De
sobra sé que a las lectoras y lectores de este blog les repugna tanto
como a mí que tengamos que seguir hablando de la mutilación genital
femenina. Es una práctica totalmente aberrante, cruel y perjudicial
para las mujeres, por no hablar del machismo agresivo que le da razón
de ser y del sistema patriarquial que pretende mantener. Obviamente,
no tengo que convencer a nadie sobre lo intolerable que resulta que
aún existan comunidades en las que se entienda que por motivos
culturales o por tradición sea legítimo que las madres o las
abuelas, o la curandera del pueblo, urguen en las vaginas de las
niñas buscando el clítoris y con un cuchillo ceremonial, o a veces
una simple cuchilla de afeitar, hagan un par de incisiones para
dividirlo en tres partes y arrancarlo, en ocasiones en su totalidad y
otras veces a pedazos, con lo que la salvajada podrá repetirse una o
dos veces más.
Estos
son los hechos, y dependiendo de las zonas se practica de una manera
o de otra, y con distintas argumentaciones, aunque según los escasos
y recientes estudios de antropología, la raíz de esta “tradición”
o rito puede ser la creencia en que de esta manera se suprime el
apetito sexual de las mujeres y así los hombres pueden tener la
certeza de que los hijos que crían son realmente suyos. Es una forma
ancestral de controlar la sexualidad de las mujeres llevada a cabo,
como tantas veces sucede, por las propias mujeres de la familia. Y
esto nos obliga a pensar que no se trata simplemente de una muestra
de sumisión o de machismo extremo. Detrás de la ablación hay un
sistema de creencias que es necesario cambiar si queremos acabar de
una vez con este sinsentido.
Está
demostrado que la mutilación no solamente es dolorosa y peligrosa en
el momento de su realización, pudiendo provocar hemorragias o
infecciones, sino que a lo largo de la vida de las mujeres provoca
problemas urinarios, aparición de quistes, complicaciones en el
parto y dolor crónico, por no mencionar las terribles secuelas
psicológico-afectivas que marcan para siempre la vida de las mujeres
sometidas a la ablación. Esto hace que desde hace años la
Organización Mundial de la Salud mantenga como uno de sus objetivos
prioritarios la eliminación total de la mutilación genital
femenina, o que la ONU la considere como una violación de los
derechos humanos de las mujeres y de las niñas. Además, el
objetivo número 5 de los objetivos de la Agenda 2030 para el
Desarrollo Sostenible incluye entre sus metas la erradicación de la
mutilación genital femenina, entre otras violencias contra la mujer.
En
la mayoría de los países esta práctica no es legal o está
directamente prohibida, y en muchos se trata de un delito tipificado
y penado con condenas de prisión. Pero se ha demostrado que la vía
legislativa no es suficiente. Para las comunidades que la practican
es más importante la tradición y el cumplimiento de los ritos que
les son propios que las leyes que los gobiernos locales o las normas
internacionales les traten de imponer.
A
esto hay que sumar que hasta hace muy poco era un tema en el que no
se quería profundizar demasiado por parte de los países más
avanzados en derechos humanos. Se trataba de algo que hacían pueblos
subdesarrollados en lugares remotos. Sin embargo, en un mundo con una
emigración cada vez más globalizada, hay comunidades que pretenden
mantener su identidad y el sentimiento de pertenencia a sus lugares
de origen continuando con prácticas que en los países en los que
viven son totalmente ilegales. Por eso no es raro que se aprovechen
las vacaciones para llevarse a las niñas a sus países de origen y
someterlas a la ablación, o incluso mutilarlas en países
occidentales.
Afortunadamente,
cada vez existe más concienciación
entre las autoridades sanitarias y educativas y
se establecen protocolos de vigilancia para impedir que las niñas
procedentes de países en los que se practica la ablación puedan ser
mutiladas. Así, por ejemplo, si los servicios sanitarios tienen
conocimiento de que una madre ha sido sometida a la ablación pueden
poner en marcha mecanismos de asesoramiento e información para
asegurarse que sus hijas no vayan a ser objeto de la misma práctica.
En
cuanto a los países de origen también se están realizando
distintas medidas de prevención y campañas de concienciación
. En muchos casos es necesario implicar, además
de a las propias mujeres, a los lideres comunitarios y a los
ancianos, que suelen gozar de gran poder en las decisiones que se
toman dentro de estas comunidades. Otras veces, para vencer el
arraigo cultural se pueden buscar alternativas, como sucede en una
comunidad masái de Kenia, donde las chicas celebran el paso a la
edad adulta mediante un rito que consiste en un simple corte de pelo.
Este
proyecto, que ha sido iniciativa de la ONG Amref Salud África
(Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2018),
responde a la necesidad de implicar a toda la población en el cambio
de actitud con respecto a la mutilación genital femenina. Por eso,
desde el año 2009 promueve entre comunidades masái y samburu de
Kenia ceremonias de rito de paso alternativas, consistentes en
cortarles el pelo, de forma que las chicas pasan a ser mujeres. Estás
ceremonias son realizadas delante de todo el pueblo, y con la
participación activa de los líderes locales, que durante los días
anteriores se encargan de impartir lecciones sobre valores y
tradiciones, educación sexual y sanitaria y lecciones prácticas del
día a día.
Queda
mucho por hacer durante los próximos 10 años para conseguir la
erradicación total de la mutilación genital femenina, pero tengo la
certeza de que las soluciones deben pasar por la implicación del
mayor número de personas en proyectos transversales que afronten los
problemas desde distintas ópticas.
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