viernes, 31 de enero de 2020

El teatro de Sabbath. Philip Roth




Philip Roth




Excesiva.
Tal vez sea esta la primera palabra que me viene a la cabeza al intentar hablaros de El teatro de Sabbath, la polémica novela que Philip Roth publicó en el año 1995. Hay un exceso de fluidos corporales, una meticulosa descripción de conductas sexuales que a veces roza la pornografía y un lenguaje que en algunos casos puede tacharse de soez. Pero este exceso transgresor y provocador va acompañado por el oficio incuestionable de Roth. Estamos hablando de un auténtico genio de la literatura, un escritor que es capaz de hacernos transitar por una narración que a veces nos resulta desagradable, que nos revuelve más de lo que nos conmueve, y sin embargo su prosa es tan rica en matices y tan intensa que nos negamos a cerrar la novela a pesar de la indignación que a veces nos provoca.
El argumento es más bien sencillo, el recorrido suicida de un viejo titiritero que ha perdido a su amante, al que su mujer alcoholizada culpa de todas sus desgracias y que ya no cuenta con ningún tipo de apoyo emocional entre aquellos que lo conocen o que algún día pudieron llamarse amigos. Acompañamos a Mikey Sabbath en su viaje a la gran ciudad para asistir al entierro de un viejo amigo que se suicidó, y en este peregrinaje el protagonista va desgranando los aspectos más importantes de su vida, en un intento de reencontrarse con todo aquello que perdió. Descubrimos entonces que su existencia ha sido una lucha constante por llenar el hueco que dejó en su infancia la perdida de su hermano y el distanciamiento lunático de su propia madre a raíz de un suceso tan traumático.
El protagonista es un ser egocéntrico y lujurioso. Parece haber convivido desde siempre con una compulsión irracional a practicar sexo. Desde sus inicios sexuales en los prostíbulos del caribe hasta los encuentros clandestinos, ya rozando los sesenta años, con la amante casada que le pide una adultera fidelidad al saberse enferma de cáncer. A primera vista Sabbath se nos presenta como un hombre poseído por una furia erótica desmedida y una necesidad irrefrenable de saciar sus apetitos sexuales. Sus pensamientos están únicamente centrados en el mismo, en satisfacer sus deseos más vergonzantes y sus groseras necesidades, y en su universo particular las personas y las cosas parecen existir simplemente para dar cumplimiento a esta premisa.
Sin embargo, a pesar de las recurrentes menciones a la vida sexual del protagonista y a las descripciones explícitas de sus comportamientos aberrantes y repulsivos, una lectura más profunda de la novela nos mostrará que el sexo no es más que un contrapunto a la muerte, y es esta dualidad la que domina toda la narración de El teatro de Sabbath. La misma crudeza con la que se muestran las escenas sexuales también es empleada para describir las muertes que marcaron de algún modo el destino del protagonista. Philip Roth no escatima en detalles cuando nos quiere mostrar los dos aspectos básicos de nuestra existencia y no es difícil encontrar ciertas reminiscencias de las ideas freudianas sobre las pulsiones (la clásica dicotomía Eros-Thanatos).
Solamente mediante esta interpretación podemos suavizar la repulsión que nos genera un personaje tan corrosivo y cruel como Mikey Sabbath. Por sus acciones sabemos que es un machista egoísta; un amoral sin escrúpulos; un experto manipulador que sabe manejar mediante la palabra a todos aquellos que le rodean y de los que puede obtener algún beneficio. Sin embargo, debajo de esta capa grosera y libertina que envuelve todo lo que hace existe todo un mundo de causas, y son esos acontecimientos que no llegan a describirse de manera explícita, los que hacen que el protagonista sea como es, un buscador constante de algo que sacie su necesidad de llenar el hueco que sabe que existe en su vida.
Esta idea enlaza con el propio título del libro. Si la vida es un teatro, Roth pretende mostrarnos la obra que le tocó representar a Mikey Sabbath. En escena aparecen continuamente las acciones del protagonista, sus relaciones sexuales, sus pequeñas miserias. Incluso cuando recuerda, recuerda sobre todo acciones en las que casi siempre es el el que determina los acontecimientos. Él es el que maneja los hilos, el que hace cosas, el que actúa. Es, en definitiva, el titiritero. Pero a medida que la historia se va narrando comenzamos a pensar que el propio titiritero no es más que un personaje sin poder de decisión, que son las circunstancias las que conducen su vida, y no su voluntad. Al final, nos preguntamos si es Sabbath el que maneja los hilos de sus marionetas o también él es manejado como un títere.
Por otro lado, esta dualidad conceptual a la hora de interpretar al personaje protagonista viene acompañada de una complejidad en la trama que requiere cierto esfuerzo lector, por lo menos al principio. Las escenas del presente van entremezclándose con escenas del pasado a medida que el torrente de la memoria del protagonista avanza. De este modo se mantiene la tensión interpretativa a medida que se van mostrando los distintos matices de Sabbath, facetas más amables de un personaje que en el momento presente nos resulta definitivamente repulsivo. Es el propio protagonista el que nos cuenta su vida, el que interpreta los acontecimientos pasados y presentes de un modo lúcido y genial. Phillip Roth sale airoso del desafío formal que supone dotar al protagonista de la misma capacidad narrativa que el autor posee. La maestría de Roth es incuestionable, pero en esta novela es capaz de dotar a su personaje de una voz propia. El estilo y la capacidad discursiva de Mikey Sabbath nos envuelve y queremos escuchar más, aunque lo que dice nos resulta demasiadas veces terriblemente amoral y estridente. Es esta prosa pegajosa e intensa, es esta forma de interpretarse a si mismo tan lúcida y corrosiva al mismo tiempo, por veces incluso cruel, lo que hace de él un personaje total, una realidad que nos acompaña a lo largo de la lectura y al que a veces oímos susurrar obscenidades, aunque no estemos leyendo el libro en ese momento. Ese es el poder creativo que hace de Philip Roth un gran escritor.
La primera novela que leí de Philip Roth fue Némesis, en el año 2012. Curiosamente fue la última que el escribió. Años después le tocó el turno a Patoral Americana y ahora, recién estrenada una nueva etapa lectora en mi vida, El teatro de Sabbath. Sin duda, Roth es uno de esos autores de los que hay que intentar leer todo. Una parte de su obra se ha definido como polémica y transgresora y esta novela pertenece a ese tipo. Transgresora y excesiva como escribía al comienzo de esta entrada, pero sobre todo es una obra de arte. Tanto por su estilo como por la cadencia narrativa que posee merece estar en la estantería de las novelas con calidad literaria. Hay autores que se escudan en la presunta transgresión que muestran sus obras para quejarse amargamente de la incomprensión o el rechazo del público. Otros opinan que todo arte ha de ser en cierto modo transgresor, que han de conmover al espectador, provocar la reflexión o mover a la acción, incluso aunque sera para expresar rechazo por la obra del artista. Supongo que es la eterna discusión del arte por el arte o por algo más.
No tengo una fórmula para determinar lo que es arte y lo que no lo es. Para mi es algo más bien subjetivo y que puede cambiar con el paso del tiempo. Incluso para una misma persona lo que ahora nos parece grandioso puede resultarnos al cabo de un tiempo una auténtica patochada. El criterio literario es muy cambiante, pero como estáis en este blog, y sobre todo como habéis llegado al final de este texto os diré que al acabar de leer esta novela nos quedamos algo agitados, confusos tal vez. Tenemos la sensación que el autor nos ha removido de nuestra zona de confort para llevarnos por un camino que no necesariamente ha sido agradable, pero que ha provocado algo en nuestro interior. Desde mi punto de vista esta es la clave de la buena literatura, y es algo que solo saben hacer los grandes novelistas.



Philip Roth

martes, 28 de enero de 2020

Las doscientas primeras!







Celebraba en abril del año 2012 las cien primeras entradas de este blog. Ya entonces tenía claro que mi ritmo de creación era muy lento, pero por aquel entonces, y teniendo en cuenta que la primera entrada es de enero de 2010, las cuentas tampoco eran tan malas. En apenas dos años había publicado cien "cosas". Lo verdaderamente sorprendente es haber tardado casi ocho años en publicar otras cien.
Algo vergonzoso, lo sé.
Diez años tiene este sitio y solamente he podido escribir doscientas entradas. Diré que no han sido diez años fáciles. Me dediqué a tiempo completo a la crianza de cachorros  Homo Sapiens, y eso es complicado. Tiene nuestra especie la capacidad de absorber el tiempo y la energía como si de pequeños agujeros negros se tratase, y si a esto añadimos un carácter inseguro y necesitado de constante reafirmación tendréis a un padre dispuesto a cuestionarse siempre a si mismo, dudando continuamente si el tiempo y las atenciones dedicadas serán suficientes.
Nunca es suficiente.
Y hubo además oposiciones, inseguridades varias, crisis, medidas desesperadas, cambios de enfoque, cosas que se rompen, bilingüismo . Lo típico de las vidas, vamos, que os voy a contar que no sepáis...
Pero como se pregunta y se responde eternamente Pessoa
Valeu a pena? Tudo vale a pena
Se a alma não é pequena.
Y ahora estoy convencido de que valdrá la pena. Me atrevo a asegurar sin ningún tipo de modestia por mi parte que la calidad de lo que escribo ha mejorado, y espero que en un futuro siga mejorando.
Pues si, digámoslo ya, habrá futuro para este blog.
Revisando algunas de las entradas descubro cierta capacidad, una suerte de estilo propio, un talento que necesita ser pulido, es cierto, pero que está presente y que no todas las personas que publican libros poseen. Creedme, escribir no escribo mucho, pero soy un buen lector y puedo decir que algunos de los textos que podéis encontrar en este blog tienen, al menos, tanta calidad como alguna de las obras que publican las editoriales para ir creando fondo. Comienzo a creerme lo que mi amigo Iván lleva más de veinte años diciendo, que mi camino es la palabra y que la única forma de recorrerlo es escribir escribir escribir.
Se que no soy muy de fiar, que más de una vez (y de tres) he prometido constancia y entrega, asumiendo retos que yo mismo sabía difíciles de cumplir. Pero ahora estoy en una época en la que se juntan las ganas de hacer cosas con la creatividad, y debo aprovechar los vientos favorables.
No diré como otras veces que escribiré sobre esto o lo otro, que llegaré a un número de relatos o que simplemente hablaré de mi.
No.
No se como va a ser este sitio a partir de ahora, si tendrá originalidad o la calidad que os merecéis, si podré llegar a plasmar todo lo que tengo pensado, que no es mucho, la verdad. No se si esto seguirá siendo un blog, un videoblog o una página de Internet. Pero una cosa os digo, si tenéis un poco más de paciencia y decidís regalarme un poco de vuestro tiempo estoy seguro que encontrareis en este sitio algo que merezca la pena o que al menos compense los minutos que paséis aquí.
Naveguemos juntos durante el 2020 y alcancemos las 252.



miércoles, 22 de enero de 2020

Vidas minúsculas. Pierre Michon





Vidas minúsculas es la obra con la que inauguré mi lista de lecturas del año 2020. No sin cierta vergüenza debo reconocer que no solamente no había leído nada de este escritor francés, sino que ni siquiera lo conocía. Y tal vez no pude haber escogido mejor novela para empezar a profundizar en su obra, aunque Vidas minúsculas no encaja exactamente en la definición de novela. Son retazos biográficos de algunos miembros de su familia, recuerdos de su infancia y juventud que ayudan al autor a situarse en el mundo, a comprender quien es y las razones por las que es como es.
Algunos dirán que se trata de una novela de formación y aprendizaje, una obra en la que establece las bases de lo que quiere llegar a ser como escritor, de ahí sus numerosas referencias a Rimbaud, al que admiraba y con el que comparte algunos avatares vitales como el abandono del padre o la muerte de una hermana. Es fácil imaginarse al adolescente Pierre buscando significados en lo que no son más que meras casualidades y sintiéndose, al igual que el poeta simbolista, tocado por la gracia del talento. ¿A quien no le ha pasado alguna vez?
En cierto modo, Vidas minúsculas trata de los primeros tiempos de un escritor, de sus dudas, de su impotencia ante la página en blanco, de la búsqueda de modelos a los que seguir para alcanzar su voz propia. Pero también nos cuenta de donde procede. Analiza las vidas, y sobre todo los caracteres de sus parientes. Busca en su propia genealogía las claves para entender su propia existencia, rastreando los rasgos psicológicos que reconoce o quiere reconocer en sus abuelos o en ese pariente cuya vida es desconocida y que por eso mismo mantiene cierta aureola de misterio. Es la interacción del narrador con los protagonistas de los ocho relatos que aparecen en Vidas minúsculas la que hace avanzar al autor hasta la edad adulta. La abuela que va tejiendo para el la vida de un antepasado al que imagina aventurero y algo soñador, que le inculca el disfrute de la lectura; el viejo campesino que se autoengaña pensando que su hijo ha triunfado en América; los recuerdos de los compañeros de la escuela, del cura del pueblo o de sus primeros años en la gran ciudad, mezclando el primer amor con los excesos de alcohol y sustancias (otra vez Rimbaud como ejemplo y guía).
Son estos los recuerdos, las vidas minúsculas perdidas en el tiempo, las que le sirven para situarse en el mundo, para realzar su propia existencia convirtiendo en arte las anónimas y insubstanciales vidas de sus antepasados. Y sin embargo, desde mi punto de vista, no es este recurso lo más sobresaliente del libro. Como siempre, cuando de literatura y palabras se trata, lo importante no es lo que se dice, sino como se dice. El lenguaje empleado en Vidas minúsculas es de un preciosismo y una belleza tal que muchas veces alcanza el lirismo propio de la poesía, como una composición en la que cada verso es como una pincelada que nos obliga a fantasear con lo que leemos. Inevitablemente, leyendo algunos párrafos no solamente evocamos recuerdos de nuestra propia infancia, sino que vemos, escuchamos e incluso olemos aquello que se nos describe. Ya sea una escuela, el campo o el interior de una cocina familiar. Es este aliento lírico, esta capacidad de evocar instantes que el lector percibe como propios lo que hace de Pierre Michon un autor que parece que hable de nuestras vidas, de nuestra infancia. La mezcla entre la ficción y lo recordado, entre lo que fue y lo que pudo haber sido le otorga a su prosa la sensibilidad propia de la poesía y es por esto por lo que consigue conmovernos.
Personalmente debo decir que una de las partes que leí con más intensidad es la referida al padre ausente y a la búsqueda de su voz personal. Explica en algún momento como la ausencia de una figura paterna provoca que siga buscando modelos a los que seguir, una orientación, un guía tal vez. Creo que esta reflexión fue clave para mi pues también yo siento algunas veces, a pesar de ser ya un hombre adulto que inicia el camino de descenso, que si algo me ha caracterizado durante todos estos años es este sentimiento de abandono, esta falta de una figura con la que aconsejarme, a la que preguntar o de la que escuchar una alabanza o un reproche. Y tal vez esta duda constante y esta falta de autoestima que me impide entregarme plenamente a lo que más quiero se deba, en parte, a un sentimiento de poca cosa, de saberme “abandonable”, intercambiable por otra vida, por otra familia. Hay cosas que un niño tarda toda una vida en superar, heridas que nos traban, que nos impiden avanzar aunque pensemos que hemos conseguido dejarlo atrás.
En definitiva, Vidas minúsculas es uno de esos libros que nos dejan huella, que nos obligan a mirar hacia partes de nuestra vida de las que intentamos huir, con las que no queremos enfrentarnos. Obviamente, a cada lector le dirá una cosa distinta. Una vez escrito, un texto ya no pertenece a quien lo escribe sino a quien lo recibe, y por eso he tenido mucha suerte al comenzar este año, del que tantas cosas espero, con una lectura tan hermosa y a la vez tan profundamente inspiradora como esta.



jueves, 16 de enero de 2020

FELIZ FIN TRIMESTRE!





Las profes de primero de primaria deciden reunir a todo su alumnado en el salón de actos y celebrar el fin de trimestre de una manera muy divertida. En la pantalla, un vídeo de las famosas campanadas, delante, todas las niñas y niños con una servilleta y en la servilleta doce gusanitos. Y como si de fin de año se tratase, con cada campanada se comen un gusanito.
Rápido, sencillo y muy divertido.
Celebran el fin del primer trimestre en primaria, que no es poco!
Son muchos cambios para estas pequeñas de seis años, y sin embargo se adaptan a todo, sigue siendo muy fácil motivarlas, captar su atención y hacer un montón de cosas cada día. Me sorprende todo lo que hacen en las cinco horas diarias de clase. Fichas, dibujos, las primeras lecturas, las sumas y las restas. Además de las conversaciones sobre temas que van fluyendo de sus mentes siempre inquietas.
Sabemos, las abuelas nos lo dicen, que las niñas y los niños de ahora son muy inteligentes, muy curiosos y muy activas y participativas. Lo vemos en los trabajos que traen al final de cada trimestre, siempre deseosas de enseñarnos lo que han hecho durante los últimos meses.
Y a veces nosotros, los padres y las madres, no nos damos cuenta del esfuerzo que supone ir a clase y trabajar como ellos lo hacen, con un currículo cada vez más exigente y con la sobrecarga de actividades extraescolares que la mayoría soportan. Pensamos que lo duro es lo nuestro, con nuestras jornadas laborales y con este andar de aquí para allá continuamente, pendientes de las cosas del trabajo, de la familia, de la casa, de que el del coche de enfrente acelere un poco más o del Instagram. Y al final del día les decimos que hay prisa, que estamos muy cansados de trabajar, como si ellos no tuviesen también días duros en la escuela.
Por eso me emociono al ver la facilidad con la que tres profesoras de primaria son capaces de hacer felices a sus alumnos con unas bolsas de gusanitos, un video y muchas ganas de hacer cosas. Y pienso que tal vez pasamos demasiado tiempo criticando como está la educación (o la sanidad, o la política, o la sociedad en general) y apenas nos damos cuenta de las buenas cosas que todos los días suceden a nuestro alrededor.