El sueño de Awahe Ibrahimou era montar en coche. Nadie en la aldea sabía de
donde le venía tan extraño deseo, pero desde siempre recordaban al pequeño
Awahe correteando entre las chozas con un palo entre las piernas y gritando je suis a voiture je suis a voiture.
Había nacido a orillas del rio Níger, a doscientos
cincuenta quilómetros de Bamako. Su padre se dedicaba a criar cabras, al igual
que su abuelo y que el abuelo de su abuelo. Su madre era de Burkina Faso, pero
habían llegado a su aldea treinta años antes, huyendo de la guerra, aunque es
imposible huir de la guerra si vives a orillas del Níger. Vayas a donde vayas
siempre habrá guerra.
Pero Awahe Ibrahimou tuvo la suerte de crecer de
espaldas a los conflictos. Su poblado parecía invisible para los grupos armados
que secuestraban niños para la guerra y niñas para entretener a los jóvenes
soldados. Tampoco los mercenarios de las multinacionales mineras habían pasado
por allí, ni los cascos azules, ni las ONG. El único contacto con el mundo
exterior era la vieja misión en la que tres hombres con barba y túnicas les
enseñaban a contar sin guijarros y a hablar y escribir una lengua que a todos
les parecía graciosa. Tal vez fue en aquella pequeña casa de madera de los
misioneros bautistas donde pudo ver algunas fotografías de los coches en los
que ahora deseaba montar.
Por eso desde niño se esforzó en aprender y en cuando
pudo se fue hacia el norte, sin prisas por llegar pero con la certeza de que
llegaría. A veces les contaba a sus ocasionales compañeros de viaje que al
llegar a Europa trabajaría y tendría dinero para comprar un coche y con cara de
felicidad les enseñaba vieja página del National Geographic en la que aparecía
la fotografía de un coche.
Unas semana más tarde, al conductor del mercedes le parecería una cruel broma del destino que lo único que llevaba en los bolsillos aquel
muchacho fuese una fotografía del mismo modelo de coche en el que ahora viajaba
su cadáver.
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