Estoy hablando de cosas espirituales, de sensaciones que nada tienen que ver con lo físico y mundano. O tal vez si. Bueno, da igual, el asunto es que ahora que culmino sin éxito alguno mi cuarta década de existencia descubro como los amaneceres ya no son lo que eran.
En la primera infancia no tengo muy claro qué pensaba o qué sentía cuando veía salir el sol. Tampoco se si alguna vez ví salir el sol, pero seguramente me preguntaba a mí mismo, o más bien le preguntaba machaconamente a mi madre como era que no se quemaban los árboles, o porqué el sol salía por encima de los edificios de la Rúa Nova, en Perillo. Y lo digo porque ahora mi hijo está convencido de que A Cidade da Cultura, en Compostela, es A Casa do Sol ya que todos los días vemos como se levanta justamente por encima de esta gran obra con la que nuestro Don Manuel puso a Santiago y a Galiza entera a la altura de las grandes ciudades culturales del mundo. (Esto es ironía, y no seguiré por este camino ya que como sabéis esta entrada tratará sobre cosas espirituales).
Lo que quiero decir es que en la infancia el sol sale, y punto. No dudamos de que sale por donde lo vemos salir y lo que nos preocupa son las cosas importantes: donde duerme, como bebe el zumo, como hace para comerse las galletas...
Pero llega la adolescencia y como nos creemos que somos el centro de todo pensamos que el sol sale para nosotros y que solamente nosotros somos capaces de sentir su fuerza y su poderío. Vemos el sol y pensamos que tenemos otro día por delante para comernos el mundo. Algunos nos quedábamos mirando fijamente para él, a ver quien aguanta más la mirada, pensábamos. A otros nos daba por la vena mistica y notábamos como su fuerza penetraba en nosotros. En fin, adolescentes, ya sabéis.
Y que decir de la etapa de los veinte años, de la época en la que ver amanecer significaba que habíamos disfrutado una larga noche de juerga. Si para el adolescente ver el sol significaba tener un día por delante, para el veinteañero ver el sol era poder ir a dormir. Habiamos pasado toda la noche de local en local, aburriéndonos cada vez más, bebiendo cada vez más y ligando cada vez menos y al final alguno miraba por encima de las casas del casco antiguo y exclamaba triunfal aquello de -Joder, ya está amaneciendo!! Y todos poniamos cara de fastidio para dar a entender que queriamos seguir de fiesta, pero en realidad todos teniamos ganas de irnos para cama de una vez, y para nuestros adentros deciamos que no lo haríamos más, que esto de pasar toda la noche de juerga era una solemne tontería y una pérdida de tiempo. Y el puto sol dándonos en la cara...
Y a los treinta comenzamos a irnos a las tres o a las cuatro para casa, que prefiero madrugar y aprovechar la mañana para hacer cosas, o para ir a pescar o para dar un largo paseo con nuestro perro por la playa. Los amaneceres suelen estar acompañados de sesudas reflexiones vitales, nada más tierno y sensible que un treintañero viendo amanecer, ensimismado y decidiendo lo que hará de su vida. ¿Nos casamos o esperamos a amueblar el piso? ¿Me compro el Ibiza o el León? ... Bueno, esto era hace unos años, los que ahora tienen treinta años lo que piensan es si se van a Australia o a Canadá.
Sin casi darnos cuenta tenemos un par de hijos, un perro, una hipoteca y un ERE amezando nuestro futuro. Y ver amanecer suele significar que el niño está durmiendo con su madre en tu cama y tu te tienes que levantar. Y mientras ves como el sol asoma piensas que afortunadamente te espera otro día de trabajo, pero que solamente has podido dormir cuatro horas, que comienzas a tener dolores en las articulaciones y que te levantas algo mareado...
Los amaneceres ya no son lo que eran. Supongo que ya casi no tenemos tiempo para detenernos unos minutos a contemplar cómo se ilumina el mundo y como los campos y las ciudades reinician su rutina diaria. Pasamos por la vida siempre ocupados, siempre con prisas y tal vez por eso algunas veces nos quedamos un instante pegados al cristal de la ventana pensando en el montón de hermosos amaneceres que habremos vivido ya, y preguntándonos cuantos nos quedarán por disfrutar.
Los amaneceres ya no son lo que eran. Supongo que ya casi no tenemos tiempo para detenernos unos minutos a contemplar cómo se ilumina el mundo y como los campos y las ciudades reinician su rutina diaria. Pasamos por la vida siempre ocupados, siempre con prisas y tal vez por eso algunas veces nos quedamos un instante pegados al cristal de la ventana pensando en el montón de hermosos amaneceres que habremos vivido ya, y preguntándonos cuantos nos quedarán por disfrutar.



