Para Arvall Ortega la vida había sido una inmensa montaña rusa, y no quiero que se pongan ustedes estupendos pensando que el narrador está de algún modo bromeando con la procedencia del bueno de Arvall. El narrador, obviamente, narrará lo que yo quiera que narre, que para eso soy el autor (según mi editora) el escritor (para uno de esos intelectuales en busca de subvenciones) el creador de contenido (como se autodenomina ahora la juventud que, como siempre ha sido, creen que han descubierto una nueva forma de expresión cuando en realidad nihil novum sub sole, que dicen que dijo ya Salomón hace miles de años, que además de muy antiguo era muy sabio)
Pero volviendo al hilo de la narración, cuando decimos que la vida de Arvall había sido como una montaña rusa no queremos minusvalorar lo azarosa que es cualquier vida sino mostrar cierta sorpresa ya que si alguien había llegado a este mundo con un camino más o menos marcado, ese era Arvall Ortega. En sus primeros años nada había quedado al azar. Su alimentación, su educación, su formación física. Todo estaba planificado de antemano y todo parecía desarrollarse dentro de los cauces establecidos, pero algo sucedió que no estaba contemplado en ninguna de las simulaciones realizadas con anterioridad. Los matemáticos que realizaron los cálculos de probabilidades jamás habían pensado en que algo así pudiese acontecer, los sociólogos no anticiparon ninguno de los acontecimientos acontecidos durante la segunda década de vida de Arvall y los físicos y los químicos no tenía marcos teóricos para explicar el mundo después de dichos acontecimientos. Todo cambió de repente, y fueron muchos los que se perdieron en aquellos primeros días del nuevo mundo. Pero Arvall Ortega parecía especialmente adaptado a casi todos los cambios que sucedieron en un muy corto periodo de tiempo.
El no lo sabrá hasta muchos años después, pero su presencia y su capacidad innata para la comunicación fueron fundamentales para que el primer contacto pudiese tener lugar, aunque este ansiado por muchos primer contacto resultó ser el principio del fin para la civilización que lo había creado. Aún hoy existe cierta controversia al respecto y el propio Arvall no tiene una explicación concluyente para su singularidad, a pesar de haber estado en contacto con formas de vida mucho más avanzadas y tener acceso a información que sobrepasa los límites de nuestra limitada comprensión (incluso la del sabio Salomón).
La única certeza que tenemos es que Arvall Ortega fue el único que pudo comunicarse con ellos cuando llegaron, y que fue ese destello de inteligencia que encontraron en el lo que evitó que convirtieran nuestro planeta en una simple fuente de recursos. Y resulta tremendamente perturbador que fuese el primer Biociborg creado artificialmente en un laboratorio el que salvase a la especie humana. Arvall Ortega había sido creado y programado para conducir la primera expedición de prospección al cinturón de asteroides y finalmente fue el primer contactado de la civilización humana.

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