Excesiva.
Tal
vez sea esta la primera palabra que me viene a la cabeza al intentar
hablaros de El teatro de Sabbath, la polémica novela que
Philip Roth publicó en el año 1995. Hay un exceso de fluidos
corporales, una meticulosa descripción de conductas sexuales que a
veces roza la pornografía y un lenguaje que en algunos casos puede
tacharse de soez. Pero este exceso transgresor y provocador va
acompañado por el oficio incuestionable de Roth. Estamos hablando de
un auténtico genio de la literatura, un escritor que es capaz de
hacernos transitar por una narración que a veces nos resulta
desagradable, que nos revuelve más de lo que nos conmueve, y sin
embargo su prosa es tan rica en matices y tan intensa que nos negamos
a cerrar la novela a pesar de la indignación que a veces nos
provoca.
El
argumento es más bien sencillo, el recorrido suicida de un viejo
titiritero que ha perdido a su amante, al que su mujer alcoholizada
culpa de todas sus desgracias y que ya no cuenta con ningún tipo de
apoyo emocional entre aquellos que lo conocen o que algún día
pudieron llamarse amigos. Acompañamos a Mikey Sabbath en su viaje a
la gran ciudad para asistir al entierro de un viejo amigo que se
suicidó, y en este peregrinaje el protagonista va desgranando los
aspectos más importantes de su vida, en un intento de reencontrarse
con todo aquello que perdió. Descubrimos entonces que su existencia
ha sido una lucha constante por llenar el hueco que dejó en su
infancia la perdida de su hermano y el distanciamiento lunático de
su propia madre a raíz de un suceso tan traumático.
El
protagonista es un ser egocéntrico y lujurioso. Parece haber
convivido desde siempre con una compulsión irracional a practicar
sexo. Desde sus inicios sexuales en los prostíbulos del caribe hasta
los encuentros clandestinos, ya rozando los sesenta años, con la
amante casada que le pide una adultera fidelidad al saberse enferma
de cáncer. A primera vista Sabbath se nos presenta como un hombre
poseído por una furia erótica desmedida y una necesidad
irrefrenable de saciar sus apetitos sexuales. Sus pensamientos están
únicamente centrados en el mismo, en satisfacer sus deseos más
vergonzantes y sus groseras necesidades, y en su universo particular
las personas y las cosas parecen existir simplemente para dar
cumplimiento a esta premisa.
Sin
embargo, a pesar de las recurrentes menciones a la vida sexual del
protagonista y a las descripciones explícitas de sus comportamientos
aberrantes y repulsivos, una lectura más profunda de la novela nos
mostrará que el sexo no es más que un contrapunto a la muerte, y es
esta dualidad la que domina toda la narración de El teatro de
Sabbath. La misma crudeza con la que se muestran las escenas
sexuales también es empleada para describir las muertes que marcaron
de algún modo el destino del protagonista. Philip Roth no escatima
en detalles cuando nos quiere mostrar los dos aspectos básicos de
nuestra existencia y no es difícil encontrar ciertas reminiscencias
de las ideas freudianas sobre las pulsiones (la clásica dicotomía
Eros-Thanatos).
Solamente
mediante esta interpretación podemos suavizar la repulsión que nos
genera un personaje tan corrosivo y cruel como Mikey Sabbath. Por sus
acciones sabemos que es un machista egoísta; un amoral sin
escrúpulos; un experto manipulador que sabe manejar mediante la
palabra a todos aquellos que le rodean y de los que puede obtener
algún beneficio. Sin embargo, debajo de esta capa grosera y
libertina que envuelve todo lo que hace existe todo un mundo de
causas, y son esos acontecimientos que no llegan a describirse de
manera explícita, los que hacen que el protagonista sea como es, un
buscador constante de algo que sacie su necesidad de llenar el hueco
que sabe que existe en su vida.
Esta
idea enlaza con el propio título del libro. Si la vida es un teatro,
Roth pretende mostrarnos la obra que le tocó representar a Mikey
Sabbath. En escena aparecen continuamente las acciones del
protagonista, sus relaciones sexuales, sus pequeñas miserias.
Incluso cuando recuerda, recuerda sobre todo acciones en las que casi
siempre es el el que determina los acontecimientos. Él es el que
maneja los hilos, el que hace cosas, el que actúa. Es, en
definitiva, el titiritero. Pero a medida que la historia se va
narrando comenzamos a pensar que el propio titiritero no es más que
un personaje sin poder de decisión, que son las circunstancias las
que conducen su vida, y no su voluntad. Al final, nos preguntamos si
es Sabbath el que maneja los hilos de sus marionetas o también él
es manejado como un títere.
Por
otro lado, esta dualidad conceptual a la hora de interpretar al
personaje protagonista viene acompañada de una complejidad en la
trama que requiere cierto esfuerzo lector, por lo menos al principio.
Las escenas del presente van entremezclándose con escenas del pasado
a medida que el torrente de la memoria del protagonista avanza. De
este modo se mantiene la tensión interpretativa a medida que se van
mostrando los distintos matices de Sabbath, facetas más amables de
un personaje que en el momento presente nos resulta definitivamente
repulsivo. Es el propio protagonista el que nos cuenta su vida, el
que interpreta los acontecimientos pasados y presentes de un modo
lúcido y genial. Phillip Roth sale airoso del desafío formal que
supone dotar al protagonista de la misma capacidad narrativa que el
autor posee. La maestría de Roth es incuestionable, pero en esta
novela es capaz de dotar a su personaje de una voz propia. El estilo
y la capacidad discursiva de Mikey Sabbath nos envuelve y queremos
escuchar más, aunque lo que dice nos resulta demasiadas veces
terriblemente amoral y estridente. Es esta prosa pegajosa e intensa,
es esta forma de interpretarse a si mismo tan lúcida y corrosiva al
mismo tiempo, por veces incluso cruel, lo que hace de él un
personaje total, una realidad que nos acompaña a lo largo de la
lectura y al que a veces oímos susurrar obscenidades, aunque no
estemos leyendo el libro en ese momento. Ese es el poder creativo que
hace de Philip Roth un gran escritor.
La
primera novela que leí de Philip Roth fue Némesis, en el año
2012. Curiosamente fue la última que el escribió. Años después
le tocó el turno a Patoral Americana y ahora, recién
estrenada una nueva etapa lectora en mi vida, El teatro de
Sabbath. Sin duda, Roth es uno de esos autores de los que hay que
intentar leer todo. Una parte de su obra se ha definido como polémica
y transgresora y esta novela pertenece a ese tipo. Transgresora y
excesiva como escribía al comienzo de esta entrada, pero sobre todo
es una obra de arte. Tanto por su estilo como por la cadencia
narrativa que posee merece estar en la estantería de las novelas con
calidad literaria. Hay autores que se escudan en la presunta
transgresión que muestran sus obras para quejarse amargamente de la
incomprensión o el rechazo del público. Otros opinan que todo arte
ha de ser en cierto modo transgresor, que han de conmover al
espectador, provocar la reflexión o mover a la acción, incluso
aunque sera para expresar rechazo por la obra del artista. Supongo
que es la eterna discusión del arte por el arte o por algo más.
No
tengo una fórmula para determinar lo que es arte y lo que no lo es.
Para mi es algo más bien subjetivo y que puede cambiar con el paso
del tiempo. Incluso para una misma persona lo que ahora nos parece
grandioso puede resultarnos al cabo de un tiempo una auténtica
patochada. El criterio literario es muy cambiante, pero como estáis
en este blog, y sobre todo como habéis llegado al final de este
texto os diré que al acabar de leer esta novela nos quedamos algo
agitados, confusos tal vez. Tenemos la sensación que el autor nos ha
removido de nuestra zona de confort para llevarnos por un camino que
no necesariamente ha sido agradable, pero que ha provocado algo en
nuestro interior. Desde mi punto de vista esta es la clave de la
buena literatura, y es algo que solo saben hacer los grandes
novelistas.