Vidas
minúsculas
es la obra con la que inauguré mi lista de lecturas del año 2020.
No sin cierta vergüenza debo reconocer que no solamente no había
leído nada de este escritor francés, sino que ni siquiera lo
conocía. Y tal vez no pude haber escogido mejor novela para empezar
a profundizar en su obra, aunque Vidas minúsculas no encaja
exactamente en la definición de novela. Son retazos biográficos de
algunos miembros de su familia, recuerdos de su infancia y juventud
que ayudan al autor a situarse en el mundo, a comprender quien es y
las razones por las que es como es.
Algunos
dirán que se trata de una novela de formación y aprendizaje, una
obra en la que establece las bases de lo que quiere llegar a ser como
escritor, de ahí sus numerosas referencias a Rimbaud, al que
admiraba y con el que comparte algunos avatares vitales como el
abandono del padre o la muerte de una hermana. Es fácil imaginarse
al adolescente Pierre buscando significados en lo que no son más que
meras casualidades y sintiéndose, al igual que el poeta simbolista,
tocado por la gracia del talento. ¿A quien no le ha pasado alguna
vez?
En
cierto modo, Vidas
minúsculas
trata de los primeros tiempos de un escritor, de sus dudas, de su
impotencia ante la página en blanco, de la búsqueda de modelos a
los que seguir para alcanzar su voz propia. Pero también nos cuenta
de donde procede. Analiza las vidas, y sobre todo los caracteres de
sus parientes. Busca en su propia genealogía las claves para
entender su propia existencia, rastreando los rasgos psicológicos
que reconoce o quiere reconocer en sus abuelos o en ese pariente cuya
vida es desconocida y que por eso mismo mantiene cierta aureola de
misterio. Es la interacción del narrador con los protagonistas de
los ocho relatos que aparecen en Vidas
minúsculas
la que hace avanzar al autor hasta la edad adulta. La abuela que va
tejiendo para el la vida de un antepasado al que imagina aventurero y
algo soñador, que le inculca el disfrute de la lectura; el viejo
campesino que se autoengaña pensando que su hijo ha triunfado en
América; los recuerdos de los compañeros de la escuela, del cura
del pueblo o de sus primeros años en la gran ciudad, mezclando el
primer amor con los excesos de alcohol y sustancias (otra vez Rimbaud
como ejemplo y guía).
Son
estos los recuerdos, las vidas minúsculas perdidas en el tiempo, las
que le sirven para situarse en el mundo, para realzar su propia
existencia convirtiendo en arte las anónimas y insubstanciales vidas
de sus antepasados. Y sin embargo, desde mi punto de vista, no es
este recurso lo más sobresaliente del libro. Como siempre, cuando de
literatura y palabras se trata, lo importante no es lo que se dice,
sino como se dice. El lenguaje empleado en Vidas
minúsculas
es de un preciosismo y una belleza tal que muchas veces alcanza el
lirismo propio de la poesía, como una composición en la que cada
verso es como una pincelada que nos obliga a fantasear con lo que
leemos. Inevitablemente, leyendo algunos párrafos no solamente
evocamos recuerdos de nuestra propia infancia, sino que vemos,
escuchamos e incluso olemos aquello que se nos describe. Ya sea una
escuela, el campo o el interior de una cocina familiar. Es este
aliento lírico, esta capacidad de evocar instantes que el lector
percibe como propios lo que hace de Pierre Michon un autor que parece
que hable de nuestras vidas, de nuestra infancia. La mezcla entre la
ficción y lo recordado, entre lo que fue y lo que pudo haber sido le
otorga a su prosa la sensibilidad propia de la poesía y es por esto
por lo que consigue conmovernos.
Personalmente
debo decir que una de las partes que leí con más intensidad es la
referida al padre ausente y a la búsqueda de su voz personal.
Explica en algún momento como la ausencia de una figura paterna
provoca que siga buscando modelos a los que seguir, una orientación,
un guía tal vez. Creo que esta reflexión fue clave para mi pues
también yo siento algunas veces, a pesar de ser ya un hombre adulto
que inicia el camino de descenso, que si algo me ha caracterizado
durante todos estos años es este sentimiento de abandono, esta falta
de una figura con la que aconsejarme, a la que preguntar o de la que
escuchar una alabanza o un reproche. Y tal vez esta duda constante y
esta falta de autoestima que me impide entregarme plenamente a lo que
más quiero se deba, en parte, a un sentimiento de poca cosa, de
saberme “abandonable”, intercambiable por otra vida, por otra
familia. Hay cosas que un niño tarda toda una vida en superar,
heridas que nos traban, que nos impiden avanzar aunque pensemos que
hemos conseguido dejarlo atrás.
En
definitiva, Vidas
minúsculas
es uno de esos libros que nos dejan huella, que nos obligan a mirar
hacia partes de nuestra vida de las que intentamos huir, con las que
no queremos enfrentarnos. Obviamente, a cada lector le dirá una cosa
distinta. Una vez escrito, un texto ya no pertenece a quien lo
escribe sino a quien lo recibe, y por eso he tenido mucha suerte al
comenzar este año, del que tantas cosas espero, con una lectura tan
hermosa y a la vez tan profundamente inspiradora como esta.

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