martes, 7 de agosto de 2018

Álora, la bien cercada.





A las cinco de la tarde parecía que tenía un clavo perforando mi cerebro. Llevábamos más de una hora visitando el pueblo de Álora y lo único que deseaba era volver al hotel y meterme en la cama de la habitación. El dolor de cabeza se había ido haciendo más intenso a medida que avanzaba el día. Recuerdo que ya durante la ruta de la mañana había comenzado a sentir los pinchazos que me hacían presagiar que iba a sufrir un ataque de migraña, y al acabar de recorrer el famoso Caminito del Rey no me apetecía otra cosa que escapar de aquel sol intenso y de la pesada compañía de aquellos dos cicerones empeñados en hacer una disertación académica en cada uno de los lugares por los que pasábamos. En cada recodo del camino tenían una anécdota que contar, un hecho histórico que rememorar o alguna frase famosa que pronunciar. Era el tercer día que pasábamos con ellos, y a juzgar por todo lo que nos habían contado, la provincia de Málaga era sin duda la zona de nuestra geografía en la que más acontecimientos relevantes habían sucedido. Los reyes estaban más lucidos y más dicharacheros cuando pisaban su suelo y el curso de la historia siempre estaba determinado por lo que sucedía o no sucedía en aquel lugar. Poco podía yo imaginar que aquellas pequeñas vacaciones iban a ser más parecidas a un seminario sobre historia y filología que al periodo de desconexión y relax que yo había imaginado. Y todo por una desafortunada decisión.
La idea había sido de Bruno. Él tenía una semana libre en el trabajo y yo había decidido hacer un descanso en la preparación de las oposiciones para inspectora de hacienda. Mi intención era pasar unos días tumbada en la piscina de un hotel del sur, pero Bruno me propuso que aprovecháramos para visitar a unos amigos suyos que vivían en Málaga. Yo no estaba muy interesada en conocer a sus amigos. Las experiencias previas no habían sido muy gratificantes para mí, y sospechaba que si continuaba integrándome en la vida social de Bruno nuestra relación duraría poco. No podía entender como una persona tan dulce y tan interesante como él podía tener unas amistades tan cretinas. Pero finalmente me convenció y acordamos que tres días los pasaríamos en la piscina del hotel y otros tres los dedicaríamos a conocer la zona con ellos.
Me sobraron dos para descubrir que eran igual de cansinos que el resto de amigos de Bruno. Aquella pareja parecía empeñada en demostrar que los iguales se atraen y se complementan de tal manera que al final parecen la misma persona. Después de unas hora de conversación con ellos yo ya no era capaz de distinguir lo que me decía uno y lo que me decía la otra. Miguel había aprobado las oposiciones de profesor de literatura hacía dos años e impartía clases en un pequeño pueblo de Málaga y Maite, como ella se encargaba de repetir en cada conversación, tenía la fortuna de trabajar desde casa. Si hablábamos de los atascos en los accesos a la ciudad ella decía que tenía la fortuna de trabajar desde casa; si salía en la conversación los normales roces que surgían con los compañeros de trabajo ella decía que tenía la suerte de trabajar desde casa; hablando de lo poco que dedicaban las empresas a mejoras las condiciones de trabajo ella repetía que trabajaba desde casa. Al final de aquella tarde tenía muy claro que ella era una persona feliz, sin horarios que cumplir ni problemas con sus compañeros porque trabajaba desde casa, pero no llegué a saber en que trabajaba realmente.
Los días anteriores habíamos recorrido con ellos la parte costera de la provincia. Benalmádena, Fuengirola, Marbella o Estepona ya no tenían secretos para nosotros. Para el último día habíamos dejado la visita a un par de pueblos conocidos por sus castillos medievales y la conocida ruta del Caminito del Rey. Vais a alucinar con las vista y con la historia que encierra toda esa comarca, dijo un entusiasmado Miguel con un tono que yo no pude más que interpretar como una amenaza. Incluso cuando estaba en la piscina del hotel me parecía oír sus explicaciones sobre Reyes y Califas que parecían disfrutar llevando a cabo las más extravagantes proezas. Bruno se reía cuando le contaba que no podía sacarme de la cabeza las voces de sus amigos y que incluso soñaba con ellos. Una noche, mientras hacíamos el amor, incluso llegué a pronunciar varias veces el nombre de Alfonso, inducida por la historia que nos había contado Miguel sobre los amores entre Alfonso VI y Zaida, hija de un tal Al-Mutamid.
Aquel día no había sido diferente. Nos habían recogido en el hotel después del desayuno y de camino hacia Ardales Miguel nos había explicado todo lo que había que saber sobre el Caminito del Rey. La historia de Alfonso XIII atreviéndose a recorrerlo, el abandono durante décadas y el proyecto de recuperación que culminó en el año 2014 con la reapertura de la senda. Al llegar yo ya estaba cansada, aunque debo reconocer que las vistas eran espectaculares y en algunos tramos que pasaban a unos cien metros por encima del río me sentí afortunada de estar en aquel lugar. Incluso fantaseé con la idea de una inesperada caída de nuestros anfitriones pues a esas alturas del viaje era plenamente consciente de que la única manera de que los infatigables M&M se callasen y me dejaran disfrutar del paisaje sería despeñándose por uno de aquellos precipicios, y aún así no tengo muy claro que no siguiesen dando explicaciones mientras caían. Seguramente habría alguna historia que contar sobre algún personaje importante que desgraciadamente se precipitó al abismo desde aquel mismo lugar.
Seguramente es por la altura, me dijo Maite cuando les comenté que tenía un fuerte dolor de cabeza y que lo mejor era que me fuese al hotel a descansar. Insistieron en que teníamos que ir a comer a una pequeña taberna que había en un pueblo cercano. Ella sacó del bolso un pastillero y me dio una pastilla que según ella me iba a sacar el dolor de cabeza en unos minutos. Desesperada, y deseando que la jornada acabara lo antes posible me tomé la pastilla y me puse en modo ausente.
Casi no recuerdo de lo que hablaron en la comida. Bruno, que iba comprendiendo que mi límite de paciencia se había agotado hacía ya unas horas, intentaba que no se notase mucho que estaba pasando totalmente de la conversación. No era mi intención mostrarme tan arisca, pero la mezcla del analgésico y la carne de ciervo que nos habían servido me había dejado un poco aturdida. Intentaba prestar atención pero inexplicablemente en mi mente se formaban confusas imágenes: campos abrasados por un sol inclemente; ejércitos dispuestos para la batalla; gritos y algarabía. Sin duda estaba sufriendo algún tipo de alucinación, pero teniendo en cuenta que ya casi habíamos terminado y que en unas horas podría descansar en la cómoda habitación del hotel decidí hacer un pequeño esfuerzo para que la reunión con Maite y Miguel no acabase como el rosario de la aurora.
Ahora no recuerdo exactamente si los acontecimientos sucedieron al mismo tiempo o si hubo un lapso de tiempo entre mi pensamiento y la trágica realidad que tuvo lugar. Nunca se lo he confesado a nadie, pero de algún modo aquella mañana me fue concedido un deseo, aunque se tratara de un deseo tan malvado como el que yo tuve cuando Miguel nos estaba explicando aquel romance medieval que hablaba sobre el asedio al Castillo de Álora por parte de los cristianos. Don Diego Gómez de Ribera, apodado el Adelantado de Castilla estaba subiendo por esta misma calle, decía Miguel cuando subíamos por la Calle Ancha del pueblo de Álora. El romance nos cuenta como los moros del castillo intentaban huir con sus posesiones más preciadas mientras que los soldados cercaban la ciudad. Yo solamente quería que Miguel se callase de una vez, pero él siguió contando la escena como si la estuviéramos viendo en aquel momento. Impertérrito ante el sol abrasador y ajeno totalmente a nuestras caras de cansancio nos pedía que miráramos ora hacia los campos que rodeaban la fortaleza ora hacia lo alto de aquella loma al par del río. Nos explicó que la figura de un niño morico con una ballesta hacía presagiar una indigna muerte para un caballero castellano ya que por aquel entonces las armas a distancia eran consideradas de cobardes, y un noble castellano debía morir enfrentándose cara a cara a su enemigo y no abatido por una flecha disparada a traición. Entonces lo vi con claridad. Miguel señalaba lo alto de una de las torres diciendo que desde allí habrían disparado la flecha que atravesó la cabeza del Adelantado de Castilla. No se exactamente si vi aquella oscura figura o si la imaginé, pero justo en el momento en que Miguel explicaba que la flecha penetraba por la visera del yelmo, que el victorioso caballero había levantado para ver quien le hablaba, justo entonces vimos que una flecha silbaba al atravesar el aire y escuchamos un chasquido húmedo y viscoso. Miguel, con el rostro bañado en sangre y una terrible incisión en la frente, se desplomaba a nuestros pies.



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