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lunes, 31 de agosto de 2020

Arder (II) ou fin de novela con lume e cinza.


Publicaba fai un ano unha entrada na que falaba da necesidade que experimentamos algúns de reniciarnos continuamente, de ver arder as vellas cousas para deixar sitio ás novas. No meu caso sempre que falo das miñas cousas estou referíndome a eses escritos que vou deixando en papeis soltos e cadernos que co tempo xa non teñen moito sentido. Non recordo agora que trapalladas queimaría no verán pasado, pero hoxe erguínme animado e despois de pasar dúas semanas nas que non fun quen de sentarme a escribir decido poñer fin ao que ía ser o meu segundo intento de novela.


Tal vez debera pechalo todo, deixar definitivamente este blog que non consigo dotar da calidade suficiente para que chame pola xente, esquecer esa teima miña de ser escritor e centrarme noutros aspectos da miña vida que me aportan moita felicidade e ese cosquilleo vital que fai que sintamos que estamos exactamente onde debemos estar. Tal vez debera deixar de loitar conmigo mesmo, con este carácter inestable e inseguro que fai que me plantexe cada paso e cada decisión como se fosen cuestións transcendentais e que me teñen dando voltas sobre as mesmas ideas un ano tras outro.


Avanzar, queimar para avanzar, como unha fuxida desesperada cara adiante. Non deixar un caderno ao que regresar, unhas anotacións que seguir. Queimar os mapas para ter que facelos de novo, para volver a ser un explorador buscando o meu lugar no mundo.


Por iso, e porque todo vai ser moi diferente a partir de agora, decido marcar con fume e cinza este cambio de ciclo que como xa sabedes (son moitos anos de blog) nen será definitivo nen servirá para nada. 


Pero as fotos con lume sempre molan.



 


viernes, 2 de octubre de 2015

El gran sueño de Awahe Ibrahimou.



El sueño de Awahe  Ibrahimou  era montar en coche. Nadie en la aldea sabía de donde le venía tan extraño deseo, pero desde siempre recordaban al pequeño Awahe correteando entre las chozas con un palo entre las piernas y gritando je suis a voiture je suis a voiture.

Había nacido a orillas del rio Níger, a doscientos cincuenta quilómetros de Bamako. Su padre se dedicaba a criar cabras, al igual que su abuelo y que el abuelo de su abuelo. Su madre era de Burkina Faso, pero habían llegado a su aldea treinta años antes, huyendo de la guerra, aunque es imposible huir de la guerra si vives a orillas del Níger. Vayas a donde vayas siempre habrá guerra.

Pero Awahe Ibrahimou tuvo la suerte de crecer de espaldas a los conflictos. Su poblado parecía invisible para los grupos armados que secuestraban niños para la guerra y niñas para entretener a los jóvenes soldados. Tampoco los mercenarios de las multinacionales mineras habían pasado por allí, ni los cascos azules, ni las ONG. El único contacto con el mundo exterior era la vieja misión en la que tres hombres con barba y túnicas les enseñaban a contar sin guijarros y a hablar y escribir una lengua que a todos les parecía graciosa. Tal vez fue en aquella pequeña casa de madera de los misioneros bautistas donde pudo ver algunas fotografías de los coches en los que ahora deseaba montar.

Por eso desde niño se esforzó en aprender y en cuando pudo se fue hacia el norte, sin prisas por llegar pero con la certeza de que llegaría. A veces les contaba a sus ocasionales compañeros de viaje que al llegar a Europa trabajaría y tendría dinero para comprar un coche y con cara de felicidad les enseñaba vieja página del National Geographic en la que aparecía la fotografía de un coche.


Unas semana más tarde, al conductor del mercedes le parecería una cruel broma del destino que lo único que llevaba en los bolsillos aquel muchacho fuese una fotografía del mismo modelo de coche en el que ahora viajaba su cadáver. 



miércoles, 8 de octubre de 2014

Fuerza y vida.


De repente siente unas incontenibles ganas de correr. 

La playa está medio desierta y el sol comienza a asomar por encima de los edificios grises y del humo de la ciudad. Tiene diecisiete años y todo en él son ganas y energía. Su cuerpo es hermoso y fuerte y aunque sabe que no es un lugar adecuado para estar en aquel momento, decide correr por la orilla de la playa.

El aroma del mar ensancha sus pulmones y una ligera brisa refresca su cara y sus brazos. Casi sin pensarlo se quita la camiseta, quiere sentir las gotas de agua salpicando su piel y mezclándose con el sudor. Comienza a pensar en que ya es un hombre. Hace un par de meses que comenzó a trabajar con su tío en la ciudad y su madre ya no pone reparos a que se vea con Halima. Ama a esa chica y pronto se casarán.


Al llegar a las rocas del fondo decide dar la vuelta y seguir corriendo. Su respiración se convierte en resuello y sus músculos se tensan por el esfuerzo. El corazón golpea con fuerza y siente la vida fluir a través de sus venas. Los reflejos del sol sobre las olas crean pequeños destellos y puede escuchar el rumor de las olas marcando un ritmo cadencioso que invita a sentirse pleno y en paz con el mundo.


Comienza a imaginarse su vida con Halima. Quiere tener una gran familia, quiere montar su propio negocio en la ciudad, vivir en su propia casa y conseguir un futuro mejor para sus hijos y sus hijas. Imagina cómo serán, qué nombres les pondrá y casi puede escuchar sus voces pidiéndole que los suba arriba, arriba, más arriba...


Mira hacia el cielo azul. La mañana es una realidad luminosa y cálida que invita a soñar. Decide irse para su casa, pero un silbido familiar le obliga instintivamente a buscar refugio. Un estruendo, un golpe seco y un dolor inmenso que le rompe el futuro. Lo último que ve es su pierna inesperadamente tendida sobre la arena.


A quince millas de allí, en la cubierta de la fragata INS Laehav, clase Sa'ar 5, un sargento felicita al primer artillero por la precisión y limpieza del disparo.


domingo, 9 de junio de 2013

Responso.



- ¿Y sabe si sufrió mucho?

La mujer miró al hombre intentando recordar si lo conocía de algo. Tenía cierto parecido con su marido cuando era joven, pero no sabría decir si era su sobrino o uno de los hijos de aquel primo que vivía en Barcelona. Era ligeramente más alto y no tenía la expresión bonachona de su querido Ramón, pero sus rasgos eran tan parecidos que podía asegurar que se trataba de algún pariente.

Habían venido ya tantos familiares y amigos que la pequeña mujer estaba algo confusa. Su nuera y su nieto mayor estaban sentados en una esquina. Sus dos hijas habían salido a comer algo y su hijo pequeño llegaría en el vuelo de las tres. No pudo evitar pensar en la bonita familia que habían formado. Si de algo estaban orgullosos era de sus hijos. Habían conseguido hacer de ellos personas honestas y rectas. Se sabía afortunada. Pocos hombres se habrían atrevido a casarse con una mujer con un hijo como lo había hecho Ramón. Trabajó muy duro para criarlos a los cuatro y para darles estudios y nunca hizo la más mínima diferencia entre nuestros tres hijos y el mayor, mi error de juventud, -solía afirmar orgullosa cuando hablaba con sus amigas.

La mujer no pudo evitar las lágrimas. A pesar de estar acompañada por sus hijos comenzaba a sentir ya una inmensa soledad, una agobiante sensación de abandono, casi rabia por una muerte tan repentina y tan injusta. Ahora que podrían comenzar a disfrutar de la vida y de la familia... Sintió una pena infinita al pensar en lo feliz que se sentiría Ramón viendo crecer a sus nietos.

- El final fue algo doloroso, pero estuvo en todo momento rodeado por su familia y se puede decir que murió tranquilo y satisfecho- dijo al fin la mujer sintiendo cómo se le quebraba la voz de la emoción.
- Es una pena, merecía morir solo y abandonado- dijo el desconocido- del mismo modo que él abandonó a mi madre y a mis hermanos cuando yo tenía nueve años.

jueves, 30 de mayo de 2013

37 segundos.


Esta noche visitan nuestro barrio. Escucho el monótono silbido del detector de moribundos y me abrazo con fuerza a mi compañero. Sabemos que hoy nos puede tocar a cualquiera de los dos. Hace semanas que somos conscientes de nuestra decrepitud y solamente deseamos que nos lleven a los dos a la vez.

Dicen que no duele, que ni siquiera te enteras. El detector se detiene delante de tu puerta y envía una señal a tu cerebro que provoca un letargo definitivo. Después llega el Saqueador de Materia y por medio de microondas de frecuencia absoluta hace que desaparezca tu cuerpo. A los 37 segundos no queda nada. Al día siguiente tus familiares reciben una tarjeta que acredita tu amortización.

Nosotros estamos preparados. Incluso enviamos a la Gran Reunión un escrito para que nos amortizasen a los dos mismo tiempo. Todavía esperamos su respuesta. No hay manera de saber lo que piensan sobre el tema los máximos dirigentes. Incluso es imposible saber lo que piensan nuestros vecinos . Se trata de un tema sobre el que no se habla. Tiene un veto de clase dos.

Lo único que sabemos es que a los 40 años recibimos una carta en la que nos citan para asistir a la Charla. Durante veinte minutos nos explican todo el proceso y nos implantan el chip de aletargamiento. Algunos preguntan sobre el momento exacto de la amortización. Nunca hay respuesta. Todo dependerá de cómo envejezcan nuestros cuerpos. Nadie cumplirá los 60. Al menor indicio de enfermedad seremos amortizados. Si existe posibilidad de lesión ósea, de pérdida de visión o de problemas musculares, seremos amortizados. Incluso las cefaleas o la tendencia a la depresión puede ser causa de amortización.

Esta noche visitan nuestro barrio. Mis lágrimas comienzan a brotar mientras me abrazo al vacio pensando en la tarjeta que recibiré mañana.

lunes, 20 de mayo de 2013

La expulsión anónima.


Al cuarto día comenzamos a preocuparnos. Las normas del gremio eran claras y estrictas: al quinto día de ausencia, apercibimiento y pérdida de todos los privilegios; una semana significaba la expulsión incondicional. Nunca se había llegado tan lejos. Los más jóvenes solían ser inconstantes y olvidadizos, pero con un par de advertencias volvían a colaborar con el gremio y acababan cumpliendo las normas como todos los demás.

Pero este caso era distinto. Que un veterano se ausentase ya era extraño, pero que lo hiciese durante cuatro días y que no respondiese a ninguna de nuestras llamadas y mensajes era simplemente inconcebible. Nunca antes en la historia de nuestro gremio se había dado un caso semejante. Por eso al cuarto día comenzamos a hablar más seriamente sobre el asunto y a plantearnos quien sería el encargado de apercibir a nuestro compañero.

La cuestión era delicada. En realidad, solamente tres teníamos más antigüedad que él en el grupo, y era lógico pensar que tendría que ser uno de nosotros el que oficialmente le comunicase que debería presentarse en el Foro General antes de tres días o sería expulsado sin posibilidad de reingreso. No podíamos ser permisivos, y la expulsión de un veterano serviría de ejemplo para los nuevos.

Finalmente fuí yo la encargada de comunicarme con él. De todos era conocida la enemistad manifiesta que mantenía con el líder y el cofundador del gremio se había desentendido hace años de las tareas burocráticas. Por eso, tras una corta deliberación entre los miembros más insignes de nuestra hermandad, decidimos que al día siguiente yo me pondría en contacto con él para comunicarle que a partir de ahora sería tratado como un neófito y que tenía un plazo de tres días para dejar constancia de su regreso o sería comunicada su expulsión a todos los integrantes del gremio mediante un mensaje general.

Comencé enviando mensajes privados a través de los canales oficiales de nuestro clan, pero sin éxito.Me puse en contacto con él a través de su dirección de correo electrónico y de su página en facebook. No obtuve contestación. Lo intenté a través de su blog personal e incluso me permití buscar información sobre su dirección IP para buscar otra vía de contacto. Todo fue en vano. No obtuve ningún tipo de respuesta y muy a mi pesar a los siete días procedimos a expulsar de nuestro gremio a uno de sus miembros más veteranos.

Quince meses después un desconocido me envió un mensaje diciéndome que el propietario del blog en el que había dejado aquel mensaje había muerto. Nunca conocimos el nombre de uno de los miembros más destacados de nuestro gremio. Y algunos todavía afirman que internet une a las personas.


martes, 5 de febrero de 2013

El final de cielo y sal.


Cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Recordaba perfectamente que un desconocido la había llevado al hospital, pero no podía explicar quien era o cómo había entrado en su casa. Estaba confusa y asustada, tal vez algo arrepentida por haber deseado con tanta intensidad que todo terminase de una vez.  Por eso no dijo nada cuando le preguntaron sobre los golpes que tenía en la cara. Se limitó a decir que se había caído por las escaleras.

Él jamás pudo explicar por qué era otro el que conducía su coche en el momento del accidente ni qué hacía en la casa del fallecido. Recuerda vagamente que regresaba a casa y que sufría un terrible dolor de cabeza, pero aún hoy es incapaz de saber en qué momento le había dejado su coche a un extraño ni cómo había entrado en su casa. Al ver a aquella mujer tendida en el suelo se asustó un poco y no dudó en llamar al 091 para que enviasen una ambulancia, pero como aquella noche había huelga en los servicios de ambulancia tuvo que buscar un taxi y llevarla él mismo al hospital.

Ella contestó que se trataba de un amigo de la familia que estaba pasando unos días en casa. El policia anotó en su libreta mientras le decía que su marido había fallecido en el acto y que se desconocían las causas del accidente. Él no mostró la menor preocupación por el coche, lo que el policia interpretó como una prueba del estado de shock en el que ambos se encontraban. Les dijo que lo sentía mucho y cerró la puerta de la habitación 745 en la que ella estaba ingresada.

Durante unos minutos permanecieron en silencio. Él le preguntó si había sido su marido, ella lo miró a los ojos y supo que algo comenzaba en ese preciso instante. Él le confesó que lo último que recordaba era el silencio, ella le contó que por unos segundos se había sentido parte de la oscuridad. Ninguno de los dos merecía morir de aquel modo. Esto es lo que se repiten una y otra vez cuando se atreven a profundizar un poco más en lo que sucedió aquella noche.

Por eso, cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Sabía que las lágrimas saladas escocerían en su labio partido.



miércoles, 30 de enero de 2013

El final oscuro.


Comenzaron siendo imágenes difusas, paisajes totalmente desconocidos que aparecían en su mente como aparecen los recuerdos de la infancia cuando menos lo esperamos. Cíclicamente se repetía la misma escena: en el horizonte se vislumbraba el perfil de una masa informe a la que se iba acercando para descubrir que se trataba de un bosque de otras latitudes, con pequeños árboles sin hojas y grandes postes que sostenían gruesos cables de alta tensión.

Su marido había vuelto a casa después de tres días sin saber nada de él. Como siempre, regresaba borracho y desaseado, y comenzaba la retahíla de criticas y reproches con las que intentaba justificar sus ausencias, culpándola a ella de falta de comprensión y desisterés total por sus necesidades. Después comenzaría a recriminarle que ya no se cuidaba como antes, que vestía como una vieja  y que cada vez estaba más gorda  para terminar diciendo que él no se merecía esto y que no sabía para qué se molestaba en volver a casa, que estaba harto de su cara de estúpida y de su silencio.

Ella nunca decía nada. Sabía que era mejor dejar que gritase y con algo de suerte se iría para cama sin más. La última vez que intentó defenderse de sus críticas terminó con la nariz rota y con una sensación de irrealidad semejante a la que ahora estaba experimentando. Mientras él gritaba y la zarandeaba ella veía cada vez con más nitidez una especie de autopista rodeada de bosques y tenía la impresión de estar dentro de un coche. Decidió concentrarse en lo que veía y no prestar atención ni a los empujones ni a los insultos que rápidamente iban subiendo de tono.

De pronto sucedió. El sabor metálico y dulzón de la sangre llenó su boca y supo que tenía el labio roto. Una bofetada certera hizo que su cabeza golpease contra la esquina de la puerta. Mientras él la agarraba por los pelos e intentaba ponerla de nuevo en pie ella se concentraba en lo que veía a su alrededor, en los árboles que pasaban a gran velocidad y en el paisaje que parecía tan real que casi podía sentir la brisa en su cara.

La segunda bofetada hizo que le reventara el tímpano. Sintió que algo estallaba dentro de su cabeza y de repente todo se convirtió en un doloroso silencio. Tardó unos segundos en comprender lo que había pasado y no tuvo fuerzas para seguir viviendo. En su cabeza solamente veía un gran camión al que irremediablemente se iba acercando. Lo último que sintió fue un golpe seco en los riñones. De pronto, todo fue oscuridad.




sábado, 19 de enero de 2013

El final silencioso.



Comenzaron siendo murmullos en una lengua desconocida, sílabas inconexas carentes de todo significado, tal vez palabras. Como esa musiquilla pegadiza y machacona que a veces se nos mete en la cabeza sin que podamos evitarlo. Cíclicamente se repetía la misma secuencia: un zumbido que poco a poco se convertía en una voz humana que pronunciaba tres o cuatro sílabas. Después silencio.

Como regresaba a casa después de pasar el fin de año en casa de sus padres no quiso darle demasiada importancia. Tal vez el exceso de alcohol y de dulces, o las pocas horas de sueño. Siempre le pasaba lo mismo al dormir en una cama distinta a la suya, tardaba mucho en conciliar el sueño y despertaba varias veces durante la noche.

Pero al entrar en la autopista la voz se hizo más nítida y pudo distinguir claramente que se trataba de un hombre hablando en inglés. Quiso pensar que se trataba de un fragmento de algún diálogo de las series que últimamente veía en versión original. O tal vez alguna canción de la que había olvidado la música. Quiso buscar una explicación racional, pero sobre todo quería quitarse de la cabeza esa voz que cada pocos minutos repetía las mismas palabras.

A mitad del camino se sobresaltó al descubrir que el tono de la voz se hacía cada vez más áspero y lo que en un principio eran simples murmullos se convirtieron en gritos airados y llenos de ira. Pudo escuchar claramente como un hombre insultaba y amenazaba a una mujer. Comenzó a sentirse mareado y decidió detenerse en la la próxima área de servicio. A medida que el coche iba reduciendo su velocidad la voz se fue convirtiendo nuevamente en murmullo, y mientras tomaba un café con leche y un bollo de chocolate no escuchó nada más que la conversación la mujer sentada en la mesa de al lado recriminándole a su esposo que la noche anterior bebiese él solo tres botellas de ese nuevo vino espumoso elaborado en las Rías Baixas.

Al subir de nuevo al coche y emprender la marcha la voz volvió, cada vez más iracunda y más amenazante. Intentó distraerse mirando por la ventanilla, concentrándose en el atardecer que teñía de naranja el horizonte. Pero los gritos continuaban repitiéndose cada vez con más intensidad. Por un instante creyó escuchar golpes, apagados lamentos de mujer suplicando y el inquietante sonido de la carne al desgarrarse y del hueso al fracturase. Apenas tuvo tiempo para girar la cabeza y ver como el motor de su coche se iba destrozando debajo de aquel camión. De pronto todo fue silencio.