viernes, 31 de enero de 2020

El teatro de Sabbath. Philip Roth




Philip Roth




Excesiva.
Tal vez sea esta la primera palabra que me viene a la cabeza al intentar hablaros de El teatro de Sabbath, la polémica novela que Philip Roth publicó en el año 1995. Hay un exceso de fluidos corporales, una meticulosa descripción de conductas sexuales que a veces roza la pornografía y un lenguaje que en algunos casos puede tacharse de soez. Pero este exceso transgresor y provocador va acompañado por el oficio incuestionable de Roth. Estamos hablando de un auténtico genio de la literatura, un escritor que es capaz de hacernos transitar por una narración que a veces nos resulta desagradable, que nos revuelve más de lo que nos conmueve, y sin embargo su prosa es tan rica en matices y tan intensa que nos negamos a cerrar la novela a pesar de la indignación que a veces nos provoca.
El argumento es más bien sencillo, el recorrido suicida de un viejo titiritero que ha perdido a su amante, al que su mujer alcoholizada culpa de todas sus desgracias y que ya no cuenta con ningún tipo de apoyo emocional entre aquellos que lo conocen o que algún día pudieron llamarse amigos. Acompañamos a Mikey Sabbath en su viaje a la gran ciudad para asistir al entierro de un viejo amigo que se suicidó, y en este peregrinaje el protagonista va desgranando los aspectos más importantes de su vida, en un intento de reencontrarse con todo aquello que perdió. Descubrimos entonces que su existencia ha sido una lucha constante por llenar el hueco que dejó en su infancia la perdida de su hermano y el distanciamiento lunático de su propia madre a raíz de un suceso tan traumático.
El protagonista es un ser egocéntrico y lujurioso. Parece haber convivido desde siempre con una compulsión irracional a practicar sexo. Desde sus inicios sexuales en los prostíbulos del caribe hasta los encuentros clandestinos, ya rozando los sesenta años, con la amante casada que le pide una adultera fidelidad al saberse enferma de cáncer. A primera vista Sabbath se nos presenta como un hombre poseído por una furia erótica desmedida y una necesidad irrefrenable de saciar sus apetitos sexuales. Sus pensamientos están únicamente centrados en el mismo, en satisfacer sus deseos más vergonzantes y sus groseras necesidades, y en su universo particular las personas y las cosas parecen existir simplemente para dar cumplimiento a esta premisa.
Sin embargo, a pesar de las recurrentes menciones a la vida sexual del protagonista y a las descripciones explícitas de sus comportamientos aberrantes y repulsivos, una lectura más profunda de la novela nos mostrará que el sexo no es más que un contrapunto a la muerte, y es esta dualidad la que domina toda la narración de El teatro de Sabbath. La misma crudeza con la que se muestran las escenas sexuales también es empleada para describir las muertes que marcaron de algún modo el destino del protagonista. Philip Roth no escatima en detalles cuando nos quiere mostrar los dos aspectos básicos de nuestra existencia y no es difícil encontrar ciertas reminiscencias de las ideas freudianas sobre las pulsiones (la clásica dicotomía Eros-Thanatos).
Solamente mediante esta interpretación podemos suavizar la repulsión que nos genera un personaje tan corrosivo y cruel como Mikey Sabbath. Por sus acciones sabemos que es un machista egoísta; un amoral sin escrúpulos; un experto manipulador que sabe manejar mediante la palabra a todos aquellos que le rodean y de los que puede obtener algún beneficio. Sin embargo, debajo de esta capa grosera y libertina que envuelve todo lo que hace existe todo un mundo de causas, y son esos acontecimientos que no llegan a describirse de manera explícita, los que hacen que el protagonista sea como es, un buscador constante de algo que sacie su necesidad de llenar el hueco que sabe que existe en su vida.
Esta idea enlaza con el propio título del libro. Si la vida es un teatro, Roth pretende mostrarnos la obra que le tocó representar a Mikey Sabbath. En escena aparecen continuamente las acciones del protagonista, sus relaciones sexuales, sus pequeñas miserias. Incluso cuando recuerda, recuerda sobre todo acciones en las que casi siempre es el el que determina los acontecimientos. Él es el que maneja los hilos, el que hace cosas, el que actúa. Es, en definitiva, el titiritero. Pero a medida que la historia se va narrando comenzamos a pensar que el propio titiritero no es más que un personaje sin poder de decisión, que son las circunstancias las que conducen su vida, y no su voluntad. Al final, nos preguntamos si es Sabbath el que maneja los hilos de sus marionetas o también él es manejado como un títere.
Por otro lado, esta dualidad conceptual a la hora de interpretar al personaje protagonista viene acompañada de una complejidad en la trama que requiere cierto esfuerzo lector, por lo menos al principio. Las escenas del presente van entremezclándose con escenas del pasado a medida que el torrente de la memoria del protagonista avanza. De este modo se mantiene la tensión interpretativa a medida que se van mostrando los distintos matices de Sabbath, facetas más amables de un personaje que en el momento presente nos resulta definitivamente repulsivo. Es el propio protagonista el que nos cuenta su vida, el que interpreta los acontecimientos pasados y presentes de un modo lúcido y genial. Phillip Roth sale airoso del desafío formal que supone dotar al protagonista de la misma capacidad narrativa que el autor posee. La maestría de Roth es incuestionable, pero en esta novela es capaz de dotar a su personaje de una voz propia. El estilo y la capacidad discursiva de Mikey Sabbath nos envuelve y queremos escuchar más, aunque lo que dice nos resulta demasiadas veces terriblemente amoral y estridente. Es esta prosa pegajosa e intensa, es esta forma de interpretarse a si mismo tan lúcida y corrosiva al mismo tiempo, por veces incluso cruel, lo que hace de él un personaje total, una realidad que nos acompaña a lo largo de la lectura y al que a veces oímos susurrar obscenidades, aunque no estemos leyendo el libro en ese momento. Ese es el poder creativo que hace de Philip Roth un gran escritor.
La primera novela que leí de Philip Roth fue Némesis, en el año 2012. Curiosamente fue la última que el escribió. Años después le tocó el turno a Patoral Americana y ahora, recién estrenada una nueva etapa lectora en mi vida, El teatro de Sabbath. Sin duda, Roth es uno de esos autores de los que hay que intentar leer todo. Una parte de su obra se ha definido como polémica y transgresora y esta novela pertenece a ese tipo. Transgresora y excesiva como escribía al comienzo de esta entrada, pero sobre todo es una obra de arte. Tanto por su estilo como por la cadencia narrativa que posee merece estar en la estantería de las novelas con calidad literaria. Hay autores que se escudan en la presunta transgresión que muestran sus obras para quejarse amargamente de la incomprensión o el rechazo del público. Otros opinan que todo arte ha de ser en cierto modo transgresor, que han de conmover al espectador, provocar la reflexión o mover a la acción, incluso aunque sera para expresar rechazo por la obra del artista. Supongo que es la eterna discusión del arte por el arte o por algo más.
No tengo una fórmula para determinar lo que es arte y lo que no lo es. Para mi es algo más bien subjetivo y que puede cambiar con el paso del tiempo. Incluso para una misma persona lo que ahora nos parece grandioso puede resultarnos al cabo de un tiempo una auténtica patochada. El criterio literario es muy cambiante, pero como estáis en este blog, y sobre todo como habéis llegado al final de este texto os diré que al acabar de leer esta novela nos quedamos algo agitados, confusos tal vez. Tenemos la sensación que el autor nos ha removido de nuestra zona de confort para llevarnos por un camino que no necesariamente ha sido agradable, pero que ha provocado algo en nuestro interior. Desde mi punto de vista esta es la clave de la buena literatura, y es algo que solo saben hacer los grandes novelistas.



Philip Roth

martes, 28 de enero de 2020

Las doscientas primeras!







Celebraba en abril del año 2012 las cien primeras entradas de este blog. Ya entonces tenía claro que mi ritmo de creación era muy lento, pero por aquel entonces, y teniendo en cuenta que la primera entrada es de enero de 2010, las cuentas tampoco eran tan malas. En apenas dos años había publicado cien "cosas". Lo verdaderamente sorprendente es haber tardado casi ocho años en publicar otras cien.
Algo vergonzoso, lo sé.
Diez años tiene este sitio y solamente he podido escribir doscientas entradas. Diré que no han sido diez años fáciles. Me dediqué a tiempo completo a la crianza de cachorros  Homo Sapiens, y eso es complicado. Tiene nuestra especie la capacidad de absorber el tiempo y la energía como si de pequeños agujeros negros se tratase, y si a esto añadimos un carácter inseguro y necesitado de constante reafirmación tendréis a un padre dispuesto a cuestionarse siempre a si mismo, dudando continuamente si el tiempo y las atenciones dedicadas serán suficientes.
Nunca es suficiente.
Y hubo además oposiciones, inseguridades varias, crisis, medidas desesperadas, cambios de enfoque, cosas que se rompen, bilingüismo . Lo típico de las vidas, vamos, que os voy a contar que no sepáis...
Pero como se pregunta y se responde eternamente Pessoa
Valeu a pena? Tudo vale a pena
Se a alma não é pequena.
Y ahora estoy convencido de que valdrá la pena. Me atrevo a asegurar sin ningún tipo de modestia por mi parte que la calidad de lo que escribo ha mejorado, y espero que en un futuro siga mejorando.
Pues si, digámoslo ya, habrá futuro para este blog.
Revisando algunas de las entradas descubro cierta capacidad, una suerte de estilo propio, un talento que necesita ser pulido, es cierto, pero que está presente y que no todas las personas que publican libros poseen. Creedme, escribir no escribo mucho, pero soy un buen lector y puedo decir que algunos de los textos que podéis encontrar en este blog tienen, al menos, tanta calidad como alguna de las obras que publican las editoriales para ir creando fondo. Comienzo a creerme lo que mi amigo Iván lleva más de veinte años diciendo, que mi camino es la palabra y que la única forma de recorrerlo es escribir escribir escribir.
Se que no soy muy de fiar, que más de una vez (y de tres) he prometido constancia y entrega, asumiendo retos que yo mismo sabía difíciles de cumplir. Pero ahora estoy en una época en la que se juntan las ganas de hacer cosas con la creatividad, y debo aprovechar los vientos favorables.
No diré como otras veces que escribiré sobre esto o lo otro, que llegaré a un número de relatos o que simplemente hablaré de mi.
No.
No se como va a ser este sitio a partir de ahora, si tendrá originalidad o la calidad que os merecéis, si podré llegar a plasmar todo lo que tengo pensado, que no es mucho, la verdad. No se si esto seguirá siendo un blog, un videoblog o una página de Internet. Pero una cosa os digo, si tenéis un poco más de paciencia y decidís regalarme un poco de vuestro tiempo estoy seguro que encontrareis en este sitio algo que merezca la pena o que al menos compense los minutos que paséis aquí.
Naveguemos juntos durante el 2020 y alcancemos las 252.



miércoles, 22 de enero de 2020

Vidas minúsculas. Pierre Michon





Vidas minúsculas es la obra con la que inauguré mi lista de lecturas del año 2020. No sin cierta vergüenza debo reconocer que no solamente no había leído nada de este escritor francés, sino que ni siquiera lo conocía. Y tal vez no pude haber escogido mejor novela para empezar a profundizar en su obra, aunque Vidas minúsculas no encaja exactamente en la definición de novela. Son retazos biográficos de algunos miembros de su familia, recuerdos de su infancia y juventud que ayudan al autor a situarse en el mundo, a comprender quien es y las razones por las que es como es.
Algunos dirán que se trata de una novela de formación y aprendizaje, una obra en la que establece las bases de lo que quiere llegar a ser como escritor, de ahí sus numerosas referencias a Rimbaud, al que admiraba y con el que comparte algunos avatares vitales como el abandono del padre o la muerte de una hermana. Es fácil imaginarse al adolescente Pierre buscando significados en lo que no son más que meras casualidades y sintiéndose, al igual que el poeta simbolista, tocado por la gracia del talento. ¿A quien no le ha pasado alguna vez?
En cierto modo, Vidas minúsculas trata de los primeros tiempos de un escritor, de sus dudas, de su impotencia ante la página en blanco, de la búsqueda de modelos a los que seguir para alcanzar su voz propia. Pero también nos cuenta de donde procede. Analiza las vidas, y sobre todo los caracteres de sus parientes. Busca en su propia genealogía las claves para entender su propia existencia, rastreando los rasgos psicológicos que reconoce o quiere reconocer en sus abuelos o en ese pariente cuya vida es desconocida y que por eso mismo mantiene cierta aureola de misterio. Es la interacción del narrador con los protagonistas de los ocho relatos que aparecen en Vidas minúsculas la que hace avanzar al autor hasta la edad adulta. La abuela que va tejiendo para el la vida de un antepasado al que imagina aventurero y algo soñador, que le inculca el disfrute de la lectura; el viejo campesino que se autoengaña pensando que su hijo ha triunfado en América; los recuerdos de los compañeros de la escuela, del cura del pueblo o de sus primeros años en la gran ciudad, mezclando el primer amor con los excesos de alcohol y sustancias (otra vez Rimbaud como ejemplo y guía).
Son estos los recuerdos, las vidas minúsculas perdidas en el tiempo, las que le sirven para situarse en el mundo, para realzar su propia existencia convirtiendo en arte las anónimas y insubstanciales vidas de sus antepasados. Y sin embargo, desde mi punto de vista, no es este recurso lo más sobresaliente del libro. Como siempre, cuando de literatura y palabras se trata, lo importante no es lo que se dice, sino como se dice. El lenguaje empleado en Vidas minúsculas es de un preciosismo y una belleza tal que muchas veces alcanza el lirismo propio de la poesía, como una composición en la que cada verso es como una pincelada que nos obliga a fantasear con lo que leemos. Inevitablemente, leyendo algunos párrafos no solamente evocamos recuerdos de nuestra propia infancia, sino que vemos, escuchamos e incluso olemos aquello que se nos describe. Ya sea una escuela, el campo o el interior de una cocina familiar. Es este aliento lírico, esta capacidad de evocar instantes que el lector percibe como propios lo que hace de Pierre Michon un autor que parece que hable de nuestras vidas, de nuestra infancia. La mezcla entre la ficción y lo recordado, entre lo que fue y lo que pudo haber sido le otorga a su prosa la sensibilidad propia de la poesía y es por esto por lo que consigue conmovernos.
Personalmente debo decir que una de las partes que leí con más intensidad es la referida al padre ausente y a la búsqueda de su voz personal. Explica en algún momento como la ausencia de una figura paterna provoca que siga buscando modelos a los que seguir, una orientación, un guía tal vez. Creo que esta reflexión fue clave para mi pues también yo siento algunas veces, a pesar de ser ya un hombre adulto que inicia el camino de descenso, que si algo me ha caracterizado durante todos estos años es este sentimiento de abandono, esta falta de una figura con la que aconsejarme, a la que preguntar o de la que escuchar una alabanza o un reproche. Y tal vez esta duda constante y esta falta de autoestima que me impide entregarme plenamente a lo que más quiero se deba, en parte, a un sentimiento de poca cosa, de saberme “abandonable”, intercambiable por otra vida, por otra familia. Hay cosas que un niño tarda toda una vida en superar, heridas que nos traban, que nos impiden avanzar aunque pensemos que hemos conseguido dejarlo atrás.
En definitiva, Vidas minúsculas es uno de esos libros que nos dejan huella, que nos obligan a mirar hacia partes de nuestra vida de las que intentamos huir, con las que no queremos enfrentarnos. Obviamente, a cada lector le dirá una cosa distinta. Una vez escrito, un texto ya no pertenece a quien lo escribe sino a quien lo recibe, y por eso he tenido mucha suerte al comenzar este año, del que tantas cosas espero, con una lectura tan hermosa y a la vez tan profundamente inspiradora como esta.



jueves, 16 de enero de 2020

FELIZ FIN TRIMESTRE!





Las profes de primero de primaria deciden reunir a todo su alumnado en el salón de actos y celebrar el fin de trimestre de una manera muy divertida. En la pantalla, un vídeo de las famosas campanadas, delante, todas las niñas y niños con una servilleta y en la servilleta doce gusanitos. Y como si de fin de año se tratase, con cada campanada se comen un gusanito.
Rápido, sencillo y muy divertido.
Celebran el fin del primer trimestre en primaria, que no es poco!
Son muchos cambios para estas pequeñas de seis años, y sin embargo se adaptan a todo, sigue siendo muy fácil motivarlas, captar su atención y hacer un montón de cosas cada día. Me sorprende todo lo que hacen en las cinco horas diarias de clase. Fichas, dibujos, las primeras lecturas, las sumas y las restas. Además de las conversaciones sobre temas que van fluyendo de sus mentes siempre inquietas.
Sabemos, las abuelas nos lo dicen, que las niñas y los niños de ahora son muy inteligentes, muy curiosos y muy activas y participativas. Lo vemos en los trabajos que traen al final de cada trimestre, siempre deseosas de enseñarnos lo que han hecho durante los últimos meses.
Y a veces nosotros, los padres y las madres, no nos damos cuenta del esfuerzo que supone ir a clase y trabajar como ellos lo hacen, con un currículo cada vez más exigente y con la sobrecarga de actividades extraescolares que la mayoría soportan. Pensamos que lo duro es lo nuestro, con nuestras jornadas laborales y con este andar de aquí para allá continuamente, pendientes de las cosas del trabajo, de la familia, de la casa, de que el del coche de enfrente acelere un poco más o del Instagram. Y al final del día les decimos que hay prisa, que estamos muy cansados de trabajar, como si ellos no tuviesen también días duros en la escuela.
Por eso me emociono al ver la facilidad con la que tres profesoras de primaria son capaces de hacer felices a sus alumnos con unas bolsas de gusanitos, un video y muchas ganas de hacer cosas. Y pienso que tal vez pasamos demasiado tiempo criticando como está la educación (o la sanidad, o la política, o la sociedad en general) y apenas nos damos cuenta de las buenas cosas que todos los días suceden a nuestro alrededor.


jueves, 5 de diciembre de 2019

Os dous corvos.





O autobús das once e media sube con atraso, pensou ela mentres intentaba ver a hora a través das vellas cortinas da cociña. Levaba un bo pedazo ao sol, á beira do pozo, mentres el ía da cancela ao cabazo, do cabazo ao vello alpendre onde gardaban o tractor e outra vez a empezar. A mesma historia de todos os días, semana tras semana e mes tras mes. Facía tempo que xa non tiñan presa. Que presa ían ter, con fillos convertidos en homes e as netas xa criadas e estudando na capital. A vida pasara como un suspiro e agora xa non tiñan nada que agardar, e sen embargo ela notaba nel a mesma inquedanza dos vinte anos, cando mercaran aquel terreo e cada día despois do xornal él ía arrombando pedra sobre pedra para ir facendo aquela mesma casa na que agora deixaban pasar as mañás ao sol.
Daqueles primeiros días recordaría ela as ganas que tiñan sempre de comerse, os encontros apurados e intensos en calquera lugar, donos como eran de si mesmos e do seu tempo. Mesmo cando a súa preñez xa era molesta para todo aínda lle quedaban ganas para arrimarse a él e deixalo facer. Agora mirábao e aínda podía ver nos seus ollos negros algo daquela fogosidade, unha necesidade de ocupar o tempo, de estar sempre facendo algo. Así fora toda a vida e así levantaran a casa e a familia. Volveu mirar para el. Agora entretíñase coas polas do vello carballo, o que plantara no fondal, á beira da pista da Igrexa Vella. Trouxérao coa carretada de leña que xuntara para acender o forno pola vez primeira. Ela recordaba aquel día porque fora cando nacera a maior das súas fillas, a que tan enfermiña estivera. Aquela árbore convertérase co tempo nunha parte moi importante da casa, de feito para os veraneantes e os da vila era coñecida como a casa do carballo. Aos indianos dáballes por plantar palmeiras ou pinos, pero el decidira plantar un carballo do monte. Daralle forza á terra, miña sogra, díxolle no momento de plantalo á nai da súa muller, que viñera pasar uns días na casa para atender no parto á súa filla. Canta vida pasara á sombra daquela árbore. Ela achegouse a el cun par de brincos e xuntos escoitaron as doce badaladas no reloxo do concello.
O atraso do autobús das once e media era xa moito. Nos últimos meses afixéranse a ver pasar o autobús cada mañá. Servíalles para marcar o tempo, para situarse no día. Media mañá ía fora e era o momento de saír voando cara os prados, no outro lado do Regato da Loba, onde o sol non chegaba até ben andando o día. Despois volverían polo alto do Muiño e atravesarían a aldea de Ferreira. Con algo de sorte poderían dar un pe de leria con algún que, coma eles, xa non levaba máis ansia que recordar os días pasados.
Os da guerra foran os peores. Ela preñada de novo e a meniña tan falta de todo. Aquel inverno pensou que lle marchaba, que Deus noso señor llela arrincaba das mans. E se lle cadra esa era súa intención, que ben sabían eles que Deus nunca os tivo en moita estima. E non foi Deus, senón a vella tola que vivía no Soutovello a que se ocupou da meniña, a que cada un dos días nos que o seu home estivo no fronte de guerra viña pola casa e sempre traía algo. Media de leite, unha bola de pan, un par de chourizos. Téñolle lei ao teu home, dicía aquela muller da que contaban que toleara ao nacer por un mal vento. Ao parecer sempre que baixaba do monte paraba na súa porta para deixarlle unha pouca leña de carballo para pasar o inverno ao quente, ou estrume para a corte da ovella ou simplemente para darlle conversa do que fora, que ben sabía ela que aquel mozo, que non a coñecía de nada, o que quería era saber se estaba ben ou se lle faltaba algo. Tes un bo home, diríalle un cento de veces, non o vaias deixar marchar. E ben sabía ela que tiña un bo home da casa, e por iso non lle importou cando volveu da guerra con media perna esnaquizada, que pouco faltou para que lla cortasen. E por iso non deixou de ir un só día a cidade a visitalo ao hospital no que estivo tantas semanas ingresado antes de poder traelo para casa. E por iso durante todos e cada un dos anos seguintes sentiuse feliz a carón daquel home co que sacou adiante a familia sen importarlle ren os comentarios da estirada xente da vila, que sempre había algunha que a miraba para ela con cara de pena. E ela sorría é pensaba que o que lle faltaba de perna non impedía que fose un home na cama, e aí estaban as cinco criaturas que criaron para demostralo. E cando lle dicían vaia muller, vaia pena o do teu home, con esa perniña que ten que da pena velo camiñar ela respondía que tiña as súas vantaxes, que así non apuraba as tardes dos domingos á Casa da Xenoveva, como facían os homes da vila despois do partido. Que a saber que era o que lles faltaba na casa para ter que buscalo fora.
Unha nube atravesa rapidamente o ceo e polo chan deslízase unha sombra. Sen pensalo van buscando a parte soleada da horta e chegan ao beiral de diante do arrimo. Naquel comareiro fixeran o cerrado para os ovellas e aínda agora notábase que o terreo era distinto, coma se a herba gardase memoria dos moitos anos de abono e pastoreo. Cando ampliaran a estrada da vila leváranlles unha boa parte de terra e quedara unha pequena franxa de terreo entre a casa e o asfalto. Moita carraxe tiveran que tragar, coñecedores como eran de que o aparellador do concello fixera e desfixera para que lles levasen a eles a maior parte do terreo. No outro lado estaban os montes dos da Piluca, os falanxistas da vila, e ben sabían que non valían papeis nin reclamacións. Era ela a que tiña que calmalo e convencelo de que non había nada bo para eles no Concello, que non había necesidade de volver por alí e que o mellor era deixar as cousas como estaban. Foi ela a que nas noites nas que viña bravo e rumiando calquera barbaridade lle poñía a unha das pequenas no colo e unha culler na man para que lle dera o caldo. E a que deseguida as metía na cama da habitación pequena para deitarse espida ao seu carón e irlle arrincando de vagar, con cariños e bicos, os malos pensamentos e a xenreira. Nunha desas noites foi cando fixeron os xemelgos. Ela non quixo saírse a pesar de que el a avisou repetidas veces, que lle deixara sacar o boi do xugo antes de que a carretada marchara polo camiño abaixo. O que teña que vir que veña, bisboulle ela mentres coa lingua lle percorría o borde das orellas e finalmente, debruzándose sobre el, sentiu no seu interior a intensidade daquel home, a forza e mesmo algo da rabia que fora acumulando durante aqueles meses de ir e vir ás oficinas do Ministerio na cidade. Aínda agora, ao recordalo, sente un pequeno estremecemento no seu interior, un movemento das ás da memoria que a fan voar a aqueles días, o parto no que a vella tola do Soutovello lle dixo que viñan dúas criaturas, e el respondeu que a vida tiña estas cousas, que agora que os do Ministerio lle levaban o terreo eles aumentaban a familia por partida dobre. Co paso dos anos, os dous saben que ao final os días van poñendo a cada un no seu lugar, e que non foi casualidade que fora un dos xemelgos o que lle gañou a praza de Arquitecto do concello ao menor dos da Piluca, co moito que alardearon na praza dos estudios que lle estaban dando aos fillos, que parecía que só os deles podía estudar e ao final todos foron estudando e todos foron facendo as súas cousas e tamén os fillos dos pobres chegaron a se profesores ou doutoras ou dentistas, como a súa pequena, a que veu porque lle cadrou, porque ela se despistou e a verdade é que pensou que aos seus anos xa non tiña o forno para máis bolos e como aos corenta case tiñan tanta fame como aos vinte pois comían de calquera maneira e pasou o que pasou. E ben que agradecen cada día a sorte que tiveron con eles, que as criaturas sempre son a alegría das casas, e se de algo están fachendosos é das mulleres e homes en que se converteron aquelas crianzas que entre os dous sacaron para adiante na mesma casa na que agora

Escorréntanse polo bruído dun camión pola estrada. O tempo foi pasando entre recordos e xa o día está mediado. O autobús das once e media debeu subir sen que se decataran e agora estaba a piques de volver para abaixo, coa pouca xuventude que aínda vive na vila e que fan o camiño de regreso a casa. Aquela vila sempre fora das máis poboadas da comarca, e mesmo na aldea había unha morea de crianzas facendo carneiradas polos prados e as leiras. E os seus igual que os outros, rompendo o que tiñan romper, meténdose en liortas de cando en vez e mesmo chegando co nariz roto por unha pedrada ou pola pancada dalgún con máis forza ou con máis xenio. E todo foi pasando tan rápido, o instituto na cidade, os estudos en Santiago ou na Coruña, ou a Madrid que se foi a máis nova a rematar, a as vidas que os foron separando, as parellas, os netos e a netiña que saíu cuspidiña a ela, cos mesmos ollos alegres e o pelo rizo que da gloria vela.

Vai anoitecendo e regresan con calma á súa casa. O tellado de lousa, paredes con verdosas marchas na fachada que mira ao norte, as marcas que deixou ao seu paso o furacán Hortensia cando levantou as uralitas do vello alboio e as espetou contra a casa.

A última raiola de sol ilumina o tellado. O sol escóndese por detrás da Serra da Capelada. Míranse unha vez máis e saben que é hora de recollerse. A vellez, cando vai acompañada de moitos anos de compaña fai que as persoas non precisen das palabras para comunicarse. Case á vez abren as ás e voan cara ao vello carballo. Póusanse na pola máis grosa e agardan, como fan todas as noites dende fai xa moitos anos, dende que o seu tempo foi pasado e escolleron regresar noutra forma ao lugar no que foron tan felices. Abeirados agardan a que chegue a noite e que un novo día lles permita recordar todo aquelo que foron, sabedores como son de que a vida pasa nun suspiro, pero algo dos amores serenos queda nos espazos que algún día habitaron.



martes, 26 de noviembre de 2019

Memoria dos últimos meses.





8:08 Aquí non hai ninguén. Hoxe fun o primeiro en chegar, todas as mesas están baleiras, podo escoller calquera silla. Os ollos aínda están cansos da xornada de onte, e hai que volver a empezar.



9:04 Ruído, murmurio de persoas que chegan e van acomodándose. Algún ven cambiar a cadeira, outros miran para o traballo que os demais traemos para facer. Todos intentamos recordar onde estabamos, intentar manter o ritmo de onte e de antes de onte, tal vez da última semana. Arrecende a café de máquina, hai que intentar espelirse, estar centrado no que temos diante. Alguén busca desesperadamente un enchufe, xa mesmo para estudar fai falta tecnoloxía.
9:48 Estamos a tope. De cando en vez ergo a mirada. Na mesa reina un ambiente de concentración total. Non todos son estudantes. Vendo os papeis e os libros que teñen diante é fácil deducir que hai xente buscando un traballo mellor, un ascenso ou tal vez outra oportunidade para empezar de novo no mundo laboral. Tal vez un intento de corrixir a falta de recursos dunha familia que non tivo a oportunidade de darlle estudos ao fillos, ou que non tivo as luces suficientes para investir máis nos estudos das crianzas e menos en coches e en tabernas.
11:27 Hai que parar, facer un descanso para recuperar forzas e desconectar un pouco. Na prensa non hai nada interesante, ás mesmas historias de sempre, políticos politiqueando e medios de comunicación que viven das subvencións que as administracións públicas lles conceden. Cando remate esta eterna oposición escribirei algo sobre o asunto...
12:55 Hai outras veces nas que o que precisamos é unha parada mental. O noso cerebro vai polo seu lado e descubrímonos pensando cousas que de súpeto nos sorprenden. Eu calculo que dentro de seis anos a miña pequena deixará primaria e eu, en lugar de estar con eles levo meses facendo moitas horas ao día de biblioteca. Pero todos renunciamos a algo, na casa agardan a familia, amores, libros para ler. Non é nada novo para min, moito antes destes tempos pasaba os veráns da miña xuventude traballando para axudar na casa, pagarme a carreira, preparar as oposicións. A vida non sempre foi fácil.



15:08 Hai que ir xantar, algo lixeiro que non nos provoque sono. Conversas na porta, unha fala con mágoa coa mamá, van facer comida familiar esa comida tan rica que tanto lle gusta e ela non pode ir. Outra comenta, mentres come empanada nun banco do parque, que lle cambiaron o día de libranza e que por iso aproveita o día para vir estudar.
16:13 Volvo ao traballo, debo seguir e intentar cumprir co proxectado. Non hai tempo que perder. Hai que aproveitar cada hora, cada día. A competencia é moi dura no mundo das oposicións, cada vez somos máis os que buscamos asentarnos na vida, e cada vez máis preparados. Estudar durante meses, ás veces anos, e saber que ao final podes ter un mal día, pode entrar o único tema que levas mal preparado ou pode que os demais vaian mellor preparados. Dedicarlle meses, ás veces anos, e ao final depender en certa medida da sorte. É duro.


18:27 Saímos tomar outro café, facer un pis, ventilarse un pouco. Ás veces, ao pasar, miramos o que estuda a persoa do lado. É case inevitable. De tanto vernos rematamos por recoñecernos, aquel está coas de Inspector de Facenda, aquela prepara medicina, ese tan forte está coas de Prisións. Despois de tantos meses aquí sentados pensamos que os sitios son nosos. Somos animais de costumes e cada un soe sentarse no mesmo sitio. Por iso resulta gracioso ver as nosas caras de sorpresa cando alguén novo está na nosa mesa. Sabemos que os veteranos non se sentarían nos nosos sitios. Establecese entre nós unha especia de pacto, un respecto polo sitio da outra persoa, aínda que como é lóxico os sitios non teñen nome.
20:37 Imos quedando poucas persoas. En breve apagaran as luces indicando que temos que marchar. Ás veces, ao erguernos, dan ganas de saudarnos e felicitarnos polo traballo ben feito. Saímos pola porta con ganas de darnos palmadas no ombreiro Cansos pero satisfeitos. Mañá tocará madrugar de novo, volver a empezar. Sacrificar mañás de verán, festivos nos que non estás coa familia para asegurar un posto de traballo, para progresar. Calquera pode intentalo, pero non todos o fan. Hai atallos, hai trampas, pero aquí todos estamos queimando os nosos días, renunciando a outras cousas para conseguir un posto, un ascendo, algo distinto, ás veces mesmo algo mellor.
E o peor é que agora mesmo, cando eu saio pola porta da biblioteca na que ultimamente paso máis tempo que na miña casa, alguén estará no bar pedindo o segundo gin-tonic e pontificando, como quen coñece a verdade absoluta, sobre a inxustiza de que algúns traballen de oito a tres e el teña que currar dez horas e lle paguen nove. E falará con desprezo sobre o que descoñece, convencido de ser a única persoa que traballa e coa idea de que está levantando o país do mesmo modo que levanta as copas nos bares. E moitas veces escoito e calo, e me sinto como se tivera que avergoñarme do que ninguén me regalou, coma se levar dende os 16 anos traballando non servira de nada. Pero outras veces me poño en modo fachendoso e lle recordo a algún que non houbo festa que perdera nin copa que deixara de tomar, que mentres eu saía do traballo a algunha biblioteca outros ían xogar unha pachanga, ou á praia ou a beber cervexas en calquera terraza. Ao final cada un vai recollendo o que sementa, e teño a esperanza de que nos próximos anos poida recoller o que con tanto esforzo, sacrificios e renuncias fun sementando nos últimos meses.








lunes, 23 de septiembre de 2019

Forza Solar.



Si todas las noches en lugar de dormir pudieras contar estrellas, y pudieras contar una estrella cada segundo, tardarías toda una vida en contar todas las estrellas que tiene nuestra galaxia. Mi padre me decía estas cosas, y otras muchas que ya no recuerdo, mientras armábamos su viejo telescopio sobre la montura ecuatorial que ya habíamos reparado más de una vez.
Mi padre no era una persona cultivada, ni siquiera había recibido formación superior, pero sin embargo siempre supo transmitirnos la importancia de aprender e intentar superar en todo momento nuestros límites. Mis hermanas y yo nos criamos en un ambiente de escasos recursos económicos e intelectuales pero con grandes dosis de curiosidad y novedades. Ahora se que muchas de las cosas que para nosotros eran novedades también lo eran para ellos, que la primera vez que visitaron un museo científico fue con nosotros o que aquel viaje de tres horas más allá de la linea gravitatoria de la Tierra supuso la renuncia a cambiar de coche y la obligación de ir a trabajar en el colectivo durante los siguientes tres años, con el consiguiente madrugón que eso suponía. Pero en aquel momento, aquellas noches que pasábamos a la intemperie, escuchado el sonido del aire al pasar entre de los manzanos, eran para mi una prueba más de que mi padre lo sabía todo, de que ya lo había vivido todo.
Y ahora que han pasado más de veintisiete años desde su muerte lo recuerdo casi a diario, sobre todo al mirar por los enormes ventanales de esta nave y descubrir que continuamos en rumbo de colisión hacia el sol.
Quien me lo iba a decir a mí hace quince años.
Cuando acabé mis estudios conseguí colocarme en una empresa que organizaba cruceros espaciales entre las distintas bases planetarias en órbita. Mi especialidad eran los paneles solares. Había participado en el grupo de trabajo que había desarrollado las velas de captación de energía cósmica y humildemente debo de reconocer que tenía cierto prestigio en el mundillo. La empresa se puso en contacto conmigo incluso antes de terminar mis obligaciones con el Departamento de Formación y como el sueldo era bueno y me ofrecían trabajar en la Base Lunar IV (la más cercana a la Tierra) acepté sin pensarlo.
Por aquel entonces mantenía un estrecho contacto con mi familia. Mi madre trabajaba una de las centrales de transformación de plásticos que aún existían en medio del océano. Todas las semanas conseguía que mis hermanas y yo nos juntásemos en su transbordador habitacional para comer y conversar en persona. Ella, al igual que mi padre, decía que aún éramos seres gregarios, que necesitábamos el contacto físico y la presencia real. Que a pesar de todos los avances tecnológicos que nos permitían estar conectados con otras personas a miles de husos de distancia había una necesidad en nosotros que solamente la presencia del otro podía satisfacer. Por eso siempre tuvo un interés especial en mantener aquellas reuniones semanales. Cuando murió mi padre abandonó la colonia residencial en la que vivían y se compró aquel transbordador habitacional diciendo que así podría desplazarse a visitarnos cuando quisiera o recibir nuestras visitas en cualquier lugar de la órbita abierta. Recuerdo que mis hermanas y yo le habíamos preguntado si se acostumbraría a vivir siempre dentro de una cápsula habitacional, si no le vendría mejor seguir en la colonia, cerca de los lagos artificiales y de los bosques. Dijo que eso lo tendría siempre a su alcance, que simplemente tendría que desplazarse a alguno de los parques de esparcimiento y quedarse allí todo el tiempo que necesitase. Yo no lo veía muy claro, y sin embargo ahora soy yo el que vivo en una nave espacial con la certeza de que no volveré a pisar jamás los bosques de la Tierra.
Mientras me preparo para la revisión exterior pienso en las vueltas que ha dado mi vida en los últimos años. Como iba yo a suponer que acabaría presentándome voluntario para esta misión, que mi destino final estaría en un desplazamiento constante a través del espacio. Todo comenzó hace ocho años, cuando mi empresa fue seleccionada por el Gobierno Mundial para participar en el Proyecto Colonia. Para no aburrirles con datos que seguramente ya conozcan les diré que mi trabajo dentro del proyecto consistió en adaptar las velas de captación solar para que fuesen capaces de aprovechar también la energía cósmica. La tecnología ya existía desde hacía décadas, pero nunca se había utilizado en una misión de aquel tipo. Obviamente, mi parte en aquel asunto concluiría unas semanas antes del inicio del viaje. Después todo quedaría en manos del equipo de ingeniería que formaba parte de la tripulación. Y no solamente en lo referente a la propulsión y a la generación de energía en general. Debido a las peculiaridades de aquella misión entre la tripulación había especialistas en todas las áreas de conocimiento científico y tecnológico del momento. De hecho, la mayoría de ellos habían participado desde el principio en el proyecto, tomando decisiones y aportando ideas y soluciones a todos los problemas que a lo largo del tiempo se habían ido planteando.
Como ya he dicho, yo formaba parte del equipo de ingeniería encargado de diseñar las velas de captación de polvo solar. El equipo estaba formado por siete personas, tres hombres y cuatro mujeres, y yo era el único que me quedaría en tierra, o al menos eso era lo que pensaba yo. Al cabo de cuatro años una poderosa razón había provocado que cambiara de planes.
El mar es cambiante y nunca sabes en que momento te va a ofrecer la gran ola. Mi padre me decía esto mientras me animaba a meterme de nuevo en el agua con la tabla. Nos había contagiado su amor por el mar y por todas las actividades relacionadas con el líquido elemento. Cuando otros niños aprendían a utilizar sus primeros propulsores anatómicos, a mis hermanas y a mi nos llevaba a solitarias playas a practicar deportes que hacía décadas que nadie practicaba. El que a mí más me gustaba era el windsurf, saber interpretar el viento y el mar y combinar la fuerza de ambos elementos para desplazarte sobre el agua, casi para volar. Esa sensación de ser tú mismo el que consigues el movimiento no la he sentido nunca con ninguno de los distintos ingenios que tenemos para desplazarnos a velocidades muy superiores a las que yo alcanzaba sobre aquellas tablas que parecían sacadas de un museo. Y sin embargo era practicando windsurf con mi padre cuando me sentía más unido a él.
Como había supuesto, uno de los rotores de la vela principal está dañado. Todos los sensores indican la existencia de un fallo de tipo mecánico, aunque desde aquí resulta imposible verificar su gravedad. Un desgarro en alguno de los elementos móviles, un sensor desconectado, algún condensador de nanopartículas que se ha obturado. No lo sabemos, no podemos saberlo porque algunas de las pequeñas cámaras que monitorizan esa parte de la vela tampoco funcionan. Seguramente en algún momento colisionaron contra la nave los restos metálicos de algún satélite o las pequeñas piezas perdidas por alguna vieja nave obsoleta en su último viaje hacia el sol.
Habrá que salir, le digo a la supervisora Razer.
Ella sabe que no hay más remedio. Como responsable del mantenimiento de la vela sabe que es lo más lógico y la decisión que debe tomar. De todo el equipo, yo soy el ingeniero con más experiencia en el montaje y reparación de paneles solares, y todo apunta a que se trata de un simple problema mecánico, algo que habrá que arreglar manualmente en el mismo lugar de la avería. Sería un gasto inútil de energía y de recursos que el equipo de mantenimiento tuviese que volver a entrar por no saber exactamente lo que hay que hacer. Sin embargo, como compañera no puede evitar sentir cierto desasosiego con la idea de verme durante unas horas en el exterior, corriendo un riesgo que si bien es mínimo, es real.
-Vamos, Razer, sabes que es lo más sensato. Acompañaré al equipo de mantenimiento y haré las reparaciones que sean necesarias. Yo puedo hacer un diagnóstico en el mismo lugar e iniciar las operaciones pertinentes. Sabes que hay cosas que se acaban antes haciéndolas uno mismo, y este es uno de esos casos.
La verdad es que tengo ganas de salir, aunque salir no es la palabra exacta en este caso. Cuando sabes que te pasarás el resto de tu vida metido en una nave espacial estar por unas horas anclado en el exterior es poco consuelo, pero necesito volver a ver con mis propios ojos ese minúsculo punto que es la Tierra. Dentro de tres meses, cuando doblemos la órbita solar y alcancemos la velocidad de no retorno, la Tierra ya no será visible y cada día de viaje nuestra estrella se irá haciendo más y más pequeña hasta que de ella y de nuestro pasado ya no quede nada. Todo será nuevo entonces, y nuestros hijos tendrán que aprender que hubo una vez un planeta llamado Tierra, y a su vez tendrán que explicárselo a los hijos de sus hijos. Tal vez sean ellos los que lleguen al final del camino.
Hay un tiempo para cada cosa, debes centrarte siempre en el presente, en lo que estás haciendo en ese preciso momento. De lo contrario nunca vivirás en el instante y la vida huirá delante de tí como una mariposilla inquieta. Mi padre tuvo muy pocos años para vivir, pero los vivió plenamente y siempre intentó compartir su tiempo con nosotros. Cuando murió sentí que de algún modo una etapa se había completado, y estoy seguro que también él se fue con la sensación del trabajo cumplido. Le faltaban aún muchos años para vivir y seguramente podríamos haber hecho muchas más cosas pero el tiempo compartido sirvió para llenarlo de experiencias, de conversaciones y de cariño, y ahora tengo una gran colección de recuerdos que de algún modo me acompañan y me aportan confianza en mi mismo.
No recordaba que caminar con las botas magnéticas fuese tan cansado. A los pocos minutos los músculos de mis piernas están endurecidos por el esfuerzo. Las dos técnicas de mantenimiento exterior que me acompañan, más acostumbradas que yo a los paseos por el exterior de la nave, me recomiendan que procure alargar mis pasos lo máximo posible y que no tenga prisa por avanzar. Las velas están formadas por gigantescas placas dispuestas de tal modo que eran capaces de aprovechar distintas formas de energía. Llegará el momento en el que los rayos procedentes del sol no tendrán intensidad suficiente como para activar las placas. Será necesario emplear todo tipo de energía cósmica que podamos captar, por eso la superficie de las velas era inmensa.
Nos desplazamos por el eje central, y afortunadamente no tardamos demasiado tiempo en llegar al lugar donde está la avería. Tres o cuatro metros de uno de los paneles laterales están desconectados de la plataforma principal e incrustados alrededor del rotor. Por suerte, no se aprecia ninguna quemadura o rotura y no habrá que cambiar nada.
- Razer, hemos tenido suerte. Solo tengo que volver a conectar uno de los paneles. En media hora estará arreglado.
Sin perder tiempo comencé a encajar las nanofibras. Le pedí a mis acompañantes que inspeccionasen el resto de los paneles, aunque tenía la certeza de que la avería se encontraba en este sector. Para evitar que caminaran por el exterior más de lo necesario ellas buscaría las exclusas de los sectores B y C para regresar al interior. Sentí un pequeño escalofrío cuando las vi desaparecer entre las barras de sujección laterales, cada una en una dirección distinta. Durante los próximos minutos estaría totalmente solo. Levanté la vista y vi los reflejos que los rayos del sol provocaban sobre las velas metálicas. A esta distancia, teníamos que ser muy cuidadosos para no exponernos directamente a la luz solar. Nuestros trajes estaban preparados para soportar durante unos minutos la radiación, pero por seguridad todas las salidas se realizaban por el lado opuesto al sol. Me gustaría haberme asomado durante unos segundos y mirar directamente a nuestra estrella, pero el sentido común me hizo volver sobre mis pasos en cuanto comprobamos que los paneles volvían a funcionar correctamente. Apenas me quedaban unos metros para entrar de nuevo en la nave cuando perdí el contacto con el interior.
Noté como algo se quebraba, y silencio.
El día que murió, mi padre me confesó que una de las cosas que más lamentaba era no haber podido compartir conmigo la ola perfecta. Cuando la encuentres piensa en mí, me había dicho, y yo le aseguré que todas las olas que habíamos cabalgado juntos habían sido perfectas. Que no cambiaría ni uno solo de los momentos que habíamos pasado juntos esperando sentados sobre nuestras tablas a que el mar nos anunciase que había llegado nuestro momento. Que para mi el mar ya no sería lo mismo sin él.
-No hijo, tu gran ola aún no ha llegado. Cuando llegue lo notarás en todo el cuerpo y tendrás que ser rápido y aprovechar el impulso. Durante un instante tú y la ola seréis una misma cosa, no sabrás donde acabas tu y donde comienza la fuerza de los elementos. Será tu ola perfecta, y se que pensarás en mi.
Una pequeña vibración me hizo comprender. Acababa de producirse una erupción solar, y teniendo en cuenta lo cerca que estábamos del sol, la brutal liberación de energía haría que mi traje se desintegrase antes de alcanzar la escotilla de entrada. Entonces lo noté en mi interior, sentí como cada músculo de mi cuerpo se tensaba y vi a mi padre aupándome una y otra vez sobre la tabla hasta que conseguí mantener el equilibrio. De manera casi instintiva arquee mi cuerpo al mismo tiempo que desconectaba el anclaje automático de mis botas. Giré sobre mi mismo y vi que los guantes comenzaban a pulverizarse, pero tenía que aprovechar las ondas magnéticas para alcanzar la escotilla. Las botas serían mi tabla de salvación y la inversión de la polaridad sería la ola, mi ola perfecta.
Se que en algún lugar del inmenso universo que estamos comenzando a explorar mi padre sonríe al verme cabalgar sobre una ola solar.