sábado, 8 de abril de 2023

Placidez

 


Aquel hombre roncaba a nuestro lado como si no hubiese un mañana, como si las placas tectónicas volviesen a hacer temblar los cimientos de la isla. Aquel hombre vivía un momento de plenitud, un nirvana estentóreo, un éxtasis místico entre la mundanal tarde en la que los mortales habitábamos y su mundo interior repleto de ecos de otros tiempos. 

Era feliz,sin duda, y la felicidad se hacía patente en cada expiración, en cada inspiración larga, interminable, sublime. Y era una felicidad tan expansiva, tan capaz de llenarlo todo que a su paso solo quedaba el silencio. Callaban los alemanes y los niños; las inglesas y las niñas que se habían apoderado de la piscina. Callaban los pajarillos en las palmeras y los jugadores de pádel interrumpían sus partidos por extrañas vibraciones en los cristales.

Era, simplemente, un hombre que roncaba, pero era tal su entusiasmo y su capacidad pulmonar que diríase descendiente del mismo dios del trueno.




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