martes, 10 de noviembre de 2020

Volver a creer.

 



La dependienta es una mujer risueña y amable, de ojos dulces y acogedores, y que siempre tiene una palabra con los clientes. Que si el tiempo, que si cuanto durará esta situación... Cuando los domingos voy con L&A siempre les pregunta que cómo están, que como llevan la escuela con la mascarilla puesta todo el tiempo o si les gusta más la napolitana de chocolate o el cruasán. Es, en definitiva, una de esas personas que hacen que te sientas cómodo en el mundo.

Yo venía de dar mi rodeo diario. Como empiezo a tener una edad y no paran de repetir que lo mejor son los paseos, aprovecho cada recado que tengo que hacer para elegir el camino más largo e ir haciendo quilómetros y tiempo de paseo. La doctora de la mutua me dijo que media hora al día era suficiente para considerarse una persona activa. No tengo muy claro que un paseo de media hora vaya a ser suficiente, sobre todo teniendo en cuenta que me paso toda mi jornada laboral sentado, y por eso me propongo, siempre que salgo de casa, aprovechar para dar un paseo.

Y en estas estaba hoy cuando se me ocurrió pasar por la panadería y comprar una barra de pan y media empanada. La dependienta estaba ocupada con un ramo de flores y me pidió un segundo para terminar con lo que estaba haciendo. La verdad es que al principio no me di cuenta de lo incongruente que podía resultar entrar en una panadería y que la dependienta estuviera ocupada preparando unas flores.

Son para una señora que vive aquí al lado, me dijo, ahora ya casi no puede venir a buscar el pan, pero siempre me decía que eran muy bonitas las camelias que tenemos delante de la puerta. Atrás tengo más, y como se que hoy no va a venir le estoy preparando un ramo para que se lo lleve su hija cuando venga a comprar el pan. Seguro que la sorpresa le gusta.

Yo no creo demasiado en el ser humano. No es que haya tenido demasiados desengaños, la verdad, pero he leído muchas novelas, y la historia general de la humanidad no es más que una sucesión de intentos de unos por dominar a otros. Pero hay momentos en los que las personas me sorprenden y me descubro a mí mismo emocionándome con los pequeños gestos que hacen que la vida de los otros sea más agradable.

Y es que hay personas que tienen esa capacidad, que vienen al mundo equipadas con el superpoder de hacer pequeñas cosas que generan grandes dosis de alegría. Con total naturalidad puede ocurrírseles decorar la mesa de un compañero de trabajo con figuras de los kinder sorpresa o colgar por todas las puertas de los pisos de nuestros vecinos de portal un pequeño detalle en navidad. Seres empáticos que saben ver las carencias afectivas de los demás y son capaces de encontrar ese pequeño gesto que servirá para hacer la existencia de los demás un poco más llevadera.

Y no penséis que tienen que pensar mucho, o que están todo el día buscando esos pequeños detalles que le alegren la vida a los demás. Que va. A estas personas les vienen estas ideas a la cabeza de un modo natural como a las camelias les salen las flores. Estoy seguro que la mujer de la panadería llegó hoy a la tienda y al ver las flores se acordó de la mujer y decidió en ese momento tener un bonito detalle con ella. Sin necesidad de pensarlo, y sin buscar nada a cambio.

Y yo lo se muy bien porque llevo desde hace unos años compartiendo mi vida con una persona así, y muy a menudo me sorprende con esos pequeños gestos que solamente buscan hacer la vida más agradable a los demás.

Y entonces decido volver a creer.




domingo, 1 de noviembre de 2020

Reconstrucción.

 


En obras. 

Caminando por la vida llega un momento en el que comienzan las reformas.

Y comienzan las dudas: ¿Merece la pena mantener las paredes? ¿Merece la pena reformar o rehabilitar? A veces lo mejor es tirarlo todo y volver a empezar, reducirlo todo a escombros y en el solar edificar algo nuevo.

Queremos hacerlo bien, sabemos que a estas alturas debieramos estar centrados, que lo que hagamos será ya definitivo; que cada vez los cambios nos darán más pereza. 

Por eso son tan complicadas estas reformas que nos encontramos a mitad del camino.

Podría decir que también es una metáfora de la situación política actual, en la que lo único que parece claro es que hay que reformar muchas cosas y llegar a nuevos contratos sociales para sociedades nuevas. 

O podría también hablar de las reticencias de mi patroncito a implementar el teletrabajo selectivo para quien realmente sepa y pueda teletrabajar, que las capacidades de cada persona son las que son y no todos tenemos las mismas aptitudes ni la misma actitud ante el trabajo ...

Pero no hablaremos de eso en otoño, que las palabras caen en el olvido como caen las hojas de los carballos ...

Diremos solamente que una casa en reformas siempre es una buena señal, y que esta vuestra casa, al igual que el que escribe, estamos en período de reconstrucción y puede que finalmente quede algo hermoso y acogedor. 

Como siempre, seréis muy bien recibidos...

viernes, 30 de octubre de 2020

NaNoWriMo 2020

 



Debo confesar que no tengo muy claro como funciona esto, pero estoy apuntado en un evento internacional que consiste en escribir una novela de 50.000 palabras durante el mes de noviembre.

Como bien os podeis imaginar, eso parece imposible para un tipo como yo. Lo de escribir de manera constante no es lo mío, y por eso cuando encontré por algún sitio de internet esto del NaNoWriMo se me ocurrió anotarme para ver lo que pasaba.

La filosofía encaja bastante con lo que yo necesito pues de lo que se trata es de escribir y escribir hasta llegar a completar el objetivo, sin detenerse a corregir ni a pulir el relato. Simplemente obtener un primer borrador con el que poder empezar a trabajar en serio.

¿Y cuál es el plan? Pues en lugar de centrarme en una novela intentaré completar los relatos que os prometí escribir antes de cerrar el blog. Siento que hasta que no complete ese reto no podré irme tranquilo, y tal vez sea buena idea aprovechar el mes de noviembre para acumular esbozos de relatos que después, en el extraño invierno que nos espera, pueda ir perfeccionando y publicando en el blog.

Si supiera como hacerlo, compartiría aquí mis progresos, aunque conociéndome como voy empezando a conocerme sospecho que no tendré demasiado que compartir. De todos modos, y por si se me suelta la pluma y empiezo a llenar cuadernos a lo loco, aquí irán apareciendo mis progresos diarios. 

Escribamos.









domingo, 11 de octubre de 2020

Octubre norteamericano

 



Decía Lamarck que el órgano que no se utiliza se atrofia hasta desaparecer. Esta Ley básica de la evolución se aplica tambien en nuestras formas de gobierno, y hay quien dice que los derechos que no ejercitamos tienden a desaparecer. 
Siempre me gustó esta teoría y desde hace tiempo lo aplico cada vez que voy a la biblioteca. Creo que si no frecuentamos las bibliotecas y no hacemos uso del servicio de préstamo acabarán cerrando por falta de uso, y por eso intento visitarlas siempre que puedo, y acabo llevándome para casa más libros de los que podré leer. Ya comenté como llegó a mis manos Effi Briest, de Theodor Fontane. 
Pues bien, en mi última visita a la biblioteca insistieron en que fuese a buscar mis libros a la zona de mayores, que querían elegir sus lecturas sin interferencias de los adultos y que me tomase mi tiempo, que sabían utilizar la máquina de autopréstamo. 
Así fue como pude pasearme con calma entre las estanterías de la biblioteca y se me ocurrió que era hora de comenzar a leer a esos autores de los que hablan siempre en los libros de autoayuda para los no escritores como yo. Y como últimamente leí algún texto de Stephen King o de Roth, sus referencias literarias son los autores norteamericanos del siglo XX. 
En definitiva, la agenda lectora para este mes de octubre es a la vez un reto y una cuestión de formación literaria. Intentaré leer una novela a la semana y sosprenderme con el desparpajo y la frescura de los autores estadounidenses que escribían ya muy influidos por el cine. Y si hay suerte igual me queda algo de tiempo para escribir.

martes, 29 de septiembre de 2020

Distanciamientos.

 



Distanciamientos.

Actitud pensativa, tal vez valorando si la separación será suficiente, presintiendo que el día que comienza a despuntar será un buen día. Hay espacio y hay buena hierba  para comer. 

¿Acaso necesitan algo más?

¿Acaso necesitamos algo más?

Podría ser también una metáfora del desamparo al que nos someten los que nos gobiernan. Gentes que se miran unos a otros sin acabar de ver más allá del prado que tan bien se saben repartir. 

Pero no. 

Hablemos, simplemente, de un hermoso amanecer creando tonalidades de vida y esperanza sobre los verdes campos, de caballos madrugadores y neblinas otoñales que invitan a caminar.



domingo, 6 de septiembre de 2020

Os vellos osos (I).

 


Sería estupendo ter un cartel como o dos parquins que anunciase aos nosos conxéneres que non collen máis parvadas na nosa caixa de cousas estúpidas. Hoxe a miña está a rebentar. Comezo o día discutindo con Fernando porque xa non quedan cereais, como se nalgún momento asináramos un contrato polo que eu me encargaría de abastecer a nosa despensa. Despois aquel idiota no autobús entrando coa mochila posta en plan marine americano invadindo Granada. E no traballo... En fin. No traballo as parvadas de Marisa, as mamarrachadas de Ánxo e os cheirentos pes do de contabilidade. E para finalizar a xornada a xefa pídeme tres memorias unha hora antes de pechar. E como sempre, ten que ser para xa.

Saio á rúa cansa e aburrida, máis enfadada que de costume e coa sensación de que o mundo conspira contra min. Coma entender senón que o ceo se torne gris e comece a chover xustamente cando deixo pasar o autobús e decido ir andando para casa. Camiño por debaixo dos soportais da Rúa Nova pensando nas miñas cousas, teño que ir mercar algo de roupa para a excursión da fin de semana, pode que merque un conxunto suxerente, acorde coa habitación do Parador no que imos hospedarnos. Unha idea inespecífica atravesa a miña cabeza e síntome incómoda, algo malhumorada sen saber moi ben o motivo. Pásame ás veces, as preocupacións chegan á miña mente como pequenas avelaiñas que dan voltas e voltas arredor das bombillas até que se chamuscan. Atraveso a Quintana e recordo que non mequei os cereais, pero non me importa, non é iso o que me preocupa, non é iso do que me esquezo. Baixo por Casas Reais decidíndome mentalmente entre tanga ou coulote e parada no semáforo de Virxe da Cerca caio na conta, chamúscase a avelaiña e ilumínaseme o caletre. É moi posible que nesta fin de semana me veña a regla.

E entón véxoa. Está apenas a dous metros da porta da miña casa, como agachada detrás do pivote de pedra que hai na esquina da Rúa do Olvido con San Pedro. Parece unha nena duns oito ou nove anos, en todo caso unha nena pequena, co cabelo enguedellado e co rostro esbrancuxado. Achégome a ela mirando ao meu redor, extrañada de que unha nena tan pequecha poida estar alía soa, baixo a choiva e con pinta de estar algo perdida. Fágolle un aceno coa man, pero unha vella con paraugas ven contra mín sen intención de esquivarme e teño que botarme a un lado. Cando volvo mirar, o lugar onde estaba a nena está baleiro. Tal vez marchou coa vella do paraugas, ou tal vez foi unha alucinación. Últimamente non fago máis que ver cousas raras.

Fernando non está de humor e eu quedo coas ganas. Mentres el prepara a ensalada eu collo os vasos e os pratos, pégome a él de modo que sinta no seu lombo os meus peitos, pero non quere enterarse. Ben sabe que me apetece facelo, pero nin se inmuta cando lle dou unha vigorosa palmada nas súas nádegas. Obviamente, non penso pedirllo. Sempre me pasa, cando saio tarde do traballo chego a casa con ganas de sexo, tal vez sexa unha maneira de canalizar a miña frustración. Fai anos, antes de estar con Fernando, adoitaba quedar pola zona vella e rara vez marchaba soa para casa. Foi así como nos coñecimos, e aquela noite houbo algo moi intenso e electrizante entre nós. Esta noite, sen embargo, cenamos vendo un par de capítulos da última serie á que nos enganchamos e xa na cama fago un último intento de excitalo sen ningún resultado.

Despois dun sono inquedo érgome aínda máis cansa que cando me deitei. Teño unha sensación extraña no corpo, algo me andivo dando voltas na cabeza e non son quen de recordalo. Tal vez un pesadelo demasiado intenso, tal vez algunha preocupación da que non quero acordarme, ou simplemente o corpo que se prepara para a mestruación. O caso é que algo se me debe notar pois o primeiro que me pregunta Fernando é se me atopo ben, nótame algo pálida e con máis olleiras do habitual. Doulle a calada por resposta e marcho da casa sen máis contos.

Foi botarme fora e notar unha fría racha de aire frío na cara. A primavera está mediada e as mañás comezan a ser agradables. Nunhas semanas o sol nacente dará directamente na fachada da nosa casa e saír á rúa polas mañanas será sentir unha doce caricia no rostro. Nunca me imaxinei que viviría neste barrio de vellos. A casa era da miña familia dende moitos anos atrás. Miña nai mesmo pasara nela os seus primeiros anos, antes de mudarse coa miña avoa a un grande piso no ensanche. Os primeiros recordos que teño deste barrio son as visitas do domingo, despois da misa, á única tía da miña nai. Aquela vella era a irmá maior da miña aboa. Sempre vestida de negro e coa casa chea de velas non me inspiraba bos sentimentos e por iso sempre me mantiña a distanza. Cando era nena un par de bicos forzados. Máis adiante evitaba entrar naquela casa sempre que era posible. Por iso me sorprendeu que me deixara a mín a súa casa, a vella casa familiar para a que os meus tíos xa tiñan plans. E debo recoñecer que se vivo agora aquí é simplemente por darlles na cabeza. Ningún dos dous se portou ben coa miña nai cando morreu meu pai e quedamos alí soas, naquel piso que se nos facía demasiado grande para as tres mulleres. Miña nai sempre dixo que lles viña de parte de pai, o irmán da miña avoa e tío da miña nai. Era unha mala persoa, e xa está. Nunca conseguín que ninguén me dera máis explicacións e o meu total desleixo por todo o referente á familia fixo que eu nunca preguntara.

As pedras recén lavadas pola choiva reflexaban pálidamente a luz do sol que estaba comezando a asomar por riba da vella iglexia da Nosa Señora da Angustia. Como sempre que vou ben de tempo, decidín baixar pola Rúa de Bonaval para entrar no parque pola porta do vello ceminterio. Ía pensando nalgúns retoques para os informes do día anterior, xustificar mellor as memorias, facer refencia ás circunstancias de necesidade e oportunidade que tanto lles gustan aos de intervención cando vin unha pequena figura apoiada nos muros. Asusteime un pouco, é certo. Nesas horas polo parque só andaba o persoal de xardinería e algún que outro veciño que tiña que sacar ao can antes de ir traballar. Sen embargo estaba vendo unha nena duns oito ou nove anos que xogaba cunha vella boneca de trapo e que de cando vez ollaba para mín.

Mesmo para min, que sinto tanta curiosidade polas crianzas coma polas aves de curral, aquela situación resultaba demasiado extraña. Saudei a aquela nena poñendo a miña mellor sorrisa e achegueime a ela buscando coa mirada a alguén máis. Parecía lóxico que aquela nena non podía estar soa naquel paque. Todo foi moi repentino. Un arrepía recorreu o meu lombro cando me decatei de que era a mesma nena que vira onte ao chegar a casa. Sobresaltada detivenme en seco. Sinalando algún lugar inconcreto á miña espalda, comezou a dicir algo que non entendín. Xireime convencida de que vería aparecer á súa nai, pero alí non había ninguén, só se vían os tellados dalgunhas casas, entre elas a miña, e os muros exteriores do parque. Cando volvín a vista a nena xa non estaba.

Pasei todo o día cunha extraña sensación no corpo. Seguro que o soñaches, dixo Marisa, e agora pensas que foi algo que pasou. Ou iso ou andas con algo de resaca, dixo Ánxo. O certo é que non parecía lóxico ter visto á mesma nena dúas en situacións tan extrañas. Dalgún modo semellaba que a imaxe da nena quedara grabada na miña cabeza dende a tarde anterior e hoxe parecerame tela visto ao atravesar o parque. Se lle cadra ía máis durmida do que me parecía. Intentei non pensar máis no asunto e rematar os traballos pendentes para poder marchar tranquila o fin de semana.

Mesmo antes de recoñecela sei que é ela. Está sentada no banco do parque, como ausente de todo canto acontece ao seu redor. Atraveso a zona de xogos esquivando avoas e papas modernos ansiosos por demostrar que están entregados á crianza. Intento non perder de vista á nena pois teño a certeza de que dun momento a outro desaparecerá da miña vista, igual que as veces anteriores. Sen embargo desta vez consigo chegar á súa beira e saudala coa man. Ela segue coa mirada perdida, como se puidese mirar a través de mín e nen sequera reacciona cando me sento ao seu carón e lle pregunto con quen está. Miro arredor esperando que alguen reaccione. Supoño que algunha persoa virá, que unha nena nunca estará soa nun parque, pero ninguén parece preocuparse ao verme alí sentada ao carón dunha nena pola que ninguén parece mostrar interés algún. Tampouco ela parece mostrar interés ou inquedanza por nada. Manténse absorta, coa mirada perdida e só cando lle pregunto se está soa parece reaccionar. Mira para mín pero sen verme. Hai algo nos seus ollos me me asusta e me atrae ao mesmo tempo, algo que me resulta familiar, uns ollos grises e duros, máis propios dunha persoa adulta que dunha cativa como ela. Lentamente levanta unha man coma se quixera acariñarme pero detense a medio camiño. A súa voz ao falar é extraña e tan avelaíña que non sei se realmente falou ou imaxinei que falaba. Preguntolle cómo se chama e achegome un pouquiño máis a ela. "Chámome Herminia" creo escoitarlle, "e teño moito frío"


Continúa: Os vellos osos (II)

jueves, 3 de septiembre de 2020

La víspera de casi todo. Víctor del Árbol.







Recargado.

No me considero demasiado purista con respecto a los subgéneros literarios. No suelo dejarme llevar por las etiquetas a la hora de escoger mis lecturas, aunque reconozco que tengo una querencia especial por la ciencia ficción. Es más, me gustan las obras que no son fáciles de clasificar o aquellas que ofrecen una mezcla de distintos géneros y que obligan al lector a salir de su zona de confort literario.

Pero lo que me gusta es que la obra tenga cierta coherencia interna. Puedes contarme lo que te parezca, puedes inventar mundos, crear personajes tan estrafalarios o malvados que rocen lo inverosímil, pero tiene que existir cierta lógica dentro de lo que se narra. Creo que lo que falla en La víspera de casi todo es la coherencia interna. El argumento es bueno, una investigación, un detective, una víctima, un pasado común. Los primeros capítulos animan a leer, consigue crear la atmósfera perfecta para una buena novela negra. Pero de pronto todo se enmaraña, el narrador-protagonista se pierde en reflexiones que no encajan demasiado bien con lo que se intenta contar y el autor decide profundizar en la vida de algunos personajes sin que esto aporte nada a la trama principal.

En realidad parecen tres novelas cortas, tres historias diferentes que por algún motivo se narran en la misma novela. Esto en principio no supone un problema, multitud de novelas contienen más de una trama, ya sea para servir de contrapunto a la historia principal o para aportar información o contexto a lo que se narra. Sin embargo, aquí no termina de funcionar. Las historias paralelas no aportan nada a la historia principal, y tampoco sirven para dotar a los personajes de carácter propio. Semejan apuntes biográficos que no consiguen mostrar su influencia en el desarrollo de la personalidad de los protagonistas secundarios.

Lo que falla, en mi opinión, es el enfoque, el punto de vista. Un elemento clave en la novela negra es la perspectiva, el protagonista-narrador que va desvelando las claves de su investigación y aportando siempre datos de su vida personal. A veces simplemente pequeños detalles de su vida cotidiana, y otras veces viejos fantasmas que regresan y acaban resultado esenciales para la historia. En este caso es el exceso de información biográfica sobre los personajes secundarios lo que acaba sobrecargando demasiado la historia. Hacia la mitad de la novela nos perdemos en las historias de los otros, en un ir y venir temporal que lo único que consigue, para mi gusto, es cortar el avance de la trama sin aportar casi nada al conjunto general.

Por lo demás el estilo del autor es aceptable, no en vano ganó el premio Nadal en el año 2016 y cuando menos se espera que el ganador de un premio literario de este tipo tenga cierto oficio en esto de escribir. Reconozco, sin embargo, que me sentí algo defraudado con esta obra. Por alguna entrevista y algunos comentarios leídos en algún sitio esperaba una obra de esas que te dejan un agradable ronroneo en la cabeza. Además, una buena parte de la historia se desarrolla en una zona de A Coruña muy emblemática, la mal llamada Costa da Morte, y tal vez eso también influyó en que no llegara en ningún momento a creerme lo que me contaba. Un paisaje demasiado conocido para mí termina convirtiéndose en un decorado no muy creíble, con los típicos tópicos de lluvia, gentes distantes en el trato e historias de aparecidos.

En definitiva, parece que los ingredientes de La víspera de casi todo no estaban bien dosificados. Algunas de las medidas de la receta no estaban bien apuntadas, o simplemente había prisa por sacarla del horno y al final la novela no está lo suficientemente cocinada.

Tendremos que probar un segundo plato para poder juzgar bien a este autor.