Cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Recordaba perfectamente que un desconocido la había llevado al hospital, pero no podía explicar quien era o cómo había entrado en su casa. Estaba confusa y asustada, tal vez algo arrepentida por haber deseado con tanta intensidad que todo terminase de una vez. Por eso no dijo nada cuando le preguntaron sobre los golpes que tenía en la cara. Se limitó a decir que se había caído por las escaleras.
Él jamás pudo explicar por qué era otro el que conducía su coche en el momento del accidente ni qué hacía en la casa del fallecido. Recuerda vagamente que regresaba a casa y que sufría un terrible dolor de cabeza, pero aún hoy es incapaz de saber en qué momento le había dejado su coche a un extraño ni cómo había entrado en su casa. Al ver a aquella mujer tendida en el suelo se asustó un poco y no dudó en llamar al 091 para que enviasen una ambulancia, pero como aquella noche había huelga en los servicios de ambulancia tuvo que buscar un taxi y llevarla él mismo al hospital.
Ella contestó que se trataba de un amigo de la familia que estaba pasando unos días en casa. El policia anotó en su libreta mientras le decía que su marido había fallecido en el acto y que se desconocían las causas del accidente. Él no mostró la menor preocupación por el coche, lo que el policia interpretó como una prueba del estado de shock en el que ambos se encontraban. Les dijo que lo sentía mucho y cerró la puerta de la habitación 745 en la que ella estaba ingresada.
Durante unos minutos permanecieron en silencio. Él le preguntó si había sido su marido, ella lo miró a los ojos y supo que algo comenzaba en ese preciso instante. Él le confesó que lo último que recordaba era el silencio, ella le contó que por unos segundos se había sentido parte de la oscuridad. Ninguno de los dos merecía morir de aquel modo. Esto es lo que se repiten una y otra vez cuando se atreven a profundizar un poco más en lo que sucedió aquella noche.
Por eso, cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Sabía que las lágrimas saladas escocerían en su labio partido.
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