martes, 8 de diciembre de 2020

Música para camaleones. Truman Capote.

 




Catálogo.

Música para Camaleones, de Truman Capote, tiene algo de catálogo, de libro de muestras que el autor nos va enseñando, relato a relato, para que sepamos lo que es capaz de crear. El libro está dividido en tres partes. La primera la componen siete relatos breves que cuentan pequeñas historias, pinceladas biográficas de unos personajes estrafalarios y raros, pero a la vez reales. Se trata de personas mostradas en su vida cotidiana, a veces una simple anécdota, o el trancurso detallado de un día de trabajo sirven para armar un relato. Aquí encontramos el que da título al libro “Música para Camaleones”, aunque el que más me ha gustado a mí es “Un día de trabajo”.

En la segunda parte aparece una novela corta titulada “Ataúdes tallados a mano”. Se trata de un relato soberbio, que igual que su novela A sangre fría, está basado en hechos reales y pertenecientes a la más sangrienta crónica negra del momento. Truman Capote acuñó el término “Literatura de No Ficción” para referirse a su obra, en la que toma hechos reales y les da forma de novela. Aquí nos cuenta la historia de un asesino en serie, y lo hace empleando los mejores recursos y técnicas de la novela negra clásica. Un investigador obsesionado, un observador ajeno a los acontecimientos pero que acaba formando parte de la propia trama y un final inevitable. Sin duda, este relato, por si solo, podría haber sido una buena novela.

Por último, la tercera parte del libro está formada por una serie de entrevistas imaginarias a personajes reales de la época, incluso se entrevista a él mismo e el relato que cierra el libro. Esta parte fue la que menos me gustó, a pesar de su originalidad y de el manejo perfecto del estilo periodístico y de la entrevista.

El libro es muy recomendable. Los relatos situacionales están narrados con una precisión y un estilo muy pulcro, y el cruce de caminos entre periodismo, crónica y ficción se resuelve de un modo más que satisfactorio. Se nota el oficio de periodista en el uso adecuado de las palabras y la forma sencilla de comunicar lo que quiere contar, pero su prosa no está privada de cierta poética en su estilo. Hay maestría en la forma de perfilar los personajes, en la manera de ir desarrollando la crónica para que continuar con la lectura no nos suponga esfuerzo alguno. Se trata de relatos sencillos y fáciles de leer, historias que atrapan al lector y que nos sirven, en parte, para interpretar la realidad de su momento, a pesar de que lo que se narra, sobre todo en las entrevistas de la última parte del libro, son las vida de personajes algo fuera de lo común. Un asesino, una actriz famosa, ladrones, locos e incluso una bruja. Son personas y escenarios únicos, que parecen imaginarios pero que sin embargo viven en el mundo real. Tal vez por eso el propio autor definió su obra como Literatura de No Ficción.

Música para Camaleones es, en definitiva, la obra literaria de un periodista. Se nota en el uso que hace de distintos estilos literarios como la poesía, la descripción destallada y la metáfora para conseguir describir los escenarios y los personajes que aparecen en su obra. Sabe informar de lo necesario para que la narración funcione, y a la vez es capaz de dejar a nuestra imaginación el resto. Ahí reside, sin duda, buena parte del éxito de la literatura, en la imaginación del lector.




lunes, 30 de noviembre de 2020

NaNoWriMo 2020 (Resumen)

 




Bueno, esto está listo. 
Los últimos diez días trajeron sus complicaciones, pero al final superé el reto. 
A por el siguiente.














martes, 10 de noviembre de 2020

Volver a creer.

 



La dependienta es una mujer risueña y amable, de ojos dulces y acogedores, y que siempre tiene una palabra con los clientes. Que si el tiempo, que si cuanto durará esta situación... Cuando los domingos voy con L&A siempre les pregunta que cómo están, que como llevan la escuela con la mascarilla puesta todo el tiempo o si les gusta más la napolitana de chocolate o el cruasán. Es, en definitiva, una de esas personas que hacen que te sientas cómodo en el mundo.

Yo venía de dar mi rodeo diario. Como empiezo a tener una edad y no paran de repetir que lo mejor son los paseos, aprovecho cada recado que tengo que hacer para elegir el camino más largo e ir haciendo quilómetros y tiempo de paseo. La doctora de la mutua me dijo que media hora al día era suficiente para considerarse una persona activa. No tengo muy claro que un paseo de media hora vaya a ser suficiente, sobre todo teniendo en cuenta que me paso toda mi jornada laboral sentado, y por eso me propongo, siempre que salgo de casa, aprovechar para dar un paseo.

Y en estas estaba hoy cuando se me ocurrió pasar por la panadería y comprar una barra de pan y media empanada. La dependienta estaba ocupada con un ramo de flores y me pidió un segundo para terminar con lo que estaba haciendo. La verdad es que al principio no me di cuenta de lo incongruente que podía resultar entrar en una panadería y que la dependienta estuviera ocupada preparando unas flores.

Son para una señora que vive aquí al lado, me dijo, ahora ya casi no puede venir a buscar el pan, pero siempre me decía que eran muy bonitas las camelias que tenemos delante de la puerta. Atrás tengo más, y como se que hoy no va a venir le estoy preparando un ramo para que se lo lleve su hija cuando venga a comprar el pan. Seguro que la sorpresa le gusta.

Yo no creo demasiado en el ser humano. No es que haya tenido demasiados desengaños, la verdad, pero he leído muchas novelas, y la historia general de la humanidad no es más que una sucesión de intentos de unos por dominar a otros. Pero hay momentos en los que las personas me sorprenden y me descubro a mí mismo emocionándome con los pequeños gestos que hacen que la vida de los otros sea más agradable.

Y es que hay personas que tienen esa capacidad, que vienen al mundo equipadas con el superpoder de hacer pequeñas cosas que generan grandes dosis de alegría. Con total naturalidad puede ocurrírseles decorar la mesa de un compañero de trabajo con figuras de los kinder sorpresa o colgar por todas las puertas de los pisos de nuestros vecinos de portal un pequeño detalle en navidad. Seres empáticos que saben ver las carencias afectivas de los demás y son capaces de encontrar ese pequeño gesto que servirá para hacer la existencia de los demás un poco más llevadera.

Y no penséis que tienen que pensar mucho, o que están todo el día buscando esos pequeños detalles que le alegren la vida a los demás. Que va. A estas personas les vienen estas ideas a la cabeza de un modo natural como a las camelias les salen las flores. Estoy seguro que la mujer de la panadería llegó hoy a la tienda y al ver las flores se acordó de la mujer y decidió en ese momento tener un bonito detalle con ella. Sin necesidad de pensarlo, y sin buscar nada a cambio.

Y yo lo se muy bien porque llevo desde hace unos años compartiendo mi vida con una persona así, y muy a menudo me sorprende con esos pequeños gestos que solamente buscan hacer la vida más agradable a los demás.

Y entonces decido volver a creer.




domingo, 1 de noviembre de 2020

Reconstrucción.

 


En obras. 

Caminando por la vida llega un momento en el que comienzan las reformas.

Y comienzan las dudas: ¿Merece la pena mantener las paredes? ¿Merece la pena reformar o rehabilitar? A veces lo mejor es tirarlo todo y volver a empezar, reducirlo todo a escombros y en el solar edificar algo nuevo.

Queremos hacerlo bien, sabemos que a estas alturas debieramos estar centrados, que lo que hagamos será ya definitivo; que cada vez los cambios nos darán más pereza. 

Por eso son tan complicadas estas reformas que nos encontramos a mitad del camino.

Podría decir que también es una metáfora de la situación política actual, en la que lo único que parece claro es que hay que reformar muchas cosas y llegar a nuevos contratos sociales para sociedades nuevas. 

O podría también hablar de las reticencias de mi patroncito a implementar el teletrabajo selectivo para quien realmente sepa y pueda teletrabajar, que las capacidades de cada persona son las que son y no todos tenemos las mismas aptitudes ni la misma actitud ante el trabajo ...

Pero no hablaremos de eso en otoño, que las palabras caen en el olvido como caen las hojas de los carballos ...

Diremos solamente que una casa en reformas siempre es una buena señal, y que esta vuestra casa, al igual que el que escribe, estamos en período de reconstrucción y puede que finalmente quede algo hermoso y acogedor. 

Como siempre, seréis muy bien recibidos...

viernes, 30 de octubre de 2020

NaNoWriMo 2020

 



Debo confesar que no tengo muy claro como funciona esto, pero estoy apuntado en un evento internacional que consiste en escribir una novela de 50.000 palabras durante el mes de noviembre.

Como bien os podeis imaginar, eso parece imposible para un tipo como yo. Lo de escribir de manera constante no es lo mío, y por eso cuando encontré por algún sitio de internet esto del NaNoWriMo se me ocurrió anotarme para ver lo que pasaba.

La filosofía encaja bastante con lo que yo necesito pues de lo que se trata es de escribir y escribir hasta llegar a completar el objetivo, sin detenerse a corregir ni a pulir el relato. Simplemente obtener un primer borrador con el que poder empezar a trabajar en serio.

¿Y cuál es el plan? Pues en lugar de centrarme en una novela intentaré completar los relatos que os prometí escribir antes de cerrar el blog. Siento que hasta que no complete ese reto no podré irme tranquilo, y tal vez sea buena idea aprovechar el mes de noviembre para acumular esbozos de relatos que después, en el extraño invierno que nos espera, pueda ir perfeccionando y publicando en el blog.

Si supiera como hacerlo, compartiría aquí mis progresos, aunque conociéndome como voy empezando a conocerme sospecho que no tendré demasiado que compartir. De todos modos, y por si se me suelta la pluma y empiezo a llenar cuadernos a lo loco, aquí irán apareciendo mis progresos diarios. 

Escribamos.









domingo, 11 de octubre de 2020

Octubre norteamericano

 



Decía Lamarck que el órgano que no se utiliza se atrofia hasta desaparecer. Esta Ley básica de la evolución se aplica tambien en nuestras formas de gobierno, y hay quien dice que los derechos que no ejercitamos tienden a desaparecer. 
Siempre me gustó esta teoría y desde hace tiempo lo aplico cada vez que voy a la biblioteca. Creo que si no frecuentamos las bibliotecas y no hacemos uso del servicio de préstamo acabarán cerrando por falta de uso, y por eso intento visitarlas siempre que puedo, y acabo llevándome para casa más libros de los que podré leer. Ya comenté como llegó a mis manos Effi Briest, de Theodor Fontane. 
Pues bien, en mi última visita a la biblioteca insistieron en que fuese a buscar mis libros a la zona de mayores, que querían elegir sus lecturas sin interferencias de los adultos y que me tomase mi tiempo, que sabían utilizar la máquina de autopréstamo. 
Así fue como pude pasearme con calma entre las estanterías de la biblioteca y se me ocurrió que era hora de comenzar a leer a esos autores de los que hablan siempre en los libros de autoayuda para los no escritores como yo. Y como últimamente leí algún texto de Stephen King o de Roth, sus referencias literarias son los autores norteamericanos del siglo XX. 
En definitiva, la agenda lectora para este mes de octubre es a la vez un reto y una cuestión de formación literaria. Intentaré leer una novela a la semana y sosprenderme con el desparpajo y la frescura de los autores estadounidenses que escribían ya muy influidos por el cine. Y si hay suerte igual me queda algo de tiempo para escribir.

martes, 29 de septiembre de 2020

Distanciamientos.

 



Distanciamientos.

Actitud pensativa, tal vez valorando si la separación será suficiente, presintiendo que el día que comienza a despuntar será un buen día. Hay espacio y hay buena hierba  para comer. 

¿Acaso necesitan algo más?

¿Acaso necesitamos algo más?

Podría ser también una metáfora del desamparo al que nos someten los que nos gobiernan. Gentes que se miran unos a otros sin acabar de ver más allá del prado que tan bien se saben repartir. 

Pero no. 

Hablemos, simplemente, de un hermoso amanecer creando tonalidades de vida y esperanza sobre los verdes campos, de caballos madrugadores y neblinas otoñales que invitan a caminar.



domingo, 6 de septiembre de 2020

Os vellos osos (I).

 


Sería estupendo ter un cartel como o dos parquins que anunciase aos nosos conxéneres que non collen máis parvadas na nosa caixa de cousas estúpidas. Hoxe a miña está a rebentar. Comezo o día discutindo con Fernando porque xa non quedan cereais, como se nalgún momento asináramos un contrato polo que eu me encargaría de abastecer a nosa despensa. Despois aquel idiota no autobús entrando coa mochila posta en plan marine americano invadindo Granada. E no traballo... En fin. No traballo as parvadas de Marisa, as mamarrachadas de Ánxo e os cheirentos pes do de contabilidade. E para finalizar a xornada a xefa pídeme tres memorias unha hora antes de pechar. E como sempre, ten que ser para xa.

Saio á rúa cansa e aburrida, máis enfadada que de costume e coa sensación de que o mundo conspira contra min. Coma entender senón que o ceo se torne gris e comece a chover xustamente cando deixo pasar o autobús e decido ir andando para casa. Camiño por debaixo dos soportais da Rúa Nova pensando nas miñas cousas, teño que ir mercar algo de roupa para a excursión da fin de semana, pode que merque un conxunto suxerente, acorde coa habitación do Parador no que imos hospedarnos. Unha idea inespecífica atravesa a miña cabeza e síntome incómoda, algo malhumorada sen saber moi ben o motivo. Pásame ás veces, as preocupacións chegan á miña mente como pequenas avelaiñas que dan voltas e voltas arredor das bombillas até que se chamuscan. Atraveso a Quintana e recordo que non mequei os cereais, pero non me importa, non é iso o que me preocupa, non é iso do que me esquezo. Baixo por Casas Reais decidíndome mentalmente entre tanga ou coulote e parada no semáforo de Virxe da Cerca caio na conta, chamúscase a avelaiña e ilumínaseme o caletre. É moi posible que nesta fin de semana me veña a regla.

E entón véxoa. Está apenas a dous metros da porta da miña casa, como agachada detrás do pivote de pedra que hai na esquina da Rúa do Olvido con San Pedro. Parece unha nena duns oito ou nove anos, en todo caso unha nena pequena, co cabelo enguedellado e co rostro esbrancuxado. Achégome a ela mirando ao meu redor, extrañada de que unha nena tan pequecha poida estar alía soa, baixo a choiva e con pinta de estar algo perdida. Fágolle un aceno coa man, pero unha vella con paraugas ven contra mín sen intención de esquivarme e teño que botarme a un lado. Cando volvo mirar, o lugar onde estaba a nena está baleiro. Tal vez marchou coa vella do paraugas, ou tal vez foi unha alucinación. Últimamente non fago máis que ver cousas raras.

Fernando non está de humor e eu quedo coas ganas. Mentres el prepara a ensalada eu collo os vasos e os pratos, pégome a él de modo que sinta no seu lombo os meus peitos, pero non quere enterarse. Ben sabe que me apetece facelo, pero nin se inmuta cando lle dou unha vigorosa palmada nas súas nádegas. Obviamente, non penso pedirllo. Sempre me pasa, cando saio tarde do traballo chego a casa con ganas de sexo, tal vez sexa unha maneira de canalizar a miña frustración. Fai anos, antes de estar con Fernando, adoitaba quedar pola zona vella e rara vez marchaba soa para casa. Foi así como nos coñecimos, e aquela noite houbo algo moi intenso e electrizante entre nós. Esta noite, sen embargo, cenamos vendo un par de capítulos da última serie á que nos enganchamos e xa na cama fago un último intento de excitalo sen ningún resultado.

Despois dun sono inquedo érgome aínda máis cansa que cando me deitei. Teño unha sensación extraña no corpo, algo me andivo dando voltas na cabeza e non son quen de recordalo. Tal vez un pesadelo demasiado intenso, tal vez algunha preocupación da que non quero acordarme, ou simplemente o corpo que se prepara para a mestruación. O caso é que algo se me debe notar pois o primeiro que me pregunta Fernando é se me atopo ben, nótame algo pálida e con máis olleiras do habitual. Doulle a calada por resposta e marcho da casa sen máis contos.

Foi botarme fora e notar unha fría racha de aire frío na cara. A primavera está mediada e as mañás comezan a ser agradables. Nunhas semanas o sol nacente dará directamente na fachada da nosa casa e saír á rúa polas mañanas será sentir unha doce caricia no rostro. Nunca me imaxinei que viviría neste barrio de vellos. A casa era da miña familia dende moitos anos atrás. Miña nai mesmo pasara nela os seus primeiros anos, antes de mudarse coa miña avoa a un grande piso no ensanche. Os primeiros recordos que teño deste barrio son as visitas do domingo, despois da misa, á única tía da miña nai. Aquela vella era a irmá maior da miña aboa. Sempre vestida de negro e coa casa chea de velas non me inspiraba bos sentimentos e por iso sempre me mantiña a distanza. Cando era nena un par de bicos forzados. Máis adiante evitaba entrar naquela casa sempre que era posible. Por iso me sorprendeu que me deixara a mín a súa casa, a vella casa familiar para a que os meus tíos xa tiñan plans. E debo recoñecer que se vivo agora aquí é simplemente por darlles na cabeza. Ningún dos dous se portou ben coa miña nai cando morreu meu pai e quedamos alí soas, naquel piso que se nos facía demasiado grande para as tres mulleres. Miña nai sempre dixo que lles viña de parte de pai, o irmán da miña avoa e tío da miña nai. Era unha mala persoa, e xa está. Nunca conseguín que ninguén me dera máis explicacións e o meu total desleixo por todo o referente á familia fixo que eu nunca preguntara.

As pedras recén lavadas pola choiva reflexaban pálidamente a luz do sol que estaba comezando a asomar por riba da vella iglexia da Nosa Señora da Angustia. Como sempre que vou ben de tempo, decidín baixar pola Rúa de Bonaval para entrar no parque pola porta do vello ceminterio. Ía pensando nalgúns retoques para os informes do día anterior, xustificar mellor as memorias, facer refencia ás circunstancias de necesidade e oportunidade que tanto lles gustan aos de intervención cando vin unha pequena figura apoiada nos muros. Asusteime un pouco, é certo. Nesas horas polo parque só andaba o persoal de xardinería e algún que outro veciño que tiña que sacar ao can antes de ir traballar. Sen embargo estaba vendo unha nena duns oito ou nove anos que xogaba cunha vella boneca de trapo e que de cando vez ollaba para mín.

Mesmo para min, que sinto tanta curiosidade polas crianzas coma polas aves de curral, aquela situación resultaba demasiado extraña. Saudei a aquela nena poñendo a miña mellor sorrisa e achegueime a ela buscando coa mirada a alguén máis. Parecía lóxico que aquela nena non podía estar soa naquel paque. Todo foi moi repentino. Un arrepía recorreu o meu lombro cando me decatei de que era a mesma nena que vira onte ao chegar a casa. Sobresaltada detivenme en seco. Sinalando algún lugar inconcreto á miña espalda, comezou a dicir algo que non entendín. Xireime convencida de que vería aparecer á súa nai, pero alí non había ninguén, só se vían os tellados dalgunhas casas, entre elas a miña, e os muros exteriores do parque. Cando volvín a vista a nena xa non estaba.

Pasei todo o día cunha extraña sensación no corpo. Seguro que o soñaches, dixo Marisa, e agora pensas que foi algo que pasou. Ou iso ou andas con algo de resaca, dixo Ánxo. O certo é que non parecía lóxico ter visto á mesma nena dúas en situacións tan extrañas. Dalgún modo semellaba que a imaxe da nena quedara grabada na miña cabeza dende a tarde anterior e hoxe parecerame tela visto ao atravesar o parque. Se lle cadra ía máis durmida do que me parecía. Intentei non pensar máis no asunto e rematar os traballos pendentes para poder marchar tranquila o fin de semana.

Mesmo antes de recoñecela sei que é ela. Está sentada no banco do parque, como ausente de todo canto acontece ao seu redor. Atraveso a zona de xogos esquivando avoas e papas modernos ansiosos por demostrar que están entregados á crianza. Intento non perder de vista á nena pois teño a certeza de que dun momento a outro desaparecerá da miña vista, igual que as veces anteriores. Sen embargo desta vez consigo chegar á súa beira e saudala coa man. Ela segue coa mirada perdida, como se puidese mirar a través de mín e nen sequera reacciona cando me sento ao seu carón e lle pregunto con quen está. Miro arredor esperando que alguen reaccione. Supoño que algunha persoa virá, que unha nena nunca estará soa nun parque, pero ninguén parece preocuparse ao verme alí sentada ao carón dunha nena pola que ninguén parece mostrar interés algún. Tampouco ela parece mostrar interés ou inquedanza por nada. Manténse absorta, coa mirada perdida e só cando lle pregunto se está soa parece reaccionar. Mira para mín pero sen verme. Hai algo nos seus ollos me me asusta e me atrae ao mesmo tempo, algo que me resulta familiar, uns ollos grises e duros, máis propios dunha persoa adulta que dunha cativa como ela. Lentamente levanta unha man coma se quixera acariñarme pero detense a medio camiño. A súa voz ao falar é extraña e tan avelaíña que non sei se realmente falou ou imaxinei que falaba. Preguntolle cómo se chama e achegome un pouquiño máis a ela. "Chámome Herminia" creo escoitarlle, "e teño moito frío"


Continúa: Os vellos osos (II)

jueves, 3 de septiembre de 2020

La víspera de casi todo. Víctor del Árbol.







Recargado.

No me considero demasiado purista con respecto a los subgéneros literarios. No suelo dejarme llevar por las etiquetas a la hora de escoger mis lecturas, aunque reconozco que tengo una querencia especial por la ciencia ficción. Es más, me gustan las obras que no son fáciles de clasificar o aquellas que ofrecen una mezcla de distintos géneros y que obligan al lector a salir de su zona de confort literario.

Pero lo que me gusta es que la obra tenga cierta coherencia interna. Puedes contarme lo que te parezca, puedes inventar mundos, crear personajes tan estrafalarios o malvados que rocen lo inverosímil, pero tiene que existir cierta lógica dentro de lo que se narra. Creo que lo que falla en La víspera de casi todo es la coherencia interna. El argumento es bueno, una investigación, un detective, una víctima, un pasado común. Los primeros capítulos animan a leer, consigue crear la atmósfera perfecta para una buena novela negra. Pero de pronto todo se enmaraña, el narrador-protagonista se pierde en reflexiones que no encajan demasiado bien con lo que se intenta contar y el autor decide profundizar en la vida de algunos personajes sin que esto aporte nada a la trama principal.

En realidad parecen tres novelas cortas, tres historias diferentes que por algún motivo se narran en la misma novela. Esto en principio no supone un problema, multitud de novelas contienen más de una trama, ya sea para servir de contrapunto a la historia principal o para aportar información o contexto a lo que se narra. Sin embargo, aquí no termina de funcionar. Las historias paralelas no aportan nada a la historia principal, y tampoco sirven para dotar a los personajes de carácter propio. Semejan apuntes biográficos que no consiguen mostrar su influencia en el desarrollo de la personalidad de los protagonistas secundarios.

Lo que falla, en mi opinión, es el enfoque, el punto de vista. Un elemento clave en la novela negra es la perspectiva, el protagonista-narrador que va desvelando las claves de su investigación y aportando siempre datos de su vida personal. A veces simplemente pequeños detalles de su vida cotidiana, y otras veces viejos fantasmas que regresan y acaban resultado esenciales para la historia. En este caso es el exceso de información biográfica sobre los personajes secundarios lo que acaba sobrecargando demasiado la historia. Hacia la mitad de la novela nos perdemos en las historias de los otros, en un ir y venir temporal que lo único que consigue, para mi gusto, es cortar el avance de la trama sin aportar casi nada al conjunto general.

Por lo demás el estilo del autor es aceptable, no en vano ganó el premio Nadal en el año 2016 y cuando menos se espera que el ganador de un premio literario de este tipo tenga cierto oficio en esto de escribir. Reconozco, sin embargo, que me sentí algo defraudado con esta obra. Por alguna entrevista y algunos comentarios leídos en algún sitio esperaba una obra de esas que te dejan un agradable ronroneo en la cabeza. Además, una buena parte de la historia se desarrolla en una zona de A Coruña muy emblemática, la mal llamada Costa da Morte, y tal vez eso también influyó en que no llegara en ningún momento a creerme lo que me contaba. Un paisaje demasiado conocido para mí termina convirtiéndose en un decorado no muy creíble, con los típicos tópicos de lluvia, gentes distantes en el trato e historias de aparecidos.

En definitiva, parece que los ingredientes de La víspera de casi todo no estaban bien dosificados. Algunas de las medidas de la receta no estaban bien apuntadas, o simplemente había prisa por sacarla del horno y al final la novela no está lo suficientemente cocinada.

Tendremos que probar un segundo plato para poder juzgar bien a este autor.

lunes, 31 de agosto de 2020

Arder (II) ou fin de novela con lume e cinza.


Publicaba fai un ano unha entrada na que falaba da necesidade que experimentamos algúns de reniciarnos continuamente, de ver arder as vellas cousas para deixar sitio ás novas. No meu caso sempre que falo das miñas cousas estou referíndome a eses escritos que vou deixando en papeis soltos e cadernos que co tempo xa non teñen moito sentido. Non recordo agora que trapalladas queimaría no verán pasado, pero hoxe erguínme animado e despois de pasar dúas semanas nas que non fun quen de sentarme a escribir decido poñer fin ao que ía ser o meu segundo intento de novela.


Tal vez debera pechalo todo, deixar definitivamente este blog que non consigo dotar da calidade suficiente para que chame pola xente, esquecer esa teima miña de ser escritor e centrarme noutros aspectos da miña vida que me aportan moita felicidade e ese cosquilleo vital que fai que sintamos que estamos exactamente onde debemos estar. Tal vez debera deixar de loitar conmigo mesmo, con este carácter inestable e inseguro que fai que me plantexe cada paso e cada decisión como se fosen cuestións transcendentais e que me teñen dando voltas sobre as mesmas ideas un ano tras outro.


Avanzar, queimar para avanzar, como unha fuxida desesperada cara adiante. Non deixar un caderno ao que regresar, unhas anotacións que seguir. Queimar os mapas para ter que facelos de novo, para volver a ser un explorador buscando o meu lugar no mundo.


Por iso, e porque todo vai ser moi diferente a partir de agora, decido marcar con fume e cinza este cambio de ciclo que como xa sabedes (son moitos anos de blog) nen será definitivo nen servirá para nada. 


Pero as fotos con lume sempre molan.



 


domingo, 23 de agosto de 2020

La Fiesta (I)

 


Para disimular su nerviosismo, Ripley contemplaba las estrellas a través de la gran cúpula de cristal que coronaba la sala de reuniones. Como cada año, habían sido las primeras en llegar y a medida que el recinto se llenaba ella iba desplazándose hacia un rincón, participando lo menos posible en las conversaciones que de manera esporádica iban surgiendo y evitando el típico correteo de aquí para allá al que solían dedicarse las muchachas de su edad en la fiesta anual. No recordaba si siempre había sido así, pero desde hacía unos años el día de la fiesta anual era siempre igual. Las mismas conversaciones, los mismos gestos y las mismas miradas furtivas. A veces tenía la impresión de que era la única persona que se percataba de la inevitable repetición de las cosas. Al fin y al cabo, aquella gente no tenía nada nuevo que contarse. Llevaban muchos años viviendo en el mismo lugar y haciendo lo mismo, por eso a Ripley no dejaba de sorprenderle el entusiasmo con el que cada año se saludaban y se abrazaban los adultos, las animadas conversaciones que surgían entre ellos al tiempo que los más jóvenes parecían disfrutar explorando un espacio que tenían más que explorado. Dentro de unas horas todo acabaría, cada uno volvería a su lugar y hasta dentro de un año no volverían a verse, aunque para la mayoría sería como si solo hubiera pasado un día.

Y aún así, Ripley estaba nerviosa.

No esperaba que las cosas fuesen distintas esta vez. Tenía casi la certeza de que la fiesta sería igual a la fiesta del año pasado, y del anterior, y del otro. No recordaba cuando había comenzado a sentirse interesada por aquel chico, ni siquiera sabía en que momento había notado su presencia. Era evidente que siempre había estado allí, al igual que el resto de participantes en la fiesta, pero en los últimos años casi lo único que le interesaba de aquella reunión anual era saber que tarde o temprano acabaría viendo a aquel muchacho de ojos melosos y sonrisa dulce. Y si ahora estaba nerviosa y mirando hacia el exterior era porque en la fiesta del año pasado, por un instante, sus miradas se cruzaron y tuvo la certeza de que también el sentía cierto interés por ella.

Una tenue luz anaranjada en un extremo de la gran sala indicaba que ya no faltaba nadie por llegar. Poco a poco el techo abovedado comenzó a teñirse de distintos colores hasta que se convirtió en un perfecto cielo azul de primavera en el que comenzaba a vislumbrarse un sol naciente. El día de la fiesta anual había comenzado. Todo lo que quisieran decirse tendrían que hacerlo mientras durase aquella jornada, al finalizar tendrían que retirarse y no volverían a verse hasta el próximo año. Ripley buscaba a aquel muchacho entre la multitud, necesitaba confirmar si también él se había fijado en ella, si sus sentimientos tenían alguna posibilidad de ser mutuos y aquel muchacho tendría la misma curiosidad que ella, las mismas mariposas en el estómago cuando se veían, el mismo interés en conocerla que ella tenía en conocerlo a él.

Sus hermanas seguían correteando entre la gente como niñas recién salidas de la escuela. Al acabar la reunión, ya de retirada hacia su Zona, siempre le decían que no habían tenido tiempo suficiente para saludar a todas las personas que deseaban saludar. No entendían como ella podía quedarse tanto tiempo en el mismo lugar y sin apenas hablar con nadie ni hacer otra cosa que mirar al exterior por los grandes ventanales. Ripley se limitaba a sonreír y les decía que no encontraba ningún aliciente en pasar todo el día hablando con personas que no tendían nada distinto que contar, forzando conversaciones que se tornaban repetitivas e insulsas. Al fin y al cabo, la mayoría de los que asistían a la fiesta anual había tenido las mismas experiencias durante el último año. Solamente las personas escogidas para las labores de organización y mantenimiento tenían la posibilidad de hacer cosas distintas y mantener relaciones personales un poco más cercanas. El resto debían contentarse con regresar a su Zona de Residencia y aguardar a la próxima Fiesta Anual. Ripley, al igual que sus hermanas, sabía que algún año le tocaría a ella encargarse de esas tareas. La Supervisora Jefa Cairme la nombraría después del discurso y al final de la reunión tendría que quedarse para recibir las oportunas instrucciones. Pero teniendo en cuenta su edad y el lento transcurrir del tiempo al que estaban sometidas aún tardaría muchos años en suceder.

Aún faltaban unas horas para el discurso y la Gran sala se había convertido en una fiesta. Unas inmensas pantallas situadas a tres o cuatro metros de altura mostraban el avance realizado el último año. Casi nadie prestaba atención ya a estas pantallas. Todo el mundo sabía que si había alguna novedad que les afectase la Supervisora Jefa Cairme hablaría del tema. Ripley recordaba los primeros años, cuando se formaban grandes aglomeraciones para consultar en las pantallas si se había alcanzado el objetivo y podían romper con la monotonía temporal en la que se había instalado la sociedad. Con el paso de los años la desesperanza se había instalado en el grupo. Casi nadie era optimista y la mayoría habían asumido que lo mejor era disfrutar del momento y aprovechar aquella reunión para hacer con otras personas todas aquellas cosas que a lo largo del año no podían hacer. Charlar, bailar, disfrutar de una buena comida, practicar algún deporte o entretenerse con algún juego de mesa. Alrededor de la Gran Sala existían espacios destinados a estas actividades, y poco a poco los grupos de personas iban desplazándose según sus preferencias. Ripley nunca hacía nada especial. Pasaba el día observando a los demás, atenta a las dinámicas que se establecían entre los distintos grupos. Le hubiera gustado ser más activa, aprovechar hasta el último minuto de aquel día para sentirse viva, para explorar, para probar cosas nuevas. No era su carácter. El entusiasmo no estaba en su genética. Y sin embargo aquel chico había conseguido despertar en ella algo parecido al deseo. Tenía ganas de volver a verlo, quería acercarse a él y hablarle. Quería saber de él.

Pero el muchacho no aparecía. No era fácil encontrarlo entre la multitud, pero Ripley tenía la esperanza de que volvería a pasar por donde había pasado otras veces. Todos solían hacer más o menos lo mismo año tras año, y por eso ella se había quedado sin moverse desde que había llegado a la gran sala y tenía la intención de quedarse allí plantada todo el tiempo que fuese necesario.

La Supervisora Jefa Cairme estaba explicando los avances que habían realizado en los últimos meses. A los pocos minutos de comenzar el discurso anual, Ripley había desconectado y ahora solamente recibía algunas frases sueltas. Los recursos se mantenían estables y no se preveían cambios en los próximos años. Si todo seguía así, decía Cairne, la siguiente reunión podría durar más de un día. Nadie creía que esto pudiera ser cierto, por lo menos no a corto plazo. Las normas eran muy claras al respecto y no admitían ningún tipo de variación. Por lo menos no hasta que hubiesen transcurrido dieciocho años. Pero aún así las palabras de la Supervisora Jefa, habían provocado entre el público un pequeño alboroto que sacó a Ripley de su ensimismamiento. Y entonces lo vio.

El muchacho estaba casi a su lado, comentando con un grupo de Organizadores las últimas palabras de la Supervisora Jefa Cairme. Ripley sintió que el corazón le daba un vuelco cuando el muchacho la saludó con la cabeza mientras le hacía un gesto para que se acercase. Su alegría, sin embargo, se desvaneció cuando al aproximarse descubrió que en su brazo derecho lucía orgulloso el distintivo que lo señalaba como uno de los Organizadores durante el próximo ciclo.

Durante los próximos tres años, aquel muchacho no regresaría con el resto del grupo a las zonas de residencia. Ripley sabía que la edad no sería un problema, pero también era consciente de que las mayoría de las parejas que terminaban formalizando su relación se conocían durante el periodo de organización. En algún lugar de su corazón había nacido la idea de que les tocaría al mismo tiempo realizar sus Períodos de Organización y Mantenimiento. Ahora sabía que de momento esto no ocurriría. Como la mayoría de las personas de aquella reunión, solamente disponían de lo que quedaba del día para contarse lo que quisieran contarse.

No te preocupes, -le dijo a modo de despedida. -El año próximo yo te encontraré a ti.


La Fiesta (II)

viernes, 21 de agosto de 2020

Effi Briest. Theodor Fontane

 



Constante.

Constante desde la primera a la última página. Esta novela consigue mantener un estilo y una voz narrativa propios durante las más de trescientas páginas que nos regala el autor. Se trata de una de esas obras que hace que aparezca una voz en nuestra cabeza, un narrador muy característico, con un estilo singular que termina por acompañarnos incluso cuando no estamos leyendo. Es Literatura de la buena, de la que nos deja algo tristes cuando acabamos de leer no tanto por los personajes, que también, sino porque nos hemos acostumbrado a esa forma de contar y sabemos que hay historias que duran lo que duran unas cortas vacaciones. En definitiva, nos encariñamos con el narrador y nos apena que termine de contarnos lo que tiene que contar.

Y de lo que trata Effi Briest es más bien mundano y simple. No es por la trama argumental por lo que Theodor Fontane nos conquista, aunque tenemos que tener en cuenta que esta novela fue publicada en el año 1895, y la sociedad de época era muy distinta a la de ahora. A lo largo de la historia van apareciendo pinceladas de la forma de pensar de algunos protagonistas y descubrimos ideas bastante avanzadas para la época. Se saben gobernados por unas leyes sociales y culturales que no son justas ni buenas, pero que es necesario cumplir para ser aceptado, para sentirse integrado y poder cumplir con las expectativas (a menudo de los otros) y con los sueños propios. Effi no puede sentirse plenamente culpable, y Innstteten (su marido) no puede sentirse inocente. Obró como tenía que obrar, pero sabe que no hizo bien, que su gesto no responde a la ira ni a una ofensa que necesite reparación. Simplemente tiene que actuar porque la sociedad y su posición en la misma así lo requieren. En cierta medida, él también es víctima de unas normas que lo atenazan y lo dominan y es consciente, incluso antes de actuar, de que el cumplimiento de esas normas provocará irremediablemente su infelicidad.

Hay párrafos en Effi Briest de una brillantez absoluta. El resto es una obra maestra, un imprescindible de la literatura. Nada sobra, no hay páginas de relleno y en cada capítulo se cuenta exactamente lo que se tiene que contar. La pluma de Theodor Fontane no desmerece a un Dostoyevski o a un Balzac, por hablar de dos autores que escribieron por la misma época, y en no pocos párrafos percibimos cierto aroma cervantino. Encadenamientos con referencias al capítulo anterior, ingeniosas explicaciones sobre la naturaleza humana que bien podrían haber sido enunciadas por el hidalgo castellano e incluso un personaje (Roswitha, cuidadora primero de la hija de Effi y más tarde de la propia Effi) que en muchas ocasiones se parece al humilde y siempre dado a refranes Sancho Panza.

En definitiva, os gustará si os gustan las novelas en las que la voz narradora está presente con un estilo cuidado y muy particular, con gran riqueza expresiva pero a la vez con una cadencia fluida que avanza sobre frases más bien cortas, sin demasiados adornos ni florituras que muchas veces intentan encubrir falta de talento.


- Off topic -

Yo no conocía de nada a Theodor Fontane, ni siquiera me sonaba su nombre. Ocurre muchas veces que paso por las bibliotecas o por las librerías y elijo algún libro simplemente por curiosidad, por la portada o sobre todo por el título, aunque no conozca de nada al autor o autora en cuestión. Pero este libro tiene una historia un poco distinta. Fui con la pequeña a la biblioteca y después de escoger sus libros le pedí que me acompañase a mi a buscar alguna lectura. Como ella ya tenía prisa y yo suelo tardar demasiado en decidirme, se fue por el otro lado de la estantería en la que estábamos, cogió un libro al azar, comenzó a empujarlo hacia mi y disimulando la voz comenzó a decir “Llévame a mi, llévame a mi”. Ni que decir tiene que me lo llevé, y fue todo un acierto.

Pero aquí no acaban las casualidades. Hace un par de semanas estaba yo desvelado y decidí leer un poco y poner la radio. Resulta que estaban reponiendo en la SER un programa sobre libros, que tampoco conocía. Efectivamente, el libro del que hablaron aquella noche era Effi Briest, de Theodor Fontane.


lunes, 3 de agosto de 2020

Expo 58. Jonathan Coe







Cosquilleo.

Me pasa a veces que cuando acabo una novela siento un extraño cosquilleo entre los hombros y el cuello. Cierro la última página alegre, satisfecho, y suelo quedarme unos minutos pensando en lo que me acaban de contar, en la historia, en el ambiente, en lo que habrán hecho los personajes después de la novela. Pienso que la literatura también consiste en vivir otras vidas y en estar en otros lugares, en ampliar nuestra experiencia. Supongo que por eso nos sentimos bien cuando las novelas acaban bien para los personajes y nos quedamos algo apagados cuando se trata de tragedias y sinsabores.

De Jonathan Coe había leído ya un par de novelas. A casa do sono (NovoVinilo Edicións), fue una recomendación de Chus (Libraría Pedreira), y como suele acontecer acertó. Después leí La lluvia antes de caer, y en mi cuaderno de lecturas le di un 5 sobre 5 “porque hai un apartado, case ao final, no que me sentín igual que ao rematar El nombre de la rosa, e iso non é fácil”.

En Expo 58 Jonathan Coe consigue tocar fibras sentimentales que nada tienen que ver con la historia que narra. No necesitamos estar familiarizados con la época de la Exposición de Bruselas del año 1958 para notar un estremecimiento al final de la obra. La anécdota, la trama, es un pretexto para hablar de emociones que todos sentimos alguna vez. Se trata de la nostalgia de lo vivido, de los buenos tiempos, como recuerdan dos de los personajes cincuenta años después, aunque esto solamente lo sabemos en las últimas páginas del libro.

Desde el comienzo, un narrador en tercera persona va contándonos la historia de un modo sencillo y fluido, sin demasiadas pretensiones filosóficas o artísticas. Un enredo de amoríos y espías en los comienzos de la guerra fría contado de una manera simple y por veces humorística. Hay un claro guiño a los dos estrafalarios inspectores de los comics de Titín, aunque en este caso son los únicos que finalmente conocen todas las claves de la historia y mueven los hilos para que todo vaya sucediendo como tiene que suceder.

Coe conoce perfectamente el oficio de escritor. Sabe dosificar perfectamente los distintos ingredientes que nos hacer avanzar páginas y páginas preguntándonos que será lo que finalmente decida el protagonista. Intuimos que nada depende de él, que aunque lo desee no será capaz de cambiar su vida estable por un impulso, por una pasión. Y sin embargo podría haber sido. Eso lo sabemos al final, en un capítulo cargado de nostalgia y de emotividad en el que se da cuenta, de manera telegráfica, como fue la vida del protagonista en los siguientes cuarenta años. Una vida anodina y corriente, totalmente previsible, con sus alegrías y sus sinsabores. Sabemos que durante todos esos años habrá pensado muchas veces en la decisión no tomada, en la elección que hizo en su día. Y tal vez en alguna ocasión habrá pensado que las cosas habrían sido diferentes de haber tomado otro camino, pero de nada sirve querer volver al tiempo en el que hemos sido felices. Al final el verano se acaba, las luces se apagan y las personas deben volver al lugar que les corresponde. 


jueves, 30 de abril de 2020

La uruguaya. Pedro Mairal.








Frescura.
Supongo que escuché hablar de Pedro Mairal en la radio o tal vez incluso pude haber leído sobre alguno de sus libros en el suplemento cultural de algún periódico. Pero cuando compré esta novela lo hice sobre todo por la editorial. Tengo ya varias novelas publicadas por Libros del Asteroide y en su mayoría son obras de gran calidad. Los conocí por las obras de Robertson Davies (de este barbudo canadiense tendré que hablar en algún momento ya que es uno de los grandes) y a partir de ahí suelo prestar atención a lo que publican. De este modo conocí a autores como Maggie O'Farrell, William Maxwell o John Mortimer. Pero como casi siempre, me estoy dispersando.
Volvamos a Pedro Mairal.
Fue con la publicación de Una noche con Sabrina Love, y sobre todo por su adaptación al cine, cuando Pedro Mairal se convirtió en un escritor conocido. Apuntaré esta obra en la lista de próximas compras ya que desde hace un tiempo intento no comprar novelas sin antes haber leído algo del autor o autora en cuestión. Demasiadas sorpresas desagradables al dejarme llevar por reseñas literarias o recomendaciones radiofónicas. En otro momento hablaré de lo que compro y lo que leo, pero ahora de lo que se trata es de escribir un poco de lo que me ha parecido esta corta novela llamada La uruguaya y escrita por el argentino Pedro Mairal.
Pensé que después de la intensidad y profundidad de Onetti y de Faulkner necesitaba algo fresco, y en la estantería de libros pendientes estaba esta novela desde agosto del año 2019. Su lectura es rápida, tanto por la sencillez de su trama como por su estilo ágil y fresco. Un día en la vida de un hombre que atraviesa el río de la Plata para poder cobrar su dinero en Uruguay sin verse sometido a las restricciones fiscales vigentes en ese momento en Argentina. Este dinero supone para el una libertad y una condena al mismo tiempo. Tendrá independencia financiera durante unos meses, pero tendrá que dedicar ese tiempo a escribir una novela por la que ya le han pagado un generoso anticipo.
Por eso inicia el día pensando en lo que podrá hacer, en lo que cambiará su vida a partir de ahora con ese dinero. Sabemos que es su mujer la que se ocupa de los gastos de la casa, sabemos que tiene un hijo pequeño y sabemos que las cosas no van bien dentro de la pareja. Correos privados que serán leídos, palabras que se dicen entre sueños, reproches mutuos de falta de entusiasmo, de desinterés...
El objetivo principal del protagonista está claro, conseguir un dinero que le permita respirar un poco durante unos meses. Pero ya casi al principio sabemos que hay otra intención, una cita con una antigua conocida, una casi infidelidad pasada que dejó la puerta abierta a un futuro encuentro, al encuentro que se nos describe en La Uruguaya.
Y sin embargo, nada saldrá como se espera.
El argumento es bastante previsible, aunque al final queda cierta sospecha en el aire que ni el lector ni el protagonista podemos resolver. Digamos simplemente que a partir de ese momento la vida del hombre cambia totalmente. Nada sucede como tendría que haber sucedido, y sin embargo al final queda una sensación agradable, como si las cosas hubieran sucedido para bien, como si todo sucediese por algún motivo.
No diré nada más sobre el argumento ya que es una novela muy recomendable y parte de su gracia está en el pequeño enredo argumental que mantiene cierta intensidad hasta el final.
En cuanto al resto decir que utiliza la narración en primera persona de una manera brillante. El protagonista, situado en un futuro indeterminado, narra todo lo acontecido durante ese día, aportando los motivos y las razones que le llevaron a actuar de aquel modo, y en algún momento incluso adelantando las consecuencias de sus actos. Las frases cortas y un estilo directo y sin demasiadas florituras hacen que la narración fluya, que nos interesen los avatares de ese día. Todo lo que sucede está siempre centrado en el protagonista y en el momento que se narra. No se nos anticipa nada de lo que va a suceder aunque tanto el que narra como la destinataria del relato saben como acaba la historia y las repercusiones que aquel día tuvo sobre sus vidas.
La uruguaya es un intento de explicación. No son los hechos, sino las motivaciones, lo que tiene realmente importancia. El protagonista no pretende justificarse, no busca el perdón ni quiere que las cosas vuelvan a ser como antes. Simplemente expone las circunstancias y los azares que le llevaron a actuar de una manera determinada. Es, tal vez, un sentimiento universal, una tendencia de algunos seres que saben que el camino que están recorriendo no lleva a ningún lugar, pero que no pueden evitar recorrerlo. Una vez que ven que hay un sendero tienen que seguirlo aunque sepan que no es hacia donde quieren ir. Siempre hay algo que nos impulsa a seguir caminando.
El protagonista sabe que ese día puede cambiarlo todo, que las cosas pueden mejorar y que puede ser el comienzo de una nueva vida. Pero decide cambiar los planes, aprovechar la ocasión, recorrer un sendero que no aportará nada que pueda perdurar. Un placer efímero, o ni siquiera eso...
Por último está el juego literario que tanto me gusta. El protagonista es un escritor al que le pagan un anticipo por escribir una novela. La ficción se convierte en realidad cuando sospechamos que el libro que tenemos entre las manos es en realidad esa novela que el personaje ha podido concluir.



lunes, 13 de abril de 2020

Efectos Secundarios (II)







Recuerdo muy poco de aquellos días, como si mi memoria se negase a recordar aquella traumática época. Sin embargo, las palabras de los doctores, diciéndome que el diagnóstico era inequívoco e irreversible, están grabadas en mi mente como si de un archivo sonoro se tratase. La corrosión no tardaría muchas semanas en destruir todo el tejido blando de mi brazo y posiblemente acabaría infectando al resto de mi cuerpo. La única solución era amputar, y hacerlo cuando antes.
El doctor Mulderson insistió en la necesidad de comenzar el tratamiento ese mismo día.
- Si todo sale, bien, y no tenemos motivos para pensar en complicaciones o rechazos, dentro de una semana podrás comenzar las sesiones de fisioterapia para adaptarte a tu nuevo brazo biónico.
La operación incluía el implante de un nuevo miembro. Una nueva tecnología que después de haber pasado por las obligatorias fases de estudio y ensayos estaba comenzando a emplearse para casos como el mío. A diferencia de las primeras piezas de ortopedia que se utilizaban décadas atrás, esta nueva generación de implantes estaba realizada con material orgánico creado en laboratorio. Por medio de la ingeniería de tejidos conseguían miembros que se adaptaban perfectamente al paciente, y al tratarse de material neutro las posibilidades de rechazo eran casi nulas.
Nunca tuve motivos para dudar de lo que me habían dicho, y durante unos años todo fue perfecto con mi brazo. La piel tenía una tonalidad ligeramente distinta y un tacto menos suave que el resto de mi cuerpo, pero solamente yo era consciente de estas diferencias. Pero hace unos meses comencé a experimentar sensaciones extrañas al tiempo que notaba como la sensibilidad y la textura de la piel de mi brazo cambiaban. No solamente era la sorprendente presencia de vello negro o el aumento cada vez más visible de la masa muscular de los biceps y los tríceps. De un día para otro notaba como los dedos cambiaban, haciéndose ligeramente más largos y fuertes, las uñas pasaron a tener una forma distinta a las de la otra mano y los movimientos comenzaron a ser más toscos y enérgicos, como si en lugar de tratarse de mi brazo fuese un apéndice al que aún tenía que acostumbrarme.
Los primeros días mi compañera intentaba tranquilizarme diciéndome que seguramente sería algo hormonal, que era posible de que los reajustes a los que me habían sometido durante la cuarentena obligatoria después de mi regreso estuvieran haciendo algún tipo de efecto que antes no había notado. La explicación no llegaba a convencernos a ninguna de las dos. A mí porque había sido sometida a las mismas operaciones al regreso de mis anteriores misiones en el Cinturón de Kuiper y nunca había sentido nada parecido. A ella porque su formación médica y su especialización en sintomatologías de gravedad cero le indicaban que los cambios físicos que estaba experimentado no parecían tener nada que ver con una reacción a medicamentos o con una enfermedad o contagio. Yo no experimentaba ningún tipo de malestar ni de dolor, simplemente mi brazo estaba cambiando.
Dos meses después todo se precipitó. Aquel brazo, claramente distinto al resto de mi cuerpo, tenía el aspecto que tendría el brazo de un hombre. Y no solo era eso. Había comenzado a sentir una inexplicable vibración, un latido interno que no sabía identificar. No era dolor, ni frío, ni calor. Era una especie de cosquilleo, una palpitación que parecía brotar del brazo entero y de ningún lugar concreto. Aquello no era normal.
Mi compañera decidió acompañarme. El ingeniero ni siquiera utilizó el escaner para determinar que efectivamente, aquel brazo era de un hombre.
- Resulta muy extraño, y sobre todo muy inquietante, -me dijo mientras me conectaba a la consola de datos para revisar las últimas actualizaciones de mi software interno. -Durante muchos años los seres humanos han empleado implantes para suplir la pérdida o el deterioro de sus miembros, pero es la primera noticia que tengo de que a un androide le implanten el brazo de un humano.





domingo, 12 de abril de 2020

Las palmeras salvajes. William Faulkner







Dualidad
Las palmeras salvajes, de William Faulkner, es un ejercicio de dualidad desde distintos puntos de vista. En primer lugar la propia obra es doble ya que en esta novela se cuentan dos historias totalmente independientes. Argumentalmente no tiene nada que ver “Las palmeras salvajes” con “El viejo”. Avanzamos en la novela buscando un nexo de unión que no existe. Pensamos que seguramente hay algún dato que se nos escapa, que de algún modo las dos historias deben tener algún punto de unión y al final, solamente al final, sabemos que lo único que puede relacionar las historias es donde acaban los dos personajes. Ni siquiera sabemos si se conocen o no, aunque podemos intuir que tal vez uno de los que escuchan la historia de “El viejo” es el propio protagonista de “Las palmeras salvajes”, aunque esta es una suposición mía. El autor en ningún momento relaciona las dos narraciones.
De hecho las dos historias funcionan de un modo independiente, podrían haber sido publicadas como novelas cortas sin que su calidad se viese mermada. Pero Faulkner explicó en alguna ocasión que al llegar al final de la primera parte de “Las palmeras salvajes” sintió que necesitaba un contrapunto, algo que aportase intensidad y comenzó a escribir “El viejo”. Después siguió de nuevo con “Las palmeras salvajes” y así hasta el final.
Permitidme que me ría. Faulkner, como todos los grandes escritores, es un mentiroso redomado, de esos que dicen que no existe la inspiración, que simplemente se trata de trabajo duro y metódico, y un poco de suerte. En mi opinión en “Las palmeras salvajes” tiene muy claro lo que pretende. No dudo que el chispazo creativo le llegara cuando estaba escribiendo la primera historia, pero también creo que fue un rasgo de genialiadad lo que impulsó al escritor a intercalar las dos narraciones, como también estoy convencido de que pretende, de algún modo, ofrecer las dos caras de una misma moneda. Nos cuenta dos historias de amor y de abandono, de renuncias. Dos historias que lo único que tienen en común es el hecho de ser totalmente opuestas, como si se tratase de una fotografía y de su negativo. Carlota y Harry renuncian a todo, incluso al decoro y a la corrección social, por mantener viva la llama del amor; el penado alto, del que no llegamos a saber el nombre, renuncia al amor y a la libertad para hacer lo que considera correcto, lo que se espera de el.
Pero no acaba aquí la dualidad. Carlota y Harry huyen del mundo; el penado, pudiendo huir y ser libre, decide regresar a la cárcel; en la primera historia vence la muerte, en la segunda vence la vida, a pesar de las circunstancias. En una, un aborto que no tendría que salir mal termina en tragedia; en la otra la vida se abre paso milagrosamente en un parto casi imposible. En “Las palmeras salvajes” Harry duda, se deja llevar por las circunstancias, experimenta cierta disonancia entre lo que cree que debe hacer y lo que finalmente hace. En “El viejo”, sin embargo, el personaje no duda jamás. Solo tiene un objetivo claro y se enfrenta a todo tipo de penalidades para conseguirlo. No le importan las consecuencias negativas que puede tener para el cumplir con su tarea. Simplemente lucha incansablemente para conseguirlo. Hay cierta demencia en los dos protagonistas, aunque varia la manera de llegar a ella. Lo demencial en Harry viene determinado por las decisiones que el mismo va tomando, a veces por propia iniciativa y a veces obligado por el amor. El protagonista del segundo relato, sin embargo, parece un demente desde el principio, intentando enfrentarse a unas circunstancias que claramente lo sobrepasan simplemente por una insana necesidad de cumplir lo que otros le han ordenado.


En cuanto al estilo anotaré simplemente el gran acierto al emplear en “El Viejo” un lenguaje sonoro y envolvente, con largas frases que como un río fluyen y se bifurcan. Conviene aclarar que “El Viejo” es la forma que usan los sureños para referirse al río Misisipi, que es el lugar en el que se desarrolla toda la historia. El estilo de Faulkner no es sencillo y requiere muy a menudo volver atrás para comprender todo lo que nos quiere decir. A veces acumula imágenes para describir un sentimiento o un estado de ánimo y otras veces es capaz de condensar en una sola frase una historia que el lector deberá completar.
Por cierto, la edición que he leído es la traducción del año 1962 de José Luis Borges, con lo que la genialidad del autor se ve sin duda enriquecida con la genialidad del traductor. Y quien mejor que Borges para entender la profundidad y el estilo de Faulkner, para adentrarse con machete en la espesura de su prosa.
Y es que si algo caracteriza la obra de Faulkner es que nos obliga a trabajar. El lector tiene que hacer un gran esfuerzo intelectual para adentrarse en la narración, para disfrutar de ella. Y aún así hay veces en las que nos sentimos perdidos y con la sensación de que debemos esforzarnos un poco más, como el penado alto navegando entre la inmensidad de las desbordadas aguas de un río que no es nada hospitalario.
En efecto, esta novela, al igual que toda la obra de Faulkner, es cualquier cosa menos hospitalaria para el lector. Se trata de una obra maestra de la Literatura,y como tal hay que conocer las claves y tener la voluntad suficiente para disfrutarla en su totalidad. Como toda obra de arte admite múltiples lecturas, incluso algunas que ni se le pasaron por la cabeza al autor a la hora de escribir. Si nos atrevemos a adentrarnos en sus páginas nos obligará a reflexionar sobre una de las cuestiones esenciales de la existencia humana. Sentiremos que los avatares de la vida humana, las decisiones que tomamos y las situaciones a las que nos enfrentamos (como se enfrentaron Harry y Carlota) son igual de impredecibles e ingobernables que el esquife que afanosa e inútilmente se empeña en manejar el penado alto a través de un Río Misisipi totalmente desbordado.

La vida, a menudo, no es más que un vano intento de mantenernos a flote en aguas turbulentas. 

lunes, 23 de marzo de 2020

Los adioses. Juan Carlos Onetti.





Ambigüedad.


Desde las primeras páginas de Los Adioses, de Juan Carlos Onetti, sentimos cierta confusión, una incómoda sensación de no entender muy bien lo que nos cuenta, o quien nos lo cuenta. La historia es más bien sencilla y única. No hay subtramas que entorpezcan la narración, ni siquiera hay un hilo argumental basado en la acción. En realidad suceden muy pocas cosas en esta novela, y tal vez en eso reside uno de sus mayores méritos. Lo importante no es lo que sucede, sino cómo interpretamos lo que que sucede.
Como no creo que nadie vaya a leer la novela después de leer esta entrada(¿leerá alguien esta entrada?), diré que Los Adioses trata exactamente de eso, de las despedidas de un hombre enfermo que se sabe desahuciado. Decide retirarse a un sanatorio, aunque sin esperanza de volver, y allí recibe cartas y más tarde la visita de una mujer con su hijo y de una joven.
Ya está, el argumento ya está apuntado y realmente no ocurre nada más. El relato, sin embargo, va tejiéndose a través de la mirada del tabernero del lugar, que es el narrador y a su vez uno de los protagonistas de la novela. Él nos cuenta lo poco que pasa, aunque la esencia del libro, como ya he dicho, no está tanto en lo que pasa como en lo que piensa, en lo que sospecha y en lo que interpreta este narrador. Nos va desgranando la situación según lo que él mismo deduce, y añade muchas veces lo que le cuenta un enfermero del sanatorio y una camarera de habitación del hotel en el que durante una temporada también se aloja el hombre.
Y nosotros, confiados, vamos formándonos una idea de lo que ocurre. Nos dejamos llevar por los comentarios, por la visión totalmente subjetiva del narrador al que creemos en todas sus suposiones y suspicacias. Solamente al final entendemos que hemos caído en una pequeña trampa, que Onetti no pretende contarnos una historia, sino ponernos en evidencia, demostrarnos que hemos sido lectores confiados y que nos hemos dejado embaucar por las habladurías de unos personajes que no son simplemente los protagonistas de la historia, sino que en realidad son los que la inventan.
Pues si algo caracteriza Los Adioses es la existencia de dos historias, aunque solamente al final lo comprendemos, cuando el tabernero decide abrir un par de cartas que por descuido, o mala fe, había olvidado entregar al hombre. Durante gran parte del libro avanzamos convencidos de que las informaciones que nos va aportando el narrador-protagonista son ciertas sin pensar que es Onetti el que pretende enredarnos y confundirnos.
Y así, al llegar al final, sospechamos que la historia no es lo importante, no es lo que Onetti nos quiere contar. Descubrimos que el autor nos obliga a participar, nos otorga el estatus de protagonistas al igualarnos con el pueblo, con esa masa ansiosa de saber y de dar credibilidad a los chismes y comentarios que nos van aportando tanto el tabernero como el enfermero y la mucama.
El estilo de Los Adioses, al igual que el de toda la obra de Onetti, es preciso y certero, con dobles, y a veces triples enumeraciones que aportan significados nuevos, incluso opuestos. Su lectura requiere un esfuerzo lector que no está muy de moda en estos tiempos en los que apenas podemos centrarnos en algo que sobrepase la extensión de un tuit. Debemos tener en cuenta que se trata de la obra de un escritor a la vieja usanza. Onetti no pretende ser tu amigo, no es como uno de esos autores actuales que mima a sus lectores, que tienen página en facebook y contesta a tus comentarios como si fuese tu amigo de toda la vida. No. Onetti no escribe para ti, no busca complacernos ni espera nuestra opinión. Le da igual que consigas leerlo o que lo recomiendes en la radio o en tu cículo de amistades, o incluso que lo consideres como uno de los autores imprescindibles. Onetti no escribía para eso, no necesitaba alimentar su ego ni aparecer en los medios de comunicación o en los congresos sobre literatura.Simplemente era un escritor que escribía.
Su calidad literaria es incuestionable, aunque lamentablemente no es tan conocido como Márquez o Vargas-Llosa, tal vez por esa tendencia suya a encerrarse en su obra, a crear y recrear el mundo de Santa María, la ciudad que inventó y en la que suceden buena parte de sus novelas. La lectura de su prosa, lenta y rica en matices, nos plantea cuestiones existenciales universales, comunes al ser humano, y nos obliga a enfrentarnos a la soledad en la que en realidad todos estamos inmersos. Al fin y al cabo, en soledad escribimos y en soledad leemos.