Hay días en los que la vida parece comenzar a andar. Nos levantamos despacio y perezosas, pero con buen pie, y a medida que pasan las horas las cosas no hacen más que mejorar. Pensamos que hay algo distinto en el ambiente y en las gentes, pero en realidad somos nosotras que tenemos conectado el detector del buen rollo.
Todo nos parece bien y aún diré más, todo nos parece mejor, y después de muchos días en los que parecíamos inmóviles y varados en la orilla sombría de nuestra vida comenzamos a sentir que todo vuelve a ponerse en marcha. La primavera, dirán algunos, pero verdadera primavera para la humana gente es la fuerza y la voluntad que llevamos dentro. Lo decía el poeta hace más de cien años, el fuego interior todo lo abrasa y por eso hay veces en las que se nos activa un no se qué en las entrañas y nos sentimos capaces de todo, y de lo demás.
Y pasa la tarde entre actividades y recados, y la noche nos sorprende con ganas de seguir caminando, pero llenos de sonrisas y de buenas experiencias y aunque el día sea casi igual a otro día cualquiera, sentimos que algo se ha movido, que de algún modo hemos conseguido ver un poco más allá y comprendemos, ahora si, que la vida es un ir y venir constante, que pasa a veces veloz y vacía y que el truco, la única razón de existir, es disfrutar de cada momento como si fuese el último.
Y lo último que hacemos en esos días en los que la vida comienza a andar es acostarnos con una sonrisa en los labios y con la certeza de que al final nos ha quedado un día chulo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario