jueves, 23 de marzo de 2023

El último viento (IV). Arvall Ortega o las quejas del narrador (o narradora)

 


Después de los acontecimientos que se explicarán más adelante, bien como recuerdos que Arvall le cuenta a alguien o el mismo rememora, bien como una historia que otra persona va narrando, Arvall Ortega pierde importancia en la historia no narrada de este relato (esa que solamente conoce o imagina el autor y que le sirve para enmarcar la historia) y permanece durante mucho tiempo perdido en algún remoto lugar.

Obviamente, será a ese lugar al que tenga que encaminar los pasos el otro personaje con el que comienza esta historia, pues lo que ustedes esperaran, y para lo que yo me estoy preparando en este capítulo, es para contar como Ángela encuentra a Arvall, y los motivos que hacen necesario este encuentro.

Pero sin embargo me faltan datos. Como ustedes se imaginan, yo soy simplemente la voz narradora, y es el autor el que ahora mismo está pensando en los acontecimientos que quiere contar. Yo, debo confesarlo, soy buena narrando, pero por desgracia los narradores no solemos escoger a nuestros autores, y se ve que a mi, en este libro, me ha tocado un autor que no sabe a donde va.

Hace dos capítulos se mostraba muy seguro y, digámoslo claro, un poco impertinente al sentenciar con cierto aire de dictadorzuelo que yo narraría lo que a el le diese la gana. Ese lapidario “el narrador narrará lo que yo quiera que narre”, además de ser ofensivo para mi función en este negocio, resultó ser un poco “mear fuera del tiesto”, como vulgarmente se dice. Han pasado los días y el autor, por motivos personales y de conciliación de la vida familiar y laboral, no ha tenido aún tiempo de determinar ni el qué, ni el cómo ni el porqué, y como narrador no puedo más que expresar mi más rotunda queja ante esta dejadez de funciones por parte del autor.

Es más, su ignorancia sobre hacia donde va a dirigir esta ¿novela?, ¿libro?, ¿novela corta?, ¿relato?... da igual. Su ignorancia, como decía, es tal que ni siquiera sabe que no soy un narrador, sino una narradora. Y por mucho que con su actitud autosuficiente y sobrada pretenda atribuirse todo el mérito de lo que pasa y de lo que va a pasar, desde este preciso momento declaro que voy a intervenir directamente en la trama y que lo haré como a mi me parezca. Y no descarten que con mis intervenciones modifique la trama o provoque giros inesperados en el argumento que, por otro lado, parece condenado al más absoluto fracaso.

Dicho esto, y para que conste en acta, Arvall Ortega había decidido por propia voluntad desvanecerse de los acontecimientos del mundo y buscar refugio en un lugar apartado y solitario. Las últimas décadas las había pasado en un estado forzado de semiconsciencia, desconectado totalmente del mundo exterior y manteniendo solamente los procesos básicos que le permitiesen mantener su cuerpo en un nivel óptimo de funcionamiento. De este modo, perdido en lo más recóndito de un recóndito planeta, sin mantener ningún tipo de contacto con nadie, acabó convirtiéndose en un recuerdo, una vieja historia que unos pocos seguían contando y que hablaba del segundo regreso del salvador, del deseado. Hasta que los que le habían conocido y tratado fueron también muriendo y de Arvall Ortega no quedó ni siquiera el recuerdo.



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