sábado, 31 de agosto de 2019

Arder





Quémalo, quémalo todo para que nadie lo lea, parece ser que le escribió Kafka a su amigo antes de morir. No están muy claro el motivo por el cual Kafka quería privar al mundo de su obra, del mismo modo tampoco está muy claro el significado muchos de sus relatos. Pero bueno, el escritor de Praga nunca fue un ejemplo de claridad ni de sencillez. Antes muerto que sencillo, pensaría, y tal vez por eso murió con apenas 40 años y con gran parte de su obra sin publicar, y la publicada con escasa repercusión. Por eso resulta extraña su negativa a que sus escritos viesen la luz.
Aunque hay muchos más ejemplos de artistas que no desean que sus obras les sobrevivian, lo normal es querer perdurar, las personas intentamos mantener vivo nuestro recuerdo a través del arte, de nuestras obras o incluso de nuestra descendencia. Mientras nos recuerden no desaparecemos de todo, pensamos.
Y sin embargo hay ocasiones en las que queremos desaparecer sin dejar rastro, borrar nuestras huellas como el mar borra cada día las marcas de un día de playa. A veces de todo, pero otras veces como una forma de forzar un nuevo comienzo, dejar espacio para nuevos proyectos y nuevas obras. Ver arder lo antiguo para dejar paso a lo nuevo. Todos necesitamos hacer limpieza en nuestro trastero vital, tirar trastos viejos, cachivaches que guardamos para más adelante con la creencia de que algún día nos harán falta.
Y nos despertamos un día con ganas de ver arder los excedentes de nuestros días, lo de antes, fotografías de lo que fuimos, anotaciones en viejos cuadernos de lo que iba a ser y no fue. Así acabé yo este curso, con ganas de quemar no solamente las leyes y el material de una oposición que mental y anímicamente me desgastó demasiado, sino también con ganas de marcar claramente un punto y aparte en mi vida. Por eso aprovecharé el fuego para ver arder todo lo de antes, los esbozos de las novelas que ahora tengo la certeza de que no escribiré, los diarios que hablan de un tipo que ya no reconozco, las fotografías de personas a las que tal vez nunca conocí, recuerdos de amigos que nunca nos llegaron a conocer y a los que probablemente nunca comprendimos como se merecían y que se convirtieron en lágrimas en la lluvia (perdón, no lo puedo evitar, ese replicante es mi guía y mi lucero).
Todo a la hoguera.
El fuego purifica, el fuego no admite dudas ni segundas partes. Por algo quemaban a las brujas y a los herejes. No vayan a quedar partes que pudieran guardar restos del maligno. Tiene el fuego algo que limpia, algo magnífico y radical. Nada sobrevive al fuego. Por eso voy a sentarme a ver como arden mis antiguos papeles, cuadernos, esbozos, fotografías, diarios, apuntes para esa tesis sobre Hawthorne y Cunqueiro que nunca empezaré, las cartas que no recuerdo haber merecido, las que nunca te envié, la que yo no quise abrir...
Que arda por fin, irremediablemente, un pasado que ya no me pertenece, del que ya nada se puede esperar, salvo nostalgia de lo que no fue, lástima por lo que pudo haber sido. Quémense las esperanzas perdidas, las palabras que ya no dicen nada, los recuerdos que solamente yo atesoro, como quien va guardando las olas del mar con la esperanza de que el número final sea par. Que el fuego sea el final y las cenizas se conviertan en humus creador del que renazcan los nuevos días. Que con el humo se vayan los viejos temores, los rencores y los fantasmas a los que tantas veces nos enfrentamos. Que las brasas iluminen los caminos nunca antes hollados para al final, con el último rescoldo, saber llegar a casa.

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