La primera vez ni siquiera fui consciente de lo que estaba haciendo. En el cristal empañado de la marquesina alguien había dibujado una carita sonriente y yo, sin darme cuenta, había completado la figura con un gorrito de Papa Noel y una gran pipa. Al día siguiente ni siquiera recordaba el dibujo, iba pensando en el examen de mates y en lo que me había dicho Julia sobre las notas de la EvAU cuando lo encontré. Esta vez, además de la carita sonriente había una sombrilla y un sol radiante. Con cierta sorpresa miré a mi alrededor buscando a alguna persona que estuviese mirándome, pero todo el mundo parecía ensimismado en sus asuntos y preocupaciones. Dibujé el borde una playa y un delfín, y me subí al autobús con un cosquilleo especial en la barriga, como cuando hacemos una pequeña travesura y deseamos que nos descubran.
Al día siguiente llegué diez minutos antes a la parada con la esperanza de descubrir quien era la persona que hacía los dibujos, pero llegué tarde pues en el vidrio mojado ya habían dibujado un bonito paisaje con dos árboles y un sol asomando por detrás de una montaña. Yo completé el cuadro con dos figuras subiendo por la montaña y un pequeño pájaro en uno de los árboles.
Los días siguientes me dediqué a completar los dibujos que otra persona comenzaba, y aunque sabía que era casi imposible, me gustaba pensar que era un juego y que esos dibujos estaban ahí para que yo los perfeccionase. Incluso un día casi le doy un empujón a una odiosa niña que esperaba el autobús escolar cuando descubrí que se había apoyado en el cristal y con la capucha de su abrigo había borrado gran parte del dibujo.
Un día, de manera algo inconsciente, escribí un par de signos de interrogación y en medio una taza de café. Algo ridículo, pensé, pues lógicamente la persona que dibujaba por las mañanas en el cristal de aquella marquesina no podía saber que unos minutos más tarde yo completaba sus "cuadros". Y aún así, pasé el día pensando en lo que haría si obtenía alguna respuesta, y por la noche incluso tuve algún sueño en el que por fin ponía rostro a aquella persona desconocida.
Al día siguiente, el nerviosismo y la curiosidad hicieron que llegara a la parada un cuarto de hora antes, y el corazón casi me da un vuelco cuando lo vi.
Unas cintas de la policía local rodeaban lo que quedaba de la marquesina que el camión de la basura había hecho añicos un par de horas antes.

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