Nada más grato que te saluden por el nombre cuando entras en la cafetería y te pongan lo de siempre. Es agradable sentir que estás en un lugar familiar, sobre todo para un tipo como yo, tan poco dado a salirme de mi zona de confort, que además es muy chiquita la pobre.
Pero caminando hoy de vuelta a casa y dudando si entrar o no entrar a tomarme un café en cualquier sitio me dio por pensar en todos los cafés que nos tomamos en lugares inusuales, en cafeterías a las que no volveremos, áreas de servicio, estaciones de autobuses, hospitales o tanatorios.
Me vinieron a la cabeza los cafés clandestinos de mi época de jardinero, escapando un poco de la lluvia o del frío, buscando una cafetería algo discreta, pero con ventanales que nos permitieran ver la eventual llegada del encargado antes de que él nos viera a nosotros. Recordé lo agradable que era entrar a tomar un café cuando no tocaba, o encontrarte con alguna persona que hace tiempo que no ves y acabar conversando durante dos horas en una cafetería cualquiera. O los cafés para no dormirse en la academia, después de las siete horas de trabajo; o los cafés y las conversaciones de la época de estudiante; o mi café solitario de los domingos, escribiendo siempre mi diario; o el café con mi amigo después de ir a aquella tienda de viejo, explicándonos los motivos y las razones para comprar los libros que habíamos comprado.
Algo tienen los cafés que nos reconfortan y nos hacen sentir vivos. Ya sea acompañados o en solitario, tomar un café suele ser algo así como hacer un alto en el camino, una parada para descansar y coger fuerzas, a veces incluso para reflexionar y decidir cual es el próximo paso que debemos dar. A veces simplemente entrar en la siguiente cafetería y esperar.

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