lunes, 20 de mayo de 2013

La expulsión anónima.


Al cuarto día comenzamos a preocuparnos. Las normas del gremio eran claras y estrictas: al quinto día de ausencia, apercibimiento y pérdida de todos los privilegios; una semana significaba la expulsión incondicional. Nunca se había llegado tan lejos. Los más jóvenes solían ser inconstantes y olvidadizos, pero con un par de advertencias volvían a colaborar con el gremio y acababan cumpliendo las normas como todos los demás.

Pero este caso era distinto. Que un veterano se ausentase ya era extraño, pero que lo hiciese durante cuatro días y que no respondiese a ninguna de nuestras llamadas y mensajes era simplemente inconcebible. Nunca antes en la historia de nuestro gremio se había dado un caso semejante. Por eso al cuarto día comenzamos a hablar más seriamente sobre el asunto y a plantearnos quien sería el encargado de apercibir a nuestro compañero.

La cuestión era delicada. En realidad, solamente tres teníamos más antigüedad que él en el grupo, y era lógico pensar que tendría que ser uno de nosotros el que oficialmente le comunicase que debería presentarse en el Foro General antes de tres días o sería expulsado sin posibilidad de reingreso. No podíamos ser permisivos, y la expulsión de un veterano serviría de ejemplo para los nuevos.

Finalmente fuí yo la encargada de comunicarme con él. De todos era conocida la enemistad manifiesta que mantenía con el líder y el cofundador del gremio se había desentendido hace años de las tareas burocráticas. Por eso, tras una corta deliberación entre los miembros más insignes de nuestra hermandad, decidimos que al día siguiente yo me pondría en contacto con él para comunicarle que a partir de ahora sería tratado como un neófito y que tenía un plazo de tres días para dejar constancia de su regreso o sería comunicada su expulsión a todos los integrantes del gremio mediante un mensaje general.

Comencé enviando mensajes privados a través de los canales oficiales de nuestro clan, pero sin éxito.Me puse en contacto con él a través de su dirección de correo electrónico y de su página en facebook. No obtuve contestación. Lo intenté a través de su blog personal e incluso me permití buscar información sobre su dirección IP para buscar otra vía de contacto. Todo fue en vano. No obtuve ningún tipo de respuesta y muy a mi pesar a los siete días procedimos a expulsar de nuestro gremio a uno de sus miembros más veteranos.

Quince meses después un desconocido me envió un mensaje diciéndome que el propietario del blog en el que había dejado aquel mensaje había muerto. Nunca conocimos el nombre de uno de los miembros más destacados de nuestro gremio. Y algunos todavía afirman que internet une a las personas.


viernes, 10 de mayo de 2013

Nociones de Astronomía X: la visión lateral.


Todo aficionado a mirar las estrellas sabe que para ver los objetos menos luminosos es mejor no mirarlos directamente sino fijar la vista hacia un lado. Es lo que se llama visión lateral, y es muy útil cuando queremos ver estrellas dobles o galaxias débiles que sabemos que están ahí, pero que no conseguimos percibir con nitidez.

Es algo parecido a lo que hacemos con los niños pequeños en ciertas situaciones. Hacemos como que no nos interesa lo que hacen y entonces dejan de hacerlo. Pues aquí igual, miramos para otro lado y las estrellas o las galaxias aparecen. En realidad lo que ocurre es que para la visión con escasa luminosidad utilizamos unas células que se llaman bastoncillos, y que están el los bordes de la retina, pero es más divertido pensar que las estrellas son tímidas y solamente se dejan ver cuando piensan que nadie las mira.

Como la intención de estas nociones de astronomía es demostrar que el comportamiento y las sociedades humanas son similares a las relaciones que se establecen entre los cuerpos celestes diremos que muchas veces, para resolver nuestros problemas, lo mejor es emplear la visión lateral. Sucede a menudo que nos pasamos días enteros dándole vueltas a la misma cuestión, analizando los pros y los contras de las posibles soluciones y volviendo de nuevo al punto de partida. Estamos tan concentrados en el meollo de la cuestión que no reparamos en otras cuestiones que sin ser la esencia del problema pueden contribuir a encontrar una solución.

Vivimos en la época de la crisis económica. Los que dicen gobernarnos y los que mandan en el mundo insisten una y otra vez en decirnos que se trata de problemas financieros y económicos, y pensamos que la solución la encontraremos en una nueva organización de los dineros. Pero puede que sea necesario cambiar otras cosas, mirar para otro lado y ver con más claridad cuales son los problemas reales y cuales son las posibles soluciones.

jueves, 28 de marzo de 2013

El apabullante mundo de la literatura.



Hace tiempo que no me abandono al lento transcurrir de las horas en las heladas costas del Mar de Beaufort. Hace tiempo que no paso la noche en vela escuchando programas de radio en los que hablan sobre las otras realidades posibles en este mundo infinito. Hace tiempo que no me siento delante de una página en blanco esperando una frase que inicie esa historia que siempre está a punto de concretarse. Hace tiempo, en definitiva, que no estoy solo.

Demasiada navegación inútil, demasiada banda ancha y demasiados lugares dedicados a la literatura, a la creación, al presuntuoso oficio de escribir. Regreso por unas horas a mi solitario rincón helado y descubro que soy un hombre apabullado. Hay tanto y tan bueno por la red que tengo que hacer esfuerzos para contar mis cosas, para pensar que merece la pena el tiempo que yo invierto en escribir y que tú gastas en leer. Nada de esto es nuevo, ya te lo he contado alguna que otra vez, y a menudo me sorprende que continúes leyendo lo que escribo sabiendo que no tengo demasiado que aportar. Otras veces, sin embargo, lo que me sorprende es ser el autor de alguna frase bien construída o de algún relato.

Antes era más fácil. Antes estaba yo y mis cuadernos, mis cartas y mis versos malos malos malos. No tenía ningún interés en que mis letras llegasen más allá. Escribía para mí y para mis amistades y pensaba que algún día... Lo que no esperaba es que el mundo estuviese lleno de buenos escritores que nunca conseguirán publicar esa novela y que fuese tan difícil navegar por internet y no tropezarte con un blog lilterario que te haga sentir bastante mediocre.

Todo está escrito sub sole, que diría nuestro entrañable profesor de latín en los años noventa. Y ahora, además de estar escrito está publicado en dos o tres lugares distintos y no descarto que varios lleguemos a la misma frase a través de caminos distintos. Al fin y al cabo, si el universo es infinito las posibilidades también han de serlo. Somos tantos dedicados a crear que inevitablemente algunos coincidiremos.

Lo que intento decir es que estoy saturado. Dedico más tiempo a darle publicidad a este mi rincón que a escribir. Me engancho fácilmente a otros blogs y busco modelos para seguir, pequeños detalles que puedan hacer más atractivo este sitio. Cuelgo mis entradas en la página del facebook, en mi perfil del google+, en LinkedIn.. Intento darme a conocer, establecer vínculos de afinidad con otros internautas a los que no conozco de nada y que lo desconocen todo sobre mí. Alguno incluso pensará que soy el rey de la fiesta, el tipo ocurrente que siempre tiene algún chascarrillo gracioso que contar.

Nada más lejos de la realidad. Soy un tipo introvertido y reservado, más bien aburrido y muy poco hablador. Me intimidan enormemente las multitudes y en cualquier reunión de más de cuatro estaré más bien callado y mantendré las distancias. Por eso este sitio se llama Mar de Beaufort y por eso me gusta regresar alguna noche y escribir lo que se me ocurra sin preocuparme por si será o no será literatura...

Al fin y al cabo, prefiero la clásica conversación directa y sosegada antes que la apabullante complejidad de las nuevas redes sociales. Me desenvuelvo mejor en la comunicación íntima y personal que en continuo fluir de contenidos sin que tengamos tiempo para interiorizar nada. Por eso me gusta regresar aquí, a esta soledad helada y hablarte lisa y llanamente de mí.




lunes, 25 de marzo de 2013

El asombroso hombre percha.

Lo pueden encontrar en cualquier sala de espera o haciendo cola en cualquier organismo público o oficina bancaria, que pronto serán lo mismo. Existen en cualquier época del año, pero sin duda es en los días de lluvia y frío cuando demostrarán sus habilidades como "hombre-percha". Y lo preocupante del caso es que a cualquiera de nosotros puede sucedernos, ninguno está libre de convertirse en un "hombre-percha", sobre todo en esta sociedad en la que al llegar a un sitio, aunque tengamos cita previa, nos ponemos a la cola para que al otro lado del mostrador nos digan lo que ya sabemos: que tenemos que esperar a que nos llamen.

Es sabido que la aglomeración de gentes provoca que suba la temperatura por lo que se hace necesario empezar a sacar los abrigos y hacer equilibrios para sujetar con una mano el paraguas, con otra el chaquetón y a menudo los papeles que todos solemos llevar "por si me los piden".
Puede pasar una hora, o dos (el horario que figura en volante es aproximado y puede sufrir variaciones, como bien nos indicaron hace meses, al darnos la cita).
Pero cuando suena el nombre de nuestra pareja por megafonía sale el hombre percha que todos llevamos dentro. Casi instintivamente ella nos da su abrigo y comienza a andar hacia la puerta indicada. Nosotros las seguimos como podemos, intentando no tropezar con nadie, y mucho menos con ese otro hombre percha que nos examina para comprobar si tenemos algún truco especial para conseguir que el bolso y el paraguas graviten en la misma elíptica sin interceptar la órbita de la carpeta azul de las analíticas.

Entramos.

Y mientras intentamos acomodarnos nosotros y nuestras cosas en la silla la doctora explica que todo está bien, que esto y que lo otro y después de una rápida exploración nos indica que ya podemos marcharnos. Justo cuando habiamos descubierto el equilibrio exacto entre las cosas que pueden caer y las que pueden resbalar!

Es al intentar levantarnos cuando el paraguas se cae. Al agacharnos el abrigo resbala y levantamos la rodilla para impedir que toque el suelo pero comienza a describir unha parábola que provoca que la carpeta azul se caiga por el otro lado. Lo único que se mantiene en su sitio es el bolso, o casi, ya que con tanto movimiento ha comenzado a oscilar de un lado a otro como si fuese un péndulo, lo cual hace que nuestra postura sea más ridícula todavía. Un hombre encorbado, con el culo en pompa y un bolso colgado en el pescuezo no es lo que se dice una postura muy digna para salir de una consulta.

Nos incorporamos, distribuimos nuevamente nuestros enseres por nuestro cuerpo y salimos. Nada es complicado para el "hombre-percha". Algunos incluso son capaces de llevar a un bebé en brazos mientras rellenan una primitiva, pero esto ya requiere un poco de experiencia. No lo intenten con su primer hijo.





jueves, 7 de marzo de 2013

Imaxínote feliz.



Quixera contarche tantas cousas. Falarche do espelido que está o cativo mentres damos un pe de leria comentando a moita auga que está a caer neste inverno que vai rematando. Quixera que vises como se lle vai ennegrecendo o cabelo e como coñece todas as letras menos o ka, aínda que a tí o que máis che gustaría  sería velo comer nas fresas con azucre e nas filloas. Imaxínote sorrindo de satisfacción ao velo sentado na mesa papando os fresóns máis grandes que atopaches na praza, e insistindo para que lle fagamos un bocadillo ou lle deamos un anaco queixo con marmelo.

Imaxínote feliz.

Pasaron meses e todo foi facéndose un pouco máis vello. Vou acumulando as conversas que non temos, ilusións que me gustaría compartir contigo, e tal vez por iso veñen á miña memorias frases soltas, pequenas pegadas doutras charlas nas que non sempre entendín todo o que me querías contar. Son os retrincos que quedan no recordo, as probas de que houbo compaña entre nós, de que houbo complicidade e de que dalgún modo, mentres poida escoitar a túa voz, tí existirás.

Imaxínote feliz sabendo que nós estamos ben, que imos organizando a nosa vida e que a primavera que se achega virá chea de alegría e de esperanza. Imaxínote rindo e cantando aquel "ven ven ven ven, cariño mío", asubiando aquela melodía mentres camiñabas con pasiños cortos dun lado para outro da cociña e o sol se filtraba por entre as grandes follas da figueira. Si, imaxínote feliz aínda que ás veces, dous anos despois, unha bágoa queda pendurada sobre as lembranzas e non podo evitar sentirme triste por aqueles tempos que marcharon, pero sobre todo por estes tempos que tí non puideches disfrutar.

E máis nada por hoxe. Deixarei que a bágoa esvare por aqueles días e que o sol que nos iluminou vaia aloumiñando as ausencias. Deixareime estar triste cando queira estar triste, pero os días felices que están por vir vivireinos con intensidade e con xenerosidade para impedir que o esquecemento apague a alegría que tí poderías ter disfrutado ao noso lado.

Bicos, e ata outro día.


jueves, 28 de febrero de 2013

Los cinco primeros


Hace tres años, en las charlas de preparación al parto la matrona nos dijo que la mejor manera de aliviar el cólico del lactante era darle calor, y que como la barriga de los papás está más caliente que la de las mamás pues que era una buena solución que acostásemos a nuestros bebés boca abajo sobre nuestras paternales barrigas.

Siempre he sido un tipo bastante diligente y servicial y por eso no dudé en dejarme barriga. Por eso y para que mi pareja no llevase sola el peso del embarazo: si ella se sentía pesada, yo también; si ella no llegaba a los estantes, yo tampoco; si ella roncaba al dormir, yo no sería menos. Además, familiares y amigos no paraban de repetirnos aquello de que en cuanto el bebé comenzase a andar ya adelgazaríamos corriendo detrás de él.

Pero resultó que la criatura apenas tuvo gases, con lo que nunca pude comprobar los efectos terapéuticos de mi hermosa panza. La barrigola de la mamá desapareció a los pocos meses del parto mientras que la mía no paraba de crecer, y por si fuese poco nos salió un niño perezoso en eso de andar y tardó unos catorce meses en decidirse, y aún encima es bastante tranquilote por lo que correr detrás de él no corro mucho, la verdad.

Todo esto viene al caso porque estoy sufriendo el Síndrome CCC, Corredor con cuarenta. Supongo que habrá estudios que demuestran que a los cuarenta años a los chicos nos da por querer recuperar la forma de los veinte y comenzamos a correr. Yo noté los primeros síntomas en el verano, cuando me compré una bicicleta y me puse a tararear la cancioncilla de Verano Azul por los caminos de Compostela. Después pasó lo que pasó.


Pero como la barriga no para de crecer y el tiempo escasea, decido calzarme esas viejas deportivas y comenzar a correr un poco. Unos minutos de carrera continua harán que consuma más grasa que una hora encima de la bicicleta.  La cuestión es que desde hace un par de semanas salgo cada dos o tres días a dar unas vueltas y aunque parezca asombroso ya conseguí correr cinco quilómetros seguidos. Por ahora mi panza no lo nota demasiado, es verdad, pero si en dos semanas conseguí correr cinco quilómetros, calculo yo que para el verano estaré preparado para el maratón que se nos viene encima.

jueves, 14 de febrero de 2013

La cansina aurora boreal.



Querida Sally:

aburrido como estoy de la cansina aurora boreal me decido a escribirte de nuevo. Ya se que hace unos meses me despedía de tí para siempre, pero después de pasar más de cien días viendo fenómenos luminiscentes en el cielo no pude evitar recordar el brillo de tus ojos cuando me decías que me amabas. Se que en su momento te escribí algún verso comparando tu mirada con las estrellas o con el replandor del amanecer sobre las verdosas aguas del Estrecho de Shelikof. Ahora que habito en la soledad puedo asegurarte que el simple recuerdo del abrazo meloso de tus pupilas hace que me sienta menos incomprendido y menos desamparado de lo que es costumbre en mí.

Digámoslo claro, esta misión es un desastre, una auténtica chapuza. Llevamos meses navegando en círculo dentro del Círculo Polar Ártico, si me permites la redundancia. Nuestro objetivo era recoger los restos de un satélite que se estrellaría en el Mar de Beaufort el 21 de diciembre. Lamentablemente, nuestro técnico de telecomunicaciones se equivocó de ruta y acabamos entrando en aguas rusas. Obviamente, a las autoridades rusas no podiamos contarles qué demonios haciamos navegando por sus mares por lo que fingimos no comprender nada de lo que nos decían, lo cual era cierto en parte, y nos fuimos por donde habiamos llegado.

Por si fuese poco, uno de los marineros  no hace más que hablar y su acento cantarín hace que piense en tí, pero su conversación es tan excesiva que a veces tengo que hacer un gran esfuerzo para no tirarlo por la borda. Insiste en la necesidad de pescar uno de los pulpos gigantes que nos rodean desde hace unas semanas. Él dice que tenemos que analizar si su tamaño desmesurado y su capacidad para cruzar sus patas formando una especie de figura ancestral son signo de una inteligencia desarrollada. Me cuenta que en su pueblo natal consideran que los pulpos son los animales más inteligentes que existen y que una prueba de ello es que se niegan a reproducirse en cautividad. Que son capaces de abrir cualquier tipo de envase, ya sean tapones de rosca o latas con abre-fácil, pero que lo único que beben es la Estrella Galicia, siempre que sean botellines de un tercio. Y cuando le pregunto si no les da cierta pena comerse animales tan inteligentes me responde que es una especie de rito ancestral y que el conocido Pulpo á Feira no es más que un rito iniciático en el se puede conocer la personalidad de los comensales según mojen o no mojen el pan en el aceite.

En fin, no quiero aburrirte con nuestras conversaciones, que bastante nos aburrimos nosotros en este extraño mar en el que nunca llega a ser de día, en este Mar de Beaufort en el que un servidor está dando vueltas continuamente en torno a una idea que no termina de llegar a puerto. Te diré que esto de las auroras boreales está sobrevalorado. Al fin y al cabo, son unas luces que vienen y van. Para un rato está bien, pero pasarte tres meses con esas sombras luminosas apareciendo cuando menos te lo esperas cansa un poco, la verdad. Por eso tengo ganas de volver. Esto de navegar y vivir aventuras y sentir el riesgo en cada poro de tu piel está bien, pero no hay nada como llegar a casa, ponerse las zapatillas y tumbarse tranquilamente en el sofá a ver el rosco de pasapalabra.