Nos permiten los viajes vivir otras vidas, sentirnos por unos días parte de otras cotidianidades. Cambiamos las rutinas y el entorno y nos trasladamos a lugares en los aparentemente se vive de otra manera, aunque en el fondo todo es lo mismo. Gente buena ganándose la vida, buscando lo mejor para ellas y para los suyos, pasando los días con tranquilidad y llegando a las noches con la sensación del trabajo bien hecho. Dormir con la certeza de no haber perjudicado a nadie.
Y sin embargo, cuando viajamos todo nos parece distinto. Esa plaza del pueblo que es igual a otras mil parece tener algo especial; los parques y los jardines tienen otros colores; el aire huele distinto; las horas no pasan de la misma manera; y los acentos son tan peculiares...
Nos imaginamos entonces cómo sería nuestra vida en esos lugares y a veces pensamos que sería distinta, más plena tal vez, mas feliz. Sin duda es el efecto del viaje y de las vacaciones. Cuando estamos en modo descanso vemos todo con otros ojos e incluso nos parece que todo el mundo está más feliz, y atribuimos esa aparente alegría al lugar al que viajamos y pensamos que en nuestro lugar de origen no se vive tan bien.
Y sospecho que esto es exactamente lo mismo que piensa el viajero que visita nuestras ciudades y tiene la sensación de que somos tan felices que vuelven a sus casas convencidos de que es en el otro lugar en el que se vive bien.
Al final la felicidad siempre parece estar en otro lugar. Tal vez por eso nos gusta viajar...

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