Los minutos, cuando salen agradables, son como las pepitas de chocolate en las magdalenas que hace S. Pequeñas cosquillas en las papilas gustativas que nos hacen saborear con deleite y seguir comiendo con la esperanza de que nos toque otra. Pero nunca sabemos cuando va a salir otra. A veces hay que esperar a empezar otra magdalena pero otras veces podemos encontrar dos o tres pepitas en la misma.
Y lo mismo ocurre con los minutos. Hay instantes con tal intensidad y fuerza que hacen que esa hora, y a veces incluso ese día hayan valido la pena. Los minutos que dura algún parto; los fuegos artificiales un día de fiesta; la primera vez que vamos al cine (o tomamos una cerveza) con esa persona tan especial; su expresión de felicidad la primera vez que consiguen dar una voltereta en el arnés; revisar el listado de aprobados y comprobar que tu nombre aparece; que te digan que los análisis dan perfecto y de lo chungo no ha quedado ni rastro; un mensaje en el que te dicen que no te han olvidado, a pesar del tiempo y de la distancia; acabar por fin esa maldita novela...
Son momentos de felicidad que no duran mucho, pero que van sembrando nuestros días de pequeñas semillas que mañana serán recuerdos agradables, algunos compartidos, otros quedarán como algo íntimo y personal. Ese agradable lugar de la memoria al que a veces regresaremos para confirmar que todo ha valido la pena, incluso los grises días de rutina en los que no ha pasado nada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario