viernes, 2 de octubre de 2015

El gran sueño de Awahe Ibrahimou.



El sueño de Awahe  Ibrahimou  era montar en coche. Nadie en la aldea sabía de donde le venía tan extraño deseo, pero desde siempre recordaban al pequeño Awahe correteando entre las chozas con un palo entre las piernas y gritando je suis a voiture je suis a voiture.

Había nacido a orillas del rio Níger, a doscientos cincuenta quilómetros de Bamako. Su padre se dedicaba a criar cabras, al igual que su abuelo y que el abuelo de su abuelo. Su madre era de Burkina Faso, pero habían llegado a su aldea treinta años antes, huyendo de la guerra, aunque es imposible huir de la guerra si vives a orillas del Níger. Vayas a donde vayas siempre habrá guerra.

Pero Awahe Ibrahimou tuvo la suerte de crecer de espaldas a los conflictos. Su poblado parecía invisible para los grupos armados que secuestraban niños para la guerra y niñas para entretener a los jóvenes soldados. Tampoco los mercenarios de las multinacionales mineras habían pasado por allí, ni los cascos azules, ni las ONG. El único contacto con el mundo exterior era la vieja misión en la que tres hombres con barba y túnicas les enseñaban a contar sin guijarros y a hablar y escribir una lengua que a todos les parecía graciosa. Tal vez fue en aquella pequeña casa de madera de los misioneros bautistas donde pudo ver algunas fotografías de los coches en los que ahora deseaba montar.

Por eso desde niño se esforzó en aprender y en cuando pudo se fue hacia el norte, sin prisas por llegar pero con la certeza de que llegaría. A veces les contaba a sus ocasionales compañeros de viaje que al llegar a Europa trabajaría y tendría dinero para comprar un coche y con cara de felicidad les enseñaba vieja página del National Geographic en la que aparecía la fotografía de un coche.


Unas semana más tarde, al conductor del mercedes le parecería una cruel broma del destino que lo único que llevaba en los bolsillos aquel muchacho fuese una fotografía del mismo modelo de coche en el que ahora viajaba su cadáver. 



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