Hay lugares que quedan marcados en nuestra memoria como lugares propios, sitios en los que una vez nos sentimos seguros, felices y plenos.
Debido a este envejecimiento continuo en el que estoy inmerso vuelvo a esos lugares cada vez con más frecuencia, y he descubierto que la mayoría de las veces eran espacios en los que estaba solo, o al menos mi recuerdo, 40 años después, es solitario.
Un banco en el parque, el sendero por el que corriamos con nuestro perro, las luces del faro al otro lado de la ría. Imágenes que quedan en nuestro disco duro y que con el paso de los años van adquiriendo nuevos matices, colores de viejas flores.
Y de pronto, un día cualquiera, regresan a nuestra mente en forma de recuerdos tiernos y agradables que casi podemos oler y sentir, pero que en unos segundos desaparecen como esa mariposilla esquiva que busca camuflarse entre las flores.

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