viernes, 3 de febrero de 2023

La pereza de los viernes.

 



No sabía si era un fallo en su cableado interno o le pasaba a todo el mundo, pero desde que sonaba el clic del despertador tenía que dejar pasar unos minutos antes de poder pensar en algo. Su mente era al principio una maraña de pensamientos confusos, retazos de sueños incoherentes y la extraña sensación de tener algo que hacer pero no recordar de que se trataba.


Comenzaba estirando las piernas, comprobando que su cuerpo seguía funcionando, sin atreverse aún a abrir los ojos, sin poder siquiera pensar en levantarse. Sabía que eran solamente unos minutos, que una vez consiguiese ponerse en pie todo iría mejor, se sentiría plenamente enchufado y con ganas de hacer cosos, pero esa pereza inicial levantaba un muro terrible entre ella y el día. Era lo único que la diferenciaba del resto de sus compañeras, capaces todas de levantarse al segundo de escuchar la maldita alarma que anunciaba un nuevo día.


Y los viernes eran el peor día, aunque esto, analizado con detenimiento, resultase totalmente ilógico. Dentro de unas horas estaría en su área de trabajo y no quedaría ni rastro de esta falta de voluntad, de esta relajación infinita. Sabía que a sus compañeros, hombres y mujeres, les encantaban los viernes, que las conversaciones eran más animadas que cualquier otro día, planeando el fin de semana, hablando de sitios a los que ir a tomar algo o de lugares que visitar para aprovechar los días de sol que estaban marcados en el calendario desde comienzos de año. Los viernes eran la antesala de esas horas que servían para desentumecerse después de una semana de duro trabajo. Era el momento de depurar las malas conexiones y resetear el sistema.


Pero aún así, levantarse de la cama era especialmente duro para ella. Arrastrar un pie y después una pierna hasta el borde de la cama; negociar con el resto del cuerpo el momento de incorporarse lateralmente para poder salir de la cama sin más demoras que las estrictamente necesarias. Mirar alrededor y comprobar que todas sus compañeras estaban ya en marcha y operando a pleno rendimiento. Así día tras día, y especialmente los viernes. Como si la sobrecarga de toda la semana fuese pesándole más de la cuenta.


Tal vez aquel viernes había tardado un poco más que de costumbre el levantarse, tal vez sus ralentizadas rutinas internas habían hecho saltar algún tipo de alarme imperceptible o como tantos otros aparatos electrónicos tenía activado un protocolo de obsolescencia programada, pero lo cierto es que lo último que quedó grabado en su memoria de silicio fue la conversación de los técnicos de la corporación afirmando que ya era casual que estas unidades siempre cascaran los viernes. 




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