martes, 7 de agosto de 2018

Álora, la bien cercada.





A las cinco de la tarde parecía que tenía un clavo perforando mi cerebro. Llevábamos más de una hora visitando el pueblo de Álora y lo único que deseaba era volver al hotel y meterme en la cama de la habitación. El dolor de cabeza se había ido haciendo más intenso a medida que avanzaba el día. Recuerdo que ya durante la ruta de la mañana había comenzado a sentir los pinchazos que me hacían presagiar que iba a sufrir un ataque de migraña, y al acabar de recorrer el famoso Caminito del Rey no me apetecía otra cosa que escapar de aquel sol intenso y de la pesada compañía de aquellos dos cicerones empeñados en hacer una disertación académica en cada uno de los lugares por los que pasábamos. En cada recodo del camino tenían una anécdota que contar, un hecho histórico que rememorar o alguna frase famosa que pronunciar. Era el tercer día que pasábamos con ellos, y a juzgar por todo lo que nos habían contado, la provincia de Málaga era sin duda la zona de nuestra geografía en la que más acontecimientos relevantes habían sucedido. Los reyes estaban más lucidos y más dicharacheros cuando pisaban su suelo y el curso de la historia siempre estaba determinado por lo que sucedía o no sucedía en aquel lugar. Poco podía yo imaginar que aquellas pequeñas vacaciones iban a ser más parecidas a un seminario sobre historia y filología que al periodo de desconexión y relax que yo había imaginado. Y todo por una desafortunada decisión.
La idea había sido de Bruno. Él tenía una semana libre en el trabajo y yo había decidido hacer un descanso en la preparación de las oposiciones para inspectora de hacienda. Mi intención era pasar unos días tumbada en la piscina de un hotel del sur, pero Bruno me propuso que aprovecháramos para visitar a unos amigos suyos que vivían en Málaga. Yo no estaba muy interesada en conocer a sus amigos. Las experiencias previas no habían sido muy gratificantes para mí, y sospechaba que si continuaba integrándome en la vida social de Bruno nuestra relación duraría poco. No podía entender como una persona tan dulce y tan interesante como él podía tener unas amistades tan cretinas. Pero finalmente me convenció y acordamos que tres días los pasaríamos en la piscina del hotel y otros tres los dedicaríamos a conocer la zona con ellos.
Me sobraron dos para descubrir que eran igual de cansinos que el resto de amigos de Bruno. Aquella pareja parecía empeñada en demostrar que los iguales se atraen y se complementan de tal manera que al final parecen la misma persona. Después de unas hora de conversación con ellos yo ya no era capaz de distinguir lo que me decía uno y lo que me decía la otra. Miguel había aprobado las oposiciones de profesor de literatura hacía dos años e impartía clases en un pequeño pueblo de Málaga y Maite, como ella se encargaba de repetir en cada conversación, tenía la fortuna de trabajar desde casa. Si hablábamos de los atascos en los accesos a la ciudad ella decía que tenía la fortuna de trabajar desde casa; si salía en la conversación los normales roces que surgían con los compañeros de trabajo ella decía que tenía la suerte de trabajar desde casa; hablando de lo poco que dedicaban las empresas a mejoras las condiciones de trabajo ella repetía que trabajaba desde casa. Al final de aquella tarde tenía muy claro que ella era una persona feliz, sin horarios que cumplir ni problemas con sus compañeros porque trabajaba desde casa, pero no llegué a saber en que trabajaba realmente.
Los días anteriores habíamos recorrido con ellos la parte costera de la provincia. Benalmádena, Fuengirola, Marbella o Estepona ya no tenían secretos para nosotros. Para el último día habíamos dejado la visita a un par de pueblos conocidos por sus castillos medievales y la conocida ruta del Caminito del Rey. Vais a alucinar con las vista y con la historia que encierra toda esa comarca, dijo un entusiasmado Miguel con un tono que yo no pude más que interpretar como una amenaza. Incluso cuando estaba en la piscina del hotel me parecía oír sus explicaciones sobre Reyes y Califas que parecían disfrutar llevando a cabo las más extravagantes proezas. Bruno se reía cuando le contaba que no podía sacarme de la cabeza las voces de sus amigos y que incluso soñaba con ellos. Una noche, mientras hacíamos el amor, incluso llegué a pronunciar varias veces el nombre de Alfonso, inducida por la historia que nos había contado Miguel sobre los amores entre Alfonso VI y Zaida, hija de un tal Al-Mutamid.
Aquel día no había sido diferente. Nos habían recogido en el hotel después del desayuno y de camino hacia Ardales Miguel nos había explicado todo lo que había que saber sobre el Caminito del Rey. La historia de Alfonso XIII atreviéndose a recorrerlo, el abandono durante décadas y el proyecto de recuperación que culminó en el año 2014 con la reapertura de la senda. Al llegar yo ya estaba cansada, aunque debo reconocer que las vistas eran espectaculares y en algunos tramos que pasaban a unos cien metros por encima del río me sentí afortunada de estar en aquel lugar. Incluso fantaseé con la idea de una inesperada caída de nuestros anfitriones pues a esas alturas del viaje era plenamente consciente de que la única manera de que los infatigables M&M se callasen y me dejaran disfrutar del paisaje sería despeñándose por uno de aquellos precipicios, y aún así no tengo muy claro que no siguiesen dando explicaciones mientras caían. Seguramente habría alguna historia que contar sobre algún personaje importante que desgraciadamente se precipitó al abismo desde aquel mismo lugar.
Seguramente es por la altura, me dijo Maite cuando les comenté que tenía un fuerte dolor de cabeza y que lo mejor era que me fuese al hotel a descansar. Insistieron en que teníamos que ir a comer a una pequeña taberna que había en un pueblo cercano. Ella sacó del bolso un pastillero y me dio una pastilla que según ella me iba a sacar el dolor de cabeza en unos minutos. Desesperada, y deseando que la jornada acabara lo antes posible me tomé la pastilla y me puse en modo ausente.
Casi no recuerdo de lo que hablaron en la comida. Bruno, que iba comprendiendo que mi límite de paciencia se había agotado hacía ya unas horas, intentaba que no se notase mucho que estaba pasando totalmente de la conversación. No era mi intención mostrarme tan arisca, pero la mezcla del analgésico y la carne de ciervo que nos habían servido me había dejado un poco aturdida. Intentaba prestar atención pero inexplicablemente en mi mente se formaban confusas imágenes: campos abrasados por un sol inclemente; ejércitos dispuestos para la batalla; gritos y algarabía. Sin duda estaba sufriendo algún tipo de alucinación, pero teniendo en cuenta que ya casi habíamos terminado y que en unas horas podría descansar en la cómoda habitación del hotel decidí hacer un pequeño esfuerzo para que la reunión con Maite y Miguel no acabase como el rosario de la aurora.
Ahora no recuerdo exactamente si los acontecimientos sucedieron al mismo tiempo o si hubo un lapso de tiempo entre mi pensamiento y la trágica realidad que tuvo lugar. Nunca se lo he confesado a nadie, pero de algún modo aquella mañana me fue concedido un deseo, aunque se tratara de un deseo tan malvado como el que yo tuve cuando Miguel nos estaba explicando aquel romance medieval que hablaba sobre el asedio al Castillo de Álora por parte de los cristianos. Don Diego Gómez de Ribera, apodado el Adelantado de Castilla estaba subiendo por esta misma calle, decía Miguel cuando subíamos por la Calle Ancha del pueblo de Álora. El romance nos cuenta como los moros del castillo intentaban huir con sus posesiones más preciadas mientras que los soldados cercaban la ciudad. Yo solamente quería que Miguel se callase de una vez, pero él siguió contando la escena como si la estuviéramos viendo en aquel momento. Impertérrito ante el sol abrasador y ajeno totalmente a nuestras caras de cansancio nos pedía que miráramos ora hacia los campos que rodeaban la fortaleza ora hacia lo alto de aquella loma al par del río. Nos explicó que la figura de un niño morico con una ballesta hacía presagiar una indigna muerte para un caballero castellano ya que por aquel entonces las armas a distancia eran consideradas de cobardes, y un noble castellano debía morir enfrentándose cara a cara a su enemigo y no abatido por una flecha disparada a traición. Entonces lo vi con claridad. Miguel señalaba lo alto de una de las torres diciendo que desde allí habrían disparado la flecha que atravesó la cabeza del Adelantado de Castilla. No se exactamente si vi aquella oscura figura o si la imaginé, pero justo en el momento en que Miguel explicaba que la flecha penetraba por la visera del yelmo, que el victorioso caballero había levantado para ver quien le hablaba, justo entonces vimos que una flecha silbaba al atravesar el aire y escuchamos un chasquido húmedo y viscoso. Miguel, con el rostro bañado en sangre y una terrible incisión en la frente, se desplomaba a nuestros pies.



viernes, 27 de julio de 2018

¿Cómo cerrar un blog?



A punto estaba de quemar las naves, con el pie en el estribo y dispuesto a cerrar definitivamente este blog cuando me sentí como Sam al regresar a la Comarca y decidí darle otra oportunidad a este cuaderno que ya no se de lo que habla. La verdad es que tengo ciertos problemas para terminar las cosas que empiezo, o para empezar proyectos, o para continuarlos. Unos cuantos relatos esperan un final, un par de novelas aguardan ansiosas en mi cabeza que me decida a empezarlas, algún que otro blog está perdido en la red esperando la mano de nieve que sepa crear contenidos nuevos.

Pero yo a lo mio.
Perder el tiempo decidiendo planificar lo que tengo que hacer es lo que mejor se me da.
Eso y la ensaladilla.

Quiero cerrar este blog y no se como se hace. Supongo que como mera cortesía te despides, das las gracias y después de un tiempo prudencial apagas todo y te vas. Puede que queden ecos virtuales por la red, que aunque elimines todo lo escrito quedará algún recuerdo de lo que una vez fue este sitio, pero al final todo desaparecerá, como lágrimas en la lluvia, que decía el otro.

Quiero cerrar este blog, pero cuando eres un poco sentimental estas cosas dan algo de pena. Son muchos años y muchas palabras y a veces, algunas veces, tengo la impresión de que lo mejor está por llegar. Viene a ser algo así como darle otra oportunidad a esa persona que insiste en fallarnos una y otra vez. Creemos que en esta ocasión las cosas serán distintas, que no cometeremos los mismos errores, que sabremos mantener la constancia necesaria para que este obsoleto medio de comunicarnos en la red mantenga un poco de actividad.

Improbable.

Lo se.

Pero aún así decido aumentar aún más mi lista personal de objetivos incumplidos y en lugar de silenciar definitivamente este sitio voy y me animo y me digo a mí mismo que ya que que hoy es mi cumpleaños me voy a regalar una nueva oportunidad para hacer lo que más me gusta hacer.

Escribir.

Y como en algún lugar leí que hay que proponerse pequeñas metas para alcanzar grandes objetivos, y como son ya 45 años y a esta edad sé que lo que quiera hacer en la vida tengo hacerlo ya pues me propongo iniciar una nueva serie en este blog. Todavía no tengo claro como ni cuando lo haré, pero en el próximo año escribiré 46 relatos, uno por cada año que para entonces tendré la suerte de haber cumplido.

Y después, si tal, buscaré la mejor manera de cerrar un blog.









jueves, 2 de noviembre de 2017

As pegadas da vida.



O Basilio era un bo home. Ninguén lle vira nunca un mal xesto nin lle escoitara unha mala palabra. O Basilio era unha boa persoa, humilde e traballador, e pouco amigo de meterse na vida da outra xente. Contan que mesmo algunha vez tiña marchado do bar cando alguén latricaba de máis sobre algún veciño. E algo de certo debe haber cando nin buscando podemos atopar a alguén que lle poña algunha péga. O Basilio era un bo home, sen máis. Do mesmo xeito que outros son guapos ou calvos, o que definía ao Basilio era o feito de ser bo. Non se trataba de que nalgunha ocasión fixese unha boa obra que todo o mundo recordaba. Nunca tiña salvado a ninguén nin se comportara coma un heroe nun incendio. Non, a bondade de Basilio era un xeito de ser e de comportarse acotío, un non prexudicar a ninguén e favorecer a moitos con pequenas cousas das que non se fala pero que están aí, facendo a vida do pobo máis agradábel.
Moitos son os que recordan a Basilio paseando pola alameda, ás veces so e outras veces coa súa muller, e como facendo honor á súa fama de boa persoa fora dos primeiros homes da súa quinta en ir á compra ou mesmo fregar os pratos. Poucos sabían que sentía certo degoiro por non atreverse a saír á pequena horta que tiñan diante da casa e tender a roupa. Ninguén lle pedía tal cousa, e moito menos a súa muller, que sabía que era a envexa de boa parte da veciñanza por levar corenta anos casada cun home coma Basilio. Pero para el esa punzada de vergoña que lle producía que o visen tendendo bragas e calzóns era algo que lle facía sentir mal, e cada vez que vía á súa muller estendendo a roupa na varanda sentíase como ese neno dubidando entre as ganas de subir á árbore e o medo que lle ten a caer. Basilio quería axudar, facer todas as tarefas da casa pero coa roupa non podía, e iso facía que se sentira mal.
Pero en xeral Basilio era un home feliz. As cousas foran acaendo ben, as desgrazas, que en todas as vidas existen, non foran tan grandes como para borrar os momentos de felicidade da memoria de Basilio e co paso do tempo a súa casa foi enchéndose primeiro de fillos e máis tarde de netos. E se de algo estaban felices e orgullosos Basilio e a súa dona era de ter a casa sempre chea de xente, especialmente de nenos. Xa foran os amigos dos seus fillos, ou os sobriños, ou máis tarde os netos, a casa do Basilio sempre estivo chea desa felicidade rebuldeira que da a xente cativa.
E xa sexa por este carácter seu ou porque para toda a veciñanza Basilio era unha boa persoa resultou que co paso dos anos foi dando un vellote simpático e querido por todo o mundo. Ninguén deixaba de saudalo cando se cruzaban con el pola Alameda e non había día no que non lle preguntaran pola súa dona ou pola familia. Dous dos seus fillos casaran no pobo e tal vez por ese efecto contaxio que tan a miúdo se da nas familias, ámbolos dous herdaron esa maneira de ser tranquila e desprendida do seu pai. A máis cativa, a filla, casara cun funcionario de Ourense e vivía na cidade.
Pero un día a Basilio cambioulle o carácter. En realidade foille cambiando aos poucos, pero ninguén lle deu importancia á mala contestación do primeiro día, cando no bar de Edelmiro lle tiraron o café por riba do xornal, ou ás respostas encabuxadas que aos poucos foron facéndose frecuentes nel. Non, ninguén tivo en conta os seu enfado cos rapaces na praza cando case o fan arrolar polo chan ao bater nel co balón, e poucos escoitaron os seus berros cando o camión das cervexas o enchoupou ao pasar por riba dun charco. Ao Basilio cambiáballe o carácter sen que ninguén se decatase. Nin sequera Basilio se tería dado conta de non ser por esas risas que escoitaba de cando en vez e que non conseguía explicar. Ao principio non lles dera importancia algunha, brincadeiras de cativos, pensou ao non atopar a procedencia daquelas gargalladas. Pero co tempo foi escoitándoas cada vez con máis frecuencia e en calquera sitio e máis dunha vez encarouse coa persoa que camiñaba ao seu lado pensando que estaba sendo obxecto dunha broma pesada. Basilio sentíase cada día máis incómodo paseando polas rúas, deixou de ir a xogar a partida e o que antes era un vellote simpático e lizgairo tornouse un amargado carcamán que miraba a todos do través.
E para cando enfermou, Basilio xa non era o mesmo. O que antes fora un home agarimoso que gostaba xogar cos seus netos e charlar cos seus veciños foise engruñando e rematou sendo unha persoa que, convencida de que todo o mundo andaba a rir ás súas costas, non quería falar con ninguén. Pasaba os días vendo a televisión ou poñendo os cascos para escoitar a radio xa que era o único xeito de apagar as risas que por veces o facían tolear. Por sorte, a enfermidade foille arrebatando os recordos e do mesmo xeito que el non recoñecía aos veciños que viñan visitalo, aos veciños custáballes ver naquel home mal encarado e medio túzaro ao bo de Basilio. Ao final simplemente era un home enfadado co mundo enteiro, sen ser quen de distinguir entre a súa familia, as amizades ou a xente en xeral.
Contan que o último que fixo Basilio foi rir. Os seus fillos pensaron que as risas que levaban anos torturándoo conseguiran facerlle perder o siso ou simplemente desapareceran e o ancián non atopara outro xeito de agradecer o silencio que rindo. Sen embargo o que aconteceu foi que o Basilio recordou. Despois de tanto tempo escoitando aquelas risas por fin puido recoñecer nelas as risas das súas crianzas xogando na beira do mar, na praia na que veraneaban cando eran cativas. E despois de dous anos de enfermidade sen recoñecer xa a ninguén o Basilio fitou para os que estaban arredor da súa cama e sorriu. Foinos chamando polo seu nome, mandoulle un bico de bolboreta á súa muller e xa sen parar de rir dixo que ía meterse na auga coas crianzas, que a auga estaba moi boa e que oxalá aquel momento durase para toda a vida.



viernes, 20 de octubre de 2017

Impulsos



Como se o seu corpo respondese a impulsos alleos á súa vontade, comezou a apurar o paso. Foi un impulso irresistible, unha necesidade agoniante que non tiña maneira de explicar e que o levou a iniciar unha carreira sen ter moi claro cal era o seu obxectivo.
Como cada mañá dende facía uns meses ía pola beirarrúa cara á oficina agardando ver pasar á súa muller no coche. Na última revisión médica apareceran algúns problemas cardiovasculares e era moi necesario para el facer exercicio, por iso agora saía vinte minutos antes da casa e era ela, a súa muller, a que levaba á cativa á gardería. Adoitaban pasar pola súa beira antes da ponte vella. A súa muller diminuía a velocidade cando o adiantaba para que el tivera tempo de mandarlle un bico á pequecha, que se esmendrellaba da risa sentada na súa cadeira de seguridade e lle dicía adeus a dúas mans.
Aquela mañá non era diferente. O coche case parado, él mandando bicos aos seus amores e despois de novo a remoer nos seus pensamentos. Quedábanlle dez minutos de camiño e o día invitaba a camiñar. Ao chegar a oficina debía pechar uns cantos asuntos que levaban semanas pendentes.
Pero de súpeto esa sensación angustiosa, esa necesidade de volver a velas. Sen saber o motivo comeza a correr detrás do coche. Na Avenida terían que parar nun par de semáforos, calculou. Podería atallar por detrás da fábrica de vidro e se bulía, daríalle tempo a saír por entre as obras da nova piscina municipal antes de que elas chegaran. Non entende o que lle está a pasar, metéuselle na cabeza que ten que velas de novo e mentres o seu corpo acelera o paso e mesmo da pequenas zancadas coma se fose iniciar a carreira, o seu cerebro intenta analizar que demos lle está acontecendo.
Dálle a alma que algo vai ocorrer e ten que estar con elas. Imaxínase xa subindo ao coche e explicándolle á súa muller que non é nada, que simplemente esa mañá quere ir con elas á gardería. Busca verbas axeitadas ou algunha escusa, tal vez unha repentina dor de lombo. Calquera cousa vale para non ter que explicar que se trata de algo totalmente irracional, tan pouco propio del que sinte ganas de rir ao verse correndo detrás delas sen motivo algún. Imaxina xa a cara de alegría da pequecha ao velo entrar de novo no coche e vese abrindo a porta da gardería con ela ao lombo, como facía uns meses antes.
Apura o paso, ten ganas de se botar a correr e sinte que dun momento a outro comezará a suar. Está xa fora de si, a súa cabeza vai por un sitio e o seu corpo por outro cando asoma por detrás das obras da piscina con tempo xusto para ver pasar no coche á súa muller e á pequecha, que sorprendida mira para el pola ventanilla e volve dicirlle adeus coa man.
Botase a correr detrás delas. A sensación de que é a última vez que as ve é tan forte que comeza a chorar dun xeito tan intenso que nin sequera sinte o golpe .

O operario da retroescavadora declarará antes do levantamento do cadáver que aquel home cruzou correndo a estrada e botouse diante da máquina sen mirar, sen darlle tempo sequera a frear. Como se obedecese a un impulso tolo.
 

viernes, 23 de junio de 2017

Lume.



Cuando terminó de escribir su primera novela comprendió que era el momento de dejarlo. El camino había sido demasiado largo, innumerables las dudas y los momentos de desanimo más habituales que las horas de entusiasmo. No. Definitivamente no había nacido para ser escritor. Para que seguir engañándose a si mismo, para que mentir a los demás sobre proyectos literarios que no tenía ganas de iniciar. La sola idea de tener que enfrentarse a una página en blanco le repugnaba, y cada vez era más consciente de que no tenía nada que contar. Antes incluso de llegar a la última página de aquella mediocre novela sabía que no volvería a intentarlo, que sus tiempos de aprendiz de escritor habían llegado a su fin.
Ni siquiera se preocupó en buscar explicaciones. La vida era demasiado breve para perder el tiempo buscando las razones de lo que no puede ser, aunque haya personas que se ganan la vida pensando e incluso comunicando a los demás sus conclusiones, tal vez buscando en el otro una confirmación, una especie de certificado que les sirva para justificar la pérdida de tiempo que supone el pensamiento puro, esa infantil tendencia del ser humano hacia la explicación de si mismo y lo que le rodea.
Estaba cansado de buscar razones, de intentar comprender, de querer creer que las vidas tienen una razón de ser, un objetivo. Durante muchos años había sentido que su meta en la vida, lo que le daría sentido a su existencia, sería ser escritor. Desconocía de donde provenía este afán, pero con el paso de los años fue acumulando lecturas y anotaciones con la esperanza de llegar algún día a ver su nombre en la portada de un libro, de poder decir al mundo que también él pertenecía al grupo de los escritores que escriben.
Y ahora que la novela estaba terminada descubría que le daba igual. La literatura, como todo arte, es cuestión de práctica, y el no tenía ganas de seguir practicando. Tal vez ya no sentía la necesidad de reafirmarse a través de las palabras, de decirle al público estoy aquí y se hacer esto, es mi talento. Se sentía mayor para gritar aquello de mira mamá, sin manos!! Pues en el fondo sentía que la vida de las personas se reducía a esto, a un simple lucimiento de nuestro ego, a una infantil exposición de nuestras virtudes, continua demostración de lo que sabemos hacer, o lo que creemos que sabemos hacer y que se nos da bien. Los deportes, las aficiones, las deslumbrantes carreras profesionales, nuestra actitud en la carretera e incluso la necesidad de dejar claro que somos los padres mas chachis del parque esconde cierta tendencia al lucimiento personal, a la necesidad de se ser admirado. Como escolares buscando reconocimiento de los adultos o de sus iguales, niños de guardería enseñando orgullosos sus dibujo o las niñas que juegan al fútbol convencidas de que tendrá la atención de sus padres por unos minutos.
Entendió que lo que le importaba no era hacer literatura o contar historias más o menos entretenidas. Ni siquiera ser escritor era lo que podía llenar los huecos que las vidas van dejando en nuestros días. Lo que realmente le interesaba era recibir de los otros su dosis de atención, de mimos sociales, de caricias en su ego tan maltratado por él mismo. Por eso, cuando terminó su primera novela decidió deshacerse de todo aquello relacionado con sus penosos avatares literarios. Quemó libretas y papeles viejos, regaló los libros en las esquinas, formateó el disco duro de su ordenador y dejó al alcance de sus hijas las memorias USB. Y sintiéndose libre para expresarse sin preocuparse lo más mínimo por la forma o por el contenido decidió abrir un canal en YouTube para hablar de fútbol o de política y con algo de suerte incluso podría terminar de tertuliano en algún medio de comunicación. 


jueves, 23 de febrero de 2017

A última carta (o recuerdos del pelo largo)



Posiblemente sexa esta a última carta que che podo escribir. Polo menos até que chegue a primavera e cos primeiros días de sol se produza o desxeo. Como ben sabes, dende fai uns meses vivo no casquete. No casquete polar, claro. Ao principio pensei que conxestión nasal de polas mañás era debido ao exceso de chocolate, ou de cervexas ou á mala alimentación en xeral. Pero pronto me decatei de que tiña máis sentido pensar que era o frío. I é que os doce metros de corredor que separan a miña habitación do cuarto de baño poden chegar a ser moi perigosos, sobre todo cando ás 6’30 da mañá vas en calzóns e intentando esquivar as placas de xeo que se forman nas baldosas. O outro día esvarei e perdín o control Menos mal que non viña ningún oso polar de fronte. Pois teño a sensación de que non estou so neste piso. Tal vez sexan os primeiros síntomas da conxelación, pero polas noites creo ouvir ruídos estraños no corredor. Estou convencido de que son focas ou pingüíns escorregando dun lado a outro. O espertador soa varias veces antes de que me atreva a botar o brazo para apagalo. E o problema máis grave é saír da cama. De feito, teño gran destreza en vestirme debaixo das sabas. Na cociña nace algún río. É un manancial, non teño a menor dúbida. Ao entrar sentes como a humidade atravesa a roupa e dificulta a respiración. Unhas plantas briófitas, posiblemente liques ou carrizas, comezaron a aparecer por debaixo da fiestra e a carón da lavadora. Sempre deixo a porta da neveira aberta para que o ambiente se quente un pouco. Moitas veces non consigo prender o fogón para facer café. Pode parecer esaxerado, pero teño que poñer o salchichón ao baño maría para poder cortar uns tacos, e o queixo... o queixo parece xeado de nata. Polo menos descubrín que o granizado de cervexa non está mal de todo. Fai unhas semanas que teño uns calcetíns a secar na terraza. pero non me atrevo a ir buscalos, pois aparte da xeada que colga deles hai risco de aludes. No cuarto de baño está Amalia. Conxelouse o mesmo día que nos coñecemos. Dixo que lle apetecía darse unha ducha, e non puido soportalo. Hai que ser moi rápido para cerrar a billa do agua quente ao mesmo tempo que colles a toalla para secarte. Agora resulta un pouco incómodo, pois quedou como unha estatua, cun pe fora e outro dentro da bañeira. Polo menos serve para colgar a toalla. Supoño que cando chegue a primavera sairá da invernía casual na que quedou. O outro día comecei a queimar os mobles. Primeiro foi unha mesiña de noite, pero non foi suficiente. Hoxe empecei a arrincar as madeiras do chan, non creo que duren moito. Comeza a facer frío. Do monitor colgan pequenas agullas de xeo. Non podo continuar pensando, as ideas fanse cada vez máis densas. Se desaparezo vídeme a buscar a este iceberg no que se está a converter o piso. Espero que iso do cambio climático sexa certo. Vai ser o único modo de sobrevivir. Mentres tanto avisa ao exercito para que envíen mantas. Saúde e república.




jueves, 26 de mayo de 2016

Non corras!!


Estaban diante miña na caixa do supermercado. Un home e unha muller, unha parella de vellos que viñan de facer a compra semanal e agardaban a súa vez para pagar. Xa tiñan todo enriba da cinta e borboriñaban entre eles, organizando seguramente o resto do día, cando de súpeto se decataron de que esqueceran coller o pan.
A muller, pequerrecha e bulideira, marchou na procura do pan mentres o home miraba con cara de circunstancias. A muller, áxil aos seus ben levados setenta anos, calzaba unhas zapatillas de facer deporte violetas, moi modernas, e pasou por diante miña sorrindo, como dicindo hai que ver que cabeciña a nosa! E o home, coñecéndoa, seguramente despois de cincuenta anos de matrimonio, berroulle cariñosamente aquilo de "Non corras!!"
E algo cambiou.
Eu xa estaba imaxinando como sería a vida destes vellotes. Gustoume ver a un home maior acompañando á súa parella a facer a compra en lugar de estar mirando como arranxan as xa famosas fochancas de Compostela. Gustoume que levaran medio quilo de parrochas, que fritidas están riquísimas e un bote de nocilla porque seguramente a fin de semana virán os netos, ou mesmo os bisnetos!! Gustoume o seu xeito de se mirar, de falarse agarimosamente, e como eran pequerrechos coma nós non puiden evitar avanzar trinta anos na miña propia vida e atoparme comigo mesmo e co meu amor facendo a compra un día calquera da primavera do 2046.
E sentinme ben, satisfeito.
Pero cando escoitei ao home dicir "Non corras", do mesmo xeito e co mesmo amor co que eu llo digo vinte veces ao día ás miñas crianzas o mundo mudou. Mirei para el, el sorriume e eu, que non son de sorriso fácil, notei como se me iluminaba a cara e lle devolvía o sorriso. O home algo debeu entender, seguramente intuíu que eu levo un tempo buscando unha confirmación, unha sinal, un algo que lle dea sentido á vida porque cun pequeno e cómplice movemento afirmativo da súa cabeza comprendín que me dicía que o tiña diante dos meus ollos, que o único sentido que pode ter a nosa existencia é aprender a vivila sen correr, saber camiñar e chegar a vellos de maneira serena, coa tranquilidade vital que dan os días ben levados e coa certeza de que non fixemos mal a ninguén.
Pareceume que ese "Non corras" moi ben podería ser para min, que nos últimos tempos ando correndo detrás daquilo que se me escapa sen chegar a saber o que é. Souben que aquel homiño de máis de setenta anos estaba a me contar que o sentido da súa vida era aquela muller pequerrecha con zapatillas de facer deporte, que sempre vai ás presas de tan rebuldeira que é e que se lle di que non corra é porque non hai presa por chegar, o verdadeiramente importante está sempre no camiño, en ser quen de compartilo con aqueles aos que queremos.
E decidín ser feliz no medio do camiño.
Nin antes nin despois.

Aquí e agora que teño todo cando preciso e non necesito máis nada.