domingo, 4 de agosto de 2019

Los 46.




Un día te levantas y descubres que aunque quisieras, hay algunas cosas que ya no podrás hacer. Una noche de insomnio acabas pensando que aquel viaje recorriendo la costa en bicicleta que fuiste postergando ya no te hace ilusión, o que sacarle partido a ese telescopio olvidado en la esquina del trastero no vale la pena, o que al fin y al cabo correr es de cobardes y tus articulaciones agradecerán que salgas a pasear en lugar de ir por los caminos asustando a los caballos.

Envejecer debe ser algo así, perder intensidad en la vida, sentir que nuestro cuerpo cambia y que aquellos cinco minutos que nos quedaban perdidos entre la rutina diaria ya no son aprovechables, ya no valen la pena. Envejecer es olvidarnos poco a poco de las grandes cosas que iban a darle sentido a nuestra vida, decidir un día que aquellos planes que teníamos a largo plazo ya no solo están aparcados para más tarde, sino que la grúa del tiempo se los ha llevado al desguace y ya no volveremos a recuperarlos.

En definitiva, un día te levantas y ya no dices que algún día harás esto o aquello. Al envejecer descubres que en tu libreta de proyectos hay cosas que ya no harás, ya sea por falta de interés o simplemente porque no tendrás ni la oportunidad ni los días necesarios para hacerlas. Envejecer es descubrir que ya no podrás asistir a un concierto de tu grupo favorito de la juventud, y no por falta de ganas sino porque ya se han disuelto, o incluso han muerto y sabes, aprendes con el tiempo, que segundas partes nunca son buenas. Es saber que habrá gente que ya no volverás a ver jamás, que la vida no te va a permitir reencontrarte con aquel compañero de la universidad con el que lamentas no haber entablado una amistad más estrecha, o con aquella persona de la que te habrías querido enamorar hasta perder el control. Simplemente habrá libros que ya no leeremos, novelas que no escribiremos. 

Y sin embargo hay también algunas cosas buenas en esto de ir haciéndose mayor. Cierta serenidad a la hora de afrontar los días, un saber esperar a que el columpio venga de vuelta en lugar de lanzarte a buscarlo como si subirte en esta vuelta fuese lo más importante de tu vida. Comprender que este momento, y solamente este, es lo único que existe. La distancia entre el ahora y el infinito es una cuestión de entendimiento que solamente el paso de los años nos aporta.



jueves, 20 de junio de 2019

Ya se ven



Ya se ven las ansiadas costas del verano, amor
las extensas tardes tranquilas viendo pasar el sol,
la brisa, la pereza y el cosquilleo de la arena en nuestra piel.
Ya se ven las soleadas mañanas,
la empanada y el zumo de piña debajo del viejo manzano.
Horas que parecen eternas, minutos de infinita intensidad
y los apagados sonidos en los atardeceres del mes de julio.
Llegaremos.
Llegaremos porque tenemos que llegar
y la corriente nos lleva.
Llegaremos a pesar de la dureza de esta travesía,
de la singladura que algunos días tuvimos que cambiar,
de los días sin viento en los que tuvimos que remar
de las demasiadas noches sin estrellas que nos pudieran guiar.
Llegaremos porque tenemos que arribar después de una dura campaña,
recorrer las tabernas contando los sinsabores del viaje,
repetir y repensar las aciagas maniobras de algunas jornadas
hasta convertir en anécdota lo que fue tormenta y riña.
Llegaremos a pesar de todo, amor, a pesar de mí,
y de algunas palabras quedarán solo los ecos,
historietas que contar en las sobremesas de fiesta y pan,
en las cálidas noches de verano.
Atrás quedarán
las agotadoras mañanas
en las que pensamos que todo lo hacíamos mal,
y las tristezas,
y la sal,
y las pequeñas cicatrices que ya no se irán.
Atrás quedarán las sombras de las personas que no queremos ser,
las impotentes palabras,
absurdos razonamientos
enfados absurdos.
Ya se ven las dulces costas del verano, amor,
los acogedores muelles del puerto amigo.
Ya preparamos nuestro maltrecho navío para tirar amarras,
entrar en dique seco y reparar cuerdas y velamen.
Por unos meses no habrá deberes sin terminar,
ni prisas en los desayunos
ni esa angustia vital que todo lo envuelve,
que todo lo ocupa.
Llegaremos a puerto, amor, porque a pesar de todo
somos constantes y fuertes como las mareas,
capaces de convertir las ásperas rocas gigantescas
en agradables playas de fina arena.
Llegaremos a puerto, descansaremos agradecidos por la suerte de haber nacido
y en septiembre volveremos a hacernos a la mar
para disfrutar del placer de viajar en tan agradable compañía.



martes, 23 de abril de 2019

Vagabundeo




Hay días en los que quiero leer el Quijote, hay momentos en los que siento ganas de volver a recorrer Castilla, de escuchar el vocerío de los caminos y detenerme en el ajetreo diario de cualquier Venta. Sentir en mi cara la brisa seca de los campos, oler aromas extraños, paisajes lejanos y ásperos indicándonos que a nuestro alrededor no hay nada. Hay días en los que quiero volver a escuchar a Cervantes contándonos una historia, el enredo sublime de sus palabras, la voz firme y sosegada del que sabe que tiene algo que decir, del creador consciente de que su obra es un mundo al que muchos, como yo, tendrán la necesidad de volver de vez en cuando.

Hay días en lo que quiero leer el Quijote, pero no solo eso. Hay también noches en las que quiero volver a navegar con Ismael, visitar los bailes parisinos con Eugène de Rastignac o acompañar a Raskólnikov en sus delirantes vagabundeos por San Petesburgo. Una imagen, a veces, o una palabra activan recuerdos de otras lecturas, de otros tiempos en los que podía permitirme pasar horas y horas entre las páginas de un libro. Y tal vez cuando siento esa imperiosa necesidad de volver a leer mis lecturas de juventud no hago otra cosa que añorar aquellos días, aquella intensidad con la que me sumergía en los libros, aquella capacidad para pasar las noches despierto y leer una página más, y después otra y otra y al final experimentar esa tristeza que muchas personas experimentamos al descubrir que el final está apenas a veinte páginas y no queremos tener que irnos porque sabemos que ya nada será igual, que cuando cerremos el libro ya no podremos volver porque la Literatura tiene mucho de Heráclito y no podemos leer dos veces la misma novela.

Y aún así, cansado de tanta vulgaridad literaria y de tanto éxito editorial que no me aporta nada, hay días en los que necesito volver a leer Literatura, buscar refugio en las páginas de los libros que una vez me hicieron navegar otros mares y vivir otras vidas. Suele coincidir, para que negarlo, con momentos en los que debería estar centrado en otros quehaceres menos gratificantes pero con más repercusiones en mi vida. Al fin, todos necesitamos evadirnos de vez en cuanto y regresar al tiempo en el que alguna vez fuimos felices.

martes, 7 de agosto de 2018

O día da Patroa






Xa te vexo, xa, mirándome de esguello e farfallando coas lerchas do coro. Estaraslles contando o mesmo que contabas onte, pero se pensas que as túas barballadas de onte na perruquería van botarme para atrás aviada vas. Xa puxen no seu sitio á miñaxoia da túa irmá e non me vai custar nada poñerte a tí no teu lugar, por moi filla do médico que sexas. Xa sei que me miraches do través cando dixen que este ano pensaba ser eu a que levase á Virxe dos Puños Brancos en procesión, que por moito que digades se o meu home leva ao San Brandán eu podo levar á nosa virxe, lle pese a quen lle pese neste pobo. Xa sei que non vos gustou nada nin a ti nin ás paspanas do coro, pero ben sabedes que son capaz de facelo. Só tes que mirar como vas toda desafalazada polo adro adiante para chegar antes ca min á igrexa, pero non vai valerche de nada que xa lle dixen a Milagritos que esta vez collería eu as angarellas da Santa e que nin se lle ocorrese saírme coa parvada esa de que a San Brandán o pasean os de Osorio e os Mosquera e os de Ramona do Crego e que á Santa sempre a sacan as mulleres desas familias. Mira Milagritos, lle dixen, e tí ben o sabes que estabas escoitando detrás do andel das conservas, a min non me veñas con esas trapalladas, que levo xa doce anos casada no pobo e se o meu home é dos que pasean ao Santo eu paseo á Santa no día do patrón. Podes mirarme todo canto queiras e podes correr polos sete correres que non vas impedir que colla á santa e saia en procesión. Que xa estás escaldada, que o mesmo che pasou fai tres días coas flores da Igrexa. Tanto repetirme que sempre se fixo así, que son as de Osorio as que se encargan de adornar á igrexa. Pero se as de Osorio xa non viven no pobo, veñen da capital todas requintadas para as festas e non van poñerse a decorar a igrexa. As que mangoneades todo o da igrexa sodes as de sempre, que mira que sodes trosmas. E vaia cara tiñades as catro cando chegastes e me vistes a min e a miña nai rematando de poñer as guirnaldas por detrás da sancristía, e aínda por riba Don Luís agarrando da escaleira e preguntando que qué che parecía, que nunca tan ben quedara. Había que ver qué cariñas puxestes, e a miñaxoia de Milagritos aínda dixo que as cousas non se facían así, que se quería axudarvos a adornar ben podía térvolo pedido. Como se non volo tivera pedido o ano pasado e o ano anterior, cando viñeron as miñas curmás de Venezuela a pasar as festas e quería terlles a igrexa chea desas flores que hai polas Américas e que tanto locen nas misas. Cóntalle ao alcalde, cóntalle. Esta vez non vas facer coma no meu casorio, cando lle dixeches á miña nai e miña cuñada Remedios que xa adornariades vos a Igrexa, e a malpocada de Obdulia, que dios lle dea tanta paz como descanso deixou, aínda lles espetara aquilo de que no voso pobo é a familia de Osorio a que sempre adorna Igrexa, que por algo son os que máis dan sempre para os arranxos e que sempre están dispostos a ceder o campo da Lobeira para facer o churrasco nas festas. E eu xa ía falar co cura pero Xulián dixo que deixara estar as cousas, que era o costume do pobo pero hoxe non che van valer costumes nin farrapos de gaitas, que levo vivindo xa doce anos neste pobo e teño o mesmo dereito que vos a levar á Santa en procesión. En canto remate a misa agárrome ao barrote das andas e xa podedes piar o que queirades. Xa te vexo, xa. Agora falando con Ismael para que vaia falar co meu home. Pero non perdas coidado, que a Xulián xa levo dicíndolle o mesmo dende a Semana Santa e desta vez non vou ser eu a que ceda. E por moito que Ismael sexa o campaneiro dende fai corenta anos non vai ser quen de baixarme da burra, non vaia ser que me dea por subirme ao campanario e me poña a repicar eu tamén, que tan difícil non ha de ser cando un vello de oitenta anos aínda pode facelo. Que me miras pailaroco, vaste atrever a vir falar comigo? Vente vente, que teño para tí tamén. Es peor que as mulleres, sempre metido nas cousas da igrexa, rosmando polo baixo cando pasas o cepillo ou saíndo a berrarlles ao amigos do noivo na voda de Mariló. Que mira que hai que ser atravesado, saír e ameazalos con chamar á garda civil se non deixaban de armar barullo. A ver se pensas que vai vir a garda civil agora a poñer orde na igrexa. Iso era antes, Ismael, cando mandabas ti máis que o cura e tiñas ao teu primo de sarxento no cuartel e todos che debían algún favor. Pero ao teu primo mandárono para a cidade e agora non tes quen te rasque, que como non che dan as pernas para subir pola escaleira do campanario tes que quedar embaixo, sempre atento ás conversas dos demáis na porta da igrexa e bebendo de moca na taberna, que na igrexa andas ben rápido para raspiñar os billetes do cepillo pero na taberna nunca das sacado a carteira para invitar aos homes a unha rolda. E ti ben podías ir rematando a misa, que por moito que nos pidas que nos demos a paz algunhas van seguir sendo unhas auténticas porcas. Pero claro, estarás entretido mirándolle as pernas a Rosarito, non é Don Luís, que outra cousa non pero as mulleres ben que che gustan e a Rosarito xa lle tes dado a paz e a comuñón máis dunha vez. Comulga comulga, que co ben que tratas a Don Luís xa tes gañado o ceo, que a ver onde se viu que faga falta vir limpar a igrexa dúas veces a semana, pero aquí si que non se menten as de Osorio nin as de Ramona, que xa saben que o fas encantada e se o cura está contento pois aquí paz e despois gloria. Non miña sogra, non. Non me veña cun cirio que non llo vou coller. Non se apure que vai ser igual. E por moito que acene non vou achegarme onda vostede para que me poña na man un cirio ou un ramo e que non poida coller as andas. Xa a vin a vostede e ao meu sogro falando con Ismael, imaxino que a voltas co meu carácter e a miña falta de sensibilidade para as cousas do pobo. Será trosma, toda a vida aturando ao apoucado do seu home. E non digo que sexa mala persoa o meu sogro, pero algo miñaxoia si que é. So hai que velo cando chega de xogar a partida convencido de que todo o que lle contan é certo. Onte mesmo non houbo quen o baixara da burra, que si o maior dos Osorio mandaba moito na Consellería, que vía ao Presidente todos os días. Pois claro que o ve, meu sogro, que se traballa alí verao pasar de cando en vez, pero que Marquiños non deixa de ser un administrativo, movendo papeis como a miña curmá Fernanda, pero el que non, que o dos Osorio ten un cargo e que almorza a cotío co Presidente. E hai que deixalo. Veña, arreando, que fan falta as camas! Non me mire así señor cura, que tamén eu son devota da Nosa Señora dos Puños Brancos.E logo, non? Se mesmo parece que fai rindo a nosa vixenciña. Os que non rides sodes vos, que pensábades que non me ía atrever. Pois aquí me tedes, unha venidera, como tanto vos gusta dicir, levando á virxe de procesión no día da patroa.






Álora, la bien cercada.





A las cinco de la tarde parecía que tenía un clavo perforando mi cerebro. Llevábamos más de una hora visitando el pueblo de Álora y lo único que deseaba era volver al hotel y meterme en la cama de la habitación. El dolor de cabeza se había ido haciendo más intenso a medida que avanzaba el día. Recuerdo que ya durante la ruta de la mañana había comenzado a sentir los pinchazos que me hacían presagiar que iba a sufrir un ataque de migraña, y al acabar de recorrer el famoso Caminito del Rey no me apetecía otra cosa que escapar de aquel sol intenso y de la pesada compañía de aquellos dos cicerones empeñados en hacer una disertación académica en cada uno de los lugares por los que pasábamos. En cada recodo del camino tenían una anécdota que contar, un hecho histórico que rememorar o alguna frase famosa que pronunciar. Era el tercer día que pasábamos con ellos, y a juzgar por todo lo que nos habían contado, la provincia de Málaga era sin duda la zona de nuestra geografía en la que más acontecimientos relevantes habían sucedido. Los reyes estaban más lucidos y más dicharacheros cuando pisaban su suelo y el curso de la historia siempre estaba determinado por lo que sucedía o no sucedía en aquel lugar. Poco podía yo imaginar que aquellas pequeñas vacaciones iban a ser más parecidas a un seminario sobre historia y filología que al periodo de desconexión y relax que yo había imaginado. Y todo por una desafortunada decisión.
La idea había sido de Bruno. Él tenía una semana libre en el trabajo y yo había decidido hacer un descanso en la preparación de las oposiciones para inspectora de hacienda. Mi intención era pasar unos días tumbada en la piscina de un hotel del sur, pero Bruno me propuso que aprovecháramos para visitar a unos amigos suyos que vivían en Málaga. Yo no estaba muy interesada en conocer a sus amigos. Las experiencias previas no habían sido muy gratificantes para mí, y sospechaba que si continuaba integrándome en la vida social de Bruno nuestra relación duraría poco. No podía entender como una persona tan dulce y tan interesante como él podía tener unas amistades tan cretinas. Pero finalmente me convenció y acordamos que tres días los pasaríamos en la piscina del hotel y otros tres los dedicaríamos a conocer la zona con ellos.
Me sobraron dos para descubrir que eran igual de cansinos que el resto de amigos de Bruno. Aquella pareja parecía empeñada en demostrar que los iguales se atraen y se complementan de tal manera que al final parecen la misma persona. Después de unas hora de conversación con ellos yo ya no era capaz de distinguir lo que me decía uno y lo que me decía la otra. Miguel había aprobado las oposiciones de profesor de literatura hacía dos años e impartía clases en un pequeño pueblo de Málaga y Maite, como ella se encargaba de repetir en cada conversación, tenía la fortuna de trabajar desde casa. Si hablábamos de los atascos en los accesos a la ciudad ella decía que tenía la fortuna de trabajar desde casa; si salía en la conversación los normales roces que surgían con los compañeros de trabajo ella decía que tenía la suerte de trabajar desde casa; hablando de lo poco que dedicaban las empresas a mejoras las condiciones de trabajo ella repetía que trabajaba desde casa. Al final de aquella tarde tenía muy claro que ella era una persona feliz, sin horarios que cumplir ni problemas con sus compañeros porque trabajaba desde casa, pero no llegué a saber en que trabajaba realmente.
Los días anteriores habíamos recorrido con ellos la parte costera de la provincia. Benalmádena, Fuengirola, Marbella o Estepona ya no tenían secretos para nosotros. Para el último día habíamos dejado la visita a un par de pueblos conocidos por sus castillos medievales y la conocida ruta del Caminito del Rey. Vais a alucinar con las vista y con la historia que encierra toda esa comarca, dijo un entusiasmado Miguel con un tono que yo no pude más que interpretar como una amenaza. Incluso cuando estaba en la piscina del hotel me parecía oír sus explicaciones sobre Reyes y Califas que parecían disfrutar llevando a cabo las más extravagantes proezas. Bruno se reía cuando le contaba que no podía sacarme de la cabeza las voces de sus amigos y que incluso soñaba con ellos. Una noche, mientras hacíamos el amor, incluso llegué a pronunciar varias veces el nombre de Alfonso, inducida por la historia que nos había contado Miguel sobre los amores entre Alfonso VI y Zaida, hija de un tal Al-Mutamid.
Aquel día no había sido diferente. Nos habían recogido en el hotel después del desayuno y de camino hacia Ardales Miguel nos había explicado todo lo que había que saber sobre el Caminito del Rey. La historia de Alfonso XIII atreviéndose a recorrerlo, el abandono durante décadas y el proyecto de recuperación que culminó en el año 2014 con la reapertura de la senda. Al llegar yo ya estaba cansada, aunque debo reconocer que las vistas eran espectaculares y en algunos tramos que pasaban a unos cien metros por encima del río me sentí afortunada de estar en aquel lugar. Incluso fantaseé con la idea de una inesperada caída de nuestros anfitriones pues a esas alturas del viaje era plenamente consciente de que la única manera de que los infatigables M&M se callasen y me dejaran disfrutar del paisaje sería despeñándose por uno de aquellos precipicios, y aún así no tengo muy claro que no siguiesen dando explicaciones mientras caían. Seguramente habría alguna historia que contar sobre algún personaje importante que desgraciadamente se precipitó al abismo desde aquel mismo lugar.
Seguramente es por la altura, me dijo Maite cuando les comenté que tenía un fuerte dolor de cabeza y que lo mejor era que me fuese al hotel a descansar. Insistieron en que teníamos que ir a comer a una pequeña taberna que había en un pueblo cercano. Ella sacó del bolso un pastillero y me dio una pastilla que según ella me iba a sacar el dolor de cabeza en unos minutos. Desesperada, y deseando que la jornada acabara lo antes posible me tomé la pastilla y me puse en modo ausente.
Casi no recuerdo de lo que hablaron en la comida. Bruno, que iba comprendiendo que mi límite de paciencia se había agotado hacía ya unas horas, intentaba que no se notase mucho que estaba pasando totalmente de la conversación. No era mi intención mostrarme tan arisca, pero la mezcla del analgésico y la carne de ciervo que nos habían servido me había dejado un poco aturdida. Intentaba prestar atención pero inexplicablemente en mi mente se formaban confusas imágenes: campos abrasados por un sol inclemente; ejércitos dispuestos para la batalla; gritos y algarabía. Sin duda estaba sufriendo algún tipo de alucinación, pero teniendo en cuenta que ya casi habíamos terminado y que en unas horas podría descansar en la cómoda habitación del hotel decidí hacer un pequeño esfuerzo para que la reunión con Maite y Miguel no acabase como el rosario de la aurora.
Ahora no recuerdo exactamente si los acontecimientos sucedieron al mismo tiempo o si hubo un lapso de tiempo entre mi pensamiento y la trágica realidad que tuvo lugar. Nunca se lo he confesado a nadie, pero de algún modo aquella mañana me fue concedido un deseo, aunque se tratara de un deseo tan malvado como el que yo tuve cuando Miguel nos estaba explicando aquel romance medieval que hablaba sobre el asedio al Castillo de Álora por parte de los cristianos. Don Diego Gómez de Ribera, apodado el Adelantado de Castilla estaba subiendo por esta misma calle, decía Miguel cuando subíamos por la Calle Ancha del pueblo de Álora. El romance nos cuenta como los moros del castillo intentaban huir con sus posesiones más preciadas mientras que los soldados cercaban la ciudad. Yo solamente quería que Miguel se callase de una vez, pero él siguió contando la escena como si la estuviéramos viendo en aquel momento. Impertérrito ante el sol abrasador y ajeno totalmente a nuestras caras de cansancio nos pedía que miráramos ora hacia los campos que rodeaban la fortaleza ora hacia lo alto de aquella loma al par del río. Nos explicó que la figura de un niño morico con una ballesta hacía presagiar una indigna muerte para un caballero castellano ya que por aquel entonces las armas a distancia eran consideradas de cobardes, y un noble castellano debía morir enfrentándose cara a cara a su enemigo y no abatido por una flecha disparada a traición. Entonces lo vi con claridad. Miguel señalaba lo alto de una de las torres diciendo que desde allí habrían disparado la flecha que atravesó la cabeza del Adelantado de Castilla. No se exactamente si vi aquella oscura figura o si la imaginé, pero justo en el momento en que Miguel explicaba que la flecha penetraba por la visera del yelmo, que el victorioso caballero había levantado para ver quien le hablaba, justo entonces vimos que una flecha silbaba al atravesar el aire y escuchamos un chasquido húmedo y viscoso. Miguel, con el rostro bañado en sangre y una terrible incisión en la frente, se desplomaba a nuestros pies.



viernes, 27 de julio de 2018

¿Cómo cerrar un blog?



A punto estaba de quemar las naves, con el pie en el estribo y dispuesto a cerrar definitivamente este blog cuando me sentí como Sam al regresar a la Comarca y decidí darle otra oportunidad a este cuaderno que ya no se de lo que habla. La verdad es que tengo ciertos problemas para terminar las cosas que empiezo, o para empezar proyectos, o para continuarlos. Unos cuantos relatos esperan un final, un par de novelas aguardan ansiosas en mi cabeza que me decida a empezarlas, algún que otro blog está perdido en la red esperando la mano de nieve que sepa crear contenidos nuevos.

Pero yo a lo mio.
Perder el tiempo decidiendo planificar lo que tengo que hacer es lo que mejor se me da.
Eso y la ensaladilla.

Quiero cerrar este blog y no se como se hace. Supongo que como mera cortesía te despides, das las gracias y después de un tiempo prudencial apagas todo y te vas. Puede que queden ecos virtuales por la red, que aunque elimines todo lo escrito quedará algún recuerdo de lo que una vez fue este sitio, pero al final todo desaparecerá, como lágrimas en la lluvia, que decía el otro.

Quiero cerrar este blog, pero cuando eres un poco sentimental estas cosas dan algo de pena. Son muchos años y muchas palabras y a veces, algunas veces, tengo la impresión de que lo mejor está por llegar. Viene a ser algo así como darle otra oportunidad a esa persona que insiste en fallarnos una y otra vez. Creemos que en esta ocasión las cosas serán distintas, que no cometeremos los mismos errores, que sabremos mantener la constancia necesaria para que este obsoleto medio de comunicarnos en la red mantenga un poco de actividad.

Improbable.

Lo se.

Pero aún así decido aumentar aún más mi lista personal de objetivos incumplidos y en lugar de silenciar definitivamente este sitio voy y me animo y me digo a mí mismo que ya que que hoy es mi cumpleaños me voy a regalar una nueva oportunidad para hacer lo que más me gusta hacer.

Escribir.

Y como en algún lugar leí que hay que proponerse pequeñas metas para alcanzar grandes objetivos, y como son ya 45 años y a esta edad sé que lo que quiera hacer en la vida tengo hacerlo ya pues me propongo iniciar una nueva serie en este blog. Todavía no tengo claro como ni cuando lo haré, pero en el próximo año escribiré 46 relatos, uno por cada año que para entonces tendré la suerte de haber cumplido.

Y después, si tal, buscaré la mejor manera de cerrar un blog.









jueves, 2 de noviembre de 2017

As pegadas da vida.



O Basilio era un bo home. Ninguén lle vira nunca un mal xesto nin lle escoitara unha mala palabra. O Basilio era unha boa persoa, humilde e traballador, e pouco amigo de meterse na vida da outra xente. Contan que mesmo algunha vez tiña marchado do bar cando alguén latricaba de máis sobre algún veciño. E algo de certo debe haber cando nin buscando podemos atopar a alguén que lle poña algunha péga. O Basilio era un bo home, sen máis. Do mesmo xeito que outros son guapos ou calvos, o que definía ao Basilio era o feito de ser bo. Non se trataba de que nalgunha ocasión fixese unha boa obra que todo o mundo recordaba. Nunca tiña salvado a ninguén nin se comportara coma un heroe nun incendio. Non, a bondade de Basilio era un xeito de ser e de comportarse acotío, un non prexudicar a ninguén e favorecer a moitos con pequenas cousas das que non se fala pero que están aí, facendo a vida do pobo máis agradábel.
Moitos son os que recordan a Basilio paseando pola alameda, ás veces so e outras veces coa súa muller, e como facendo honor á súa fama de boa persoa fora dos primeiros homes da súa quinta en ir á compra ou mesmo fregar os pratos. Poucos sabían que sentía certo degoiro por non atreverse a saír á pequena horta que tiñan diante da casa e tender a roupa. Ninguén lle pedía tal cousa, e moito menos a súa muller, que sabía que era a envexa de boa parte da veciñanza por levar corenta anos casada cun home coma Basilio. Pero para el esa punzada de vergoña que lle producía que o visen tendendo bragas e calzóns era algo que lle facía sentir mal, e cada vez que vía á súa muller estendendo a roupa na varanda sentíase como ese neno dubidando entre as ganas de subir á árbore e o medo que lle ten a caer. Basilio quería axudar, facer todas as tarefas da casa pero coa roupa non podía, e iso facía que se sentira mal.
Pero en xeral Basilio era un home feliz. As cousas foran acaendo ben, as desgrazas, que en todas as vidas existen, non foran tan grandes como para borrar os momentos de felicidade da memoria de Basilio e co paso do tempo a súa casa foi enchéndose primeiro de fillos e máis tarde de netos. E se de algo estaban felices e orgullosos Basilio e a súa dona era de ter a casa sempre chea de xente, especialmente de nenos. Xa foran os amigos dos seus fillos, ou os sobriños, ou máis tarde os netos, a casa do Basilio sempre estivo chea desa felicidade rebuldeira que da a xente cativa.
E xa sexa por este carácter seu ou porque para toda a veciñanza Basilio era unha boa persoa resultou que co paso dos anos foi dando un vellote simpático e querido por todo o mundo. Ninguén deixaba de saudalo cando se cruzaban con el pola Alameda e non había día no que non lle preguntaran pola súa dona ou pola familia. Dous dos seus fillos casaran no pobo e tal vez por ese efecto contaxio que tan a miúdo se da nas familias, ámbolos dous herdaron esa maneira de ser tranquila e desprendida do seu pai. A máis cativa, a filla, casara cun funcionario de Ourense e vivía na cidade.
Pero un día a Basilio cambioulle o carácter. En realidade foille cambiando aos poucos, pero ninguén lle deu importancia á mala contestación do primeiro día, cando no bar de Edelmiro lle tiraron o café por riba do xornal, ou ás respostas encabuxadas que aos poucos foron facéndose frecuentes nel. Non, ninguén tivo en conta os seu enfado cos rapaces na praza cando case o fan arrolar polo chan ao bater nel co balón, e poucos escoitaron os seus berros cando o camión das cervexas o enchoupou ao pasar por riba dun charco. Ao Basilio cambiáballe o carácter sen que ninguén se decatase. Nin sequera Basilio se tería dado conta de non ser por esas risas que escoitaba de cando en vez e que non conseguía explicar. Ao principio non lles dera importancia algunha, brincadeiras de cativos, pensou ao non atopar a procedencia daquelas gargalladas. Pero co tempo foi escoitándoas cada vez con máis frecuencia e en calquera sitio e máis dunha vez encarouse coa persoa que camiñaba ao seu lado pensando que estaba sendo obxecto dunha broma pesada. Basilio sentíase cada día máis incómodo paseando polas rúas, deixou de ir a xogar a partida e o que antes era un vellote simpático e lizgairo tornouse un amargado carcamán que miraba a todos do través.
E para cando enfermou, Basilio xa non era o mesmo. O que antes fora un home agarimoso que gostaba xogar cos seus netos e charlar cos seus veciños foise engruñando e rematou sendo unha persoa que, convencida de que todo o mundo andaba a rir ás súas costas, non quería falar con ninguén. Pasaba os días vendo a televisión ou poñendo os cascos para escoitar a radio xa que era o único xeito de apagar as risas que por veces o facían tolear. Por sorte, a enfermidade foille arrebatando os recordos e do mesmo xeito que el non recoñecía aos veciños que viñan visitalo, aos veciños custáballes ver naquel home mal encarado e medio túzaro ao bo de Basilio. Ao final simplemente era un home enfadado co mundo enteiro, sen ser quen de distinguir entre a súa familia, as amizades ou a xente en xeral.
Contan que o último que fixo Basilio foi rir. Os seus fillos pensaron que as risas que levaban anos torturándoo conseguiran facerlle perder o siso ou simplemente desapareceran e o ancián non atopara outro xeito de agradecer o silencio que rindo. Sen embargo o que aconteceu foi que o Basilio recordou. Despois de tanto tempo escoitando aquelas risas por fin puido recoñecer nelas as risas das súas crianzas xogando na beira do mar, na praia na que veraneaban cando eran cativas. E despois de dous anos de enfermidade sen recoñecer xa a ninguén o Basilio fitou para os que estaban arredor da súa cama e sorriu. Foinos chamando polo seu nome, mandoulle un bico de bolboreta á súa muller e xa sen parar de rir dixo que ía meterse na auga coas crianzas, que a auga estaba moi boa e que oxalá aquel momento durase para toda a vida.