miércoles, 22 de enero de 2020

Vidas minúsculas. Pierre Michon





Vidas minúsculas es la obra con la que inauguré mi lista de lecturas del año 2020. No sin cierta vergüenza debo reconocer que no solamente no había leído nada de este escritor francés, sino que ni siquiera lo conocía. Y tal vez no pude haber escogido mejor novela para empezar a profundizar en su obra, aunque Vidas minúsculas no encaja exactamente en la definición de novela. Son retazos biográficos de algunos miembros de su familia, recuerdos de su infancia y juventud que ayudan al autor a situarse en el mundo, a comprender quien es y las razones por las que es como es.
Algunos dirán que se trata de una novela de formación y aprendizaje, una obra en la que establece las bases de lo que quiere llegar a ser como escritor, de ahí sus numerosas referencias a Rimbaud, al que admiraba y con el que comparte algunos avatares vitales como el abandono del padre o la muerte de una hermana. Es fácil imaginarse al adolescente Pierre buscando significados en lo que no son más que meras casualidades y sintiéndose, al igual que el poeta simbolista, tocado por la gracia del talento. ¿A quien no le ha pasado alguna vez?
En cierto modo, Vidas minúsculas trata de los primeros tiempos de un escritor, de sus dudas, de su impotencia ante la página en blanco, de la búsqueda de modelos a los que seguir para alcanzar su voz propia. Pero también nos cuenta de donde procede. Analiza las vidas, y sobre todo los caracteres de sus parientes. Busca en su propia genealogía las claves para entender su propia existencia, rastreando los rasgos psicológicos que reconoce o quiere reconocer en sus abuelos o en ese pariente cuya vida es desconocida y que por eso mismo mantiene cierta aureola de misterio. Es la interacción del narrador con los protagonistas de los ocho relatos que aparecen en Vidas minúsculas la que hace avanzar al autor hasta la edad adulta. La abuela que va tejiendo para el la vida de un antepasado al que imagina aventurero y algo soñador, que le inculca el disfrute de la lectura; el viejo campesino que se autoengaña pensando que su hijo ha triunfado en América; los recuerdos de los compañeros de la escuela, del cura del pueblo o de sus primeros años en la gran ciudad, mezclando el primer amor con los excesos de alcohol y sustancias (otra vez Rimbaud como ejemplo y guía).
Son estos los recuerdos, las vidas minúsculas perdidas en el tiempo, las que le sirven para situarse en el mundo, para realzar su propia existencia convirtiendo en arte las anónimas y insubstanciales vidas de sus antepasados. Y sin embargo, desde mi punto de vista, no es este recurso lo más sobresaliente del libro. Como siempre, cuando de literatura y palabras se trata, lo importante no es lo que se dice, sino como se dice. El lenguaje empleado en Vidas minúsculas es de un preciosismo y una belleza tal que muchas veces alcanza el lirismo propio de la poesía, como una composición en la que cada verso es como una pincelada que nos obliga a fantasear con lo que leemos. Inevitablemente, leyendo algunos párrafos no solamente evocamos recuerdos de nuestra propia infancia, sino que vemos, escuchamos e incluso olemos aquello que se nos describe. Ya sea una escuela, el campo o el interior de una cocina familiar. Es este aliento lírico, esta capacidad de evocar instantes que el lector percibe como propios lo que hace de Pierre Michon un autor que parece que hable de nuestras vidas, de nuestra infancia. La mezcla entre la ficción y lo recordado, entre lo que fue y lo que pudo haber sido le otorga a su prosa la sensibilidad propia de la poesía y es por esto por lo que consigue conmovernos.
Personalmente debo decir que una de las partes que leí con más intensidad es la referida al padre ausente y a la búsqueda de su voz personal. Explica en algún momento como la ausencia de una figura paterna provoca que siga buscando modelos a los que seguir, una orientación, un guía tal vez. Creo que esta reflexión fue clave para mi pues también yo siento algunas veces, a pesar de ser ya un hombre adulto que inicia el camino de descenso, que si algo me ha caracterizado durante todos estos años es este sentimiento de abandono, esta falta de una figura con la que aconsejarme, a la que preguntar o de la que escuchar una alabanza o un reproche. Y tal vez esta duda constante y esta falta de autoestima que me impide entregarme plenamente a lo que más quiero se deba, en parte, a un sentimiento de poca cosa, de saberme “abandonable”, intercambiable por otra vida, por otra familia. Hay cosas que un niño tarda toda una vida en superar, heridas que nos traban, que nos impiden avanzar aunque pensemos que hemos conseguido dejarlo atrás.
En definitiva, Vidas minúsculas es uno de esos libros que nos dejan huella, que nos obligan a mirar hacia partes de nuestra vida de las que intentamos huir, con las que no queremos enfrentarnos. Obviamente, a cada lector le dirá una cosa distinta. Una vez escrito, un texto ya no pertenece a quien lo escribe sino a quien lo recibe, y por eso he tenido mucha suerte al comenzar este año, del que tantas cosas espero, con una lectura tan hermosa y a la vez tan profundamente inspiradora como esta.



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