domingo, 12 de abril de 2020

Las palmeras salvajes. William Faulkner







Dualidad
Las palmeras salvajes, de William Faulkner, es un ejercicio de dualidad desde distintos puntos de vista. En primer lugar la propia obra es doble ya que en esta novela se cuentan dos historias totalmente independientes. Argumentalmente no tiene nada que ver “Las palmeras salvajes” con “El viejo”. Avanzamos en la novela buscando un nexo de unión que no existe. Pensamos que seguramente hay algún dato que se nos escapa, que de algún modo las dos historias deben tener algún punto de unión y al final, solamente al final, sabemos que lo único que puede relacionar las historias es donde acaban los dos personajes. Ni siquiera sabemos si se conocen o no, aunque podemos intuir que tal vez uno de los que escuchan la historia de “El viejo” es el propio protagonista de “Las palmeras salvajes”, aunque esta es una suposición mía. El autor en ningún momento relaciona las dos narraciones.
De hecho las dos historias funcionan de un modo independiente, podrían haber sido publicadas como novelas cortas sin que su calidad se viese mermada. Pero Faulkner explicó en alguna ocasión que al llegar al final de la primera parte de “Las palmeras salvajes” sintió que necesitaba un contrapunto, algo que aportase intensidad y comenzó a escribir “El viejo”. Después siguió de nuevo con “Las palmeras salvajes” y así hasta el final.
Permitidme que me ría. Faulkner, como todos los grandes escritores, es un mentiroso redomado, de esos que dicen que no existe la inspiración, que simplemente se trata de trabajo duro y metódico, y un poco de suerte. En mi opinión en “Las palmeras salvajes” tiene muy claro lo que pretende. No dudo que el chispazo creativo le llegara cuando estaba escribiendo la primera historia, pero también creo que fue un rasgo de genialiadad lo que impulsó al escritor a intercalar las dos narraciones, como también estoy convencido de que pretende, de algún modo, ofrecer las dos caras de una misma moneda. Nos cuenta dos historias de amor y de abandono, de renuncias. Dos historias que lo único que tienen en común es el hecho de ser totalmente opuestas, como si se tratase de una fotografía y de su negativo. Carlota y Harry renuncian a todo, incluso al decoro y a la corrección social, por mantener viva la llama del amor; el penado alto, del que no llegamos a saber el nombre, renuncia al amor y a la libertad para hacer lo que considera correcto, lo que se espera de el.
Pero no acaba aquí la dualidad. Carlota y Harry huyen del mundo; el penado, pudiendo huir y ser libre, decide regresar a la cárcel; en la primera historia vence la muerte, en la segunda vence la vida, a pesar de las circunstancias. En una, un aborto que no tendría que salir mal termina en tragedia; en la otra la vida se abre paso milagrosamente en un parto casi imposible. En “Las palmeras salvajes” Harry duda, se deja llevar por las circunstancias, experimenta cierta disonancia entre lo que cree que debe hacer y lo que finalmente hace. En “El viejo”, sin embargo, el personaje no duda jamás. Solo tiene un objetivo claro y se enfrenta a todo tipo de penalidades para conseguirlo. No le importan las consecuencias negativas que puede tener para el cumplir con su tarea. Simplemente lucha incansablemente para conseguirlo. Hay cierta demencia en los dos protagonistas, aunque varia la manera de llegar a ella. Lo demencial en Harry viene determinado por las decisiones que el mismo va tomando, a veces por propia iniciativa y a veces obligado por el amor. El protagonista del segundo relato, sin embargo, parece un demente desde el principio, intentando enfrentarse a unas circunstancias que claramente lo sobrepasan simplemente por una insana necesidad de cumplir lo que otros le han ordenado.


En cuanto al estilo anotaré simplemente el gran acierto al emplear en “El Viejo” un lenguaje sonoro y envolvente, con largas frases que como un río fluyen y se bifurcan. Conviene aclarar que “El Viejo” es la forma que usan los sureños para referirse al río Misisipi, que es el lugar en el que se desarrolla toda la historia. El estilo de Faulkner no es sencillo y requiere muy a menudo volver atrás para comprender todo lo que nos quiere decir. A veces acumula imágenes para describir un sentimiento o un estado de ánimo y otras veces es capaz de condensar en una sola frase una historia que el lector deberá completar.
Por cierto, la edición que he leído es la traducción del año 1962 de José Luis Borges, con lo que la genialidad del autor se ve sin duda enriquecida con la genialidad del traductor. Y quien mejor que Borges para entender la profundidad y el estilo de Faulkner, para adentrarse con machete en la espesura de su prosa.
Y es que si algo caracteriza la obra de Faulkner es que nos obliga a trabajar. El lector tiene que hacer un gran esfuerzo intelectual para adentrarse en la narración, para disfrutar de ella. Y aún así hay veces en las que nos sentimos perdidos y con la sensación de que debemos esforzarnos un poco más, como el penado alto navegando entre la inmensidad de las desbordadas aguas de un río que no es nada hospitalario.
En efecto, esta novela, al igual que toda la obra de Faulkner, es cualquier cosa menos hospitalaria para el lector. Se trata de una obra maestra de la Literatura,y como tal hay que conocer las claves y tener la voluntad suficiente para disfrutarla en su totalidad. Como toda obra de arte admite múltiples lecturas, incluso algunas que ni se le pasaron por la cabeza al autor a la hora de escribir. Si nos atrevemos a adentrarnos en sus páginas nos obligará a reflexionar sobre una de las cuestiones esenciales de la existencia humana. Sentiremos que los avatares de la vida humana, las decisiones que tomamos y las situaciones a las que nos enfrentamos (como se enfrentaron Harry y Carlota) son igual de impredecibles e ingobernables que el esquife que afanosa e inútilmente se empeña en manejar el penado alto a través de un Río Misisipi totalmente desbordado.

La vida, a menudo, no es más que un vano intento de mantenernos a flote en aguas turbulentas. 

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