domingo, 4 de agosto de 2019

Los 46.




Un día te levantas y descubres que aunque quisieras, hay algunas cosas que ya no podrás hacer. Una noche de insomnio acabas pensando que aquel viaje recorriendo la costa en bicicleta que fuiste postergando ya no te hace ilusión, o que sacarle partido a ese telescopio olvidado en la esquina del trastero no vale la pena, o que al fin y al cabo correr es de cobardes y tus articulaciones agradecerán que salgas a pasear en lugar de ir por los caminos asustando a los caballos.

Envejecer debe ser algo así, perder intensidad en la vida, sentir que nuestro cuerpo cambia y que aquellos cinco minutos que nos quedaban perdidos entre la rutina diaria ya no son aprovechables, ya no valen la pena. Envejecer es olvidarnos poco a poco de las grandes cosas que iban a darle sentido a nuestra vida, decidir un día que aquellos planes que teníamos a largo plazo ya no solo están aparcados para más tarde, sino que la grúa del tiempo se los ha llevado al desguace y ya no volveremos a recuperarlos.

En definitiva, un día te levantas y ya no dices que algún día harás esto o aquello. Al envejecer descubres que en tu libreta de proyectos hay cosas que ya no harás, ya sea por falta de interés o simplemente porque no tendrás ni la oportunidad ni los días necesarios para hacerlas. Envejecer es descubrir que ya no podrás asistir a un concierto de tu grupo favorito de la juventud, y no por falta de ganas sino porque ya se han disuelto, o incluso han muerto y sabes, aprendes con el tiempo, que segundas partes nunca son buenas. Es saber que habrá gente que ya no volverás a ver jamás, que la vida no te va a permitir reencontrarte con aquel compañero de la universidad con el que lamentas no haber entablado una amistad más estrecha, o con aquella persona de la que te habrías querido enamorar hasta perder el control. Simplemente habrá libros que ya no leeremos, novelas que no escribiremos. 

Y sin embargo hay también algunas cosas buenas en esto de ir haciéndose mayor. Cierta serenidad a la hora de afrontar los días, un saber esperar a que el columpio venga de vuelta en lugar de lanzarte a buscarlo como si subirte en esta vuelta fuese lo más importante de tu vida. Comprender que este momento, y solamente este, es lo único que existe. La distancia entre el ahora y el infinito es una cuestión de entendimiento que solamente el paso de los años nos aporta.



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