Aquellos días de amistades antiguas y nuevas canciones, arreglándonos delante del espejo con la esperanza de volver a ver a aquellos ojos que nos tenían enamorados, repitiendo mentalmente las frases que, esta vez si, nos atreveriamos a decir.
Aquellas tardes de bar en bar, unas tazas en el Balsa, unas bravas en el Pataca; conversaciones sobre las crueldades del bachillerato, sobre incomprensiones varias y las dudas sobre si con aquella mirada querría decirnos algo.
Siempre había sol y luz los sábados, y siempre teniamos ganas de salir, fuerza para hacer cosas. Siempre creiamos que estábamos enamorados, y a veces lo estuvimos, aunque nunca nos hubieran hecho mucho caso y ahora nos enternezca aquella pureza con la que sentiamos tantas cosas, incluso una cosa y la contraria el mismo día, casi en la misma cerveza.
No recuerdo las conversaciones ni los amores; no recuerdo las preocupaciones ni los deseos y vagamente puedo recordar los lugares o las fiestas. Pero sin embargo aún puedo escuchar la voz del amigo que venciendo al tiempo y a la distancia aún sigue caminando a mi lado.
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