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jueves, 25 de febrero de 2021

Matar a un ruiseñor. Harper Lee.

 






Homenaje.

Sin duda, Matar a un ruiseñor, de la escritora Harpper Lee, es un homenaje a la figura de su padre. No en vano, la historia está basada en las vivencias de la propia autora. Aticus, el padre de la narradora, es un abogado recto y con un elevado sentido de la justicia que se atreve a defender a un hombre de color en una sociedad en la que los prejuicios racistas eran aún muy fuertes. Esta circunstancia marcará de una manera muy profunda la vida de la narradora, Scout, y de su hermano.

Uno de los puntos fuertes del libro es que todo se cuenta desde el punto de vista de una niña. A medida que avanzamos en la lectura, se entremezcla la historia de los adultos (el juicio, las amenazas, la descripción de las miserables vidas que llevaban las clases probres, independientemente de su raza) con las historias de los niños, su curiosidad por un vecino que no sale de su casa, la incompresión de las normas de los mayores (encarnadas por la tía) que buscan que la niña se comporte como una señorita o la vida escolar de la época. Es la niña la que nos explica todo lo que va sucediendo en su mundo. Incluso cuando se trata de temas de adultos (sobre todo lo referente al juicio) es la visión de la niña lo que nos ofrece la autora, aunque esta visión siempre suele estar mediada por las explicaciones de algún adulto sobre lo que está sucediendo.

La historia está narrada de un modo tierno y directo, con frases cortas y que aportan sobre todo información. No hai artificios literarios ni formas rebuscadas en el lenguaje o en el estilo. Si embargo se aprecia cierta evolución, como si la autora quisiera marcar el paso del tiempo entre la niña que empieza a contar la histoira y la que la termina. La narradora evoca una época pasada, pero da la impresión de que quiere dejar constancia de cómo los acontecimientos que narra influyeron en su vida y de algún modo hicieron que Scout pasase de la infacia a la vida adulta. Podemos decir que se trata de una novela de aprendizaje.

Al leer la novela da la impresión de que Harpper Lee tenía una historia que contar. No se trata de una escritora que aprovecha vivencias personales para armar sus obras sino de una persona que quería contar algo y una vez que lo hace no vuelve a escribir. De hecho, esta es la única novela que publicó en 55 años, y solamente unos meses antes de morir, y seguramente debido a gente sin escrúpulos, sería publicada la que se considera por algunos como el borrador inicial de “Matar a un ruiseñor”. Esta circunstancia ha llevado a cuestionar la autoría de la obra, habiendo incluso quien sosprecha que detrás de este libro está Truman Capote ya que eran amigos de la infancia y se sabe que fue este escritor el que la animó a escribir su obra.

Personalmente creo Harper Lee es un ejemplo de escritora honesta, que en lugar de aprovechar la popularidad de su novela, y sobre todo de la adaptación cinematográfica, para seguir escribiendo decide ser sincera consigo misma y reconocer que realmente no tiene más historias que contar. No persigue la fama ni el reconocimiento, simplemente cuenta lo que necesita contar y da por finalizada su carrera literaria.

Como curiosidad apuntaré que murió hace 5 años, el 19 de febrero de 2016. Ese mismo día moría también Umberto Eco, el autor de la novela que más veces he leído.


jueves, 21 de enero de 2021

Carpe Diem. Saul Bellow.

 





Fracaso.

Carpe diem es una novela corta en la que Saul Bellow nos muestra la decadencia de un hombre que fracasa en todo lo que emprende. Nada le sale bien a Tommy Wilhelm, que con 44 años asiste al derrumbe completo de su vida. Casado con una mujer de la que intenta divorciarse sin conseguirlo, abandonado por una amante que se cansa de esperar, arruinado, incapaz de conservar un trabajo alimenticio al que tuvo que aferrarse despues de haber fracasado en su intento de ser actor y sobre todo repudiado por su padre, que se niega a prestarle ningún tipo de ayuda.

La historia se centra en un solo día en la vida de este hombre, un día que comienza con la firme decisión de tomar el control de su vida y termina con el aniquilamiento de toda esperanza. En realidad, todo está determinado, nada depende ya de la actitud de Tommy ni sus acciones. Son las decisiones pasadas, y los errores, los que han llevado al protagonista de esta historia a una situación en la que no habrá solución. La busca, sin embargo, en una apuesta imposible, en una asociación arriesgada con un hombre que sabemos turbio nada más presentarse en escena. Un charlatán, mezcla de inversor en bolsa y psicólogo (ahora le llamariamos coaching), que lo convence para ir a medias en una inversión en la que Tommy aporta el poco dinero que le queda, y lo pierde.

Como lectores, asistimos impotentes a la caída de un hombre con el que solamente nos identificamos en parte. En algún momento sentimos ganas de gritarle, de advertirle que se equivoca, que a pesar del optimismo con el que comienza el día volverá a caer en las trampas que la vida, o sus congéneres, van tendiendo en su camino. Y sin embargo es él el que se equivoca una y otra vez. El narrador es capaz de mostrarnos las dudas que asaltan a Tommy, y por un instante pensamos que asistiremos por fin a su recuperación, que la novela va a mostrarnos el momento en el que este hombre inmaduro y tan necesitado del apoyo y comprensión de los demás por fin va a tomar el mando de su propia vida y enfrentarse a sus problemas.

Pero la novela acaba y el cambio no se produce, y sabemos que al día siguiente el mundo será aún más frío y cruel para el protagonista, que ni siquiera cuenta con la complicidad del propio autor. Diríase que Bellow emplea a este personaje para hacer una dura crítica contra una sociedad centrada en el éxito personal y en el hacerse a si mismo. No hay espacio para los perdedores, nadie está dispuesto a ofrecerles ni siquiera un vaso e agua. De este modo, Tommy avanza de manera errática por su propia historia, comprobando como las puertas se van cerrando a su paso y como solamente se mantienen a su lado aquellos que de algún modo buscan aprovecharse de él, y solamente el tiempo necesario para consumar su engaño.

El estilo de Saul Bellow es fresco y directo. Una nota distintiva con respecto a otros autores es el carácter despectivo que emplea en muchas de las descripciones físicas de los personajes. El carácter de los personajes es mostrado a través de conversaciones, bien por lo que ellos dicen de ellos mismos o sobre todo por las constantes recriminaciones que el padre le hace al hijo.

Sin duda, habrá que leer algo más de este autor que ganó el premio nóbel en el año 1976. 







martes, 8 de diciembre de 2020

Música para camaleones. Truman Capote.

 




Catálogo.

Música para Camaleones, de Truman Capote, tiene algo de catálogo, de libro de muestras que el autor nos va enseñando, relato a relato, para que sepamos lo que es capaz de crear. El libro está dividido en tres partes. La primera la componen siete relatos breves que cuentan pequeñas historias, pinceladas biográficas de unos personajes estrafalarios y raros, pero a la vez reales. Se trata de personas mostradas en su vida cotidiana, a veces una simple anécdota, o el trancurso detallado de un día de trabajo sirven para armar un relato. Aquí encontramos el que da título al libro “Música para Camaleones”, aunque el que más me ha gustado a mí es “Un día de trabajo”.

En la segunda parte aparece una novela corta titulada “Ataúdes tallados a mano”. Se trata de un relato soberbio, que igual que su novela A sangre fría, está basado en hechos reales y pertenecientes a la más sangrienta crónica negra del momento. Truman Capote acuñó el término “Literatura de No Ficción” para referirse a su obra, en la que toma hechos reales y les da forma de novela. Aquí nos cuenta la historia de un asesino en serie, y lo hace empleando los mejores recursos y técnicas de la novela negra clásica. Un investigador obsesionado, un observador ajeno a los acontecimientos pero que acaba formando parte de la propia trama y un final inevitable. Sin duda, este relato, por si solo, podría haber sido una buena novela.

Por último, la tercera parte del libro está formada por una serie de entrevistas imaginarias a personajes reales de la época, incluso se entrevista a él mismo e el relato que cierra el libro. Esta parte fue la que menos me gustó, a pesar de su originalidad y de el manejo perfecto del estilo periodístico y de la entrevista.

El libro es muy recomendable. Los relatos situacionales están narrados con una precisión y un estilo muy pulcro, y el cruce de caminos entre periodismo, crónica y ficción se resuelve de un modo más que satisfactorio. Se nota el oficio de periodista en el uso adecuado de las palabras y la forma sencilla de comunicar lo que quiere contar, pero su prosa no está privada de cierta poética en su estilo. Hay maestría en la forma de perfilar los personajes, en la manera de ir desarrollando la crónica para que continuar con la lectura no nos suponga esfuerzo alguno. Se trata de relatos sencillos y fáciles de leer, historias que atrapan al lector y que nos sirven, en parte, para interpretar la realidad de su momento, a pesar de que lo que se narra, sobre todo en las entrevistas de la última parte del libro, son las vida de personajes algo fuera de lo común. Un asesino, una actriz famosa, ladrones, locos e incluso una bruja. Son personas y escenarios únicos, que parecen imaginarios pero que sin embargo viven en el mundo real. Tal vez por eso el propio autor definió su obra como Literatura de No Ficción.

Música para Camaleones es, en definitiva, la obra literaria de un periodista. Se nota en el uso que hace de distintos estilos literarios como la poesía, la descripción destallada y la metáfora para conseguir describir los escenarios y los personajes que aparecen en su obra. Sabe informar de lo necesario para que la narración funcione, y a la vez es capaz de dejar a nuestra imaginación el resto. Ahí reside, sin duda, buena parte del éxito de la literatura, en la imaginación del lector.




domingo, 11 de octubre de 2020

Octubre norteamericano

 



Decía Lamarck que el órgano que no se utiliza se atrofia hasta desaparecer. Esta Ley básica de la evolución se aplica tambien en nuestras formas de gobierno, y hay quien dice que los derechos que no ejercitamos tienden a desaparecer. 
Siempre me gustó esta teoría y desde hace tiempo lo aplico cada vez que voy a la biblioteca. Creo que si no frecuentamos las bibliotecas y no hacemos uso del servicio de préstamo acabarán cerrando por falta de uso, y por eso intento visitarlas siempre que puedo, y acabo llevándome para casa más libros de los que podré leer. Ya comenté como llegó a mis manos Effi Briest, de Theodor Fontane. 
Pues bien, en mi última visita a la biblioteca insistieron en que fuese a buscar mis libros a la zona de mayores, que querían elegir sus lecturas sin interferencias de los adultos y que me tomase mi tiempo, que sabían utilizar la máquina de autopréstamo. 
Así fue como pude pasearme con calma entre las estanterías de la biblioteca y se me ocurrió que era hora de comenzar a leer a esos autores de los que hablan siempre en los libros de autoayuda para los no escritores como yo. Y como últimamente leí algún texto de Stephen King o de Roth, sus referencias literarias son los autores norteamericanos del siglo XX. 
En definitiva, la agenda lectora para este mes de octubre es a la vez un reto y una cuestión de formación literaria. Intentaré leer una novela a la semana y sosprenderme con el desparpajo y la frescura de los autores estadounidenses que escribían ya muy influidos por el cine. Y si hay suerte igual me queda algo de tiempo para escribir.

jueves, 3 de septiembre de 2020

La víspera de casi todo. Víctor del Árbol.







Recargado.

No me considero demasiado purista con respecto a los subgéneros literarios. No suelo dejarme llevar por las etiquetas a la hora de escoger mis lecturas, aunque reconozco que tengo una querencia especial por la ciencia ficción. Es más, me gustan las obras que no son fáciles de clasificar o aquellas que ofrecen una mezcla de distintos géneros y que obligan al lector a salir de su zona de confort literario.

Pero lo que me gusta es que la obra tenga cierta coherencia interna. Puedes contarme lo que te parezca, puedes inventar mundos, crear personajes tan estrafalarios o malvados que rocen lo inverosímil, pero tiene que existir cierta lógica dentro de lo que se narra. Creo que lo que falla en La víspera de casi todo es la coherencia interna. El argumento es bueno, una investigación, un detective, una víctima, un pasado común. Los primeros capítulos animan a leer, consigue crear la atmósfera perfecta para una buena novela negra. Pero de pronto todo se enmaraña, el narrador-protagonista se pierde en reflexiones que no encajan demasiado bien con lo que se intenta contar y el autor decide profundizar en la vida de algunos personajes sin que esto aporte nada a la trama principal.

En realidad parecen tres novelas cortas, tres historias diferentes que por algún motivo se narran en la misma novela. Esto en principio no supone un problema, multitud de novelas contienen más de una trama, ya sea para servir de contrapunto a la historia principal o para aportar información o contexto a lo que se narra. Sin embargo, aquí no termina de funcionar. Las historias paralelas no aportan nada a la historia principal, y tampoco sirven para dotar a los personajes de carácter propio. Semejan apuntes biográficos que no consiguen mostrar su influencia en el desarrollo de la personalidad de los protagonistas secundarios.

Lo que falla, en mi opinión, es el enfoque, el punto de vista. Un elemento clave en la novela negra es la perspectiva, el protagonista-narrador que va desvelando las claves de su investigación y aportando siempre datos de su vida personal. A veces simplemente pequeños detalles de su vida cotidiana, y otras veces viejos fantasmas que regresan y acaban resultado esenciales para la historia. En este caso es el exceso de información biográfica sobre los personajes secundarios lo que acaba sobrecargando demasiado la historia. Hacia la mitad de la novela nos perdemos en las historias de los otros, en un ir y venir temporal que lo único que consigue, para mi gusto, es cortar el avance de la trama sin aportar casi nada al conjunto general.

Por lo demás el estilo del autor es aceptable, no en vano ganó el premio Nadal en el año 2016 y cuando menos se espera que el ganador de un premio literario de este tipo tenga cierto oficio en esto de escribir. Reconozco, sin embargo, que me sentí algo defraudado con esta obra. Por alguna entrevista y algunos comentarios leídos en algún sitio esperaba una obra de esas que te dejan un agradable ronroneo en la cabeza. Además, una buena parte de la historia se desarrolla en una zona de A Coruña muy emblemática, la mal llamada Costa da Morte, y tal vez eso también influyó en que no llegara en ningún momento a creerme lo que me contaba. Un paisaje demasiado conocido para mí termina convirtiéndose en un decorado no muy creíble, con los típicos tópicos de lluvia, gentes distantes en el trato e historias de aparecidos.

En definitiva, parece que los ingredientes de La víspera de casi todo no estaban bien dosificados. Algunas de las medidas de la receta no estaban bien apuntadas, o simplemente había prisa por sacarla del horno y al final la novela no está lo suficientemente cocinada.

Tendremos que probar un segundo plato para poder juzgar bien a este autor.

viernes, 21 de agosto de 2020

Effi Briest. Theodor Fontane

 



Constante.

Constante desde la primera a la última página. Esta novela consigue mantener un estilo y una voz narrativa propios durante las más de trescientas páginas que nos regala el autor. Se trata de una de esas obras que hace que aparezca una voz en nuestra cabeza, un narrador muy característico, con un estilo singular que termina por acompañarnos incluso cuando no estamos leyendo. Es Literatura de la buena, de la que nos deja algo tristes cuando acabamos de leer no tanto por los personajes, que también, sino porque nos hemos acostumbrado a esa forma de contar y sabemos que hay historias que duran lo que duran unas cortas vacaciones. En definitiva, nos encariñamos con el narrador y nos apena que termine de contarnos lo que tiene que contar.

Y de lo que trata Effi Briest es más bien mundano y simple. No es por la trama argumental por lo que Theodor Fontane nos conquista, aunque tenemos que tener en cuenta que esta novela fue publicada en el año 1895, y la sociedad de época era muy distinta a la de ahora. A lo largo de la historia van apareciendo pinceladas de la forma de pensar de algunos protagonistas y descubrimos ideas bastante avanzadas para la época. Se saben gobernados por unas leyes sociales y culturales que no son justas ni buenas, pero que es necesario cumplir para ser aceptado, para sentirse integrado y poder cumplir con las expectativas (a menudo de los otros) y con los sueños propios. Effi no puede sentirse plenamente culpable, y Innstteten (su marido) no puede sentirse inocente. Obró como tenía que obrar, pero sabe que no hizo bien, que su gesto no responde a la ira ni a una ofensa que necesite reparación. Simplemente tiene que actuar porque la sociedad y su posición en la misma así lo requieren. En cierta medida, él también es víctima de unas normas que lo atenazan y lo dominan y es consciente, incluso antes de actuar, de que el cumplimiento de esas normas provocará irremediablemente su infelicidad.

Hay párrafos en Effi Briest de una brillantez absoluta. El resto es una obra maestra, un imprescindible de la literatura. Nada sobra, no hay páginas de relleno y en cada capítulo se cuenta exactamente lo que se tiene que contar. La pluma de Theodor Fontane no desmerece a un Dostoyevski o a un Balzac, por hablar de dos autores que escribieron por la misma época, y en no pocos párrafos percibimos cierto aroma cervantino. Encadenamientos con referencias al capítulo anterior, ingeniosas explicaciones sobre la naturaleza humana que bien podrían haber sido enunciadas por el hidalgo castellano e incluso un personaje (Roswitha, cuidadora primero de la hija de Effi y más tarde de la propia Effi) que en muchas ocasiones se parece al humilde y siempre dado a refranes Sancho Panza.

En definitiva, os gustará si os gustan las novelas en las que la voz narradora está presente con un estilo cuidado y muy particular, con gran riqueza expresiva pero a la vez con una cadencia fluida que avanza sobre frases más bien cortas, sin demasiados adornos ni florituras que muchas veces intentan encubrir falta de talento.


- Off topic -

Yo no conocía de nada a Theodor Fontane, ni siquiera me sonaba su nombre. Ocurre muchas veces que paso por las bibliotecas o por las librerías y elijo algún libro simplemente por curiosidad, por la portada o sobre todo por el título, aunque no conozca de nada al autor o autora en cuestión. Pero este libro tiene una historia un poco distinta. Fui con la pequeña a la biblioteca y después de escoger sus libros le pedí que me acompañase a mi a buscar alguna lectura. Como ella ya tenía prisa y yo suelo tardar demasiado en decidirme, se fue por el otro lado de la estantería en la que estábamos, cogió un libro al azar, comenzó a empujarlo hacia mi y disimulando la voz comenzó a decir “Llévame a mi, llévame a mi”. Ni que decir tiene que me lo llevé, y fue todo un acierto.

Pero aquí no acaban las casualidades. Hace un par de semanas estaba yo desvelado y decidí leer un poco y poner la radio. Resulta que estaban reponiendo en la SER un programa sobre libros, que tampoco conocía. Efectivamente, el libro del que hablaron aquella noche era Effi Briest, de Theodor Fontane.


lunes, 3 de agosto de 2020

Expo 58. Jonathan Coe







Cosquilleo.

Me pasa a veces que cuando acabo una novela siento un extraño cosquilleo entre los hombros y el cuello. Cierro la última página alegre, satisfecho, y suelo quedarme unos minutos pensando en lo que me acaban de contar, en la historia, en el ambiente, en lo que habrán hecho los personajes después de la novela. Pienso que la literatura también consiste en vivir otras vidas y en estar en otros lugares, en ampliar nuestra experiencia. Supongo que por eso nos sentimos bien cuando las novelas acaban bien para los personajes y nos quedamos algo apagados cuando se trata de tragedias y sinsabores.

De Jonathan Coe había leído ya un par de novelas. A casa do sono (NovoVinilo Edicións), fue una recomendación de Chus (Libraría Pedreira), y como suele acontecer acertó. Después leí La lluvia antes de caer, y en mi cuaderno de lecturas le di un 5 sobre 5 “porque hai un apartado, case ao final, no que me sentín igual que ao rematar El nombre de la rosa, e iso non é fácil”.

En Expo 58 Jonathan Coe consigue tocar fibras sentimentales que nada tienen que ver con la historia que narra. No necesitamos estar familiarizados con la época de la Exposición de Bruselas del año 1958 para notar un estremecimiento al final de la obra. La anécdota, la trama, es un pretexto para hablar de emociones que todos sentimos alguna vez. Se trata de la nostalgia de lo vivido, de los buenos tiempos, como recuerdan dos de los personajes cincuenta años después, aunque esto solamente lo sabemos en las últimas páginas del libro.

Desde el comienzo, un narrador en tercera persona va contándonos la historia de un modo sencillo y fluido, sin demasiadas pretensiones filosóficas o artísticas. Un enredo de amoríos y espías en los comienzos de la guerra fría contado de una manera simple y por veces humorística. Hay un claro guiño a los dos estrafalarios inspectores de los comics de Titín, aunque en este caso son los únicos que finalmente conocen todas las claves de la historia y mueven los hilos para que todo vaya sucediendo como tiene que suceder.

Coe conoce perfectamente el oficio de escritor. Sabe dosificar perfectamente los distintos ingredientes que nos hacer avanzar páginas y páginas preguntándonos que será lo que finalmente decida el protagonista. Intuimos que nada depende de él, que aunque lo desee no será capaz de cambiar su vida estable por un impulso, por una pasión. Y sin embargo podría haber sido. Eso lo sabemos al final, en un capítulo cargado de nostalgia y de emotividad en el que se da cuenta, de manera telegráfica, como fue la vida del protagonista en los siguientes cuarenta años. Una vida anodina y corriente, totalmente previsible, con sus alegrías y sus sinsabores. Sabemos que durante todos esos años habrá pensado muchas veces en la decisión no tomada, en la elección que hizo en su día. Y tal vez en alguna ocasión habrá pensado que las cosas habrían sido diferentes de haber tomado otro camino, pero de nada sirve querer volver al tiempo en el que hemos sido felices. Al final el verano se acaba, las luces se apagan y las personas deben volver al lugar que les corresponde. 


jueves, 30 de abril de 2020

La uruguaya. Pedro Mairal.








Frescura.
Supongo que escuché hablar de Pedro Mairal en la radio o tal vez incluso pude haber leído sobre alguno de sus libros en el suplemento cultural de algún periódico. Pero cuando compré esta novela lo hice sobre todo por la editorial. Tengo ya varias novelas publicadas por Libros del Asteroide y en su mayoría son obras de gran calidad. Los conocí por las obras de Robertson Davies (de este barbudo canadiense tendré que hablar en algún momento ya que es uno de los grandes) y a partir de ahí suelo prestar atención a lo que publican. De este modo conocí a autores como Maggie O'Farrell, William Maxwell o John Mortimer. Pero como casi siempre, me estoy dispersando.
Volvamos a Pedro Mairal.
Fue con la publicación de Una noche con Sabrina Love, y sobre todo por su adaptación al cine, cuando Pedro Mairal se convirtió en un escritor conocido. Apuntaré esta obra en la lista de próximas compras ya que desde hace un tiempo intento no comprar novelas sin antes haber leído algo del autor o autora en cuestión. Demasiadas sorpresas desagradables al dejarme llevar por reseñas literarias o recomendaciones radiofónicas. En otro momento hablaré de lo que compro y lo que leo, pero ahora de lo que se trata es de escribir un poco de lo que me ha parecido esta corta novela llamada La uruguaya y escrita por el argentino Pedro Mairal.
Pensé que después de la intensidad y profundidad de Onetti y de Faulkner necesitaba algo fresco, y en la estantería de libros pendientes estaba esta novela desde agosto del año 2019. Su lectura es rápida, tanto por la sencillez de su trama como por su estilo ágil y fresco. Un día en la vida de un hombre que atraviesa el río de la Plata para poder cobrar su dinero en Uruguay sin verse sometido a las restricciones fiscales vigentes en ese momento en Argentina. Este dinero supone para el una libertad y una condena al mismo tiempo. Tendrá independencia financiera durante unos meses, pero tendrá que dedicar ese tiempo a escribir una novela por la que ya le han pagado un generoso anticipo.
Por eso inicia el día pensando en lo que podrá hacer, en lo que cambiará su vida a partir de ahora con ese dinero. Sabemos que es su mujer la que se ocupa de los gastos de la casa, sabemos que tiene un hijo pequeño y sabemos que las cosas no van bien dentro de la pareja. Correos privados que serán leídos, palabras que se dicen entre sueños, reproches mutuos de falta de entusiasmo, de desinterés...
El objetivo principal del protagonista está claro, conseguir un dinero que le permita respirar un poco durante unos meses. Pero ya casi al principio sabemos que hay otra intención, una cita con una antigua conocida, una casi infidelidad pasada que dejó la puerta abierta a un futuro encuentro, al encuentro que se nos describe en La Uruguaya.
Y sin embargo, nada saldrá como se espera.
El argumento es bastante previsible, aunque al final queda cierta sospecha en el aire que ni el lector ni el protagonista podemos resolver. Digamos simplemente que a partir de ese momento la vida del hombre cambia totalmente. Nada sucede como tendría que haber sucedido, y sin embargo al final queda una sensación agradable, como si las cosas hubieran sucedido para bien, como si todo sucediese por algún motivo.
No diré nada más sobre el argumento ya que es una novela muy recomendable y parte de su gracia está en el pequeño enredo argumental que mantiene cierta intensidad hasta el final.
En cuanto al resto decir que utiliza la narración en primera persona de una manera brillante. El protagonista, situado en un futuro indeterminado, narra todo lo acontecido durante ese día, aportando los motivos y las razones que le llevaron a actuar de aquel modo, y en algún momento incluso adelantando las consecuencias de sus actos. Las frases cortas y un estilo directo y sin demasiadas florituras hacen que la narración fluya, que nos interesen los avatares de ese día. Todo lo que sucede está siempre centrado en el protagonista y en el momento que se narra. No se nos anticipa nada de lo que va a suceder aunque tanto el que narra como la destinataria del relato saben como acaba la historia y las repercusiones que aquel día tuvo sobre sus vidas.
La uruguaya es un intento de explicación. No son los hechos, sino las motivaciones, lo que tiene realmente importancia. El protagonista no pretende justificarse, no busca el perdón ni quiere que las cosas vuelvan a ser como antes. Simplemente expone las circunstancias y los azares que le llevaron a actuar de una manera determinada. Es, tal vez, un sentimiento universal, una tendencia de algunos seres que saben que el camino que están recorriendo no lleva a ningún lugar, pero que no pueden evitar recorrerlo. Una vez que ven que hay un sendero tienen que seguirlo aunque sepan que no es hacia donde quieren ir. Siempre hay algo que nos impulsa a seguir caminando.
El protagonista sabe que ese día puede cambiarlo todo, que las cosas pueden mejorar y que puede ser el comienzo de una nueva vida. Pero decide cambiar los planes, aprovechar la ocasión, recorrer un sendero que no aportará nada que pueda perdurar. Un placer efímero, o ni siquiera eso...
Por último está el juego literario que tanto me gusta. El protagonista es un escritor al que le pagan un anticipo por escribir una novela. La ficción se convierte en realidad cuando sospechamos que el libro que tenemos entre las manos es en realidad esa novela que el personaje ha podido concluir.



domingo, 12 de abril de 2020

Las palmeras salvajes. William Faulkner







Dualidad
Las palmeras salvajes, de William Faulkner, es un ejercicio de dualidad desde distintos puntos de vista. En primer lugar la propia obra es doble ya que en esta novela se cuentan dos historias totalmente independientes. Argumentalmente no tiene nada que ver “Las palmeras salvajes” con “El viejo”. Avanzamos en la novela buscando un nexo de unión que no existe. Pensamos que seguramente hay algún dato que se nos escapa, que de algún modo las dos historias deben tener algún punto de unión y al final, solamente al final, sabemos que lo único que puede relacionar las historias es donde acaban los dos personajes. Ni siquiera sabemos si se conocen o no, aunque podemos intuir que tal vez uno de los que escuchan la historia de “El viejo” es el propio protagonista de “Las palmeras salvajes”, aunque esta es una suposición mía. El autor en ningún momento relaciona las dos narraciones.
De hecho las dos historias funcionan de un modo independiente, podrían haber sido publicadas como novelas cortas sin que su calidad se viese mermada. Pero Faulkner explicó en alguna ocasión que al llegar al final de la primera parte de “Las palmeras salvajes” sintió que necesitaba un contrapunto, algo que aportase intensidad y comenzó a escribir “El viejo”. Después siguió de nuevo con “Las palmeras salvajes” y así hasta el final.
Permitidme que me ría. Faulkner, como todos los grandes escritores, es un mentiroso redomado, de esos que dicen que no existe la inspiración, que simplemente se trata de trabajo duro y metódico, y un poco de suerte. En mi opinión en “Las palmeras salvajes” tiene muy claro lo que pretende. No dudo que el chispazo creativo le llegara cuando estaba escribiendo la primera historia, pero también creo que fue un rasgo de genialiadad lo que impulsó al escritor a intercalar las dos narraciones, como también estoy convencido de que pretende, de algún modo, ofrecer las dos caras de una misma moneda. Nos cuenta dos historias de amor y de abandono, de renuncias. Dos historias que lo único que tienen en común es el hecho de ser totalmente opuestas, como si se tratase de una fotografía y de su negativo. Carlota y Harry renuncian a todo, incluso al decoro y a la corrección social, por mantener viva la llama del amor; el penado alto, del que no llegamos a saber el nombre, renuncia al amor y a la libertad para hacer lo que considera correcto, lo que se espera de el.
Pero no acaba aquí la dualidad. Carlota y Harry huyen del mundo; el penado, pudiendo huir y ser libre, decide regresar a la cárcel; en la primera historia vence la muerte, en la segunda vence la vida, a pesar de las circunstancias. En una, un aborto que no tendría que salir mal termina en tragedia; en la otra la vida se abre paso milagrosamente en un parto casi imposible. En “Las palmeras salvajes” Harry duda, se deja llevar por las circunstancias, experimenta cierta disonancia entre lo que cree que debe hacer y lo que finalmente hace. En “El viejo”, sin embargo, el personaje no duda jamás. Solo tiene un objetivo claro y se enfrenta a todo tipo de penalidades para conseguirlo. No le importan las consecuencias negativas que puede tener para el cumplir con su tarea. Simplemente lucha incansablemente para conseguirlo. Hay cierta demencia en los dos protagonistas, aunque varia la manera de llegar a ella. Lo demencial en Harry viene determinado por las decisiones que el mismo va tomando, a veces por propia iniciativa y a veces obligado por el amor. El protagonista del segundo relato, sin embargo, parece un demente desde el principio, intentando enfrentarse a unas circunstancias que claramente lo sobrepasan simplemente por una insana necesidad de cumplir lo que otros le han ordenado.


En cuanto al estilo anotaré simplemente el gran acierto al emplear en “El Viejo” un lenguaje sonoro y envolvente, con largas frases que como un río fluyen y se bifurcan. Conviene aclarar que “El Viejo” es la forma que usan los sureños para referirse al río Misisipi, que es el lugar en el que se desarrolla toda la historia. El estilo de Faulkner no es sencillo y requiere muy a menudo volver atrás para comprender todo lo que nos quiere decir. A veces acumula imágenes para describir un sentimiento o un estado de ánimo y otras veces es capaz de condensar en una sola frase una historia que el lector deberá completar.
Por cierto, la edición que he leído es la traducción del año 1962 de José Luis Borges, con lo que la genialidad del autor se ve sin duda enriquecida con la genialidad del traductor. Y quien mejor que Borges para entender la profundidad y el estilo de Faulkner, para adentrarse con machete en la espesura de su prosa.
Y es que si algo caracteriza la obra de Faulkner es que nos obliga a trabajar. El lector tiene que hacer un gran esfuerzo intelectual para adentrarse en la narración, para disfrutar de ella. Y aún así hay veces en las que nos sentimos perdidos y con la sensación de que debemos esforzarnos un poco más, como el penado alto navegando entre la inmensidad de las desbordadas aguas de un río que no es nada hospitalario.
En efecto, esta novela, al igual que toda la obra de Faulkner, es cualquier cosa menos hospitalaria para el lector. Se trata de una obra maestra de la Literatura,y como tal hay que conocer las claves y tener la voluntad suficiente para disfrutarla en su totalidad. Como toda obra de arte admite múltiples lecturas, incluso algunas que ni se le pasaron por la cabeza al autor a la hora de escribir. Si nos atrevemos a adentrarnos en sus páginas nos obligará a reflexionar sobre una de las cuestiones esenciales de la existencia humana. Sentiremos que los avatares de la vida humana, las decisiones que tomamos y las situaciones a las que nos enfrentamos (como se enfrentaron Harry y Carlota) son igual de impredecibles e ingobernables que el esquife que afanosa e inútilmente se empeña en manejar el penado alto a través de un Río Misisipi totalmente desbordado.

La vida, a menudo, no es más que un vano intento de mantenernos a flote en aguas turbulentas. 

lunes, 23 de marzo de 2020

Los adioses. Juan Carlos Onetti.





Ambigüedad.


Desde las primeras páginas de Los Adioses, de Juan Carlos Onetti, sentimos cierta confusión, una incómoda sensación de no entender muy bien lo que nos cuenta, o quien nos lo cuenta. La historia es más bien sencilla y única. No hay subtramas que entorpezcan la narración, ni siquiera hay un hilo argumental basado en la acción. En realidad suceden muy pocas cosas en esta novela, y tal vez en eso reside uno de sus mayores méritos. Lo importante no es lo que sucede, sino cómo interpretamos lo que que sucede.
Como no creo que nadie vaya a leer la novela después de leer esta entrada(¿leerá alguien esta entrada?), diré que Los Adioses trata exactamente de eso, de las despedidas de un hombre enfermo que se sabe desahuciado. Decide retirarse a un sanatorio, aunque sin esperanza de volver, y allí recibe cartas y más tarde la visita de una mujer con su hijo y de una joven.
Ya está, el argumento ya está apuntado y realmente no ocurre nada más. El relato, sin embargo, va tejiéndose a través de la mirada del tabernero del lugar, que es el narrador y a su vez uno de los protagonistas de la novela. Él nos cuenta lo poco que pasa, aunque la esencia del libro, como ya he dicho, no está tanto en lo que pasa como en lo que piensa, en lo que sospecha y en lo que interpreta este narrador. Nos va desgranando la situación según lo que él mismo deduce, y añade muchas veces lo que le cuenta un enfermero del sanatorio y una camarera de habitación del hotel en el que durante una temporada también se aloja el hombre.
Y nosotros, confiados, vamos formándonos una idea de lo que ocurre. Nos dejamos llevar por los comentarios, por la visión totalmente subjetiva del narrador al que creemos en todas sus suposiones y suspicacias. Solamente al final entendemos que hemos caído en una pequeña trampa, que Onetti no pretende contarnos una historia, sino ponernos en evidencia, demostrarnos que hemos sido lectores confiados y que nos hemos dejado embaucar por las habladurías de unos personajes que no son simplemente los protagonistas de la historia, sino que en realidad son los que la inventan.
Pues si algo caracteriza Los Adioses es la existencia de dos historias, aunque solamente al final lo comprendemos, cuando el tabernero decide abrir un par de cartas que por descuido, o mala fe, había olvidado entregar al hombre. Durante gran parte del libro avanzamos convencidos de que las informaciones que nos va aportando el narrador-protagonista son ciertas sin pensar que es Onetti el que pretende enredarnos y confundirnos.
Y así, al llegar al final, sospechamos que la historia no es lo importante, no es lo que Onetti nos quiere contar. Descubrimos que el autor nos obliga a participar, nos otorga el estatus de protagonistas al igualarnos con el pueblo, con esa masa ansiosa de saber y de dar credibilidad a los chismes y comentarios que nos van aportando tanto el tabernero como el enfermero y la mucama.
El estilo de Los Adioses, al igual que el de toda la obra de Onetti, es preciso y certero, con dobles, y a veces triples enumeraciones que aportan significados nuevos, incluso opuestos. Su lectura requiere un esfuerzo lector que no está muy de moda en estos tiempos en los que apenas podemos centrarnos en algo que sobrepase la extensión de un tuit. Debemos tener en cuenta que se trata de la obra de un escritor a la vieja usanza. Onetti no pretende ser tu amigo, no es como uno de esos autores actuales que mima a sus lectores, que tienen página en facebook y contesta a tus comentarios como si fuese tu amigo de toda la vida. No. Onetti no escribe para ti, no busca complacernos ni espera nuestra opinión. Le da igual que consigas leerlo o que lo recomiendes en la radio o en tu cículo de amistades, o incluso que lo consideres como uno de los autores imprescindibles. Onetti no escribía para eso, no necesitaba alimentar su ego ni aparecer en los medios de comunicación o en los congresos sobre literatura.Simplemente era un escritor que escribía.
Su calidad literaria es incuestionable, aunque lamentablemente no es tan conocido como Márquez o Vargas-Llosa, tal vez por esa tendencia suya a encerrarse en su obra, a crear y recrear el mundo de Santa María, la ciudad que inventó y en la que suceden buena parte de sus novelas. La lectura de su prosa, lenta y rica en matices, nos plantea cuestiones existenciales universales, comunes al ser humano, y nos obliga a enfrentarnos a la soledad en la que en realidad todos estamos inmersos. Al fin y al cabo, en soledad escribimos y en soledad leemos.

martes, 25 de febrero de 2020

L'écume des jours. Boris Vian






Surrealismo.
Lo primero que me viene a la cabeza al leer “La espuma de los días”, del francés Boris Vian es la palabra surrealismo y todos los -ismos que marcaron las primeras décadas del siglo XX. Futurismo, creacionismo, expresionismo, cubismo. Romper con los convencionalismos artísticos, crear un poema como la naturaleza hace un árbol, que diría Vicente Huidobro. Temporalmente no puede incluirse dentro del movimiento vanguardista (la obra se publicó en el año 1947), pero tanto por estética, con luminosas imágenes que nos transportan a un mundo que mezcla lo onírico con extrañas invenciones tecnológicas, como por su estilo, creando nuevas palabras y jugando con los dobles sentidos, la obra de Vian podría incluirse en cualquier antología poética de las vanguardias.
En realidad se trata de una historia de amor, o más bien de dos historias de amor que terminan mal. Boris Vian nos cuenta, principalmente, una hermosa y trágica historia de amor, la devoción de un hombre que necesita enamorarse y que ve cumplido su sueño, y el paulatino deterioro de la relación, que no del amor. Ya sabéis, la chica enfema, el chico hace todo lo posible para salvarla y al final...
Pero lo importante, como en la buena literatura, no es tanto lo que cuenta sino la manera de contarlo. Las historias son siempre las mismas, los temas se repiten desde las tragedias griegas. Las pasiones humanas, el destino que siempre termina por cumplirse, amores, odios, amistades. Pero Boris Vian nos lo cuenta a su manera, sumergiéndonos desde la primera página en un mundo alucinado y extraño en el que a pesar de que el entorno urbano es el propio de la mitad del siglo XX, los objetos y las costumbres son muy distintas. Hay nubes rosas en las que podemos viajar, casas que cambian de color, habitaciones que se redondean por efecto de la música. Un ratón que nos acompaña durante toda la narración, y profesiones totalmente descabelladas. Por inventar, Boris Vian inventa incluso un baile.
Pero si conseguimos adentrarnos en este mundo lisérgico y fantástico podremos acompañar a Colin y a Cloé en su hermosa historia de amor. Asistiremos al estallido de felicidad que supone para ellos encontrar el amor, lo único verdaderamente importante en la vida de Colin.
"¿A que se dedica usted en la vida?- preguntó el profesor.
Aprendo cosas – dijo Colin- y amo a Cloé"
Este es un buen resumen de la historia, y por eso no duda en gastar toda su fortuna en flores para conseguir su recuperación y cuando sabe que se queda sin dinero decide incluso trabajar para poder seguir comprando flores. Las profesiones son otra de las grandes sorpresas de esta obra. Desde cultivador de armas hasta anunciador de tragedias. Y en ninguna de estas profesiones tiene éxito el desdichado Colin. Los fusiles crecen defectuosos y a nadie le gusta conoces las malas noticias antes de que sucedan, sobre todo cuando no podemos hacer nada para evitarlas.
La trama es rocambolesca, pero no resulta inverosímil. Dentro del mundo propio de la novela, todo lo que va sucediendo es lógico y previsible, y tal vez por eso nos sumergimos en el juego que nos propone Boris Vian sin oponer resistencia. Una vez que comprendemos que casi cualquier cosa puede suceder aceptamos el reto y avanzamos, esperando tal vez, como el poeta, algún milagro de la primavera. Si a esto unimos que la narración es ágil y viva, y la extensión corta nos encontramos con una lectura agradable y amena, que por una parte nos divierte por su luminosa imaginación y su sentido del humor a la hora de inventar palabras y objetos y por otra nos conmueve como nos conmueven todas las historias de amor que no caen en la cursilería o el estúpido arrobo de las emociones.
Por último quiero señalar la importancia de la música, en concreto del jazz. Boris Vian era un gran aficionado a este tipo de música, y casi es obligado buscar la pieza llamada Chloé, de Duke Ellington, y escucharla mientras leemos que esta música consigue que las paredes de la casa se vuelvan redondas. Todo el libro tiene referencias a la música, ya sea para describir nuevos tipos de baile como para hacer funcionar el pianococtel, un invento de Colin que prepara combinados de alcohol según las melodías que se toquen.



En definitiva, “La espuma de los días”, de Boris Vian, no es simplemente un original e imaginativo ejercicio de creación artística. Esconde también una crítica al tiempo que le ha tocado vivir, a la falta de esperanza que envolvía a toda una generación que después de la barbarie de la segunda guerra mundial y el comienzo de la época de las cadenas de montaje y el trabajo deshumanizado se preguntaba si quedaba esperanza, si todavía había espacio para las relaciones humanas como el amor o la amistad o estas perdían importancia en un mundo rodeado de frías máquinas.

viernes, 31 de enero de 2020

El teatro de Sabbath. Philip Roth




Philip Roth




Excesiva.
Tal vez sea esta la primera palabra que me viene a la cabeza al intentar hablaros de El teatro de Sabbath, la polémica novela que Philip Roth publicó en el año 1995. Hay un exceso de fluidos corporales, una meticulosa descripción de conductas sexuales que a veces roza la pornografía y un lenguaje que en algunos casos puede tacharse de soez. Pero este exceso transgresor y provocador va acompañado por el oficio incuestionable de Roth. Estamos hablando de un auténtico genio de la literatura, un escritor que es capaz de hacernos transitar por una narración que a veces nos resulta desagradable, que nos revuelve más de lo que nos conmueve, y sin embargo su prosa es tan rica en matices y tan intensa que nos negamos a cerrar la novela a pesar de la indignación que a veces nos provoca.
El argumento es más bien sencillo, el recorrido suicida de un viejo titiritero que ha perdido a su amante, al que su mujer alcoholizada culpa de todas sus desgracias y que ya no cuenta con ningún tipo de apoyo emocional entre aquellos que lo conocen o que algún día pudieron llamarse amigos. Acompañamos a Mikey Sabbath en su viaje a la gran ciudad para asistir al entierro de un viejo amigo que se suicidó, y en este peregrinaje el protagonista va desgranando los aspectos más importantes de su vida, en un intento de reencontrarse con todo aquello que perdió. Descubrimos entonces que su existencia ha sido una lucha constante por llenar el hueco que dejó en su infancia la perdida de su hermano y el distanciamiento lunático de su propia madre a raíz de un suceso tan traumático.
El protagonista es un ser egocéntrico y lujurioso. Parece haber convivido desde siempre con una compulsión irracional a practicar sexo. Desde sus inicios sexuales en los prostíbulos del caribe hasta los encuentros clandestinos, ya rozando los sesenta años, con la amante casada que le pide una adultera fidelidad al saberse enferma de cáncer. A primera vista Sabbath se nos presenta como un hombre poseído por una furia erótica desmedida y una necesidad irrefrenable de saciar sus apetitos sexuales. Sus pensamientos están únicamente centrados en el mismo, en satisfacer sus deseos más vergonzantes y sus groseras necesidades, y en su universo particular las personas y las cosas parecen existir simplemente para dar cumplimiento a esta premisa.
Sin embargo, a pesar de las recurrentes menciones a la vida sexual del protagonista y a las descripciones explícitas de sus comportamientos aberrantes y repulsivos, una lectura más profunda de la novela nos mostrará que el sexo no es más que un contrapunto a la muerte, y es esta dualidad la que domina toda la narración de El teatro de Sabbath. La misma crudeza con la que se muestran las escenas sexuales también es empleada para describir las muertes que marcaron de algún modo el destino del protagonista. Philip Roth no escatima en detalles cuando nos quiere mostrar los dos aspectos básicos de nuestra existencia y no es difícil encontrar ciertas reminiscencias de las ideas freudianas sobre las pulsiones (la clásica dicotomía Eros-Thanatos).
Solamente mediante esta interpretación podemos suavizar la repulsión que nos genera un personaje tan corrosivo y cruel como Mikey Sabbath. Por sus acciones sabemos que es un machista egoísta; un amoral sin escrúpulos; un experto manipulador que sabe manejar mediante la palabra a todos aquellos que le rodean y de los que puede obtener algún beneficio. Sin embargo, debajo de esta capa grosera y libertina que envuelve todo lo que hace existe todo un mundo de causas, y son esos acontecimientos que no llegan a describirse de manera explícita, los que hacen que el protagonista sea como es, un buscador constante de algo que sacie su necesidad de llenar el hueco que sabe que existe en su vida.
Esta idea enlaza con el propio título del libro. Si la vida es un teatro, Roth pretende mostrarnos la obra que le tocó representar a Mikey Sabbath. En escena aparecen continuamente las acciones del protagonista, sus relaciones sexuales, sus pequeñas miserias. Incluso cuando recuerda, recuerda sobre todo acciones en las que casi siempre es el el que determina los acontecimientos. Él es el que maneja los hilos, el que hace cosas, el que actúa. Es, en definitiva, el titiritero. Pero a medida que la historia se va narrando comenzamos a pensar que el propio titiritero no es más que un personaje sin poder de decisión, que son las circunstancias las que conducen su vida, y no su voluntad. Al final, nos preguntamos si es Sabbath el que maneja los hilos de sus marionetas o también él es manejado como un títere.
Por otro lado, esta dualidad conceptual a la hora de interpretar al personaje protagonista viene acompañada de una complejidad en la trama que requiere cierto esfuerzo lector, por lo menos al principio. Las escenas del presente van entremezclándose con escenas del pasado a medida que el torrente de la memoria del protagonista avanza. De este modo se mantiene la tensión interpretativa a medida que se van mostrando los distintos matices de Sabbath, facetas más amables de un personaje que en el momento presente nos resulta definitivamente repulsivo. Es el propio protagonista el que nos cuenta su vida, el que interpreta los acontecimientos pasados y presentes de un modo lúcido y genial. Phillip Roth sale airoso del desafío formal que supone dotar al protagonista de la misma capacidad narrativa que el autor posee. La maestría de Roth es incuestionable, pero en esta novela es capaz de dotar a su personaje de una voz propia. El estilo y la capacidad discursiva de Mikey Sabbath nos envuelve y queremos escuchar más, aunque lo que dice nos resulta demasiadas veces terriblemente amoral y estridente. Es esta prosa pegajosa e intensa, es esta forma de interpretarse a si mismo tan lúcida y corrosiva al mismo tiempo, por veces incluso cruel, lo que hace de él un personaje total, una realidad que nos acompaña a lo largo de la lectura y al que a veces oímos susurrar obscenidades, aunque no estemos leyendo el libro en ese momento. Ese es el poder creativo que hace de Philip Roth un gran escritor.
La primera novela que leí de Philip Roth fue Némesis, en el año 2012. Curiosamente fue la última que el escribió. Años después le tocó el turno a Patoral Americana y ahora, recién estrenada una nueva etapa lectora en mi vida, El teatro de Sabbath. Sin duda, Roth es uno de esos autores de los que hay que intentar leer todo. Una parte de su obra se ha definido como polémica y transgresora y esta novela pertenece a ese tipo. Transgresora y excesiva como escribía al comienzo de esta entrada, pero sobre todo es una obra de arte. Tanto por su estilo como por la cadencia narrativa que posee merece estar en la estantería de las novelas con calidad literaria. Hay autores que se escudan en la presunta transgresión que muestran sus obras para quejarse amargamente de la incomprensión o el rechazo del público. Otros opinan que todo arte ha de ser en cierto modo transgresor, que han de conmover al espectador, provocar la reflexión o mover a la acción, incluso aunque sera para expresar rechazo por la obra del artista. Supongo que es la eterna discusión del arte por el arte o por algo más.
No tengo una fórmula para determinar lo que es arte y lo que no lo es. Para mi es algo más bien subjetivo y que puede cambiar con el paso del tiempo. Incluso para una misma persona lo que ahora nos parece grandioso puede resultarnos al cabo de un tiempo una auténtica patochada. El criterio literario es muy cambiante, pero como estáis en este blog, y sobre todo como habéis llegado al final de este texto os diré que al acabar de leer esta novela nos quedamos algo agitados, confusos tal vez. Tenemos la sensación que el autor nos ha removido de nuestra zona de confort para llevarnos por un camino que no necesariamente ha sido agradable, pero que ha provocado algo en nuestro interior. Desde mi punto de vista esta es la clave de la buena literatura, y es algo que solo saben hacer los grandes novelistas.



Philip Roth

miércoles, 22 de enero de 2020

Vidas minúsculas. Pierre Michon





Vidas minúsculas es la obra con la que inauguré mi lista de lecturas del año 2020. No sin cierta vergüenza debo reconocer que no solamente no había leído nada de este escritor francés, sino que ni siquiera lo conocía. Y tal vez no pude haber escogido mejor novela para empezar a profundizar en su obra, aunque Vidas minúsculas no encaja exactamente en la definición de novela. Son retazos biográficos de algunos miembros de su familia, recuerdos de su infancia y juventud que ayudan al autor a situarse en el mundo, a comprender quien es y las razones por las que es como es.
Algunos dirán que se trata de una novela de formación y aprendizaje, una obra en la que establece las bases de lo que quiere llegar a ser como escritor, de ahí sus numerosas referencias a Rimbaud, al que admiraba y con el que comparte algunos avatares vitales como el abandono del padre o la muerte de una hermana. Es fácil imaginarse al adolescente Pierre buscando significados en lo que no son más que meras casualidades y sintiéndose, al igual que el poeta simbolista, tocado por la gracia del talento. ¿A quien no le ha pasado alguna vez?
En cierto modo, Vidas minúsculas trata de los primeros tiempos de un escritor, de sus dudas, de su impotencia ante la página en blanco, de la búsqueda de modelos a los que seguir para alcanzar su voz propia. Pero también nos cuenta de donde procede. Analiza las vidas, y sobre todo los caracteres de sus parientes. Busca en su propia genealogía las claves para entender su propia existencia, rastreando los rasgos psicológicos que reconoce o quiere reconocer en sus abuelos o en ese pariente cuya vida es desconocida y que por eso mismo mantiene cierta aureola de misterio. Es la interacción del narrador con los protagonistas de los ocho relatos que aparecen en Vidas minúsculas la que hace avanzar al autor hasta la edad adulta. La abuela que va tejiendo para el la vida de un antepasado al que imagina aventurero y algo soñador, que le inculca el disfrute de la lectura; el viejo campesino que se autoengaña pensando que su hijo ha triunfado en América; los recuerdos de los compañeros de la escuela, del cura del pueblo o de sus primeros años en la gran ciudad, mezclando el primer amor con los excesos de alcohol y sustancias (otra vez Rimbaud como ejemplo y guía).
Son estos los recuerdos, las vidas minúsculas perdidas en el tiempo, las que le sirven para situarse en el mundo, para realzar su propia existencia convirtiendo en arte las anónimas y insubstanciales vidas de sus antepasados. Y sin embargo, desde mi punto de vista, no es este recurso lo más sobresaliente del libro. Como siempre, cuando de literatura y palabras se trata, lo importante no es lo que se dice, sino como se dice. El lenguaje empleado en Vidas minúsculas es de un preciosismo y una belleza tal que muchas veces alcanza el lirismo propio de la poesía, como una composición en la que cada verso es como una pincelada que nos obliga a fantasear con lo que leemos. Inevitablemente, leyendo algunos párrafos no solamente evocamos recuerdos de nuestra propia infancia, sino que vemos, escuchamos e incluso olemos aquello que se nos describe. Ya sea una escuela, el campo o el interior de una cocina familiar. Es este aliento lírico, esta capacidad de evocar instantes que el lector percibe como propios lo que hace de Pierre Michon un autor que parece que hable de nuestras vidas, de nuestra infancia. La mezcla entre la ficción y lo recordado, entre lo que fue y lo que pudo haber sido le otorga a su prosa la sensibilidad propia de la poesía y es por esto por lo que consigue conmovernos.
Personalmente debo decir que una de las partes que leí con más intensidad es la referida al padre ausente y a la búsqueda de su voz personal. Explica en algún momento como la ausencia de una figura paterna provoca que siga buscando modelos a los que seguir, una orientación, un guía tal vez. Creo que esta reflexión fue clave para mi pues también yo siento algunas veces, a pesar de ser ya un hombre adulto que inicia el camino de descenso, que si algo me ha caracterizado durante todos estos años es este sentimiento de abandono, esta falta de una figura con la que aconsejarme, a la que preguntar o de la que escuchar una alabanza o un reproche. Y tal vez esta duda constante y esta falta de autoestima que me impide entregarme plenamente a lo que más quiero se deba, en parte, a un sentimiento de poca cosa, de saberme “abandonable”, intercambiable por otra vida, por otra familia. Hay cosas que un niño tarda toda una vida en superar, heridas que nos traban, que nos impiden avanzar aunque pensemos que hemos conseguido dejarlo atrás.
En definitiva, Vidas minúsculas es uno de esos libros que nos dejan huella, que nos obligan a mirar hacia partes de nuestra vida de las que intentamos huir, con las que no queremos enfrentarnos. Obviamente, a cada lector le dirá una cosa distinta. Una vez escrito, un texto ya no pertenece a quien lo escribe sino a quien lo recibe, y por eso he tenido mucha suerte al comenzar este año, del que tantas cosas espero, con una lectura tan hermosa y a la vez tan profundamente inspiradora como esta.