sábado, 25 de febrero de 2023

Siniestro total.

 


Solamente al volver del hospital, después de la operación de rodilla, me di cuenta de la conexión que existía entre mi coche y yo. El mismo día que me rompí la rodilla a mi coche se le rompió el palier derecho. Me hizo gracia la coincidencia, pero recordé aquella vez que, conduciendo detrás de un camión, un chinazo dejó una marca en el parabrisas y al llegar a la playa se rompieron mis gafas de sol al caerse contra unas rocas. Y comencé a pensar en cosas parecidas, como por ejemplo cuando viajando a Toledo pinché dos veces en un día y al día siguiente, en el supermercado, una señora me machacó un dedo del pie; o cuando estuve con neumonía varias semanas y al coche se le rompió la calefacción; o aquella memorable semana en que la radio dejó de funcionar y asombrosamente coincidió con la afonía que sufrí por culpa de la clase de 1º C. Por no hablar del cambio de la correa de distribución y mi tendinitis del cuádriceps; o la otitis que coincidió con la rotura del espejo retrovisor izquierdo al pasar demasiado cerca de un camión de Sogama aparcado en la acera; o la abolladura en la puerta del conductor y mis dos costillas rotas jugando al rugby; o mi ojo hinchado por la picadura de un mosquito y el faro roto al golpear contra el gancho de un remolque. Si, fueron numerosas las coincidencias entre mi estado de salud y las averías de mi coche, y por eso hoy, en el taller, no pude evitar ponerme a llorar desconsolado cuando el mecánico me recomendó que fuese pensando en comprar otro coche pues mi viejo saxo ya no daba más de si.


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