martes, 25 de febrero de 2020

L'écume des jours. Boris Vian






Surrealismo.
Lo primero que me viene a la cabeza al leer “La espuma de los días”, del francés Boris Vian es la palabra surrealismo y todos los -ismos que marcaron las primeras décadas del siglo XX. Futurismo, creacionismo, expresionismo, cubismo. Romper con los convencionalismos artísticos, crear un poema como la naturaleza hace un árbol, que diría Vicente Huidobro. Temporalmente no puede incluirse dentro del movimiento vanguardista (la obra se publicó en el año 1947), pero tanto por estética, con luminosas imágenes que nos transportan a un mundo que mezcla lo onírico con extrañas invenciones tecnológicas, como por su estilo, creando nuevas palabras y jugando con los dobles sentidos, la obra de Vian podría incluirse en cualquier antología poética de las vanguardias.
En realidad se trata de una historia de amor, o más bien de dos historias de amor que terminan mal. Boris Vian nos cuenta, principalmente, una hermosa y trágica historia de amor, la devoción de un hombre que necesita enamorarse y que ve cumplido su sueño, y el paulatino deterioro de la relación, que no del amor. Ya sabéis, la chica enfema, el chico hace todo lo posible para salvarla y al final...
Pero lo importante, como en la buena literatura, no es tanto lo que cuenta sino la manera de contarlo. Las historias son siempre las mismas, los temas se repiten desde las tragedias griegas. Las pasiones humanas, el destino que siempre termina por cumplirse, amores, odios, amistades. Pero Boris Vian nos lo cuenta a su manera, sumergiéndonos desde la primera página en un mundo alucinado y extraño en el que a pesar de que el entorno urbano es el propio de la mitad del siglo XX, los objetos y las costumbres son muy distintas. Hay nubes rosas en las que podemos viajar, casas que cambian de color, habitaciones que se redondean por efecto de la música. Un ratón que nos acompaña durante toda la narración, y profesiones totalmente descabelladas. Por inventar, Boris Vian inventa incluso un baile.
Pero si conseguimos adentrarnos en este mundo lisérgico y fantástico podremos acompañar a Colin y a Cloé en su hermosa historia de amor. Asistiremos al estallido de felicidad que supone para ellos encontrar el amor, lo único verdaderamente importante en la vida de Colin.
"¿A que se dedica usted en la vida?- preguntó el profesor.
Aprendo cosas – dijo Colin- y amo a Cloé"
Este es un buen resumen de la historia, y por eso no duda en gastar toda su fortuna en flores para conseguir su recuperación y cuando sabe que se queda sin dinero decide incluso trabajar para poder seguir comprando flores. Las profesiones son otra de las grandes sorpresas de esta obra. Desde cultivador de armas hasta anunciador de tragedias. Y en ninguna de estas profesiones tiene éxito el desdichado Colin. Los fusiles crecen defectuosos y a nadie le gusta conoces las malas noticias antes de que sucedan, sobre todo cuando no podemos hacer nada para evitarlas.
La trama es rocambolesca, pero no resulta inverosímil. Dentro del mundo propio de la novela, todo lo que va sucediendo es lógico y previsible, y tal vez por eso nos sumergimos en el juego que nos propone Boris Vian sin oponer resistencia. Una vez que comprendemos que casi cualquier cosa puede suceder aceptamos el reto y avanzamos, esperando tal vez, como el poeta, algún milagro de la primavera. Si a esto unimos que la narración es ágil y viva, y la extensión corta nos encontramos con una lectura agradable y amena, que por una parte nos divierte por su luminosa imaginación y su sentido del humor a la hora de inventar palabras y objetos y por otra nos conmueve como nos conmueven todas las historias de amor que no caen en la cursilería o el estúpido arrobo de las emociones.
Por último quiero señalar la importancia de la música, en concreto del jazz. Boris Vian era un gran aficionado a este tipo de música, y casi es obligado buscar la pieza llamada Chloé, de Duke Ellington, y escucharla mientras leemos que esta música consigue que las paredes de la casa se vuelvan redondas. Todo el libro tiene referencias a la música, ya sea para describir nuevos tipos de baile como para hacer funcionar el pianococtel, un invento de Colin que prepara combinados de alcohol según las melodías que se toquen.



En definitiva, “La espuma de los días”, de Boris Vian, no es simplemente un original e imaginativo ejercicio de creación artística. Esconde también una crítica al tiempo que le ha tocado vivir, a la falta de esperanza que envolvía a toda una generación que después de la barbarie de la segunda guerra mundial y el comienzo de la época de las cadenas de montaje y el trabajo deshumanizado se preguntaba si quedaba esperanza, si todavía había espacio para las relaciones humanas como el amor o la amistad o estas perdían importancia en un mundo rodeado de frías máquinas.

viernes, 21 de febrero de 2020

Chabasqueira




Aquel verano todas andábamos como mansas corderillas detrás de Ricardo.

Algunos años antes, en el instituto, ninguna de nosotras habría mirado para él. Con su gastada cazadora vaquera, heredada de su hermano mayor, y esa ridícula pelusilla adornando su rostro aniñado solamente captaba nuestra atención cuando algún profesor le reprendía en clase o hacía alguna de sus tonterías de niño de primaria, como revolcarse por el suelo o buscar insectos entre las cortezas de los árboles del parque. A nosotras, los que realmente nos gustaban eran los chicos que iban a los conciertos de Los Suaves y se escondían en las esquinas del patio para fumar. Ricardo no era más que el típico vecino al que ves crecer. Está en las fotos de los cumpleaños y de las primeras comuniones y tu madre siempre te pregunta por él, pero para nosotras no entraba en la categoría de chico del que hablar y al que puntuar.

Ricardo se fue a vivir a Suiza con un tío suyo que trabajaba en una reserva para fauna salvaje. Según nos contaría aquel verano, estaba estudiando veterinaria y quería especializarse en la vida del lobo salvaje. La mayoría de nosotras estábamos en la universidad, alguna incluso vivía en otra ciudad, pero manteníamos el grupo unido. No había día en el que no hablásemos entre nosotras, ni fin de semana que no saliésemos juntas a los bares, pubs y discotecas de siempre, contándonos nuestras cosas y suspirando por los muchachos que nos gustaban. Ya apenas nos interesaban los chicos malos del instituto. Ellos seguían con sus melenas y con su tabaco, cantando siempre la misma canción sobre lo dura que es la vida y lo crueles que son las chicas con las que jamás se acostarían. Ahora a nosotras nos gustaban más los chicos sofisticados, seguros de si mismos, de esos que van al gym y jugar al tenis, y sobre todo con coche propio. Y fue entonces cuando Ricardo volvió a aparecer.

No es que se hubiera ido.

Lo veíamos todos los años en las vacaciones y en las fiestas del barrio, pero creo que fue cuando apareció con aquel coche de alta gama, aquel peinado que nunca antes habíamos visto en los chicos de la universidad y su esclava de plata con la palabra Rikky grabada cuando comenzamos a prestarle atención. Si lo encontrábamos en alguna terraza le saludábamos cariñosamente, poniendo ojos de corderillas degolladas cuando nos sonreía y nos preguntaba por la familia. Y si lo veíamos por las noches, en alguna discoteca, nos acercábamos como un grupo de colegialas, aprovechando cualquier ocasión para tocarle en los brazos o en la espalda. Alguna, más atrevida y haciéndose la borracha, se las ingeniaba para tocarle el culo aprovechando el barullo de luces, música y gente bailando en la pista. Después, de regreso, la muy zorra presumía delante de las demás diciendo que nuestro Ricardo se había convertido en un pedazo de tío bueno, que estaba más musculoso de lo que parecía y que seguramente en la cama era de los que apretaban fuerte, sin dejarte espacio para moverte. Reíamos nerviosamente, imaginándonos las unas a las otras retozando con Ricardo, dejándonos llevar y aceptando sin remilgos nuevas técnicas amatorias que suponíamos de moda en Europa ya que por entonces, aunque nos esforzábamos mucho en disimularlo, todas nosotras éramos vírgenes. Nos comportábamos como auténticas mujeres experimentadas que no estaban dispuestas a perder el tiempo con muchachos inexpertos. Por eso aquel verano Rikky se convirtió, a nuestros ojos, en el chico ideal, una copia casi exacta del protagonista de cualquier serie de adolescentes, hermoso y delicado, pero con un halo de misterio que lo hacía más atractivo.

Y Rikky se dejaba querer. Nos contaba cosas de su vida en el extranjero, de sus amigos, todos rubios y ricos, y de las chicas que no paraban de perseguirlo. Nosotras nos imaginábamos a aquellas mujeres esbeltas y blancas, de maneras delicadas, dulces en el trato e interesantes en la conversación y comenzamos a odiarlas. Allí los morenos ligan un montón, decía Ricardo adoptando un gesto tímido, como disculpándose por haberse convertido en un hombre tan atractivo para las europeas del norte.

Pero sin duda lo que a todas nos volvió rematadamente locas fue que nos contara que tenía novia, y que estaban muy enamorados. No puedo explicarlo muy bien, es un tema del que no volvimos a hablar jamás, pero en mayor o menor medida todas nosotras sufrimos una especie de locura transitoria, un sin sentido que nos hizo comportarnos como personas obsesivas y crueles. Queríamos a Rikky en exclusiva, nos pertenecía y no estábamos dispuestas a que una mocosa nos lo arrebatara. Comenzamos una carrera frenética por ganarnos su atención, a rivalizar por cualquier estupidez. Si una conseguía que la llevara en coche a hacer algún recado al Centro Comercial, otra le pedía ayuda para escoger un regalo para algún familiar. Si por un casual hacía algún comentario sobre el peinado de una, otra se apresuraba a enseñarle el nuevo esmalte de uñas y a pedirle opinión. Nos veíamos mutuamente hacer el tonto día tras día, conscientes de que nos estábamos poniendo en evidencia de una manera tan absurda que tenía que sorprender al pobre Ricardo. No podíamos evitarlo. Sometidas a una especie de hechizo, pasábamos los días obsesionadas con Rikky, buscando disculpas para verlo, para estar con él a solas, sin la presencia de las otras. La situación se volvía más incómoda a medida que pasaba el verano y las vacaciones llegaban a su fin. Las discusiones surgían por cualquier comentario sin importancia, aparecían viejas rencillas y recriminaciones constantes, insultos que provocaban lágrimas. Una pegajosa sensación de irrealidad parecía envolver aquellos días de verano, una insana atracción nos hacía buscar una y otra vez a Rikky, interpretar sus gestos, retorcer sus palabras hasta que dijeran lo que queríamos oír.

Pero Ricardo no cedía. Muy tarde comprendimos que jugaba con nosotras como un gato saciado juega con sus presas. No estaba interesado en ninguna, por lo menos no de la manera que a nosotras nos hubiera gustado, y tal vez por eso parecía querer complacernos a todas. Por eso, rendidas y aburridas de nosotras mismas, no pusimos reparos cuando aquella noche nos pidió que le acompañáramos a las termas. Durante el verano las instalaciones permanecían abiertas hasta más tarde para refrescarse en las noches de más calor. Sabíamos, porque todas lo habíamos hecho alguna vez, que existían algunos lugares oscuros cerca de las piscinas de agua caliente donde las parejas hacían algo más que tomar un baño. Besos inseguros, caricias cada vez más atrevidas, pieles desnudas que se encuentran por primera vez. Nos emocionamos pensando que sus reticencias habían acabado, que nuestra insistencia había derrumbado el muro de indiferencia tras el cual Ricardo se había parapetado durante las últimas semanas. Rikky seria nuestro al fin.

Quizás por nerviosismo, alguna comenzó a hablar sobre la desaparición de la chica que durante aquellos días ocupaba la atención mediática. Como pretendiendo demostrar nuestro conocimiento sobre el lado oscuro de la vida, comenzamos a aportar datos, no siempre inventados, sobre el asunto. La conversación comenzó a adquirir un tono siniestro, las posibles escenas del crimen eran cada vez más sangrientas y los motivos siempre sexuales. Nos excitábamos a nosotras mismas completando frases, buscando palabras descarnadas y aportando minuciosos detalles sobre pieles rasgadas y cuerpos quebrados.

Él, en lugar de amedrentarse se mostraba cada vez más animado. Al principio solamente escuchaba y se reía cuando alguna le preguntaba si no tenía miedo de que fuésemos unas pervertidas dispuestas a aprovecharnos de él, o unas psicópatas asesinas comenzando algún rito satánico. Después nos dijo que él también tenía alguna historia para contarnos, que en su familia era conocido que un antepasado suyo, un par de siglos antes, había sido asesinado por los hombres de nuestro pueblo, acusado de ser un licántropo. De pronto nos sentimos algo incómodas, mareadas, confusas. El aire comenzó a hacerse más denso y una brisa cálida comenzó a deslizarse entre las ramas de los árboles, esparciendo a nuestro alrededor un olor intenso, amargo y húmedo, como de cuero mojado. Escuchamos el ruido de las ramas al quebrarse. Una de nosotras gritó. La pulsera de plata brilló por unos segundos a la luz de la luna. La mirada salvaje, la amenazante boca dispuesta a saciarse, un alarido de satisfacción y las uñas clavándose en la piel.

Al día siguiente, los forenses solamente encontraron los huesos.




jueves, 20 de febrero de 2020

Serenidad






Sam respiró profundamente. –Bueno, estoy de vuelta."
Esto es lo que dijo Sam cuando regresó a la Comarca, sentándose en su sillón preferido, con su querida hobbita de alegres rizos bailando a su alrededor y con su hija en el regazo. El trabajo estaba terminado. Tocaba tomarse un descanso.
Así es como me siento yo esta mañana. Ya es definitivo que el esfuerzode hace unos meses valió la pena. Los madrugones, las horas de estudio, los nervios y los sacrificios. Superé un proceso selectivo que ha sido muy duro. ¿Acaso hay alguno que no lo sea?
Como suele ocurrir cuando conseguimos algo que nos ha llevado tanto tiempo y esfuerzo, la sensación que predomina es la de alivio y satisfacción. Más adelante, cualquier día mientras camine despistado por alguna acera o al entrar en una biblioteca sentiré de pronto una súbita alegría, una emoción de esas que nos suben por la espalda, cosquillea entre los huesos temporales y los parietales y nos impulsa a dar pequeños saltos, levantar las manos en señal de triunfo y tal vez gritar.
Pero hoy no es ese día.
Hoy simplemente suspiro aliviado, celebro la buena suerte que he tenido y pienso en lo bien que se está cuando se está bien. Descanso, tranquilidad, disfrutar del tiempo y de la compañía, dar y recibir algunos mimos familiares y mañana, tal vez pasado, ir pensando en volver a empezar. 


miércoles, 5 de febrero de 2020

Mutilación genital femenina.




De sobra sé que a las lectoras y lectores de este blog les repugna tanto como a mí que tengamos que seguir hablando de la mutilación genital femenina. Es una práctica totalmente aberrante, cruel y perjudicial para las mujeres, por no hablar del machismo agresivo que le da razón de ser y del sistema patriarquial que pretende mantener. Obviamente, no tengo que convencer a nadie sobre lo intolerable que resulta que aún existan comunidades en las que se entienda que por motivos culturales o por tradición sea legítimo que las madres o las abuelas, o la curandera del pueblo, urguen en las vaginas de las niñas buscando el clítoris y con un cuchillo ceremonial, o a veces una simple cuchilla de afeitar, hagan un par de incisiones para dividirlo en tres partes y arrancarlo, en ocasiones en su totalidad y otras veces a pedazos, con lo que la salvajada podrá repetirse una o dos veces más.
Estos son los hechos, y dependiendo de las zonas se practica de una manera o de otra, y con distintas argumentaciones, aunque según los escasos y recientes estudios de antropología, la raíz de esta “tradición” o rito puede ser la creencia en que de esta manera se suprime el apetito sexual de las mujeres y así los hombres pueden tener la certeza de que los hijos que crían son realmente suyos. Es una forma ancestral de controlar la sexualidad de las mujeres llevada a cabo, como tantas veces sucede, por las propias mujeres de la familia. Y esto nos obliga a pensar que no se trata simplemente de una muestra de sumisión o de machismo extremo. Detrás de la ablación hay un sistema de creencias que es necesario cambiar si queremos acabar de una vez con este sinsentido.
Está demostrado que la mutilación no solamente es dolorosa y peligrosa en el momento de su realización, pudiendo provocar hemorragias o infecciones, sino que a lo largo de la vida de las mujeres provoca problemas urinarios, aparición de quistes, complicaciones en el parto y dolor crónico, por no mencionar las terribles secuelas psicológico-afectivas que marcan para siempre la vida de las mujeres sometidas a la ablación. Esto hace que desde hace años la Organización Mundial de la Salud mantenga como uno de sus objetivos prioritarios la eliminación total de la mutilación genital femenina, o que la ONU la considere como una violación de los derechos humanos de las mujeres y de las niñas. Además, el objetivo número 5 de los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible incluye entre sus metas la erradicación de la mutilación genital femenina, entre otras violencias contra la mujer.
En la mayoría de los países esta práctica no es legal o está directamente prohibida, y en muchos se trata de un delito tipificado y penado con condenas de prisión. Pero se ha demostrado que la vía legislativa no es suficiente. Para las comunidades que la practican es más importante la tradición y el cumplimiento de los ritos que les son propios que las leyes que los gobiernos locales o las normas internacionales les traten de imponer.
A esto hay que sumar que hasta hace muy poco era un tema en el que no se quería profundizar demasiado por parte de los países más avanzados en derechos humanos. Se trataba de algo que hacían pueblos subdesarrollados en lugares remotos. Sin embargo, en un mundo con una emigración cada vez más globalizada, hay comunidades que pretenden mantener su identidad y el sentimiento de pertenencia a sus lugares de origen continuando con prácticas que en los países en los que viven son totalmente ilegales. Por eso no es raro que se aprovechen las vacaciones para llevarse a las niñas a sus países de origen y someterlas a la ablación, o incluso mutilarlas en países occidentales.
Afortunadamente, cada vez existe más concienciación entre las autoridades sanitarias y educativas y se establecen protocolos de vigilancia para impedir que las niñas procedentes de países en los que se practica la ablación puedan ser mutiladas. Así, por ejemplo, si los servicios sanitarios tienen conocimiento de que una madre ha sido sometida a la ablación pueden poner en marcha mecanismos de asesoramiento e información para asegurarse que sus hijas no vayan a ser objeto de la misma práctica.
En cuanto a los países de origen también se están realizando distintas medidas de prevención y campañas de concienciación . En muchos casos es necesario implicar, además de a las propias mujeres, a los lideres comunitarios y a los ancianos, que suelen gozar de gran poder en las decisiones que se toman dentro de estas comunidades. Otras veces, para vencer el arraigo cultural se pueden buscar alternativas, como sucede en una comunidad masái de Kenia, donde las chicas celebran el paso a la edad adulta mediante un rito que consiste en un simple corte de pelo.
Este proyecto, que ha sido iniciativa de la ONG Amref Salud África (Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2018), responde a la necesidad de implicar a toda la población en el cambio de actitud con respecto a la mutilación genital femenina. Por eso, desde el año 2009 promueve entre comunidades masái y samburu de Kenia ceremonias de rito de paso alternativas, consistentes en cortarles el pelo, de forma que las chicas pasan a ser mujeres. Estás ceremonias son realizadas delante de todo el pueblo, y con la participación activa de los líderes locales, que durante los días anteriores se encargan de impartir lecciones sobre valores y tradiciones, educación sexual y sanitaria y lecciones prácticas del día a día.
Queda mucho por hacer durante los próximos 10 años para conseguir la erradicación total de la mutilación genital femenina, pero tengo la certeza de que las soluciones deben pasar por la implicación del mayor número de personas en proyectos transversales que afronten los problemas desde distintas ópticas.




viernes, 31 de enero de 2020

El teatro de Sabbath. Philip Roth




Philip Roth




Excesiva.
Tal vez sea esta la primera palabra que me viene a la cabeza al intentar hablaros de El teatro de Sabbath, la polémica novela que Philip Roth publicó en el año 1995. Hay un exceso de fluidos corporales, una meticulosa descripción de conductas sexuales que a veces roza la pornografía y un lenguaje que en algunos casos puede tacharse de soez. Pero este exceso transgresor y provocador va acompañado por el oficio incuestionable de Roth. Estamos hablando de un auténtico genio de la literatura, un escritor que es capaz de hacernos transitar por una narración que a veces nos resulta desagradable, que nos revuelve más de lo que nos conmueve, y sin embargo su prosa es tan rica en matices y tan intensa que nos negamos a cerrar la novela a pesar de la indignación que a veces nos provoca.
El argumento es más bien sencillo, el recorrido suicida de un viejo titiritero que ha perdido a su amante, al que su mujer alcoholizada culpa de todas sus desgracias y que ya no cuenta con ningún tipo de apoyo emocional entre aquellos que lo conocen o que algún día pudieron llamarse amigos. Acompañamos a Mikey Sabbath en su viaje a la gran ciudad para asistir al entierro de un viejo amigo que se suicidó, y en este peregrinaje el protagonista va desgranando los aspectos más importantes de su vida, en un intento de reencontrarse con todo aquello que perdió. Descubrimos entonces que su existencia ha sido una lucha constante por llenar el hueco que dejó en su infancia la perdida de su hermano y el distanciamiento lunático de su propia madre a raíz de un suceso tan traumático.
El protagonista es un ser egocéntrico y lujurioso. Parece haber convivido desde siempre con una compulsión irracional a practicar sexo. Desde sus inicios sexuales en los prostíbulos del caribe hasta los encuentros clandestinos, ya rozando los sesenta años, con la amante casada que le pide una adultera fidelidad al saberse enferma de cáncer. A primera vista Sabbath se nos presenta como un hombre poseído por una furia erótica desmedida y una necesidad irrefrenable de saciar sus apetitos sexuales. Sus pensamientos están únicamente centrados en el mismo, en satisfacer sus deseos más vergonzantes y sus groseras necesidades, y en su universo particular las personas y las cosas parecen existir simplemente para dar cumplimiento a esta premisa.
Sin embargo, a pesar de las recurrentes menciones a la vida sexual del protagonista y a las descripciones explícitas de sus comportamientos aberrantes y repulsivos, una lectura más profunda de la novela nos mostrará que el sexo no es más que un contrapunto a la muerte, y es esta dualidad la que domina toda la narración de El teatro de Sabbath. La misma crudeza con la que se muestran las escenas sexuales también es empleada para describir las muertes que marcaron de algún modo el destino del protagonista. Philip Roth no escatima en detalles cuando nos quiere mostrar los dos aspectos básicos de nuestra existencia y no es difícil encontrar ciertas reminiscencias de las ideas freudianas sobre las pulsiones (la clásica dicotomía Eros-Thanatos).
Solamente mediante esta interpretación podemos suavizar la repulsión que nos genera un personaje tan corrosivo y cruel como Mikey Sabbath. Por sus acciones sabemos que es un machista egoísta; un amoral sin escrúpulos; un experto manipulador que sabe manejar mediante la palabra a todos aquellos que le rodean y de los que puede obtener algún beneficio. Sin embargo, debajo de esta capa grosera y libertina que envuelve todo lo que hace existe todo un mundo de causas, y son esos acontecimientos que no llegan a describirse de manera explícita, los que hacen que el protagonista sea como es, un buscador constante de algo que sacie su necesidad de llenar el hueco que sabe que existe en su vida.
Esta idea enlaza con el propio título del libro. Si la vida es un teatro, Roth pretende mostrarnos la obra que le tocó representar a Mikey Sabbath. En escena aparecen continuamente las acciones del protagonista, sus relaciones sexuales, sus pequeñas miserias. Incluso cuando recuerda, recuerda sobre todo acciones en las que casi siempre es el el que determina los acontecimientos. Él es el que maneja los hilos, el que hace cosas, el que actúa. Es, en definitiva, el titiritero. Pero a medida que la historia se va narrando comenzamos a pensar que el propio titiritero no es más que un personaje sin poder de decisión, que son las circunstancias las que conducen su vida, y no su voluntad. Al final, nos preguntamos si es Sabbath el que maneja los hilos de sus marionetas o también él es manejado como un títere.
Por otro lado, esta dualidad conceptual a la hora de interpretar al personaje protagonista viene acompañada de una complejidad en la trama que requiere cierto esfuerzo lector, por lo menos al principio. Las escenas del presente van entremezclándose con escenas del pasado a medida que el torrente de la memoria del protagonista avanza. De este modo se mantiene la tensión interpretativa a medida que se van mostrando los distintos matices de Sabbath, facetas más amables de un personaje que en el momento presente nos resulta definitivamente repulsivo. Es el propio protagonista el que nos cuenta su vida, el que interpreta los acontecimientos pasados y presentes de un modo lúcido y genial. Phillip Roth sale airoso del desafío formal que supone dotar al protagonista de la misma capacidad narrativa que el autor posee. La maestría de Roth es incuestionable, pero en esta novela es capaz de dotar a su personaje de una voz propia. El estilo y la capacidad discursiva de Mikey Sabbath nos envuelve y queremos escuchar más, aunque lo que dice nos resulta demasiadas veces terriblemente amoral y estridente. Es esta prosa pegajosa e intensa, es esta forma de interpretarse a si mismo tan lúcida y corrosiva al mismo tiempo, por veces incluso cruel, lo que hace de él un personaje total, una realidad que nos acompaña a lo largo de la lectura y al que a veces oímos susurrar obscenidades, aunque no estemos leyendo el libro en ese momento. Ese es el poder creativo que hace de Philip Roth un gran escritor.
La primera novela que leí de Philip Roth fue Némesis, en el año 2012. Curiosamente fue la última que el escribió. Años después le tocó el turno a Patoral Americana y ahora, recién estrenada una nueva etapa lectora en mi vida, El teatro de Sabbath. Sin duda, Roth es uno de esos autores de los que hay que intentar leer todo. Una parte de su obra se ha definido como polémica y transgresora y esta novela pertenece a ese tipo. Transgresora y excesiva como escribía al comienzo de esta entrada, pero sobre todo es una obra de arte. Tanto por su estilo como por la cadencia narrativa que posee merece estar en la estantería de las novelas con calidad literaria. Hay autores que se escudan en la presunta transgresión que muestran sus obras para quejarse amargamente de la incomprensión o el rechazo del público. Otros opinan que todo arte ha de ser en cierto modo transgresor, que han de conmover al espectador, provocar la reflexión o mover a la acción, incluso aunque sera para expresar rechazo por la obra del artista. Supongo que es la eterna discusión del arte por el arte o por algo más.
No tengo una fórmula para determinar lo que es arte y lo que no lo es. Para mi es algo más bien subjetivo y que puede cambiar con el paso del tiempo. Incluso para una misma persona lo que ahora nos parece grandioso puede resultarnos al cabo de un tiempo una auténtica patochada. El criterio literario es muy cambiante, pero como estáis en este blog, y sobre todo como habéis llegado al final de este texto os diré que al acabar de leer esta novela nos quedamos algo agitados, confusos tal vez. Tenemos la sensación que el autor nos ha removido de nuestra zona de confort para llevarnos por un camino que no necesariamente ha sido agradable, pero que ha provocado algo en nuestro interior. Desde mi punto de vista esta es la clave de la buena literatura, y es algo que solo saben hacer los grandes novelistas.



Philip Roth

martes, 28 de enero de 2020

Las doscientas primeras!







Celebraba en abril del año 2012 las cien primeras entradas de este blog. Ya entonces tenía claro que mi ritmo de creación era muy lento, pero por aquel entonces, y teniendo en cuenta que la primera entrada es de enero de 2010, las cuentas tampoco eran tan malas. En apenas dos años había publicado cien "cosas". Lo verdaderamente sorprendente es haber tardado casi ocho años en publicar otras cien.
Algo vergonzoso, lo sé.
Diez años tiene este sitio y solamente he podido escribir doscientas entradas. Diré que no han sido diez años fáciles. Me dediqué a tiempo completo a la crianza de cachorros  Homo Sapiens, y eso es complicado. Tiene nuestra especie la capacidad de absorber el tiempo y la energía como si de pequeños agujeros negros se tratase, y si a esto añadimos un carácter inseguro y necesitado de constante reafirmación tendréis a un padre dispuesto a cuestionarse siempre a si mismo, dudando continuamente si el tiempo y las atenciones dedicadas serán suficientes.
Nunca es suficiente.
Y hubo además oposiciones, inseguridades varias, crisis, medidas desesperadas, cambios de enfoque, cosas que se rompen, bilingüismo . Lo típico de las vidas, vamos, que os voy a contar que no sepáis...
Pero como se pregunta y se responde eternamente Pessoa
Valeu a pena? Tudo vale a pena
Se a alma não é pequena.
Y ahora estoy convencido de que valdrá la pena. Me atrevo a asegurar sin ningún tipo de modestia por mi parte que la calidad de lo que escribo ha mejorado, y espero que en un futuro siga mejorando.
Pues si, digámoslo ya, habrá futuro para este blog.
Revisando algunas de las entradas descubro cierta capacidad, una suerte de estilo propio, un talento que necesita ser pulido, es cierto, pero que está presente y que no todas las personas que publican libros poseen. Creedme, escribir no escribo mucho, pero soy un buen lector y puedo decir que algunos de los textos que podéis encontrar en este blog tienen, al menos, tanta calidad como alguna de las obras que publican las editoriales para ir creando fondo. Comienzo a creerme lo que mi amigo Iván lleva más de veinte años diciendo, que mi camino es la palabra y que la única forma de recorrerlo es escribir escribir escribir.
Se que no soy muy de fiar, que más de una vez (y de tres) he prometido constancia y entrega, asumiendo retos que yo mismo sabía difíciles de cumplir. Pero ahora estoy en una época en la que se juntan las ganas de hacer cosas con la creatividad, y debo aprovechar los vientos favorables.
No diré como otras veces que escribiré sobre esto o lo otro, que llegaré a un número de relatos o que simplemente hablaré de mi.
No.
No se como va a ser este sitio a partir de ahora, si tendrá originalidad o la calidad que os merecéis, si podré llegar a plasmar todo lo que tengo pensado, que no es mucho, la verdad. No se si esto seguirá siendo un blog, un videoblog o una página de Internet. Pero una cosa os digo, si tenéis un poco más de paciencia y decidís regalarme un poco de vuestro tiempo estoy seguro que encontrareis en este sitio algo que merezca la pena o que al menos compense los minutos que paséis aquí.
Naveguemos juntos durante el 2020 y alcancemos las 252.



miércoles, 22 de enero de 2020

Vidas minúsculas. Pierre Michon





Vidas minúsculas es la obra con la que inauguré mi lista de lecturas del año 2020. No sin cierta vergüenza debo reconocer que no solamente no había leído nada de este escritor francés, sino que ni siquiera lo conocía. Y tal vez no pude haber escogido mejor novela para empezar a profundizar en su obra, aunque Vidas minúsculas no encaja exactamente en la definición de novela. Son retazos biográficos de algunos miembros de su familia, recuerdos de su infancia y juventud que ayudan al autor a situarse en el mundo, a comprender quien es y las razones por las que es como es.
Algunos dirán que se trata de una novela de formación y aprendizaje, una obra en la que establece las bases de lo que quiere llegar a ser como escritor, de ahí sus numerosas referencias a Rimbaud, al que admiraba y con el que comparte algunos avatares vitales como el abandono del padre o la muerte de una hermana. Es fácil imaginarse al adolescente Pierre buscando significados en lo que no son más que meras casualidades y sintiéndose, al igual que el poeta simbolista, tocado por la gracia del talento. ¿A quien no le ha pasado alguna vez?
En cierto modo, Vidas minúsculas trata de los primeros tiempos de un escritor, de sus dudas, de su impotencia ante la página en blanco, de la búsqueda de modelos a los que seguir para alcanzar su voz propia. Pero también nos cuenta de donde procede. Analiza las vidas, y sobre todo los caracteres de sus parientes. Busca en su propia genealogía las claves para entender su propia existencia, rastreando los rasgos psicológicos que reconoce o quiere reconocer en sus abuelos o en ese pariente cuya vida es desconocida y que por eso mismo mantiene cierta aureola de misterio. Es la interacción del narrador con los protagonistas de los ocho relatos que aparecen en Vidas minúsculas la que hace avanzar al autor hasta la edad adulta. La abuela que va tejiendo para el la vida de un antepasado al que imagina aventurero y algo soñador, que le inculca el disfrute de la lectura; el viejo campesino que se autoengaña pensando que su hijo ha triunfado en América; los recuerdos de los compañeros de la escuela, del cura del pueblo o de sus primeros años en la gran ciudad, mezclando el primer amor con los excesos de alcohol y sustancias (otra vez Rimbaud como ejemplo y guía).
Son estos los recuerdos, las vidas minúsculas perdidas en el tiempo, las que le sirven para situarse en el mundo, para realzar su propia existencia convirtiendo en arte las anónimas y insubstanciales vidas de sus antepasados. Y sin embargo, desde mi punto de vista, no es este recurso lo más sobresaliente del libro. Como siempre, cuando de literatura y palabras se trata, lo importante no es lo que se dice, sino como se dice. El lenguaje empleado en Vidas minúsculas es de un preciosismo y una belleza tal que muchas veces alcanza el lirismo propio de la poesía, como una composición en la que cada verso es como una pincelada que nos obliga a fantasear con lo que leemos. Inevitablemente, leyendo algunos párrafos no solamente evocamos recuerdos de nuestra propia infancia, sino que vemos, escuchamos e incluso olemos aquello que se nos describe. Ya sea una escuela, el campo o el interior de una cocina familiar. Es este aliento lírico, esta capacidad de evocar instantes que el lector percibe como propios lo que hace de Pierre Michon un autor que parece que hable de nuestras vidas, de nuestra infancia. La mezcla entre la ficción y lo recordado, entre lo que fue y lo que pudo haber sido le otorga a su prosa la sensibilidad propia de la poesía y es por esto por lo que consigue conmovernos.
Personalmente debo decir que una de las partes que leí con más intensidad es la referida al padre ausente y a la búsqueda de su voz personal. Explica en algún momento como la ausencia de una figura paterna provoca que siga buscando modelos a los que seguir, una orientación, un guía tal vez. Creo que esta reflexión fue clave para mi pues también yo siento algunas veces, a pesar de ser ya un hombre adulto que inicia el camino de descenso, que si algo me ha caracterizado durante todos estos años es este sentimiento de abandono, esta falta de una figura con la que aconsejarme, a la que preguntar o de la que escuchar una alabanza o un reproche. Y tal vez esta duda constante y esta falta de autoestima que me impide entregarme plenamente a lo que más quiero se deba, en parte, a un sentimiento de poca cosa, de saberme “abandonable”, intercambiable por otra vida, por otra familia. Hay cosas que un niño tarda toda una vida en superar, heridas que nos traban, que nos impiden avanzar aunque pensemos que hemos conseguido dejarlo atrás.
En definitiva, Vidas minúsculas es uno de esos libros que nos dejan huella, que nos obligan a mirar hacia partes de nuestra vida de las que intentamos huir, con las que no queremos enfrentarnos. Obviamente, a cada lector le dirá una cosa distinta. Una vez escrito, un texto ya no pertenece a quien lo escribe sino a quien lo recibe, y por eso he tenido mucha suerte al comenzar este año, del que tantas cosas espero, con una lectura tan hermosa y a la vez tan profundamente inspiradora como esta.