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sábado, 10 de agosto de 2024

De odiseas y metamorfosis


Sería en segundo o tercero de carrera, en una de aquellas sesudas conversaciones de cafetería en las que escuchábamos a los de segundo ciclo como si hubiesen adquirido un conocimiento profundo y certero sobre La Literatura; como si ya hubiesen llegado a ese estado de comunión con el Acto Creativo que les permitía entender cosas que nosotros no creeríamos. Siempre había alguna frase con la que nos deslumbraban, una teoría que nos dejaba perplejas o referencias a libros de los que nunca habíamos oído hablar, y porqué no decirlo, de los que nunca volvimos a saber nada.
 
Aquel despliegue de conocimiento no se correspondía, en absoluto, con el par de cursos que nos llevaban de ventaja, y mucho menos con una capacidad o entendimiento superior al nuestro. Simplemente había leído algunas notas introductorias más que nosotras o habían asistido a alguna conferencia o a clases con algún docente que aún no conocíamos.
 
Pero siempre era interesante poner en común algunas lecturas, trucos para redactar el trabajo de literatura brasileira o incluso obtener unos buenos apuntes para Lingüística General. Y sobre todo, para poder hablar de lo que más nos gustaba, La Literatura!!

Y fue sin duda en una de aquellas conversaciones en las que hacíamos inventario lo que nos quedaba por leer y nuestros propósitos lectores para los próximos meses cuando uno de nosotros, no importa quien aunque lo recuerdo perfectamente, explicó que tenía ya reservado el mes de agosto para leerse el Ulises de Joyce. Coincidíamos en que era una lectura compleja y que requería tal nivel de concentración y de conocimiento que para disfrutarla plenamente no podía leerse durante el curso. Obviamente, era difícil compaginar las andanzas de Bloom y de Dédalus con la lectura, por ejemplo, de Fortunata y Jacinta o de las rimas de Bécquer, por no hablar de la candidez estilística de Arturo o de Lucía, que lo estaban petando por aquellos años.

No amigos, queridas lectoras, el Ulises de James Joyce es uno de los 8.000 de la literatura, de la Literatura con mayúsculas, y no admite que te entretengas con otras menudencias literarias si te atreves iniciar el ascenso a esta obra cumbre de la literatura. Ya te lo escribí un día, hace años, y no me importa repetirlo "Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo"
(Huelga decir que si tu idea de ser lector es leerte cada año el premio planeta, esto no es para ti. Hablamos de otra cosa. Es como ir al rocódromo una vez al año y pensar que podrás hacer cumbre en el Annapurna)

Pero volviendo a los delirios de juventud, a mi la idea me pareció tan acertada y buena que decidí que yo también leería el Ulises dedicándole un mes entero, o lo que fuese necesario, pero de ningún modo podría ser en el mes de agosto pues como bien sabéis, a los catorce años comencé a trabajar durante los veranos y la cosa me entusiasmó tanto que seguí haciéndolo durante mis años universitarios y mis años de opositor, por lo que el asunto del Ulises y el verano fue aplazándose, y cuando al fin tuve veranos con vacaciones incluidas aparecieron en mi vida los viajes en pareja, y poco más tarde dos criaturas, y la playa con cachivaches, viajes de piscina y bungalow, rutas, visitas a las abuelas y eventos varios.

Y finalmente, hace unos años, un cáncer y su posterior depresión se llevaron definitivamente mi poco entusiasmo y las ganas de leer que me han acompañado, sin faltar un solo día, durante toda mi vida. 

Y por eso ahora que acabo de cumplir los 51 años, y que hace ya 30 de aquellas conversaciones sobre los secretos y placeres de la buena literatura, va siendo hora de ir saldando las cuentas pendientes conmigo mismo, y a veces con terceras personas. 

Ahora que el tiempo apremia y que la certeza del mañana va perdiendo consistencia debo anotar en un papel las cuatro o cinco cosas que debo hacer en la vida, y ponerme a ello en este preciso momento, ahora mismo, ya, sin esperar por esa ocasión ideal que no aparecerá. Los meses de agosto están contados y este quedará marcado en mi Diario emocional como el momento en el que inicié mi odisea personal. Durante décadas no he hecho más que adentrarme en mi propio laberinto, tan complicado y engañoso como el del propio Dédalo. Es hora, pues, de matar al minotauro y de encontrar, por fin, el camino de regreso a la persona que siempre quise ser.

Iniciemos, sin más demora, la lectura.

martes, 28 de enero de 2020

Las doscientas primeras!







Celebraba en abril del año 2012 las cien primeras entradas de este blog. Ya entonces tenía claro que mi ritmo de creación era muy lento, pero por aquel entonces, y teniendo en cuenta que la primera entrada es de enero de 2010, las cuentas tampoco eran tan malas. En apenas dos años había publicado cien "cosas". Lo verdaderamente sorprendente es haber tardado casi ocho años en publicar otras cien.
Algo vergonzoso, lo sé.
Diez años tiene este sitio y solamente he podido escribir doscientas entradas. Diré que no han sido diez años fáciles. Me dediqué a tiempo completo a la crianza de cachorros  Homo Sapiens, y eso es complicado. Tiene nuestra especie la capacidad de absorber el tiempo y la energía como si de pequeños agujeros negros se tratase, y si a esto añadimos un carácter inseguro y necesitado de constante reafirmación tendréis a un padre dispuesto a cuestionarse siempre a si mismo, dudando continuamente si el tiempo y las atenciones dedicadas serán suficientes.
Nunca es suficiente.
Y hubo además oposiciones, inseguridades varias, crisis, medidas desesperadas, cambios de enfoque, cosas que se rompen, bilingüismo . Lo típico de las vidas, vamos, que os voy a contar que no sepáis...
Pero como se pregunta y se responde eternamente Pessoa
Valeu a pena? Tudo vale a pena
Se a alma não é pequena.
Y ahora estoy convencido de que valdrá la pena. Me atrevo a asegurar sin ningún tipo de modestia por mi parte que la calidad de lo que escribo ha mejorado, y espero que en un futuro siga mejorando.
Pues si, digámoslo ya, habrá futuro para este blog.
Revisando algunas de las entradas descubro cierta capacidad, una suerte de estilo propio, un talento que necesita ser pulido, es cierto, pero que está presente y que no todas las personas que publican libros poseen. Creedme, escribir no escribo mucho, pero soy un buen lector y puedo decir que algunos de los textos que podéis encontrar en este blog tienen, al menos, tanta calidad como alguna de las obras que publican las editoriales para ir creando fondo. Comienzo a creerme lo que mi amigo Iván lleva más de veinte años diciendo, que mi camino es la palabra y que la única forma de recorrerlo es escribir escribir escribir.
Se que no soy muy de fiar, que más de una vez (y de tres) he prometido constancia y entrega, asumiendo retos que yo mismo sabía difíciles de cumplir. Pero ahora estoy en una época en la que se juntan las ganas de hacer cosas con la creatividad, y debo aprovechar los vientos favorables.
No diré como otras veces que escribiré sobre esto o lo otro, que llegaré a un número de relatos o que simplemente hablaré de mi.
No.
No se como va a ser este sitio a partir de ahora, si tendrá originalidad o la calidad que os merecéis, si podré llegar a plasmar todo lo que tengo pensado, que no es mucho, la verdad. No se si esto seguirá siendo un blog, un videoblog o una página de Internet. Pero una cosa os digo, si tenéis un poco más de paciencia y decidís regalarme un poco de vuestro tiempo estoy seguro que encontrareis en este sitio algo que merezca la pena o que al menos compense los minutos que paséis aquí.
Naveguemos juntos durante el 2020 y alcancemos las 252.



viernes, 23 de junio de 2017

Lume.



Cuando terminó de escribir su primera novela comprendió que era el momento de dejarlo. El camino había sido demasiado largo, innumerables las dudas y los momentos de desanimo más habituales que las horas de entusiasmo. No. Definitivamente no había nacido para ser escritor. Para que seguir engañándose a si mismo, para que mentir a los demás sobre proyectos literarios que no tenía ganas de iniciar. La sola idea de tener que enfrentarse a una página en blanco le repugnaba, y cada vez era más consciente de que no tenía nada que contar. Antes incluso de llegar a la última página de aquella mediocre novela sabía que no volvería a intentarlo, que sus tiempos de aprendiz de escritor habían llegado a su fin.
Ni siquiera se preocupó en buscar explicaciones. La vida era demasiado breve para perder el tiempo buscando las razones de lo que no puede ser, aunque haya personas que se ganan la vida pensando e incluso comunicando a los demás sus conclusiones, tal vez buscando en el otro una confirmación, una especie de certificado que les sirva para justificar la pérdida de tiempo que supone el pensamiento puro, esa infantil tendencia del ser humano hacia la explicación de si mismo y lo que le rodea.
Estaba cansado de buscar razones, de intentar comprender, de querer creer que las vidas tienen una razón de ser, un objetivo. Durante muchos años había sentido que su meta en la vida, lo que le daría sentido a su existencia, sería ser escritor. Desconocía de donde provenía este afán, pero con el paso de los años fue acumulando lecturas y anotaciones con la esperanza de llegar algún día a ver su nombre en la portada de un libro, de poder decir al mundo que también él pertenecía al grupo de los escritores que escriben.
Y ahora que la novela estaba terminada descubría que le daba igual. La literatura, como todo arte, es cuestión de práctica, y el no tenía ganas de seguir practicando. Tal vez ya no sentía la necesidad de reafirmarse a través de las palabras, de decirle al público estoy aquí y se hacer esto, es mi talento. Se sentía mayor para gritar aquello de mira mamá, sin manos!! Pues en el fondo sentía que la vida de las personas se reducía a esto, a un simple lucimiento de nuestro ego, a una infantil exposición de nuestras virtudes, continua demostración de lo que sabemos hacer, o lo que creemos que sabemos hacer y que se nos da bien. Los deportes, las aficiones, las deslumbrantes carreras profesionales, nuestra actitud en la carretera e incluso la necesidad de dejar claro que somos los padres mas chachis del parque esconde cierta tendencia al lucimiento personal, a la necesidad de se ser admirado. Como escolares buscando reconocimiento de los adultos o de sus iguales, niños de guardería enseñando orgullosos sus dibujo o las niñas que juegan al fútbol convencidas de que tendrá la atención de sus padres por unos minutos.
Entendió que lo que le importaba no era hacer literatura o contar historias más o menos entretenidas. Ni siquiera ser escritor era lo que podía llenar los huecos que las vidas van dejando en nuestros días. Lo que realmente le interesaba era recibir de los otros su dosis de atención, de mimos sociales, de caricias en su ego tan maltratado por él mismo. Por eso, cuando terminó su primera novela decidió deshacerse de todo aquello relacionado con sus penosos avatares literarios. Quemó libretas y papeles viejos, regaló los libros en las esquinas, formateó el disco duro de su ordenador y dejó al alcance de sus hijas las memorias USB. Y sintiéndose libre para expresarse sin preocuparse lo más mínimo por la forma o por el contenido decidió abrir un canal en YouTube para hablar de fútbol o de política y con algo de suerte incluso podría terminar de tertuliano en algún medio de comunicación. 


viernes, 24 de abril de 2015

Aplicaciones.


Algunas veces tengo la certeza de que somos software, las aplicaciones ejecutables que de algún modo acaban insertadas en estos graciosos cuerpos (algunos más que otros) que la naturaleza nos ha regalado. No está claro en qué momento nos hacemos con el control de la máquina, pero supongo que será una especie de chispazo molecular, una red neuronal que de pronto toma conciencia de su individualidad, de su existencia en un lugar y en un tiempo determinado.
Después todo es acumular experiencias, emociones, sentimientos...
Me gusta la metáfora de las aplicaciones. Según el programa que predomine en nosotros seremos creativos, analíticos, honestos, políticos, introvertidos, sociables y un largo etcétera de cualidades que nos hacen ser como somos y actuar como actuamos. Puede ocurrir que tengamos unos programas demasiado avanzados para la máquina que nos ha tocado, o al revés, que a pesar de que la naturaleza ha puesto a nuestra disposición un pedazo cuerpo las aplicaciones están obsoletas y no hay manera.
Las posibilidades son casi infinitas, aunque el propio concepto de infinito nos demuestra lo limitados que somos. Pocos son los que pueden imaginarse un universo sin fin, pero al mismo tiempo es muy complicado poner un límite y decir que aquí acaba lo que existe y comienza lo que no existe... y si no existe, qué es? Existe la nada?
Lo que me pasa últimamente es que estoy retomando el camino espiritual. Veinticinco años han pasado desde aquellas conversaciones en las que intentaba explicarle a Iván que hay algo más que física y química, que llegará el día en el que seamos capaces de ver más allá, o más acá, y descubrir verdades en lo que ahora solamente son creencias y percepciones imposibles de demostrar. Hay fuerzas y energías que no somos capaces de medir, pero que actúan. Yo era capaz de percibir, de sentir que existe “algo” de lo que formamos parte sin saberlo, pero dejé de buscar.
Después me entretuve trabajando, leyendo buena literatura, aprobando exámenes, estropeando amistades, ganando oposiciones, amando, descubriendo el milagro de la vida aquí y aquí...
Y ahora me siento en una etapa vital en la que vuelvo a hacerme preguntas, pero la novedad es que tengo algunas respuestas. Siento que las piezas comienzan a encajar, que los años han dejado en mí algunos aprendizajes que de algún modo me permiten entenderme y entender lo que me rodea de una manera más clara. Creo, en definitiva, que mis bases de datos estaban obsoletas y el equipo ha comenzado la actualización. 

 

jueves, 2 de octubre de 2014

La llamada del videojuego.

Nunca  he sido un tipo gregario. Ya de niño me sentía incómodo en los grupos y buscaba jugar solamente con uno o dos amigos en lugar de formar parte de una pandilla. Siempre necesité hablar y explicarme para sentirme próximo a alguien, y cuando hay mucha gente me cuesta mucho expresarme. Yo era siempre el raro, el que siempre se quedaba atrás y el que casi nunca hablaba. Tal vez mi escasa autoestima o mi inmenso complejo de inferioridad, no lo se, pero lo cierto es que lo mio no son los grupos y me ponen bastante nervioso las grandes reuniones, comidas, fiestas y demás. Esto va a ser un problema muy grande cuando tenga que ir a recoger los premios literarios. Tendré que contratar a un coaching para que me ayude, pero esto da para otra entrada.
Ahora lo que quiero contar es que desde hace unos meses siento una extraña necesidad de hacer algo en grupo, de participar en un proyecto con otras personas y sentirme parte de algo. Son cosas de la edad, y que más da... A los de mi generación nos adiestraron metiéndonos en aulas con otros treinta niños y niñas, pero la mayoría de las tareas eran individuales: los trabajos, los exámenes, las lecturas. En la escuela de la EGB pocas cosas se hacían en grupo. Y en la universidad o en la vida laboral las cosas no son muy diferentes. Cada uno va a lo suyo, hace su trabajo y eso de la cooperación y del trabajo en equipo nos cuesta un poco.
O por lo menos a mí me pasa.
Y sin embargo tengo ganas de agruparme y de participar. Por eso a principios de año decidí afiliarme a un partido político cualquiera, recuperar mi actividad en las ONG´s y buscar otros entretenimientos que deban desarrollarse en grupo para poder saciar esta llamada de la manada que me invade últimamente. Pero la política es algo que ahora está muy de moda y el tiempo del que dispongo en los últimos años no me permite participar en las ONG´s de una manera estable y seria por lo que la única alternativa que me queda es la búsqueda de nuevas aficiones.
Por algunas entradas de este blog sabréis que soy un tipo de escasas inquietudes y una voluntad limitada para desarrollarlas. Las astronomía hace años que no la practico y ya no recuerdo la última vez que hice uso de mi talento innato para la astrología, quiromancia y otras facultades que ahora no vienen al caso. Últimamente a lo único que me dedico intensamente es a la crianza, que también es un trabajo en equipo (e vaia equipo fago coa miña namorada!!) pero no es exactamente un pasatiempo.
Lo que quiero explicar es que a partir de ahora voy a dedicarme a la industria de los videojuegos. Mi objetivo es crear un juego de ordenador, y eso me va a obligar a aprender muchas cosas nuevas y sobre todo a relacionarme con otras personas. Tendré que aprender a programar, diseño 3D, inglés... pero sobre todo tendré que aprender a trabajar en equipo. Actualmente todo lo relacionado con los videojuegos se hace en equipo, ya sea una gran empresa o lo que se llama creadores independientes. Esto es a lo que me quiero dedicar, a formar parte de un grupo de creadores independientes.
Todo esto viene al caso porque desde hace unos meses estoy limpiando los armarios de mi memoria vital y hay cosas que decidí eliminar directamente, pero sin embargo hay otras que quiero reutilizar. Por una parte quiero eliminar mi tendencia al ostracismo y por otra quiero reutilizar mi experiencia con los juegos de ordenador de los años 80. Y que mejor solución que hacerme desarrollador independiente de videojuegos.


Es una idea totalmente descabellada y ridícula, ya lo se, pero ya tengo los años suficientes para dedicar mi tiempo a lo que me plazca y no a lo razonable o útil. Demasiado tiempo perdí estudiando tonterías que no servían para nada. Voy a darme el gusto de hacer lo que me apetece.

Y si sabes programar, diseñar en 3D, inglés, o tienes algún tipo de experiencia en esto de los juegos, o simplemente tienes ganas no lo dudes, esta es tu oportunidad. Yo saber no se nada de lo anterior, pero lo importante de los grupos no es el conocimiento o las capacidades individuales, sino lo que pueden hacer en equipo. Una buena manera de empezar sería ir al MGW 2014, pero otra de las cosas que debo eliminar es el miedo infantil a las ciudades, pero eso será en otra anotación en este cuaderno de bitácora que va sin rumbo por los cada vez menos heladas aguas del Mar de Beaufort. 


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