viernes, 21 de agosto de 2020

Effi Briest. Theodor Fontane

 



Constante.

Constante desde la primera a la última página. Esta novela consigue mantener un estilo y una voz narrativa propios durante las más de trescientas páginas que nos regala el autor. Se trata de una de esas obras que hace que aparezca una voz en nuestra cabeza, un narrador muy característico, con un estilo singular que termina por acompañarnos incluso cuando no estamos leyendo. Es Literatura de la buena, de la que nos deja algo tristes cuando acabamos de leer no tanto por los personajes, que también, sino porque nos hemos acostumbrado a esa forma de contar y sabemos que hay historias que duran lo que duran unas cortas vacaciones. En definitiva, nos encariñamos con el narrador y nos apena que termine de contarnos lo que tiene que contar.

Y de lo que trata Effi Briest es más bien mundano y simple. No es por la trama argumental por lo que Theodor Fontane nos conquista, aunque tenemos que tener en cuenta que esta novela fue publicada en el año 1895, y la sociedad de época era muy distinta a la de ahora. A lo largo de la historia van apareciendo pinceladas de la forma de pensar de algunos protagonistas y descubrimos ideas bastante avanzadas para la época. Se saben gobernados por unas leyes sociales y culturales que no son justas ni buenas, pero que es necesario cumplir para ser aceptado, para sentirse integrado y poder cumplir con las expectativas (a menudo de los otros) y con los sueños propios. Effi no puede sentirse plenamente culpable, y Innstteten (su marido) no puede sentirse inocente. Obró como tenía que obrar, pero sabe que no hizo bien, que su gesto no responde a la ira ni a una ofensa que necesite reparación. Simplemente tiene que actuar porque la sociedad y su posición en la misma así lo requieren. En cierta medida, él también es víctima de unas normas que lo atenazan y lo dominan y es consciente, incluso antes de actuar, de que el cumplimiento de esas normas provocará irremediablemente su infelicidad.

Hay párrafos en Effi Briest de una brillantez absoluta. El resto es una obra maestra, un imprescindible de la literatura. Nada sobra, no hay páginas de relleno y en cada capítulo se cuenta exactamente lo que se tiene que contar. La pluma de Theodor Fontane no desmerece a un Dostoyevski o a un Balzac, por hablar de dos autores que escribieron por la misma época, y en no pocos párrafos percibimos cierto aroma cervantino. Encadenamientos con referencias al capítulo anterior, ingeniosas explicaciones sobre la naturaleza humana que bien podrían haber sido enunciadas por el hidalgo castellano e incluso un personaje (Roswitha, cuidadora primero de la hija de Effi y más tarde de la propia Effi) que en muchas ocasiones se parece al humilde y siempre dado a refranes Sancho Panza.

En definitiva, os gustará si os gustan las novelas en las que la voz narradora está presente con un estilo cuidado y muy particular, con gran riqueza expresiva pero a la vez con una cadencia fluida que avanza sobre frases más bien cortas, sin demasiados adornos ni florituras que muchas veces intentan encubrir falta de talento.


- Off topic -

Yo no conocía de nada a Theodor Fontane, ni siquiera me sonaba su nombre. Ocurre muchas veces que paso por las bibliotecas o por las librerías y elijo algún libro simplemente por curiosidad, por la portada o sobre todo por el título, aunque no conozca de nada al autor o autora en cuestión. Pero este libro tiene una historia un poco distinta. Fui con la pequeña a la biblioteca y después de escoger sus libros le pedí que me acompañase a mi a buscar alguna lectura. Como ella ya tenía prisa y yo suelo tardar demasiado en decidirme, se fue por el otro lado de la estantería en la que estábamos, cogió un libro al azar, comenzó a empujarlo hacia mi y disimulando la voz comenzó a decir “Llévame a mi, llévame a mi”. Ni que decir tiene que me lo llevé, y fue todo un acierto.

Pero aquí no acaban las casualidades. Hace un par de semanas estaba yo desvelado y decidí leer un poco y poner la radio. Resulta que estaban reponiendo en la SER un programa sobre libros, que tampoco conocía. Efectivamente, el libro del que hablaron aquella noche era Effi Briest, de Theodor Fontane.


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