miércoles, 5 de febrero de 2020

Mutilación genital femenina.




De sobra sé que a las lectoras y lectores de este blog les repugna tanto como a mí que tengamos que seguir hablando de la mutilación genital femenina. Es una práctica totalmente aberrante, cruel y perjudicial para las mujeres, por no hablar del machismo agresivo que le da razón de ser y del sistema patriarquial que pretende mantener. Obviamente, no tengo que convencer a nadie sobre lo intolerable que resulta que aún existan comunidades en las que se entienda que por motivos culturales o por tradición sea legítimo que las madres o las abuelas, o la curandera del pueblo, urguen en las vaginas de las niñas buscando el clítoris y con un cuchillo ceremonial, o a veces una simple cuchilla de afeitar, hagan un par de incisiones para dividirlo en tres partes y arrancarlo, en ocasiones en su totalidad y otras veces a pedazos, con lo que la salvajada podrá repetirse una o dos veces más.
Estos son los hechos, y dependiendo de las zonas se practica de una manera o de otra, y con distintas argumentaciones, aunque según los escasos y recientes estudios de antropología, la raíz de esta “tradición” o rito puede ser la creencia en que de esta manera se suprime el apetito sexual de las mujeres y así los hombres pueden tener la certeza de que los hijos que crían son realmente suyos. Es una forma ancestral de controlar la sexualidad de las mujeres llevada a cabo, como tantas veces sucede, por las propias mujeres de la familia. Y esto nos obliga a pensar que no se trata simplemente de una muestra de sumisión o de machismo extremo. Detrás de la ablación hay un sistema de creencias que es necesario cambiar si queremos acabar de una vez con este sinsentido.
Está demostrado que la mutilación no solamente es dolorosa y peligrosa en el momento de su realización, pudiendo provocar hemorragias o infecciones, sino que a lo largo de la vida de las mujeres provoca problemas urinarios, aparición de quistes, complicaciones en el parto y dolor crónico, por no mencionar las terribles secuelas psicológico-afectivas que marcan para siempre la vida de las mujeres sometidas a la ablación. Esto hace que desde hace años la Organización Mundial de la Salud mantenga como uno de sus objetivos prioritarios la eliminación total de la mutilación genital femenina, o que la ONU la considere como una violación de los derechos humanos de las mujeres y de las niñas. Además, el objetivo número 5 de los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible incluye entre sus metas la erradicación de la mutilación genital femenina, entre otras violencias contra la mujer.
En la mayoría de los países esta práctica no es legal o está directamente prohibida, y en muchos se trata de un delito tipificado y penado con condenas de prisión. Pero se ha demostrado que la vía legislativa no es suficiente. Para las comunidades que la practican es más importante la tradición y el cumplimiento de los ritos que les son propios que las leyes que los gobiernos locales o las normas internacionales les traten de imponer.
A esto hay que sumar que hasta hace muy poco era un tema en el que no se quería profundizar demasiado por parte de los países más avanzados en derechos humanos. Se trataba de algo que hacían pueblos subdesarrollados en lugares remotos. Sin embargo, en un mundo con una emigración cada vez más globalizada, hay comunidades que pretenden mantener su identidad y el sentimiento de pertenencia a sus lugares de origen continuando con prácticas que en los países en los que viven son totalmente ilegales. Por eso no es raro que se aprovechen las vacaciones para llevarse a las niñas a sus países de origen y someterlas a la ablación, o incluso mutilarlas en países occidentales.
Afortunadamente, cada vez existe más concienciación entre las autoridades sanitarias y educativas y se establecen protocolos de vigilancia para impedir que las niñas procedentes de países en los que se practica la ablación puedan ser mutiladas. Así, por ejemplo, si los servicios sanitarios tienen conocimiento de que una madre ha sido sometida a la ablación pueden poner en marcha mecanismos de asesoramiento e información para asegurarse que sus hijas no vayan a ser objeto de la misma práctica.
En cuanto a los países de origen también se están realizando distintas medidas de prevención y campañas de concienciación . En muchos casos es necesario implicar, además de a las propias mujeres, a los lideres comunitarios y a los ancianos, que suelen gozar de gran poder en las decisiones que se toman dentro de estas comunidades. Otras veces, para vencer el arraigo cultural se pueden buscar alternativas, como sucede en una comunidad masái de Kenia, donde las chicas celebran el paso a la edad adulta mediante un rito que consiste en un simple corte de pelo.
Este proyecto, que ha sido iniciativa de la ONG Amref Salud África (Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2018), responde a la necesidad de implicar a toda la población en el cambio de actitud con respecto a la mutilación genital femenina. Por eso, desde el año 2009 promueve entre comunidades masái y samburu de Kenia ceremonias de rito de paso alternativas, consistentes en cortarles el pelo, de forma que las chicas pasan a ser mujeres. Estás ceremonias son realizadas delante de todo el pueblo, y con la participación activa de los líderes locales, que durante los días anteriores se encargan de impartir lecciones sobre valores y tradiciones, educación sexual y sanitaria y lecciones prácticas del día a día.
Queda mucho por hacer durante los próximos 10 años para conseguir la erradicación total de la mutilación genital femenina, pero tengo la certeza de que las soluciones deben pasar por la implicación del mayor número de personas en proyectos transversales que afronten los problemas desde distintas ópticas.




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