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martes, 11 de abril de 2023

El último viento (V)

 


Ángela aún no había tenido su primer enamoramiento cuando había empezado a escuchar aquella voz. Una voz dulce y muy sugerente que había estado presente en los momentos más importantes de su vida. Gracias a aquella voz se había reunido con los miembros de Acimut durante las Segundas Revueltas y había acabado liderando las negociaciones con los Limanos; había conspirado más tarde para lograr una coalición contra el Darwen y finalmente había obtenido el poder necesario para unificar todo el tercer cuadrante. Aquella voz había sido algunas veces una inspiración y otras una auténtica revelación, y durante sus largos años de gobierno, de lucha o de huidas siempre había estado presente de alguna manera.

Y su último mensaje había sido más claro que nunca. Debía encontrar al viejo Arwall Ortega, aquel Biociborg que lo había cambiado todo muchas décadas antes y al que ya nadie recordaba. Ella, que hacía años que estaba retirada de toda acción volvía a tener una misión que cumplir, y esa misión consistía en buscar a otro veterano en viejas batallas que llevaba una eternidad perdido y olvidado del mundo.

Y fue así como volvió a recurrir a sus antiguas amistades, movió algunos contactos y pidió el pago de viejas deudas con favores nuevo. Consiguió que las Buscadoras, a cambio de una importante suma, encontrasen para ella a Arwall. Y finalmente se encontraba a punto de despertar de su letargo intencionado a aquel héroe de otros tiempos, el mismo que había evitado la extinción de toda una raza, y no solo eso, sino que con el tiempo de había convertido en el líder de la revuelta y el defensor de un entendimiento universal entre diferentes formas de vida. Pues Arwall Ortega era reconocido como salvador no solamente por los humanos puros, sino también por los Biociborg, por los androides de última generación y por los desfasados ciborg que se habían librado de la rehabilitación neutra.

Una vez más, fue esa voz interior la que le indicó que no iba a necesitar más los servicios de las Buscadoras, aunque se quedó más tranquila al saber que su nave permanecería en órbita siete días más. Era el protocolo que tenían establecido para los casos en los que sus clientes llegaban a un planeta alejado de las rutas comerciales y de las bases coloniales. Los buscados no siempre querían ser encontrados, y su reputación se basaba también en la protección que ofrecían. No se trataba solamente de encontrar, sino que garantizaban que el buscador seguía vivo, por lo menos unos días después de llegar a sus destino.

Por eso para Ángela supuso un alivio saber que durante unos días tendría las espaldas cubiertas y una opción de huida activada. En el caso de que el asunto se complicase con Arwall siempre podía solicitar un desalojo inmediato, aunque algo le hacía confiar en que todo iba a salir bien. Aquel ser que ahora tenía delante de sus ojos no parecía ser una amenaza. Más bien daba la sensación de ser un ciborg viejo y obsoleto que no representaba ningún peligro sino que parecía necesitado de atención y cuidados urgentes. Se acercó sigilosamente, sin aspavientos y atenta a cualquier reacción por parte de aquel ser Y no pudo evitar dar un salto hacia atrás cuando Arwall Ortega abrió los ojos, se puso en pie y mirando directamente el rostro de la mujer le dio la bienvenida.

- Te he estado esperando, Ángela. Los tiempos de los viejos bardos de las pretéritas edades han llegado. Hoy, las vaguedades y las incertidumbres llegarán a su fin.


jueves, 23 de marzo de 2023

El último viento (IV). Arvall Ortega o las quejas del narrador (o narradora)

 


Después de los acontecimientos que se explicarán más adelante, bien como recuerdos que Arvall le cuenta a alguien o el mismo rememora, bien como una historia que otra persona va narrando, Arvall Ortega pierde importancia en la historia no narrada de este relato (esa que solamente conoce o imagina el autor y que le sirve para enmarcar la historia) y permanece durante mucho tiempo perdido en algún remoto lugar.

Obviamente, será a ese lugar al que tenga que encaminar los pasos el otro personaje con el que comienza esta historia, pues lo que ustedes esperaran, y para lo que yo me estoy preparando en este capítulo, es para contar como Ángela encuentra a Arvall, y los motivos que hacen necesario este encuentro.

Pero sin embargo me faltan datos. Como ustedes se imaginan, yo soy simplemente la voz narradora, y es el autor el que ahora mismo está pensando en los acontecimientos que quiere contar. Yo, debo confesarlo, soy buena narrando, pero por desgracia los narradores no solemos escoger a nuestros autores, y se ve que a mi, en este libro, me ha tocado un autor que no sabe a donde va.

Hace dos capítulos se mostraba muy seguro y, digámoslo claro, un poco impertinente al sentenciar con cierto aire de dictadorzuelo que yo narraría lo que a el le diese la gana. Ese lapidario “el narrador narrará lo que yo quiera que narre”, además de ser ofensivo para mi función en este negocio, resultó ser un poco “mear fuera del tiesto”, como vulgarmente se dice. Han pasado los días y el autor, por motivos personales y de conciliación de la vida familiar y laboral, no ha tenido aún tiempo de determinar ni el qué, ni el cómo ni el porqué, y como narrador no puedo más que expresar mi más rotunda queja ante esta dejadez de funciones por parte del autor.

Es más, su ignorancia sobre hacia donde va a dirigir esta ¿novela?, ¿libro?, ¿novela corta?, ¿relato?... da igual. Su ignorancia, como decía, es tal que ni siquiera sabe que no soy un narrador, sino una narradora. Y por mucho que con su actitud autosuficiente y sobrada pretenda atribuirse todo el mérito de lo que pasa y de lo que va a pasar, desde este preciso momento declaro que voy a intervenir directamente en la trama y que lo haré como a mi me parezca. Y no descarten que con mis intervenciones modifique la trama o provoque giros inesperados en el argumento que, por otro lado, parece condenado al más absoluto fracaso.

Dicho esto, y para que conste en acta, Arvall Ortega había decidido por propia voluntad desvanecerse de los acontecimientos del mundo y buscar refugio en un lugar apartado y solitario. Las últimas décadas las había pasado en un estado forzado de semiconsciencia, desconectado totalmente del mundo exterior y manteniendo solamente los procesos básicos que le permitiesen mantener su cuerpo en un nivel óptimo de funcionamiento. De este modo, perdido en lo más recóndito de un recóndito planeta, sin mantener ningún tipo de contacto con nadie, acabó convirtiéndose en un recuerdo, una vieja historia que unos pocos seguían contando y que hablaba del segundo regreso del salvador, del deseado. Hasta que los que le habían conocido y tratado fueron también muriendo y de Arvall Ortega no quedó ni siquiera el recuerdo.



jueves, 16 de marzo de 2023

El último viento (III)

 


La llegada de las Buscadoras arrancó a Ángela de sus ensoñaciones. Aunque la entrada en aquel puerto no era de las más complicadas, el buque tuvo que realizar varias maniobras de aproximación antes de situarse en la vertical de la dársena. Todo estaba organizado desde hacía mucho tiempo. La ruta había sido trazada de forma tan precisa que casi sabían en que lugar tendrían que estar en cada minuto del viaje. Y sin embargo, las Buscadoras llegaban con retraso.

Ángela sabía que sería totalmente inútil mencionar este hecho. Las Buscadoras nunca daban explicaciones. Era uno de los puntos que siempre aparecían en sus contratos. Buscaban y encontraban todo lo que pudiese ser encontrado, ya fuese un ser vivo, un objeto o algún tipo de energía o de fuerza neutra. Las Buscadoras se tomaban su tiempo para analizar la propuesta que recibían y hacían sus propias averiguaciones antes de comprometerse, pero una vez que se comprometían el cliente podía tener la certeza de que cumplirían su parte del negocio.

Ángela lo sabía, y por eso no le importó tener que esperar una estación entera en aquella ciudad antes de recibir la respuesta. Podía haber recurrido a sus contactos, pero necesitaba discreción. Lo que se proponía hacer no era ilegal, pero tampoco podía considerarse como algo totalmente lícito, y no quería comprometer a nadie en aquella empresa. Y si de algo estaba segura era del silencio que guardarían las Buscadoras. El hecho de que el punto de encuentro fuese en aquella remota dársena era una prueba de que aquellas personas tenían muy claro que la discreción era un valor añadido a los trabajos que ofrecían.

Una mujer abrió la escotilla de embarque y con un gesto seco y áspero invitó a Ángela a subir al buque. Tal y como le indicaran, viajaría ligera de equipaje y sin ningún tipo de arma, aunque Ángela había conseguido que le permitiesen llevar con ella su bastón, con el pretexto de que sus ya largos años hacían que necesitase un apoyo para caminar. Por eso, cuando la mujer vio que subía de un salto y sin ningún tipo de ayuda esbozó una media sonrisa que a Ángela no le pasó desapercibida. Tuvo la certeza de que aquellas personas sabían perfectamente quien era y que si habían aceptado el trabajo era porque habían valorado los pros y los contras y tendrían algún plan B para el caso de que algo se torciese. Imaginó que serían mujeres acostumbradas a este tipo de asuntos y con muchos recursos, y tenía ganas de compartir experiencias con ellas.

Lo que no imaginaba es que pasaría los siguientes cuatro días sin ver a nadie. Sabía que alguien tenía que acompañar a la mujer que la recibió cuando embarcó, pero desde aquel día no había visto a nadie, y comenzó a pensar que tal vez las Buscadoras ya habían encontrado lo que les había encomendado y su presencia en aquel buque se limitaría a ser una pasajera a la que llevan de un lugar a otro.

Al quinto día llegaron a su destino. Y no hizo falta que nadie se lo dijese. No podía haber imaginado que después de tantos años volvería de nuevo a punto de salida. 



martes, 14 de marzo de 2023

El último viento (II)

 




Para Arvall Ortega la vida había sido una inmensa montaña rusa, y no quiero que se pongan ustedes estupendos pensando que el narrador está de algún modo bromeando con la procedencia del bueno de Arvall. El narrador, obviamente, narrará lo que yo quiera que narre, que para eso soy el autor (según mi editora) el escritor (para uno de esos intelectuales en busca de subvenciones) el creador de contenido (como se autodenomina ahora la juventud que, como siempre ha sido, creen que han descubierto una nueva forma de expresión cuando en realidad nihil novum sub sole, que dicen que dijo ya Salomón hace miles de años, que además de muy antiguo era muy sabio)


Pero volviendo al hilo de la narración, cuando decimos que la vida de Arvall había sido como una montaña rusa no queremos minusvalorar lo azarosa que es cualquier vida sino mostrar cierta sorpresa ya que si alguien había llegado a este mundo con un camino más o menos marcado, ese era Arvall Ortega. En sus primeros años nada había quedado al azar. Su alimentación, su educación, su formación física. Todo estaba planificado de antemano y todo parecía desarrollarse dentro de los cauces establecidos, pero algo sucedió que no estaba contemplado en ninguna de las simulaciones realizadas con anterioridad. Los matemáticos que realizaron los cálculos de probabilidades jamás habían pensado en que algo así pudiese acontecer, los sociólogos no anticiparon ninguno de los acontecimientos acontecidos durante la segunda década de vida de Arvall y los físicos y los químicos no tenía marcos teóricos para explicar el mundo después de dichos acontecimientos. Todo cambió de repente, y fueron muchos los que se perdieron en aquellos primeros días del nuevo mundo. Pero Arvall Ortega parecía especialmente adaptado a casi todos los cambios que sucedieron en un muy corto periodo de tiempo.


El no lo sabrá hasta muchos años después, pero su presencia y su capacidad innata para la comunicación fueron fundamentales para que el primer contacto pudiese tener lugar, aunque este ansiado por muchos primer contacto resultó ser el principio del fin para la civilización que lo había creado. Aún hoy existe cierta controversia al respecto y el propio Arvall no tiene una explicación concluyente para su singularidad, a pesar de haber estado en contacto con formas de vida mucho más avanzadas y tener acceso a información que sobrepasa los límites de nuestra limitada comprensión (incluso la del sabio Salomón).


La única certeza que tenemos es que Arvall Ortega fue el único que pudo comunicarse con ellos cuando llegaron, y que fue ese destello de inteligencia que encontraron en el lo que evitó que convirtieran nuestro planeta en una simple fuente de recursos. Y resulta tremendamente perturbador que fuese el primer Biociborg creado artificialmente en un laboratorio el que salvase a la especie humana. Arvall Ortega había sido creado y programado para conducir la primera expedición de prospección al cinturón de asteroides y finalmente fue el primer contactado de la civilización humana.



lunes, 13 de marzo de 2023

El último viento.

 


El viento en su rostro. Ese sería uno de los primeros recuerdos que acompañarían a Ángela durante toda su vida. El viento en su rostro y esa extraña claridad que lo envolvía todo después del largo viaje. Su abuela siempre le había dicho que al llegar todo sería inmenso y sorprendente, que mirase a donde mirase todo le parecería extraño y hermoso a la vez, pero ella lo único que al final recordaría de aquel día sería el viento en su rostro.

Aún ahora, con el paso del tiempo y los miles de lugares en los que ha estado, no puede evitar buscar esa sensación cada vez que llega a un nuevo destino. Levantando sus ojos hacia el lejano horizonte busca revivir aquella sensación, el antiguo viento de su infancia, cuando el mundo, y ella misma, eran todo novedad.

Tal vez por eso no pudo evitar dar un respingo cuando en aquella remota dársena volvió a sentir de nuevo aquella sensación. Una mezcla de melancolía y de agradecimiento se formó en su corazón y supo que de algún modo había llegado a un final, a algún tipo de final. No pudo evitar pensar en aquel primer viaje y en su abuela. Gracias a ella habían emprendido aquel viaje, huyendo de un mundo caduco y olvidado y de un destino que no podía ofrecerle nada más que penurias y resignación.

Fue su abuela la que la despertó aquella madrugada, el día antes del Ritual, y la obligó a caminar durante toda la noche hasta llegar al puerto. No sirvieron de nada sus lágrimas y sus quejas, y durante horas no obtuvo más respuesta de su abuela que las siete palabras que quedarían grabadas para siempre en su memoria, a pesar de estar pronunciadas en una lengua que aún le resultaba desconocida:
- Nac surivi tea liman affriske nalivi org-

Hasta aquel día, su relación con su abuela había sido distante y exenta de cualquiera muestra de afecto. No es que su abuela fuese distinta a las demás abuelas, simplemente las normas establecidas muchas décadas antes había establecido que las muestras de cariño eran algo superfluo que debía evitarse, y las familias acabaron por evitar, incluso en la intimidad, mostrar sus sentimientos y sus emociones.

Aquel primer viaje juntas fue para ella un descubrimiento, un acercamiento a un mundo casi tan novedoso como aquel que descubriría cuando llegasen a su destino. Durante las semanas que duró la travesía su abuela le habló sobre como era el mundo antes de la llegada de los Limanos. Y no solamente eso, sino que le enseño su antigua lengua y como su abuela era muy buena enseñando y Ángela era muy inteligente y aplicada, al llegar a su destino supo que aquellas enigmáticas palabras que quedarían para siempre asociadas a su abuela quería decir "No permitiré que los Limanos hagan contigo lo que me obligaron a hacer con mi hija".


lunes, 13 de febrero de 2023

La Fiesta (y V)

 




La fiesta (I).



(V)

Casi sin darse cuenta había pasado el tiempo. Ahora era el el que tendría que volver a la zona de Reposo. Les quedaba el consuelo de saber que al final habrían envejecido lo mismo. Sabían que cómo mínimo les tocaría otra POM, pero no podían asegurar que volviesen a coincidir al mismo tiempo. Los turnos estaban establecidos desde antes de partir, pero también estaba previstos cambios debidos a contratiempos. Podían darse accidentes que obligaran a alguien a volver a su letargo antes de tiempo, o incluso podía haber alguna baja que fuese necesario cubrir.

Esta puede ser nuestra última semana juntos, le dijo ella. Después ya no tendremos tiempo para estar solos. Será como vernos todos los días, pero siempre como si asistiésemos a un gran evento. Por eso aquellos últimos días quisieron hacer acopio de recuerdos hermosos. El la llevó a recorrer la zona de exclusas, donde había grandes zonas donde los propulsores hacían vibrar el aire a su alrededor, formando destellos que parecían fuegos artificiales. Tal vez, el planeta al que lleguemos tenga un campo magnético similar al de la tierra y se formen auroras boreales. Para la despedida escogieron los ventanales de los hangares de carga.

Al despedirse ella le dijo que dentro de un año le estaría esperando allí mismo, al lado de los ventanales enfrente de los que habían pasado tantas horas en los últimos meses. Se despidieron con un beso.

Fue la última vez que se vieron. La Supervisora Jefa Cairme les explicó que los médicos habían detectado ciertas anomalías que aconsejaban suspender las Reuniones Anuales. El proceso de aletargamiento y despertar no era tan inocuo como las pruebas realizadas indicaban. Lamentaba tener que comunicarles que ellos no volverían a pasar por la fase del letargo, y los que ahora estaban en la fase de letargo no serían despertados hasta alcanzar su destino.

-Será nuestra descendencia la que tenga que explicarles a nuestros familiares y amigos la vida que hemos tenido.


lunes, 6 de febrero de 2023

La Fiesta (IV)

 


La fiesta (I).


(IV)

Lo primero que supo al llegar a la Reunión Anual fue que comenzaba su Periodo de Organización y Mantenimiento. Ripley apenas podía contener su alegría y era incapaz de disimular su entusiasmo cuando la Supervisora Jefa Cairme se dirigió a ella diciéndole que al final del día no volvería a su área de reposo sino que tendría que presentarse en la zona operativa para integrarse en los distintos equipos de trabajo.

Sabía que a lo largo del próximo año estaría con él, y durante ese día de reunión casi no se vieron. Tiempo tendrían durante los próximos meses para hablarse y conocerse mejor. Aprovechó la jornada para estar con los suyos, con las familias de la área de reposo a la que pertenecía. Sabían que los elegidos para la POM pertenecían a distintas áreas pues se intentaba que en cada turno estuvieran representadas las distintas áreas en las que se dividía la zona de reposo, aunque en realidad nadie llegaba a desarrollar un vínculo de pertenencia a su área específica. Al fin y al cabo, allí se pasaban todo el tiempo en letargo. Cierto es que con el paso de los años se acostumbraban a ver los mismos rostros al despertarse y al meterse en las cápsulas de letargo, y en el trayecto hacia la gran sala para la reunión Anual siempre había quien comentaba sus experiencias o exponía sus deseos y sus esperanzas. Ripley no era de las que más hablaban, pero aquel día, tal vez porque todos sabían que había sido elegida para su POM o porque ella misma estaba más emocionada de lo que pensaba, no paró de conversar con unos y con otros, incluso con personas a las que no recordaba haber visto nunca. Al final estaba agotada de tanto hablar, sentía la boca seca y un extraño hormigueo en las mandíbulas. Se despidió de sus hermanas y les prometió que para la siguiente Reunión Anual les daría un informe detallado sobre como era la vida diaria en la nave. También a ellas les tocaría algún día quedarse despiertas y el sentimiento de curiosidad era inevitable.

Los grupos comenzaron a deshacerse a medida que las luces de la cúpula poco a poco se tornaban violetas. Algunos se despedían entre lágrimas, otras aprovechaban los últimos minutos de la Reunión Anual para abrazarse, darse ánimos o recordar que el tiempo durante la fase de letargo pasa como un suspiro. Ninguno recordaría nada hasta la próxima Reunión Anual. La mayoría eran conscientes de esto, y se despedían con un simple adiós, o un apretón de manos. Nos vemos mañana, decían entre risas. Sin embargo las despedidas de aquellos que se quedaban despiertos solían ser más sentidas.

Ripley contemplaba desde el centro de la cúpula como la sala se oscurecía mientras que los últimos rezagados corrían de un lado a otro intentando despedirse de todos aquellos a los que les tocaba iniciar su fase POM. Sabían que a partir de ahora la intensidad de la luz iría descendiendo hasta que de la cúpula no quedase nada y la única luz serían los pequeños pilotos que indicaban los caminos hacia las zonas de letargo. Sabían también que el procedimiento de letargo no admitía demoras. Como si del viejo cuento de cenicienta se tratase, cada hombre y cada mujer, cada niño y niña de aquella nave tenían que estar en las zonas de reposo a la hora exacta. Las cápsulas se cerraban todas a la vez exactamente noventa segundos después de que los compartimentos estuvieran herméticamente sellados, y eran pocos los que cuando esto ocurría no estuvieran ya en los lugares que tenían asignados desde siempre.

Pero para Ripley todo era novedad esta vez. Aguardaba con el resto del grupo algún tipo de indicación. Sabía que lo primero eran las presentaciones y la asignación a los grupos de trabajo. Todos harían de todo por lo que no importaba por donde empezaran. La idea básica, lo único que realmente importaba era que ante un imprevisto cualquiera de los que en ese momentos estaban cumpliendo su POM pudiesen responder con un mínimo de seguridad. En todos los años que dura esta misión nunca ha habido ningún tipo de contratiempo, les explicaba la Supervisora Jefa Cairme, y confiamos en que esto siga siendo así. Pero es necesario que entendáis lo importante que es que todos y cada uno de vosotros asumáis vuestras responsabilidades como si nuestro destino dependiera de ello. Por muy insignificante que os parezca la tarea que estáis haciendo, pensad que es imprescindible para que todo funcione, y que el reto al que nos enfrentamos requiere que todo funcione a la perfección para alcanzar nuestro objetivo. Se os pide la excelencia, la perfección. A los que empezáis hoy vuestro POM se os exige que seáis las mejores alumnas y alumnos. Los que ya lleváis un tiempo estáis obligados a ser los mejores maestros. Solamente así nuestra misión tendrá éxito.

Durante las primeras semanas Ripley trabajó en los hangares inferiores. El tamaño de aquella nave era impresionante. Era algo en lo que nunca antes había pensado. De hecho, ni siquiera se había planteado cuantas personas viajaban con ella. Ahora, después de pasar días enteros revisando los anclajes de las pequeñas naves auxiliares, probando motores y asegurándose de que todos los módulos de supervivencia estaban en perfectas condiciones comprendía la envergadura de aquella misión. En los almacenes de carga había todo lo necesario para construir las bases en las que se asentarían al llegar. La idea era formar distintos núcleos según las condiciones del terreno que se encontrasen. Nada se había dejado al azar.

Con el paso de los días, Ripley comenzó a desesperarse. Había pensado que coincidir con el muchacho haría que todo fuese más fácil, más agradable y se descubría realizando jornadas de más de doce horas de trabajo exigente y agotador. Algunas veces se sentía tan exhausta que apenas se podía mantener despierta en la sala de reuniones en la que todos los que permanecían despiertos compartían anécdotas y anhelos. El la consolaba diciéndole que al principio era duro, que costaba acostumbrarse al ritmo frenético y que además le había tocado comenzar por las tareas más aburridas. Cuando tuviese que formarse en pilotaje y manejo de maquinaria los días serían más divertidos.

Y así fue. Durante el quinto mes inició su formación en los simuladores. Siguiendo la lógica de que todos tenían que saber de todo, durante el primer año de la POM aprendían lo necesario para manejar las distintas naves y máquinas que tendrían que emplear cuando llegasen a su destino. Los días eran divertidos, sobre todo teniendo en cuenta que fue durante esta etapa cuando por fin coincidió con el muchacho. Era uno de los monitores encargados de la instrucción de vuelo. No sabía como disimular su emoción cuando lo vio aparecer en la área de simuladores.

Su aspecto era totalmente distinto. Ya no era aquel chico dulce y esquivo que recordaba de las reuniones anuales en las que se buscaban con la mirada. Ahora parecía más adulto, con la mirada segura y penetrante de aquellos que saben hacia donde caminan. Ella lo saludó con disimulo pero el, sin ningún reparo, se acercó a ella y la saludó cariñosamente, preguntándole si estaba preparada para divertirse.

Inició su clase explicándoles que los simuladores estaban preparados para recrear una gran variedad de condiciones geológicas y atmosféricas. El destino final de la misión no estaba definido y tendrían que saber reaccionar ante distintos tipos escenarios.

domingo, 29 de enero de 2023

La fiesta (III)

 


La fiesta (I).


(III)

La vida en la colonia. Esa era la esperanza de los cientos de personas que habían salido de la tierra veinte años antes. Llegar la base orbital que aún estaba de camino hacia uno de los cientos de planetas que se habían seleccionado como habitables. La misión consistía en enviar, con dos años de diferencia en el lanzamiento, tres misiones tripuladas con todo lo necesario para iniciar una nueva humanidad. Ellos estaban a bordo de la tercera de las expediciones, en la que sobre todo iban los pobladores de ese nuevo mundo que querían crear. La primera de las naves era poco menos que un inmenso contenedor con toda la maquinaría necesaria para ir montando las plataformas orbitales en las que el principio se establecería la colonia. La tripulación estaba formada por apenas doscientas personas, y más de mil robots de trabajo y servicio. Desde su llegada al destino hasta la llegada de la segunda expedición tendrían que ocuparse del ensamblado de toda la estructura que debía albergar los cuatrocientos módulos de habitabilidad que iban en la segunda nave. Esta, además, llevaba a los científicos que comenzarían con el proceso de terraformación. Por último, la tercera de las naves llevaba básicamente a las familias de las tripulaciones de las dos primeras expediciones. Al tratarse de un viaje sin retorno, se había decidido que tenían que viajar las familias enteras. No se trataba de mandar solamente astronautas o investigadores, sino de enviar pobladores que pudiesen asentarse en un planeta y crear una nueva civilización. Puede decirse que era una misión en la que no había una tripulación concreta, sino que era como si toda una gran ciudad decidiese irse del planeta.

De hecho, antes del viaje habían ya estado viviendo todos juntos en la gran base que se había construido para los planes de entrenamiento. Habían sido meses difíciles, aprendiendo muchas cosas sobre los viajes espaciales, sobre el funcionamiento de la naves, las posibles complicaciones que podían suceder durante la travesía. Una de las cosas que más habían tenido en cuenta es que el viaje no era más que una pausa, un intermedio en sus vidas. Si todo iba bien, dentro de ochenta años todo comenzaría de nuevo y la mayoría serían más o menos como eran ahora. Para ellos solamente habrían pasado cuatro o cinco años.

Como sin darse cuenta comenzaron a hablar de sus familias. Ella le contó que viajaba con sus hermanas y que sus padres iban en la segunda expedición. Su madre era oficial de comunicaciones y su padre era el supervisor de soporte vital de la nave. Él le contó que viajaba solamente con su padre, que era ingeniero de vuelo en la primera nave. Ya sabes, de los que envejecerán un poco más.

En efecto, los de la primera nave tendrían más periodos despiertos que en las otras dos naves por la sencilla razón de que iban menos, sus POM tendrían que ser algo más largos que los del resto y además, cuando la última expedición llegase a su destino ellos ya llevarían un par de años estableciendo la base orbital. Aún será un hombre joven, le dijo ella ante su cara de pesadumbre. Era algo que a todos les preocupaba. Todo estaba pensado para volver a hacer su vida cuando llegasen, pero no podían evitar pensar que algo podía fallar, que los cálculos podrían estar equivocados o simplemente que existiesen diferencias individuales que provocasen que los organismos no reaccionasen igual. Sabían que los cálculos estaban realizados para asegurar que la continuidad de la comunidad estuviese asegurado incluso con cierto número de bajas por el camino, y tenían la certeza de que habría bajas. Incluso podría suceder que al llegar les comunicasen que un familiar o un amigo ya había muerto.

Prefirieron no pensar. Dedicaron el resto del día a hablar de banalidades, contar historias de la época del entrenamiento. Descubrieron que, como no podía ser de otro modo, tenían algunos amigos comunes, que incluso podían hablar de instructores como si hubiesen compartido el mismo instituto. Ella se sorprendió sintiendo cierto desasosiego al pensar que lo que para ella sería una noche de sueño profundo, para él sería un año entero de trabajo y experiencias, de relación con otras personas. ¿Y si encontraba a otra persona?

Una vez más le tranquilizaron sus palabras diciéndole que no se preocupara, que para el próximo año la encontraría de nuevo.

- Y quien sabe, puede que incluso te toque a ti hacer el POM, y tendremos todo un año para estar juntos y conocernos.


domingo, 22 de enero de 2023

La fiesta (II)

 





La fiesta (I).

(II)

Al encontrarse en la siguiente Reunión Anual, Ripley no pudo evitar sentir cierta decepción. Intentó mostrarse alegre y feliz, pero lo cierto es que cuando volvió a ver al muchacho algo había cambiado. En el último año había envejecido demasiado. Notaba que estaba distinto, más adulto quizás, más serio. Su rostro era el de una persona con responsabilidades y ocupaciones distintas a las del resto de participantes en la fiesta. Era normal. Al fin y al cabo él había pasado los últimos meses trabajando duro para que todo funcionase mientras que el resto descansaba plácidamente en sus zonas de residencia. Todos sabían que era en los periodos de Organización y Mantenimiento cuando las personas maduraban y podían desarrollar su personalidad. En realidad, esta era su verdadera finalidad. Por el bien de la comunidad se había decidido que todas las personas tendrían que pasar por los Periodos de Organización y Mantenimiento de manera cíclica. Los grupos estaban decididos desde el principio, aunque nadie sabía exactamente en que momento y con que personas les tocaría. En cada Reunión Anual se anunciaba quienes comenzaban con su POM y quienes lo dejaban. El relevo era siempre por cuartas partes, de manera que los veteranos pudieran enseñar a los nuevos todo lo que había que saber para que la comunidad siguiera estable y segura hasta cumplir con los objetivos. Funcionalmente hablando, la Reunión Anual no era necesaria, pero después de muchos debates y de analizar distintas teorías sobre dinámica de grupos y establecimiento de lazos de pertenencia se había decidido que podía ser interesante reunir a toda la comunidad de manera regular, y se consideró que era una buena solución hacerlo en el momento del relevo.

Esta vez se encontraron antes del discurso y ya no se separaron durante toda la Reunión Anual. El le explicó que para los organizadores, el día de la Reunión Anual era un día de descanso. Les recomendaban que desconectaran de todo lo referente a la supervisión de la nave y a las tareas que realizarían durante el año siguiente, sobre todo a aquellos a los que todavía les quedaban uno o dos años de servicio. Unos días antes del despertar general se reunían todos y despedían a los que les tocaba volver al letargo programado. Algunos mantendrían el contacto a lo largo del tiempo, otros volverían a sus familias, a sus vidas anteriores y la época del POM quedaría como algo anecdótico. Algunos veteranos le habían dicho que aunque no era frecuente, cuando volvías a repetir tu POM podías coincidir con antiguos compañeros. No durante todo el periodo, pero si un año o dos. Ella fantaseaba pensado que tal vez alguna vez les tocaría al mismo tiempo y dispondrían de todo un año para estar juntos. No se cansaba de escucharlo contar cosas sobre la rutina diaria y sobre los compañeros, y cualquier anécdota, por muy simple que fuese, le parecía interesante. Él tenía ganas de hablar, de contarle cosas y ella tenía ganas de escucharle, de perderse en su mirada fascinada y algo infantil cuando contaba que el y su equipo de trabajo pasaron dos semanas limpiando las turbinas del cuadrante C, o al explicarle con una minuciosidad a veces exagerada que fue a él y a cuatro más a los que les tocó revisar todo el área de deslizamiento del HC8. El famoso Hangar de carga número ocho del que saldrán las primeras expediciones al llegar a su destino, dentro de unas décadas.

Ella no tenía nada que contar. En realidad, en los últimos doce meses no le había pasado absolutamente nada. El aletargamiento era un procedimiento muy rápido y preciso, y no dejaba recuerdos de ningún tipo. El llegar a sus habitaciones individuales todo el mundo debía prepararse para el proceso en la cámara de higienización seca. Todos los residuos orgánicos eran eliminados y la piel recibía una fina película de hidratante y proteínas. Las cápsulas de sueño, tenían sensores que monitorizaban en todo momento las constantes vitales y la actividad eléctrica del cerebro. Cuando la persona se acostaba, una pantalla aislante cubría todo el cuerpo y comenzaba a un leve zumbido que indicaba que el procedimiento de aletargamiento estaba comenzando. Después de apenas 47 segundos, las ondas ALFA5 hacían su efecto y sumía a todos los habitantes de la nave que no estaban cumpliendo con su POM en un sueño profundo del que no recordarían nada. Algunos decían que soñaban, pero ninguno de los estudios realizados con anterioridad avalaba esta sensación.

Por eso ella estaba algo insegura. Para ella no había pasado más que una noche desde que se habían despedido, pero él había estado despierto, había vivido y había tenido tiempo de sobra para pensar, para hacer proyectos, para decidir. Había conocido a otras personas, tal vez se había sentido atraído por alguien. Su cabeza había comenzado a pensar en un ciento de cosas a la vez, y cada situación que se imaginaba hacía que dudase cada vez más de lo que pasaría con aquel muchacho. Sin duda él había cambiado y ella no. Y lo peor de todo es que era lo más normal. No habían tenido tiempo de conocerse, para él era como si se viesen una vez al año y para ella esta era como su segunda cita.

Fue su abrazo lo que la sacó del ensimismamiento en el que sin percatarse llevaba unos minutos. No ha habido un solo día en el que no pensara en tí -le dijo él- y ella supo entonces que estaban enamorados. Hablaron de todo lo que les esperaba cuando llegasen a su destino. Tenían aún unas décadas de viaje por delante, pero teniendo en cuenta que cada año se reducía a un día, cuando la misión terminase solamente habrían envejecido realmente los años que pasasen en el POM. Como mucho tendremos ocho años más cada uno – le dijo- y aún seremos muy jóvenes para disfrutar de todo lo que pueda ofrecernos la nueva vida la colonia.


domingo, 23 de agosto de 2020

La Fiesta (I)

 


Para disimular su nerviosismo, Ripley contemplaba las estrellas a través de la gran cúpula de cristal que coronaba la sala de reuniones. Como cada año, habían sido las primeras en llegar y a medida que el recinto se llenaba ella iba desplazándose hacia un rincón, participando lo menos posible en las conversaciones que de manera esporádica iban surgiendo y evitando el típico correteo de aquí para allá al que solían dedicarse las muchachas de su edad en la fiesta anual. No recordaba si siempre había sido así, pero desde hacía unos años el día de la fiesta anual era siempre igual. Las mismas conversaciones, los mismos gestos y las mismas miradas furtivas. A veces tenía la impresión de que era la única persona que se percataba de la inevitable repetición de las cosas. Al fin y al cabo, aquella gente no tenía nada nuevo que contarse. Llevaban muchos años viviendo en el mismo lugar y haciendo lo mismo, por eso a Ripley no dejaba de sorprenderle el entusiasmo con el que cada año se saludaban y se abrazaban los adultos, las animadas conversaciones que surgían entre ellos al tiempo que los más jóvenes parecían disfrutar explorando un espacio que tenían más que explorado. Dentro de unas horas todo acabaría, cada uno volvería a su lugar y hasta dentro de un año no volverían a verse, aunque para la mayoría sería como si solo hubiera pasado un día.

Y aún así, Ripley estaba nerviosa.

No esperaba que las cosas fuesen distintas esta vez. Tenía casi la certeza de que la fiesta sería igual a la fiesta del año pasado, y del anterior, y del otro. No recordaba cuando había comenzado a sentirse interesada por aquel chico, ni siquiera sabía en que momento había notado su presencia. Era evidente que siempre había estado allí, al igual que el resto de participantes en la fiesta, pero en los últimos años casi lo único que le interesaba de aquella reunión anual era saber que tarde o temprano acabaría viendo a aquel muchacho de ojos melosos y sonrisa dulce. Y si ahora estaba nerviosa y mirando hacia el exterior era porque en la fiesta del año pasado, por un instante, sus miradas se cruzaron y tuvo la certeza de que también el sentía cierto interés por ella.

Una tenue luz anaranjada en un extremo de la gran sala indicaba que ya no faltaba nadie por llegar. Poco a poco el techo abovedado comenzó a teñirse de distintos colores hasta que se convirtió en un perfecto cielo azul de primavera en el que comenzaba a vislumbrarse un sol naciente. El día de la fiesta anual había comenzado. Todo lo que quisieran decirse tendrían que hacerlo mientras durase aquella jornada, al finalizar tendrían que retirarse y no volverían a verse hasta el próximo año. Ripley buscaba a aquel muchacho entre la multitud, necesitaba confirmar si también él se había fijado en ella, si sus sentimientos tenían alguna posibilidad de ser mutuos y aquel muchacho tendría la misma curiosidad que ella, las mismas mariposas en el estómago cuando se veían, el mismo interés en conocerla que ella tenía en conocerlo a él.

Sus hermanas seguían correteando entre la gente como niñas recién salidas de la escuela. Al acabar la reunión, ya de retirada hacia su Zona, siempre le decían que no habían tenido tiempo suficiente para saludar a todas las personas que deseaban saludar. No entendían como ella podía quedarse tanto tiempo en el mismo lugar y sin apenas hablar con nadie ni hacer otra cosa que mirar al exterior por los grandes ventanales. Ripley se limitaba a sonreír y les decía que no encontraba ningún aliciente en pasar todo el día hablando con personas que no tendían nada distinto que contar, forzando conversaciones que se tornaban repetitivas e insulsas. Al fin y al cabo, la mayoría de los que asistían a la fiesta anual había tenido las mismas experiencias durante el último año. Solamente las personas escogidas para las labores de organización y mantenimiento tenían la posibilidad de hacer cosas distintas y mantener relaciones personales un poco más cercanas. El resto debían contentarse con regresar a su Zona de Residencia y aguardar a la próxima Fiesta Anual. Ripley, al igual que sus hermanas, sabía que algún año le tocaría a ella encargarse de esas tareas. La Supervisora Jefa Cairme la nombraría después del discurso y al final de la reunión tendría que quedarse para recibir las oportunas instrucciones. Pero teniendo en cuenta su edad y el lento transcurrir del tiempo al que estaban sometidas aún tardaría muchos años en suceder.

Aún faltaban unas horas para el discurso y la Gran sala se había convertido en una fiesta. Unas inmensas pantallas situadas a tres o cuatro metros de altura mostraban el avance realizado el último año. Casi nadie prestaba atención ya a estas pantallas. Todo el mundo sabía que si había alguna novedad que les afectase la Supervisora Jefa Cairme hablaría del tema. Ripley recordaba los primeros años, cuando se formaban grandes aglomeraciones para consultar en las pantallas si se había alcanzado el objetivo y podían romper con la monotonía temporal en la que se había instalado la sociedad. Con el paso de los años la desesperanza se había instalado en el grupo. Casi nadie era optimista y la mayoría habían asumido que lo mejor era disfrutar del momento y aprovechar aquella reunión para hacer con otras personas todas aquellas cosas que a lo largo del año no podían hacer. Charlar, bailar, disfrutar de una buena comida, practicar algún deporte o entretenerse con algún juego de mesa. Alrededor de la Gran Sala existían espacios destinados a estas actividades, y poco a poco los grupos de personas iban desplazándose según sus preferencias. Ripley nunca hacía nada especial. Pasaba el día observando a los demás, atenta a las dinámicas que se establecían entre los distintos grupos. Le hubiera gustado ser más activa, aprovechar hasta el último minuto de aquel día para sentirse viva, para explorar, para probar cosas nuevas. No era su carácter. El entusiasmo no estaba en su genética. Y sin embargo aquel chico había conseguido despertar en ella algo parecido al deseo. Tenía ganas de volver a verlo, quería acercarse a él y hablarle. Quería saber de él.

Pero el muchacho no aparecía. No era fácil encontrarlo entre la multitud, pero Ripley tenía la esperanza de que volvería a pasar por donde había pasado otras veces. Todos solían hacer más o menos lo mismo año tras año, y por eso ella se había quedado sin moverse desde que había llegado a la gran sala y tenía la intención de quedarse allí plantada todo el tiempo que fuese necesario.

La Supervisora Jefa Cairme estaba explicando los avances que habían realizado en los últimos meses. A los pocos minutos de comenzar el discurso anual, Ripley había desconectado y ahora solamente recibía algunas frases sueltas. Los recursos se mantenían estables y no se preveían cambios en los próximos años. Si todo seguía así, decía Cairne, la siguiente reunión podría durar más de un día. Nadie creía que esto pudiera ser cierto, por lo menos no a corto plazo. Las normas eran muy claras al respecto y no admitían ningún tipo de variación. Por lo menos no hasta que hubiesen transcurrido dieciocho años. Pero aún así las palabras de la Supervisora Jefa, habían provocado entre el público un pequeño alboroto que sacó a Ripley de su ensimismamiento. Y entonces lo vio.

El muchacho estaba casi a su lado, comentando con un grupo de Organizadores las últimas palabras de la Supervisora Jefa Cairme. Ripley sintió que el corazón le daba un vuelco cuando el muchacho la saludó con la cabeza mientras le hacía un gesto para que se acercase. Su alegría, sin embargo, se desvaneció cuando al aproximarse descubrió que en su brazo derecho lucía orgulloso el distintivo que lo señalaba como uno de los Organizadores durante el próximo ciclo.

Durante los próximos tres años, aquel muchacho no regresaría con el resto del grupo a las zonas de residencia. Ripley sabía que la edad no sería un problema, pero también era consciente de que las mayoría de las parejas que terminaban formalizando su relación se conocían durante el periodo de organización. En algún lugar de su corazón había nacido la idea de que les tocaría al mismo tiempo realizar sus Períodos de Organización y Mantenimiento. Ahora sabía que de momento esto no ocurriría. Como la mayoría de las personas de aquella reunión, solamente disponían de lo que quedaba del día para contarse lo que quisieran contarse.

No te preocupes, -le dijo a modo de despedida. -El año próximo yo te encontraré a ti.


La Fiesta (II)

lunes, 23 de septiembre de 2019

Forza Solar.



Si todas las noches en lugar de dormir pudieras contar estrellas, y pudieras contar una estrella cada segundo, tardarías toda una vida en contar todas las estrellas que tiene nuestra galaxia. Mi padre me decía estas cosas, y otras muchas que ya no recuerdo, mientras armábamos su viejo telescopio sobre la montura ecuatorial que ya habíamos reparado más de una vez.
Mi padre no era una persona cultivada, ni siquiera había recibido formación superior, pero sin embargo siempre supo transmitirnos la importancia de aprender e intentar superar en todo momento nuestros límites. Mis hermanas y yo nos criamos en un ambiente de escasos recursos económicos e intelectuales pero con grandes dosis de curiosidad y novedades. Ahora se que muchas de las cosas que para nosotros eran novedades también lo eran para ellos, que la primera vez que visitaron un museo científico fue con nosotros o que aquel viaje de tres horas más allá de la linea gravitatoria de la Tierra supuso la renuncia a cambiar de coche y la obligación de ir a trabajar en el colectivo durante los siguientes tres años, con el consiguiente madrugón que eso suponía. Pero en aquel momento, aquellas noches que pasábamos a la intemperie, escuchado el sonido del aire al pasar entre de los manzanos, eran para mi una prueba más de que mi padre lo sabía todo, de que ya lo había vivido todo.
Y ahora que han pasado más de veintisiete años desde su muerte lo recuerdo casi a diario, sobre todo al mirar por los enormes ventanales de esta nave y descubrir que continuamos en rumbo de colisión hacia el sol.
Quien me lo iba a decir a mí hace quince años.
Cuando acabé mis estudios conseguí colocarme en una empresa que organizaba cruceros espaciales entre las distintas bases planetarias en órbita. Mi especialidad eran los paneles solares. Había participado en el grupo de trabajo que había desarrollado las velas de captación de energía cósmica y humildemente debo de reconocer que tenía cierto prestigio en el mundillo. La empresa se puso en contacto conmigo incluso antes de terminar mis obligaciones con el Departamento de Formación y como el sueldo era bueno y me ofrecían trabajar en la Base Lunar IV (la más cercana a la Tierra) acepté sin pensarlo.
Por aquel entonces mantenía un estrecho contacto con mi familia. Mi madre trabajaba una de las centrales de transformación de plásticos que aún existían en medio del océano. Todas las semanas conseguía que mis hermanas y yo nos juntásemos en su transbordador habitacional para comer y conversar en persona. Ella, al igual que mi padre, decía que aún éramos seres gregarios, que necesitábamos el contacto físico y la presencia real. Que a pesar de todos los avances tecnológicos que nos permitían estar conectados con otras personas a miles de husos de distancia había una necesidad en nosotros que solamente la presencia del otro podía satisfacer. Por eso siempre tuvo un interés especial en mantener aquellas reuniones semanales. Cuando murió mi padre abandonó la colonia residencial en la que vivían y se compró aquel transbordador habitacional diciendo que así podría desplazarse a visitarnos cuando quisiera o recibir nuestras visitas en cualquier lugar de la órbita abierta. Recuerdo que mis hermanas y yo le habíamos preguntado si se acostumbraría a vivir siempre dentro de una cápsula habitacional, si no le vendría mejor seguir en la colonia, cerca de los lagos artificiales y de los bosques. Dijo que eso lo tendría siempre a su alcance, que simplemente tendría que desplazarse a alguno de los parques de esparcimiento y quedarse allí todo el tiempo que necesitase. Yo no lo veía muy claro, y sin embargo ahora soy yo el que vivo en una nave espacial con la certeza de que no volveré a pisar jamás los bosques de la Tierra.
Mientras me preparo para la revisión exterior pienso en las vueltas que ha dado mi vida en los últimos años. Como iba yo a suponer que acabaría presentándome voluntario para esta misión, que mi destino final estaría en un desplazamiento constante a través del espacio. Todo comenzó hace ocho años, cuando mi empresa fue seleccionada por el Gobierno Mundial para participar en el Proyecto Colonia. Para no aburrirles con datos que seguramente ya conozcan les diré que mi trabajo dentro del proyecto consistió en adaptar las velas de captación solar para que fuesen capaces de aprovechar también la energía cósmica. La tecnología ya existía desde hacía décadas, pero nunca se había utilizado en una misión de aquel tipo. Obviamente, mi parte en aquel asunto concluiría unas semanas antes del inicio del viaje. Después todo quedaría en manos del equipo de ingeniería que formaba parte de la tripulación. Y no solamente en lo referente a la propulsión y a la generación de energía en general. Debido a las peculiaridades de aquella misión entre la tripulación había especialistas en todas las áreas de conocimiento científico y tecnológico del momento. De hecho, la mayoría de ellos habían participado desde el principio en el proyecto, tomando decisiones y aportando ideas y soluciones a todos los problemas que a lo largo del tiempo se habían ido planteando.
Como ya he dicho, yo formaba parte del equipo de ingeniería encargado de diseñar las velas de captación de polvo solar. El equipo estaba formado por siete personas, tres hombres y cuatro mujeres, y yo era el único que me quedaría en tierra, o al menos eso era lo que pensaba yo. Al cabo de cuatro años una poderosa razón había provocado que cambiara de planes.
El mar es cambiante y nunca sabes en que momento te va a ofrecer la gran ola. Mi padre me decía esto mientras me animaba a meterme de nuevo en el agua con la tabla. Nos había contagiado su amor por el mar y por todas las actividades relacionadas con el líquido elemento. Cuando otros niños aprendían a utilizar sus primeros propulsores anatómicos, a mis hermanas y a mi nos llevaba a solitarias playas a practicar deportes que hacía décadas que nadie practicaba. El que a mí más me gustaba era el windsurf, saber interpretar el viento y el mar y combinar la fuerza de ambos elementos para desplazarte sobre el agua, casi para volar. Esa sensación de ser tú mismo el que consigues el movimiento no la he sentido nunca con ninguno de los distintos ingenios que tenemos para desplazarnos a velocidades muy superiores a las que yo alcanzaba sobre aquellas tablas que parecían sacadas de un museo. Y sin embargo era practicando windsurf con mi padre cuando me sentía más unido a él.
Como había supuesto, uno de los rotores de la vela principal está dañado. Todos los sensores indican la existencia de un fallo de tipo mecánico, aunque desde aquí resulta imposible verificar su gravedad. Un desgarro en alguno de los elementos móviles, un sensor desconectado, algún condensador de nanopartículas que se ha obturado. No lo sabemos, no podemos saberlo porque algunas de las pequeñas cámaras que monitorizan esa parte de la vela tampoco funcionan. Seguramente en algún momento colisionaron contra la nave los restos metálicos de algún satélite o las pequeñas piezas perdidas por alguna vieja nave obsoleta en su último viaje hacia el sol.
Habrá que salir, le digo a la supervisora Razer.
Ella sabe que no hay más remedio. Como responsable del mantenimiento de la vela sabe que es lo más lógico y la decisión que debe tomar. De todo el equipo, yo soy el ingeniero con más experiencia en el montaje y reparación de paneles solares, y todo apunta a que se trata de un simple problema mecánico, algo que habrá que arreglar manualmente en el mismo lugar de la avería. Sería un gasto inútil de energía y de recursos que el equipo de mantenimiento tuviese que volver a entrar por no saber exactamente lo que hay que hacer. Sin embargo, como compañera no puede evitar sentir cierto desasosiego con la idea de verme durante unas horas en el exterior, corriendo un riesgo que si bien es mínimo, es real.
-Vamos, Razer, sabes que es lo más sensato. Acompañaré al equipo de mantenimiento y haré las reparaciones que sean necesarias. Yo puedo hacer un diagnóstico en el mismo lugar e iniciar las operaciones pertinentes. Sabes que hay cosas que se acaban antes haciéndolas uno mismo, y este es uno de esos casos.
La verdad es que tengo ganas de salir, aunque salir no es la palabra exacta en este caso. Cuando sabes que te pasarás el resto de tu vida metido en una nave espacial estar por unas horas anclado en el exterior es poco consuelo, pero necesito volver a ver con mis propios ojos ese minúsculo punto que es la Tierra. Dentro de tres meses, cuando doblemos la órbita solar y alcancemos la velocidad de no retorno, la Tierra ya no será visible y cada día de viaje nuestra estrella se irá haciendo más y más pequeña hasta que de ella y de nuestro pasado ya no quede nada. Todo será nuevo entonces, y nuestros hijos tendrán que aprender que hubo una vez un planeta llamado Tierra, y a su vez tendrán que explicárselo a los hijos de sus hijos. Tal vez sean ellos los que lleguen al final del camino.
Hay un tiempo para cada cosa, debes centrarte siempre en el presente, en lo que estás haciendo en ese preciso momento. De lo contrario nunca vivirás en el instante y la vida huirá delante de tí como una mariposilla inquieta. Mi padre tuvo muy pocos años para vivir, pero los vivió plenamente y siempre intentó compartir su tiempo con nosotros. Cuando murió sentí que de algún modo una etapa se había completado, y estoy seguro que también él se fue con la sensación del trabajo cumplido. Le faltaban aún muchos años para vivir y seguramente podríamos haber hecho muchas más cosas pero el tiempo compartido sirvió para llenarlo de experiencias, de conversaciones y de cariño, y ahora tengo una gran colección de recuerdos que de algún modo me acompañan y me aportan confianza en mi mismo.
No recordaba que caminar con las botas magnéticas fuese tan cansado. A los pocos minutos los músculos de mis piernas están endurecidos por el esfuerzo. Las dos técnicas de mantenimiento exterior que me acompañan, más acostumbradas que yo a los paseos por el exterior de la nave, me recomiendan que procure alargar mis pasos lo máximo posible y que no tenga prisa por avanzar. Las velas están formadas por gigantescas placas dispuestas de tal modo que eran capaces de aprovechar distintas formas de energía. Llegará el momento en el que los rayos procedentes del sol no tendrán intensidad suficiente como para activar las placas. Será necesario emplear todo tipo de energía cósmica que podamos captar, por eso la superficie de las velas era inmensa.
Nos desplazamos por el eje central, y afortunadamente no tardamos demasiado tiempo en llegar al lugar donde está la avería. Tres o cuatro metros de uno de los paneles laterales están desconectados de la plataforma principal e incrustados alrededor del rotor. Por suerte, no se aprecia ninguna quemadura o rotura y no habrá que cambiar nada.
- Razer, hemos tenido suerte. Solo tengo que volver a conectar uno de los paneles. En media hora estará arreglado.
Sin perder tiempo comencé a encajar las nanofibras. Le pedí a mis acompañantes que inspeccionasen el resto de los paneles, aunque tenía la certeza de que la avería se encontraba en este sector. Para evitar que caminaran por el exterior más de lo necesario ellas buscaría las exclusas de los sectores B y C para regresar al interior. Sentí un pequeño escalofrío cuando las vi desaparecer entre las barras de sujección laterales, cada una en una dirección distinta. Durante los próximos minutos estaría totalmente solo. Levanté la vista y vi los reflejos que los rayos del sol provocaban sobre las velas metálicas. A esta distancia, teníamos que ser muy cuidadosos para no exponernos directamente a la luz solar. Nuestros trajes estaban preparados para soportar durante unos minutos la radiación, pero por seguridad todas las salidas se realizaban por el lado opuesto al sol. Me gustaría haberme asomado durante unos segundos y mirar directamente a nuestra estrella, pero el sentido común me hizo volver sobre mis pasos en cuanto comprobamos que los paneles volvían a funcionar correctamente. Apenas me quedaban unos metros para entrar de nuevo en la nave cuando perdí el contacto con el interior.
Noté como algo se quebraba, y silencio.
El día que murió, mi padre me confesó que una de las cosas que más lamentaba era no haber podido compartir conmigo la ola perfecta. Cuando la encuentres piensa en mí, me había dicho, y yo le aseguré que todas las olas que habíamos cabalgado juntos habían sido perfectas. Que no cambiaría ni uno solo de los momentos que habíamos pasado juntos esperando sentados sobre nuestras tablas a que el mar nos anunciase que había llegado nuestro momento. Que para mi el mar ya no sería lo mismo sin él.
-No hijo, tu gran ola aún no ha llegado. Cuando llegue lo notarás en todo el cuerpo y tendrás que ser rápido y aprovechar el impulso. Durante un instante tú y la ola seréis una misma cosa, no sabrás donde acabas tu y donde comienza la fuerza de los elementos. Será tu ola perfecta, y se que pensarás en mi.
Una pequeña vibración me hizo comprender. Acababa de producirse una erupción solar, y teniendo en cuenta lo cerca que estábamos del sol, la brutal liberación de energía haría que mi traje se desintegrase antes de alcanzar la escotilla de entrada. Entonces lo noté en mi interior, sentí como cada músculo de mi cuerpo se tensaba y vi a mi padre aupándome una y otra vez sobre la tabla hasta que conseguí mantener el equilibrio. De manera casi instintiva arquee mi cuerpo al mismo tiempo que desconectaba el anclaje automático de mis botas. Giré sobre mi mismo y vi que los guantes comenzaban a pulverizarse, pero tenía que aprovechar las ondas magnéticas para alcanzar la escotilla. Las botas serían mi tabla de salvación y la inversión de la polaridad sería la ola, mi ola perfecta.
Se que en algún lugar del inmenso universo que estamos comenzando a explorar mi padre sonríe al verme cabalgar sobre una ola solar.





domingo, 13 de diciembre de 2015

As revoltas contra da norma da orella.



-Todos vos sodes demasiado novos, pero eu recordo os tempos nos que estabeleceron a norma da orella-
Naquel momento na taberna so había unha parella falando na mesa da esquina, unha muller grávida vendo ao seu fillo a través dun terminal de visión intrauterina e aquel vellote que estivera vendo as noticias en silencio.
As noticias, como na última semana, falaban das revoltas que ían sucedéndose en toda a Metrópole en contra da chamada norma da orella. Milleiros de cidadáns estaban nas rúas protestando polas absurdas normas que rexían a convivencia diaria na metrópole e nas estacións espaciais asociadas. Dende facía anos ninguén podía camiñar pola rúa sen recibir un apercibimento na súa terminal. Case todo eran quebrantamentos leves como atravesar unha estrada por lugares non permitidos ou non respectar as luces que indicaban o posicionamento peonil de tránsito.
Pero unha das normas de convivencia máis criticadas era aquela norma á que ninguén lle atopaba explicación algunha. A norma 143 estabelecía que ningún adulto podía tocar a súa propia orella en público.
-Escoito moitas parvadas sobre se a norma da orella ten que ver co dispositivo de ampliación sensorial que todos levamos no implante da orella dereita ou coas terminacións nerviosas que ao nacer empregan na proba da Avaliación psíquica para conectarnos co banco de recordos comúns.
Parvadas.
A norma da orella é moi anterior aos implantes auditivos ou á invención da memoria ampliada.
Todos vos- dixo o vellote mirando para nós- xa nacestes na época biónica. Agora vedes normal vivir con implantes e con toda esa tecnoloxía que vos van inserindo de acordo co Calendario Biónico de Implantes. Mais cando eu era neno isto non era así. Cando eu nacín ningunha crianza levaba un implante na orella dereita, aínda que xa se comercializaban dispositivos subcutáneos que permitían aos cidadáns liberarse do fastío de levar o comunicador na man ou nas chaquetas. Teléfonos móbeis, lles chamaban, e seguramente veriades algún no museo do da Época Moderna que montaron na Estación MIR como homenaxe a aquela época.
Debido á nosa formación específica ningún dos presentes podiamos facernos unha idea de cando fora aquela época. A min sorprendeume moito que aínda quedase alguén que vivise na Época Moderna, pero a muller grávida apagou o seu terminal de visión intrauterina e dixo que cando era cativa Hilario, o seu avó, contáballe historias sobre aqueles tempos e tiña gardados algúns aparellos que servían para conectarse con outras xentes. Contou que como era unha nena preguntona sempre quería saber máis e máis, pero que sempre chegaba un punto no que o seu avó calaba e exclamaba resignado que todo aquilo acabou cando aprobaron a norma da orella.
-A norma da orella foi a primeira do cento de normas que agora temos e coas que cada vez máis xente está en desacordo- volveu a falar o vello- Moita desa mocidade que agora está nas rúas reclamando un cambio pensa que está facendo algo novo, que é a primeira vez que os metropolitanos se rebelan por algo e rompen coas normas, pero eu estiven nas primeiras protestas que houbo contra a norma da orella, nos principios da Era Biónica.
-Logo non fai tanto tempo que comezou a Era Biónica?- preguntou un home de barba que acababa de entrar na taberna a tomar a súa barra enerxético-motivadora- Un dos meus tíos negouse a poñerlle aos seus fillos o implante coclear. Dicía que era algo artificial e que as persoas podían sobrevivir sen ningún dispositivo para estar conectado cos demais, que o mundo da Época Moderna funcionaba sen necesidade da Base Centralizada de Comunicacións. Eu sempre pensei que falaba de moito tempo atrás, pero se lle cadra el mesmo vivira esa época.
-A BCC xa existía antes, pero tiñamos que conectarnos a través deses aparellos dos que falaba a rapaza- dixo o vello mirando á muller grávida- o que pasaba antes era que cada quen podía escoller conectarse ou non. Agora non. Agora nada máis nacer implántanvos un dispositivo de ampliación sensorial na orella dereita. Din que é para que ningún bebé se perda, como se fose tan fácil perder unha cousa que non fai máis que chorar. En realidade trátase de introducir a cada individuo no sistema. A través dese implante esa criatura estará sempre conectada coa Base Centralizada de Comunicacións e se ben é certo que a medida que medre poderá acceder de maneira instantánea a toda a información que precise, non é menos certo que en realidade o acceso á información vaise modificando segundo a formación específica que o Comité de Posicionamento Individual da Gran Reunión determina anualmente para cada un de nós.
Con cada palabra daquel vello lizgairo ía tecéndose sobre nós unha capa de intranquilidade. Tiñamos claro que a conversa atinxía temas sobre os que existía un veto de clase cinco. Arriscabámonos a sufrir un apercibimento conxunto e o que era peor, podían solicitarme un arquivo mensual de conversas internas para comprobar que non existían reunións inadecuadas no meu local. Tal vez por iso a parella da esquina marchou sen case despedirse. O home de barba miraba para min e para a muller grávida coma se quixera saber se podía falar libremente ou se debía ser cauto. Tamén eu decidín gardar silencio e o vellote pareceu entender os sinais e volveu mirar para o televisor.
Sorprendentemente, foi a muller grávida a que comezou a falar. Dixo levaba anos vivindo na Metrópole e que estaba moi preocupada polas revoltas que estaban sucedéndose por todo o pais. Dentro de 53 días faríanlle extracción do bebé e tiña medo que para entón a situación fose máis perigosa. E sen embargo non podía evitar simpatizar de algunha maneira coas protestas dos metropolitanos.
Eu intentei calmala dicíndolle que en realidade eran protestas propias da mocidade, que seguramente houbera desaxustes na planificación do Comité de Posicionamento Individual e habería algúns mozos e mozas que accederan a información para a que non estaban preparados. Ás veces acontecía que alguén que levaba anos recibindo formación para exercer as súas funcións nun Estaleiro Espacial comezaba a ter acceso aos programas de formación para tripulacións e iso facía que a mocidade se sentise insegura ou con ganas de experimentar outras funcións. Afortunadamente, concluín, o Comité de Posicionamento Individual ten Programas de Acomodamento de Formación para corrixir estes casos de mozos que non teñen claro o seu camiño.
-Pois eu non creo que se trate só de mozos que non teñen claro o seu camiño- respondeu o home de barba- Acabo de chegar de cumprir as miñas sete semanas de servizo comunitario no Estaleiro Espacial VGII e alí tamén hai xente que pensa que é necesaria unha reforma do sistema de normas. Unha das tripulantes do empurrador interplanetario Barbanza IV contoume que nos dous asentamentos de Marte estaban seguindo con moita atención todo o que acontecía aquí, que por alá vían moi claro que as revoltas non eran soamente pola devandita norma da orella, que esta revolta tiña que ter outros obxectivos que polo de agora non interesaba sacar á luz.
- Esa información non aparece nas noticias, non creo que debamos falar sobre o que non ten garantía de veracidade- comentei para que dalgún modo quedara constancia da miña posición nas gravacións. Xa estaba resignado a que aquela conversa que iniciara o demo do vello acabaría por tratar temas sobre os que existía un veto de clase cinco, e tal vez incluso de clase catro. Foi o vello o que seguiu falando para explicarnos que cando el era un cativo o seu pai, que por aquel entón era un mozo como os que se estaban a manifestar nestas semanas, participara activamente nas protestas contra a norma da orella.
-A norma da orella era só un símbolo, algo que empregaban aqueles homes e mulleres para mirar todos na mesma dirección e pedir cambios. Parece claro que a ninguén podía molestarlle demasiado a prohibición de tocar a orella dereita en público, pero era o ridículo que parecía aquela norma o que permitía que máis xente estivera disposta a protestar contra o irracional do sistema de normas que estaba comezando.
Recordo que o meu pai sempre dicía que iso era só o comezo, que se a sociedade permitía que a Gran Reunión estabelecera normas tan arbitrarias a convivencia sería unha mestura de desconfianza mutua e autorregulamento constante. Viviremos máis pendentes dos posibles apercibimentos que de desfrutar do tempo e da compaña.
E tiñan razón.
Nos últimos cen anos non fixemos máis que desenrolar a nosa tecnoloxía dunha maneira vertixinosa, pero socialmente estamos case incomunicados. Pensade na última vez que falastes persoalmente con alguén. Incluso nos establecementos como este no que estamos é raro ver a dous cidadáns falando entre eles. Estamos sempre atentos á información que aparece na nosa retina virtual e moitas veces estamos máis pendentes do que fan os nosos coñecidos que están noutras metrópoles que do que está acontecendo ao noso lado. Agora mesmo estamos falando das revoltas contra a norma da orella coma se fose algo anecdótico e sen importancia. É o que queren que creamos, pero en realidade estas revoltas, como todas as revoltas que sistematicamente foron silenciadas nas últimas décadas, o que pretenden é humanizarnos de novo. Do que se trata é de volver a ser seres sociais que nos relacionamos directamente entre nós, e non a través dunha tecnoloxía que parece deseñada exclusivamente para nós cando en realidade non fai outra cousa que integrarnos nunha inmensa base de datos na que todo o que facemos queda rexistrado.
Debo confesar que aquel vello estaba convencéndonos, pero as súas palabras supuñan xa unha clara vulneración do veto de clase catro e decidín que era o momento de rematar con aquela conversa. Apaguei a pantalla de información remota e pedinlles que se ían seguir con esas lerias o fixeran fora do meu local. O vello dixo comprender os meus temores, pero que non tiña de que me preocupar. Os tempos estaban cambiando e despois destes días convulsos viría a época na que poderíamos vivir e falar sen ter medo de conculcar algunha das 451 normas que agora rexían o día a día da metrópole.
En canto á norma da orella, -seguiu falando sen importarlle o máis mínimo o que viña de advertirlles- remontase aos tempos nos que para pertencer aos corpos de saneamento das vellas cidades había que facer unha probas de conduta e coñecementos. A cidadanía aínda estaba obrigada a aprender cousas se querían saber, e coas probas buscábase coñecer quen de entre todos eran os que máis sabían. Tratábase de seleccionar aos candidatos baseándose no mérito e na capacidade de cada un. Agora que van facéndonos a medida seguindo a formación específica non son necesarias estas probas, pero naquel tempo foi cando nunha destas probas descubriron, nos finais da Época Moderna, a uns individuos que levaban na orella dereita uns pequenos aparellos mediante os que recibían a información do exterior. Iso era facer trampas, e ao pouco todo o mundo comezou a dubidar de todo o mundo. Non era fácil saber se o que che estaban contando viña de quen falaba ou era outra persoa a que lle ía dicindo o que tiña que facer ou dicir. Foron anos de desconfianza mutua. A medida que estes aparellos se facían máis sofisticados as elites económicas facían desa tecnoloxía un elemento distintivo da súa posición social e moitos que non podían pagalo comezaron a buscar alternativas máis ou menos enxeñosas para aparentar que portaban un implante. Moitos estaban máis pendentes en saber se o outro levaba ou non aparellos na orella, e os gobernantes, vendo a importancia que comezaba a ter para a cidadanía poder acceder a esta tecnoloxía, comezaron a tomar medidas para universalizar a utilización deste tipo de aparellos. Decidiron inserir un implante coclear a quen o quixera, e para evitar posibles alteracións no funcionamento destes implantes, que ao principio eran de moi baixa calidade, fixouse a primixenia norma 143 que estabelecía que todo aquel que levase un implante non podería tocar a orella dereita. Anos despois, cando o implante foi universal e obrigatorio a norma tamén cambiou o seu enunciado, afectando deste modo a toda a poboación adulta. Para cando isto aconteceu xa estaba socialmente mal visto calquera tocamento das orellas, fose a dereita ou a esquerda.
Durante un tempo ninguén dixo nada. Diríase que cada un de nós estaba tirando as súas propias conclusións do que viña de contarnos o vello aquel. Durante a súa parolada botáramos man á orella en máis dunha vez, e o que antes nos parecía algo normal e habitual entre os metropoletanos agora nos resultaba raro e cuestionábel.
Eu sentía como se comezase a ver as cousas dunha maneira distinta, coma se dalgún modo obtivera unha clave para entender o mundo doutra maneira. Todo era igual, pero nada parecía o mesmo. Foi como unha iluminación, un pequeno chispazo que fixo que nos mirásemos uns aos outros para comprobar se aos tres nos pasara o mesmo. O home da barba asentía como se viñese de comprender algo que até o de agora só puidera intuír. Porén, foi novamente a muller grávida a primeira en falar. A historia que viña de escoitar espertara nela recordos que cría esquecidos para sempre e case estaba segura de que nalgún lugar da súa casa aínda gardaba unha caixa chea de cousas do seu avó Hilario. Non sabía explicalo, pero tiña a certeza de que entre todas aquelas cousas habería algo que podería explicar o mutismo do seu avó cando ela lle preguntaba sobre como era o mundo e as cidades na Época Moderna. Recordaba que o vello Hilario lle tiña falado de ordenadores e de Internet, e dos primeiros viaxes a Marte e dos chamados Quince Anos da Revolución Cuántica, pero nunca quixo falar demasiado da Era Biónica ou dos implantes.
Ao saírmos da taberna comezaba a chover lixeiramente sobre as plataformas de movemento en superficie. Ao estar no terceiro anel da cidade non había cúpula e podiamos ver o ceo e de cando en vez algunha estrela, pero tamén tiñamos que aturar que chovera por nós. Os últimos transbordadores chegaban á metrópole deixando pequenas estelas no ceo iluminado pola fluorescencia das proxeccións informativas do traballo diario da Gran Asemblea Local. Despois dun cómplice até mañá, marchamos cada un nunha dirección, sabendo que probablemente seriamos obxecto dunha análise exhaustiva por parte do Comité de vixilancia das normas. Dificilmente poderiamos liberarnos de dar explicacións sobre as nosas opinións e sobre o falado na miña taberna, pero confiabamos en que o ambiente de algarada das últimas semanas tivera relaxado algo os controis diarios e que ninguén lle prestase demasiada atención a unha conversa entre descoñecidos sobre as revoltas contra a norma da orella.