final, no que me sentín igual que ao rematar El nombre de la rosa, e iso non é fácil”.
En Expo 58 Jonathan Coe consigue tocar fibras sentimentales que nada tienen que ver con la historia que narra. No necesitamos estar familiarizados con la época de la Exposición de Bruselas del año 1958 para notar un estremecimiento al final de la obra. La anécdota, la trama, es un pretexto para hablar de emociones que todos sentimos alguna vez. Se trata de la nostalgia de lo vivido, de los buenos tiempos, como recuerdan dos de los personajes cincuenta años después, aunque esto solamente lo sabemos en las últimas páginas del libro.
Desde el comienzo, un narrador en tercera persona va contándonos la historia de un modo sencillo y fluido, sin demasiadas pretensiones filosóficas o artísticas. Un enredo de amoríos y espías en los comienzos de la guerra fría contado de una manera simple y por veces humorística. Hay un claro guiño a los dos estrafalarios inspectores de los comics de Titín, aunque en este caso son los únicos que finalmente conocen todas las claves de la historia y mueven los hilos para que todo vaya sucediendo como tiene que suceder.
Coe conoce perfectamente el oficio de escritor. Sabe dosificar perfectamente los distintos ingredientes que nos hacer avanzar páginas y páginas preguntándonos que será lo que finalmente decida el protagonista. Intuimos que nada depende de él, que aunque lo desee no será capaz de cambiar su vida estable por un impulso, por una pasión. Y sin embargo podría haber sido. Eso lo sabemos al final, en un capítulo cargado de nostalgia y de emotividad en el que se da cuenta, de manera telegráfica, como fue la vida del protagonista en los siguientes cuarenta años. Una vida anodina y corriente, totalmente previsible, con sus alegrías y sus sinsabores. Sabemos que durante todos esos años habrá pensado muchas veces en la decisión no tomada, en la elección que hizo en su día. Y tal vez en alguna ocasión habrá pensado que las cosas habrían sido diferentes de haber tomado otro camino, pero de nada sirve querer volver al tiempo en el que hemos sido felices. Al final el verano se acaba, las luces se apagan y las personas deben volver al lugar que les corresponde.
Me ha picado la curiosidad, sobre todo esa referencia a Dupont et Dupond.
ResponderEliminarCreo que son un homenaje a Tintín. La Expo 58 fué en Bruselas y creo recordar que el autor de Tintín también es belga.
EliminarUn saludo Pascual!!