lunes, 29 de marzo de 2010

Apaguemos la luz.

Estábamos en el bar y decidimos apagar la luz. Como el tabernero es de confianza y los clientes éramos los de siempre comenzamos a hablar del tema y decidimos por unanimidad unirnos a la campaña esa por el planeta. Bien, todos estuvimos de acuerdo menos Hilario, claro. Comenzó a decir que eso era una tontería y además un local público no podía apagar las luces mientras estuviese abierto. Pero como el bar es de Toño dijo que apagaba y apagó. Iniciamos así una de esas discusiones en las que comenzamos a mezclar temas y al final salen a relucir casos particulares que tendemos a considerar generalidades. Razonaba Hilario el que paga tiene derecho a consumir lo que le dé la gana, que estaba cansado de que el gobierno le diga lo que tiene que hacer, que ahorre agua, que recicle, que use bombillas de bajo consumo. Comentaba convencido que él regaba su jardincillo dejando la manguera en el suelo durante un par de horas y que ni se le ocurría separar la basura de su casa, que para algo paga un impuesto por la recogida. Para Hilario la vida en sociedad es como un mercado en el que lo importante es lo que puedas consumir y de nada sirvió intentar convencerle de que a veces nos creamos necesidades inexistentes para permitirnos caprichos que no aportan nada a nuestro bienestar. Replicó que él con su dinero hacía lo que le daba la gana, que nadie le iba a decir en que gastarlo y que iba a permitirse los caprichos que quisiera mientras pudiera pagarlo. Y como Hilario es uno de esos tipos que se crecen cuando tienen a todo el mundo en contra decidimos ser inteligentes y zanjamos la cuestión diciéndole que si todo se reducía a pagar, que pagara una ronda para todos.

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