Algunos años antes, en el instituto, ninguna de nosotras habría
mirado para él. Con su gastada cazadora vaquera, heredada de su
hermano mayor, y esa ridícula pelusilla adornando su rostro aniñado
solamente captaba nuestra atención cuando algún profesor le
reprendía en clase o hacía alguna de sus tonterías de niño de
primaria, como revolcarse por el suelo o buscar insectos entre las
cortezas de los árboles del parque. A nosotras, los que realmente
nos gustaban eran los chicos que iban a los conciertos de Los Suaves
y se escondían en las esquinas del patio para fumar. Ricardo no era
más que el típico vecino al que ves crecer. Está en las fotos de
los cumpleaños y de las primeras comuniones y tu madre siempre te
pregunta por él, pero para nosotras no entraba en la categoría de
chico del que hablar y al que puntuar.
Ricardo se fue a vivir a Suiza con un tío suyo que trabajaba en una
reserva para fauna salvaje. Según nos contaría aquel verano, estaba
estudiando veterinaria y quería especializarse en la vida del lobo salvaje. La
mayoría de nosotras estábamos en la universidad, alguna incluso
vivía en otra ciudad, pero manteníamos el grupo unido. No había
día en el que no hablásemos entre nosotras, ni fin de semana que no
saliésemos juntas a los bares, pubs y discotecas de siempre,
contándonos nuestras cosas y suspirando por los muchachos que nos
gustaban. Ya apenas nos interesaban los chicos malos del instituto.
Ellos seguían con sus melenas y con su tabaco, cantando siempre la
misma canción sobre lo dura que es la vida y lo crueles que son las
chicas con las que jamás se acostarían. Ahora a nosotras nos
gustaban más los chicos sofisticados, seguros de si mismos, de esos
que van al gym y jugar al tenis, y sobre todo con coche propio. Y fue
entonces cuando Ricardo volvió a aparecer.
No es que se hubiera ido.
Lo veíamos todos los años en las vacaciones y en las fiestas del
barrio, pero creo que fue cuando apareció con aquel coche de alta
gama, aquel peinado que nunca antes habíamos visto en los chicos de la universidad y su esclava de
plata con la palabra Rikky grabada cuando comenzamos a prestarle
atención. Si lo encontrábamos en alguna terraza le saludábamos
cariñosamente, poniendo ojos de corderillas degolladas cuando nos
sonreía y nos preguntaba por la familia. Y si lo veíamos por las
noches, en alguna discoteca, nos acercábamos como un grupo de
colegialas, aprovechando cualquier ocasión para tocarle en los
brazos o en la espalda. Alguna, más atrevida y haciéndose la
borracha, se las ingeniaba para tocarle el culo aprovechando el
barullo de luces, música y gente bailando en la pista. Después, de
regreso, la muy zorra presumía delante de las demás diciendo que
nuestro Ricardo se había convertido en un pedazo de tío bueno, que
estaba más musculoso de lo que parecía y que seguramente en la cama
era de los que apretaban fuerte, sin dejarte espacio para moverte.
Reíamos nerviosamente, imaginándonos las unas a las otras retozando
con Ricardo, dejándonos llevar y aceptando sin remilgos nuevas
técnicas amatorias que suponíamos de moda en Europa ya que por
entonces, aunque nos esforzábamos mucho en disimularlo, todas
nosotras éramos vírgenes. Nos comportábamos como auténticas
mujeres experimentadas que no estaban dispuestas a perder el tiempo
con muchachos inexpertos. Por eso aquel verano Rikky se convirtió, a
nuestros ojos, en el chico ideal, una copia casi exacta del
protagonista de cualquier serie de adolescentes, hermoso y delicado,
pero con un halo de misterio que lo hacía más atractivo.
Y Rikky se dejaba querer. Nos contaba cosas de su vida en el
extranjero, de sus amigos, todos rubios y ricos, y de las chicas que
no paraban de perseguirlo. Nosotras nos imaginábamos a aquellas
mujeres esbeltas y blancas, de maneras delicadas, dulces en el trato
e interesantes en la conversación y comenzamos a odiarlas. Allí los
morenos ligan un montón, decía Ricardo adoptando un gesto tímido,
como disculpándose por haberse convertido en un hombre tan atractivo
para las europeas del norte.
Pero sin duda lo que a todas nos volvió rematadamente locas fue que
nos contara que tenía novia, y que estaban muy enamorados. No puedo
explicarlo muy bien, es un tema del que no volvimos a hablar jamás,
pero en mayor o menor medida todas nosotras sufrimos una especie de
locura transitoria, un sin sentido que nos hizo comportarnos como
personas obsesivas y crueles. Queríamos a Rikky en exclusiva, nos
pertenecía y no estábamos dispuestas a que una mocosa nos lo
arrebatara. Comenzamos una carrera frenética por ganarnos su
atención, a rivalizar por cualquier estupidez. Si una conseguía que
la llevara en coche a hacer algún recado al Centro Comercial, otra
le pedía ayuda para escoger un regalo para algún familiar. Si por
un casual hacía algún comentario sobre el peinado de una, otra se
apresuraba a enseñarle el nuevo esmalte de uñas y a pedirle
opinión. Nos veíamos mutuamente hacer el tonto día tras día,
conscientes de que nos estábamos poniendo en evidencia de una manera
tan absurda que tenía que sorprender al pobre Ricardo. No podíamos
evitarlo. Sometidas a una especie de hechizo, pasábamos los días
obsesionadas con Rikky, buscando disculpas para verlo, para estar con
él a solas, sin la presencia de las otras. La situación se volvía
más incómoda a medida que pasaba el verano y las vacaciones
llegaban a su fin. Las discusiones surgían por cualquier comentario
sin importancia, aparecían viejas rencillas y recriminaciones
constantes, insultos que provocaban lágrimas. Una pegajosa sensación
de irrealidad parecía envolver aquellos días de verano, una insana
atracción nos hacía buscar una y otra vez a Rikky, interpretar sus
gestos, retorcer sus palabras hasta que dijeran lo que queríamos
oír.
Pero Ricardo no cedía. Muy tarde comprendimos que jugaba con
nosotras como un gato saciado juega con sus presas. No estaba
interesado en ninguna, por lo menos no de la manera que a nosotras
nos hubiera gustado, y tal vez por eso parecía querer complacernos a
todas. Por eso, rendidas y aburridas de nosotras mismas, no pusimos
reparos cuando aquella noche nos pidió que le acompañáramos a las
termas. Durante el verano las instalaciones permanecían abiertas
hasta más tarde para refrescarse en las noches de más calor.
Sabíamos, porque todas lo habíamos hecho alguna vez, que existían
algunos lugares oscuros cerca de las piscinas de agua caliente donde
las parejas hacían algo más que tomar un baño. Besos inseguros,
caricias cada vez más atrevidas, pieles desnudas que se encuentran
por primera vez. Nos emocionamos pensando que sus reticencias habían
acabado, que nuestra insistencia había derrumbado el muro de
indiferencia tras el cual Ricardo se había parapetado durante las
últimas semanas. Rikky seria nuestro al fin.
Quizás por nerviosismo, alguna comenzó a hablar sobre la
desaparición de la chica que durante aquellos días ocupaba la
atención mediática. Como pretendiendo demostrar nuestro
conocimiento sobre el lado oscuro de la vida, comenzamos a aportar
datos, no siempre inventados, sobre el asunto. La conversación
comenzó a adquirir un tono siniestro, las posibles escenas del
crimen eran cada vez más sangrientas y los motivos siempre sexuales.
Nos excitábamos a nosotras mismas completando frases, buscando
palabras descarnadas y aportando minuciosos detalles sobre pieles
rasgadas y cuerpos quebrados.
Él, en lugar de amedrentarse se mostraba cada vez más animado. Al
principio solamente escuchaba y se reía cuando alguna le preguntaba
si no tenía miedo de que fuésemos unas pervertidas dispuestas a
aprovecharnos de él, o unas psicópatas asesinas comenzando algún
rito satánico. Después nos dijo que él también tenía alguna
historia para contarnos, que en su familia era conocido que un
antepasado suyo, un par de siglos antes, había sido asesinado por
los hombres de nuestro pueblo, acusado de ser un licántropo. De
pronto nos sentimos algo incómodas, mareadas, confusas. El aire
comenzó a hacerse más denso y una brisa cálida comenzó a
deslizarse entre las ramas de los árboles, esparciendo a nuestro
alrededor un olor intenso, amargo y húmedo, como de cuero mojado.
Escuchamos el ruido de las ramas al quebrarse. Una de nosotras gritó.
La pulsera de plata brilló por unos segundos a la luz de la luna. La
mirada salvaje, la amenazante boca dispuesta a saciarse, un alarido
de satisfacción y las uñas clavándose en la piel.
Al día siguiente, los forenses solamente encontraron los huesos.

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