Hay días en los
que quiero leer el Quijote, hay momentos en los que siento ganas de
volver a recorrer Castilla, de escuchar el vocerío de los caminos y
detenerme en el ajetreo diario de cualquier Venta. Sentir en mi cara
la brisa seca de los campos, oler aromas extraños, paisajes lejanos
y ásperos indicándonos que a nuestro alrededor no hay nada. Hay
días en los que quiero volver a escuchar a Cervantes contándonos
una historia, el enredo sublime de sus palabras, la voz firme y
sosegada del que sabe que tiene algo que decir, del creador
consciente de que su obra es un mundo al que muchos, como yo, tendrán
la necesidad de volver de vez en cuando.
Hay días en lo que quiero leer el Quijote, pero no
solo eso. Hay también noches en las que quiero volver a navegar con
Ismael, visitar los bailes parisinos con Eugène de Rastignac o
acompañar a Raskólnikov en sus delirantes vagabundeos por San
Petesburgo. Una imagen, a veces, o una palabra activan recuerdos de
otras lecturas, de otros tiempos en los que podía permitirme pasar
horas y horas entre las páginas de un libro. Y tal vez cuando siento
esa imperiosa necesidad de volver a leer mis lecturas de juventud no
hago otra cosa que añorar aquellos días, aquella intensidad con la
que me sumergía en los libros, aquella capacidad para pasar las
noches despierto y leer una página más, y después otra y otra y al
final experimentar esa tristeza que muchas personas experimentamos al
descubrir que el final está apenas a veinte páginas y no queremos
tener que irnos porque sabemos que ya nada será igual, que cuando
cerremos el libro ya no podremos volver porque la Literatura tiene
mucho de Heráclito y no podemos leer dos veces la misma novela.
Y aún así, cansado de tanta vulgaridad literaria y
de tanto éxito editorial que no me aporta nada, hay días en los que
necesito volver a leer Literatura, buscar refugio en las páginas de
los libros que una vez me hicieron navegar otros mares y vivir otras
vidas. Suele coincidir, para que negarlo, con momentos en los que
debería estar centrado en otros quehaceres menos gratificantes pero
con más repercusiones en mi vida. Al fin, todos necesitamos
evadirnos de vez en cuanto y regresar al tiempo en el que alguna vez
fuimos felices.

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