viernes, 21 de febrero de 2020

Chabasqueira




Aquel verano todas andábamos como mansas corderillas detrás de Ricardo.

Algunos años antes, en el instituto, ninguna de nosotras habría mirado para él. Con su gastada cazadora vaquera, heredada de su hermano mayor, y esa ridícula pelusilla adornando su rostro aniñado solamente captaba nuestra atención cuando algún profesor le reprendía en clase o hacía alguna de sus tonterías de niño de primaria, como revolcarse por el suelo o buscar insectos entre las cortezas de los árboles del parque. A nosotras, los que realmente nos gustaban eran los chicos que iban a los conciertos de Los Suaves y se escondían en las esquinas del patio para fumar. Ricardo no era más que el típico vecino al que ves crecer. Está en las fotos de los cumpleaños y de las primeras comuniones y tu madre siempre te pregunta por él, pero para nosotras no entraba en la categoría de chico del que hablar y al que puntuar.

Ricardo se fue a vivir a Suiza con un tío suyo que trabajaba en una reserva para fauna salvaje. Según nos contaría aquel verano, estaba estudiando veterinaria y quería especializarse en la vida del lobo salvaje. La mayoría de nosotras estábamos en la universidad, alguna incluso vivía en otra ciudad, pero manteníamos el grupo unido. No había día en el que no hablásemos entre nosotras, ni fin de semana que no saliésemos juntas a los bares, pubs y discotecas de siempre, contándonos nuestras cosas y suspirando por los muchachos que nos gustaban. Ya apenas nos interesaban los chicos malos del instituto. Ellos seguían con sus melenas y con su tabaco, cantando siempre la misma canción sobre lo dura que es la vida y lo crueles que son las chicas con las que jamás se acostarían. Ahora a nosotras nos gustaban más los chicos sofisticados, seguros de si mismos, de esos que van al gym y jugar al tenis, y sobre todo con coche propio. Y fue entonces cuando Ricardo volvió a aparecer.

No es que se hubiera ido.

Lo veíamos todos los años en las vacaciones y en las fiestas del barrio, pero creo que fue cuando apareció con aquel coche de alta gama, aquel peinado que nunca antes habíamos visto en los chicos de la universidad y su esclava de plata con la palabra Rikky grabada cuando comenzamos a prestarle atención. Si lo encontrábamos en alguna terraza le saludábamos cariñosamente, poniendo ojos de corderillas degolladas cuando nos sonreía y nos preguntaba por la familia. Y si lo veíamos por las noches, en alguna discoteca, nos acercábamos como un grupo de colegialas, aprovechando cualquier ocasión para tocarle en los brazos o en la espalda. Alguna, más atrevida y haciéndose la borracha, se las ingeniaba para tocarle el culo aprovechando el barullo de luces, música y gente bailando en la pista. Después, de regreso, la muy zorra presumía delante de las demás diciendo que nuestro Ricardo se había convertido en un pedazo de tío bueno, que estaba más musculoso de lo que parecía y que seguramente en la cama era de los que apretaban fuerte, sin dejarte espacio para moverte. Reíamos nerviosamente, imaginándonos las unas a las otras retozando con Ricardo, dejándonos llevar y aceptando sin remilgos nuevas técnicas amatorias que suponíamos de moda en Europa ya que por entonces, aunque nos esforzábamos mucho en disimularlo, todas nosotras éramos vírgenes. Nos comportábamos como auténticas mujeres experimentadas que no estaban dispuestas a perder el tiempo con muchachos inexpertos. Por eso aquel verano Rikky se convirtió, a nuestros ojos, en el chico ideal, una copia casi exacta del protagonista de cualquier serie de adolescentes, hermoso y delicado, pero con un halo de misterio que lo hacía más atractivo.

Y Rikky se dejaba querer. Nos contaba cosas de su vida en el extranjero, de sus amigos, todos rubios y ricos, y de las chicas que no paraban de perseguirlo. Nosotras nos imaginábamos a aquellas mujeres esbeltas y blancas, de maneras delicadas, dulces en el trato e interesantes en la conversación y comenzamos a odiarlas. Allí los morenos ligan un montón, decía Ricardo adoptando un gesto tímido, como disculpándose por haberse convertido en un hombre tan atractivo para las europeas del norte.

Pero sin duda lo que a todas nos volvió rematadamente locas fue que nos contara que tenía novia, y que estaban muy enamorados. No puedo explicarlo muy bien, es un tema del que no volvimos a hablar jamás, pero en mayor o menor medida todas nosotras sufrimos una especie de locura transitoria, un sin sentido que nos hizo comportarnos como personas obsesivas y crueles. Queríamos a Rikky en exclusiva, nos pertenecía y no estábamos dispuestas a que una mocosa nos lo arrebatara. Comenzamos una carrera frenética por ganarnos su atención, a rivalizar por cualquier estupidez. Si una conseguía que la llevara en coche a hacer algún recado al Centro Comercial, otra le pedía ayuda para escoger un regalo para algún familiar. Si por un casual hacía algún comentario sobre el peinado de una, otra se apresuraba a enseñarle el nuevo esmalte de uñas y a pedirle opinión. Nos veíamos mutuamente hacer el tonto día tras día, conscientes de que nos estábamos poniendo en evidencia de una manera tan absurda que tenía que sorprender al pobre Ricardo. No podíamos evitarlo. Sometidas a una especie de hechizo, pasábamos los días obsesionadas con Rikky, buscando disculpas para verlo, para estar con él a solas, sin la presencia de las otras. La situación se volvía más incómoda a medida que pasaba el verano y las vacaciones llegaban a su fin. Las discusiones surgían por cualquier comentario sin importancia, aparecían viejas rencillas y recriminaciones constantes, insultos que provocaban lágrimas. Una pegajosa sensación de irrealidad parecía envolver aquellos días de verano, una insana atracción nos hacía buscar una y otra vez a Rikky, interpretar sus gestos, retorcer sus palabras hasta que dijeran lo que queríamos oír.

Pero Ricardo no cedía. Muy tarde comprendimos que jugaba con nosotras como un gato saciado juega con sus presas. No estaba interesado en ninguna, por lo menos no de la manera que a nosotras nos hubiera gustado, y tal vez por eso parecía querer complacernos a todas. Por eso, rendidas y aburridas de nosotras mismas, no pusimos reparos cuando aquella noche nos pidió que le acompañáramos a las termas. Durante el verano las instalaciones permanecían abiertas hasta más tarde para refrescarse en las noches de más calor. Sabíamos, porque todas lo habíamos hecho alguna vez, que existían algunos lugares oscuros cerca de las piscinas de agua caliente donde las parejas hacían algo más que tomar un baño. Besos inseguros, caricias cada vez más atrevidas, pieles desnudas que se encuentran por primera vez. Nos emocionamos pensando que sus reticencias habían acabado, que nuestra insistencia había derrumbado el muro de indiferencia tras el cual Ricardo se había parapetado durante las últimas semanas. Rikky seria nuestro al fin.

Quizás por nerviosismo, alguna comenzó a hablar sobre la desaparición de la chica que durante aquellos días ocupaba la atención mediática. Como pretendiendo demostrar nuestro conocimiento sobre el lado oscuro de la vida, comenzamos a aportar datos, no siempre inventados, sobre el asunto. La conversación comenzó a adquirir un tono siniestro, las posibles escenas del crimen eran cada vez más sangrientas y los motivos siempre sexuales. Nos excitábamos a nosotras mismas completando frases, buscando palabras descarnadas y aportando minuciosos detalles sobre pieles rasgadas y cuerpos quebrados.

Él, en lugar de amedrentarse se mostraba cada vez más animado. Al principio solamente escuchaba y se reía cuando alguna le preguntaba si no tenía miedo de que fuésemos unas pervertidas dispuestas a aprovecharnos de él, o unas psicópatas asesinas comenzando algún rito satánico. Después nos dijo que él también tenía alguna historia para contarnos, que en su familia era conocido que un antepasado suyo, un par de siglos antes, había sido asesinado por los hombres de nuestro pueblo, acusado de ser un licántropo. De pronto nos sentimos algo incómodas, mareadas, confusas. El aire comenzó a hacerse más denso y una brisa cálida comenzó a deslizarse entre las ramas de los árboles, esparciendo a nuestro alrededor un olor intenso, amargo y húmedo, como de cuero mojado. Escuchamos el ruido de las ramas al quebrarse. Una de nosotras gritó. La pulsera de plata brilló por unos segundos a la luz de la luna. La mirada salvaje, la amenazante boca dispuesta a saciarse, un alarido de satisfacción y las uñas clavándose en la piel.

Al día siguiente, los forenses solamente encontraron los huesos.




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