Ya que estás aquí...
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Bienvenido a Mar de Beaufort.
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martes, 9 de julio de 2013
La fogosidad del segundo trimestre.
Las demandas sexuales de Sally se volvieron mucho más exigentes a partir del tercer mes de embarazo. Si antes podía compensar con unos preliminares largos y unas palabras cariñosas al final la escasa duración del acto, ahora Sally tenía siempre prisas y cuando notaba que comenzaba a entretenerme demasiado tomaba la iniciativa y con una fogosidad inusitada se ponía sobre mi murmurando unas palabras extrañas mientras se movía de tal modo que al poco me venía abajo con todo el equipo, como suele decirse.
Y no es que me disgustase, la verdad. Me quedaba yo tan relajadito que dormiría como un bebé si no fuese porque a los pocos minutos Sally volvía a la carga, me decía que se sentía inquieta y con ganas de fiesta y si notaba que no estaba muy por la labor me preguntaba si ya no me atraía, si era porque se estaba poniendo gorda con el embarazo y comenzaba a sollozar de tal modo que tenía que decirle que me excitaba más que antes, que cada día estaba más linda y que lo único que me preocupaba era perjudicar al bebé con tanto ajetreo. Entonces se acurrucaba a mi lado y casi sin darme cuenta estaba de nuevo sobre mí.
Por eso decidí comprarme por internet el libro "Las sombras del Hey". Había oído que tenía un gran éxito entre el público femenino porque describía el sexo que a toda mujer le gustaría experimentar. Pensé que no me vendrían mal algunas ideas ya que para el asunto sexual soy bastante corto, incluso en imaginación. Lo primero que me sorprendió fué la ausencia de fotografias, o cuando menos de algún dibujo explicativo. Tuve que leer y releer, volver atrás más de una vez ya que no conseguía hacerme una idea clara de lo que me estaban contando. Pero al final acabé de leer el libro con la sensación de estar preparado para enfrentarme con éxito a los requerimientos sexuales de Sally.
Tal vez no entendí la esencia del libro, o puede que los malabarismos amatorios no encajen bien en la cultura esquimal, pero lo primero que hizo Sally cuando comencé a mordisquearle las orejas mientras le tiraba del pelo hacia atrás fue soltarme un sopapo que me hizo perder el equilibrio y rodar sobre la alfombra de piel de reno que adornaba nuestra alcoba. Desgraciadamente, malinterpreté el mensaje y comencé a azotar sonoramente sus nalgas, pensando que la situación era semejante a la del capítulo cuatro del puñetero libro. Comprendí lo equivocado que estaba cuando Sally comenzó a chillar y a decirme que ya sabía que le estaba engordando el culo y que no hacía falta que se lo recordase. Intenté explicarle que eran unas técnicas sexuales nuevas, que había decidido enriquecer nuestras experiencias y que debía dejarse llevar por sus instintos.
De nada sirvió. Después de gimotear durante cinco o siete minutos comenzó a frotarse de nuevo contra mi y tuve la impresión de que la fogosidad del segundo trimestre de embarazo iba a dejarme en los huesos.
miércoles, 3 de julio de 2013
Los heavys son buenos (y no tienen panza)
A escasos días de cumplir cuarenta años decido hacerme heavy.
No, no penséis que soy uno de esos tipos a los que les gusta la tontería del Alejandro Sanz (renegado fiscal) o que está todo el día con la matraca de la movida por aquí y la movida por allá. No. Yo soy más de rock que de otra cosa, pero nunca me había sentido muy cercano a la música heavy hasta el viernes pasado, que fuí al concierto de Europe, Whitesnake y Def Leppard en Compostela.
No lo tenía muy claro, la verdad. Hacía años que no iba a un concierto y no me apetecía nada que me zarandeasen de un lado para otro, que me tirasen cerveza por encima o que un tipo con una calavera en la camiseta negra me mirase torcido como si me estuviese perdonando la vida en ese mismo instante.
Pero nada más lejos de la realidad. Los heavys son buena gente. En realidad ya se pasan un poco de empalagosos y de amables. Al mínimo golpe ya se están disculpando, que perdona por el empujón, que perdona si te piso, que perdona si no te dejo ver... La verdad es que resulta un poco chocante que un tipo que lleva escrito en la camiseta que la sociedad apesta se preocupe tanto por la comodidad de los demás. Por no hablar de la cara de bonachones que tienen todos los heavyes. Si, algunos quieren poner cara de malos pero les quitas las pulseras, las cadenas y les pones una camiseta de Mama Cabra y pueden pasar por animadores infantiles.
Hay más insultos y malos rollos entre los padres que van a ver un partido de futbol alevín que en un concierto de heavys. Incluso llegué a pensar que la solución a esta crisis sería que los heavyes de los años setenta y ochenta nos gobernasen, y no estos jóvenes de la transición que corrían delante de los grises e iban a los conciertos de Serrat pensando que iban a cambiar las cosas y no se dieron cuenta de que los que siempre mandaron los estaban cambiando a ellos.
Lo dicho, que los heavys son buena gente. Y además casi ninguno tiene panza. Tal vez la vibración de la guitarra eléctrica, o una dieta sana y equilibrada cuando se bajan de los escenarios, pero lo cierto es que ninguno de los músicos que actuaban tenían panza aunque alguno tampoco tenía ya la melena que lucía hace veinte o treinta años.
jueves, 27 de junio de 2013
Todavía vale la pena...
Estaba yo en el bar tomándome el café con churro y rumiando las noticias del día cuando sucedió algo que me hizo pensar que todavía vale la pena formar parte de la sociedad. Como sabéis, soy un tipo bastante asocial, de poca conversación y con tendencia al ostracismo. Un bicho, vamos.
Además, hojeaba la Intervíu de esta semana y mi cabreo iba en aumento al ver las fotografías de los implicados en el escándalo de los ERE's disfrutando de unas buenas mariscadas y viajando con cargo al presupuesto de Mercasevilla o al comprobar como los políticos gastaban los dineros públicos en espiarse los unos a los otros. Me estaba poniendo a tono y quería llegar a casa para despotricar sobre la falta de honradez y la codicia desmesurada de esta sociedad que estamos creando.
De pronto entra en el bar una niña. Venía con su padre y con un perro. El padre pregunta donde están los baños y como están abajo, la niña permanece indecisa sin atreverse a bajar. El padre le dice que él tiene que quedarse afuera, con el perro. La niña no sabe que hacer y entonces una clienta le dice "venga, que ya voy yo contigo"
Si si, ya se que es una tontería, pero me emocionó comprobar que hay personas rápidas de reflejos que son capaces de actuar para beneficio de los demás sin que nadie se lo pida. Si amigos, queridas lectoras, incluso yo tengo mis momentos de debilidad filantrópica y salí del bar con un cosquilleo por la espalda y con lágrimas en los ojos. En estos tiempos tan tristes en los que dejamos mucho que desear como sociedad tal vez la mejor opción para no caer en la desesperación y la apatía sea mirar atentamente a los que tenemos a nuestro lado. Estoy seguro de que a poco que nos fijemos descubriremos pequeñas lecciones diarias que nos convencerán de que todavía vale la pena comprometerse.
viernes, 21 de junio de 2013
La transferencia onírica.
Como Kubrick había previsto, la transferencia onírica se interrumpió a los doce minutos.
La misión, a simple vista, era sencilla. Buscar, en los albores de la Devastación, un humano que supiese leer . Lo primero era fácil. Hace miles de años solamente existían humanos. Aún no había comenzado el desarrollo de los androides y las nanofibras aerotérmicas eran solamente la ocurrencia de un tipo muy raro que escribía un blog algo ridículo pero resultón.
Sin embargo, encontrar a alguien que dominase el arte de la lectura no fue tarea fácil. A pesar de los datos recabados por Kubrick, a principios del tercer milenio de la Época Uniplanetaria no todos los humanos de las grandes urbes sabían leer. Paseaban de un lado para otro con pequeñas unidades de computación binaria y cada vez eran menos los que sentían interés por el discurso escrito. Miles y miles de libros eran recluidos en enormes edificios. Su destino, una incógnita para nosotros.
Pero según los estudios realizados por la Quinta Generación, en la época en la que implantamos la transferencia onírica todos los homo sapiens tenían las capacidades físicas y cognitivas necesarias para leer e interpretar con claridad meridiana un texto escrito. Por eso Kubrick se afanó durante meses en aprender a escribir y decidió volcar su mensaje en un libro. Inocentemente pensamos que si conseguíamos atraer la atención de alguien mediante una combinación de colores desconocidos en la época el libro acabaría llegando a las manos adecuadas. Sabiamos que como mamíferos que eran, nuestros ancestros sentían una irresistible curiosidad por los colores en movimiento. Incluso habían inventado unos aparatos para ver el mundo real y el inventado a través de pantallas potenciadoras de color en lugar de mirar al mundo tal y como era. Nuestro libro sería un objeto muy interesante. Para que nuestro mensaje llegase solamente era necesario que un ser humano lo leyese...
Pudo ser cualquiera, pero me fijé en aquel hombre que caminaba distraído. Afortunadamente, antes de que la transferencia onírica se interrumpiese había marcado su huella de actividad geneticomolecular para poder localizarlo en caso de que el mensaje no llegase a su destino.
Cuando me desperté Kubrick me anunció que tendría que regresar, que el individuo seleccionado había entrado en contacto con el libro, pero que inexplicablemente no lo había abierto.
viernes, 14 de junio de 2013
Esto se acabó...
Esto se acabó.
Cansado como estoy de tantos vaivenes creativos y de tanta pérdida de tiempo por los solitarios mundos de internet decido eliminar mis cuatro blogs, borrar mis dos o tres cuentas de correo electrónico y suprimir los perfiles de facebook, google+ y linkedIn. Después de unos años dando tumbos por la red descubro que no, que no consigo encontrar mi lugar, que lo que yo escribo tiene el mismo éxito aquí que aquellos poemas que dejaba en el tablón de anuncios de la faculdad (si, era yo, qué pasa!) y que mi fracaso social en la vida real se refleja en el inamovible número de seguidores de este sitio en el que ahora te encuentras.
Comienzo a buscar una despedida adecuada y me doy cuenta de que en los últimos meses he escrito de forma recurrente sobre las múltiples formas de irse, de desaparecer, de hacer mutis por el foro. ¿Una premonición? ¿Una pulsión que intenta manifestarse en forma de relatos sin relación alguna?
Nunca lo sabremos.
Pero me doy cuenta de que en lugar buscar un final para historias que estaban en marcha me he dedicado a escribir finales sin historia, como si estuviese ensayando un final para aquella novela de la que os hablé algún día.Y es que en las últimas semanas he revisado papeles y cosas y tengo la impresión de que algo está en marcha, que la historia está completándose y que debo ir cerrando capítulos, matando personajes y enganchando al lector de tal manera que no pueda dejar de leer hasta el final.
A lo que íbamos. Que desde hace unos días tengo ganas cerrar todo esto de internet y de las redes sociales y centrarme en esas pequeñas cosas que nos hacen felices. Poco puedo aportar yo a este inmenso mundo de los blogs, de seguidores, de miles de creadores que ofrecen obras de gran calidad. Y a punto estaba de darle al "si a todo" cuando me pregunté si no estaría exagerando un poco. Siempre fuí un tipo tendente al dramatismo y a las soluciones extremas. Es verdad que tengo una novela a medio escribir, pero también hay entre los hielos del Mar de Beaufort alguna que otra historia que vale la pena y más de un personaje que todavía tienen algo que decir.
Por todo esto, y porque se me está haciendo un poco tarde, decido posponer el autoborrado de mi existencia digital e ir saldando de una vez algunas cuentas pendientes que tengo conmigo mismo. Y ya está.
Esto se acabó, por hoy.
Nunca lo sabremos.
Pero me doy cuenta de que en lugar buscar un final para historias que estaban en marcha me he dedicado a escribir finales sin historia, como si estuviese ensayando un final para aquella novela de la que os hablé algún día.Y es que en las últimas semanas he revisado papeles y cosas y tengo la impresión de que algo está en marcha, que la historia está completándose y que debo ir cerrando capítulos, matando personajes y enganchando al lector de tal manera que no pueda dejar de leer hasta el final.
A lo que íbamos. Que desde hace unos días tengo ganas cerrar todo esto de internet y de las redes sociales y centrarme en esas pequeñas cosas que nos hacen felices. Poco puedo aportar yo a este inmenso mundo de los blogs, de seguidores, de miles de creadores que ofrecen obras de gran calidad. Y a punto estaba de darle al "si a todo" cuando me pregunté si no estaría exagerando un poco. Siempre fuí un tipo tendente al dramatismo y a las soluciones extremas. Es verdad que tengo una novela a medio escribir, pero también hay entre los hielos del Mar de Beaufort alguna que otra historia que vale la pena y más de un personaje que todavía tienen algo que decir.
Por todo esto, y porque se me está haciendo un poco tarde, decido posponer el autoborrado de mi existencia digital e ir saldando de una vez algunas cuentas pendientes que tengo conmigo mismo. Y ya está.
Esto se acabó, por hoy.
domingo, 9 de junio de 2013
Responso.
- ¿Y sabe si sufrió mucho?
La mujer miró al hombre intentando recordar si lo conocía de algo. Tenía cierto parecido con su marido cuando era joven, pero no sabría decir si era su sobrino o uno de los hijos de aquel primo que vivía en Barcelona. Era ligeramente más alto y no tenía la expresión bonachona de su querido Ramón, pero sus rasgos eran tan parecidos que podía asegurar que se trataba de algún pariente.
Habían venido ya tantos familiares y amigos que la pequeña mujer estaba algo confusa. Su nuera y su nieto mayor estaban sentados en una esquina. Sus dos hijas habían salido a comer algo y su hijo pequeño llegaría en el vuelo de las tres. No pudo evitar pensar en la bonita familia que habían formado. Si de algo estaban orgullosos era de sus hijos. Habían conseguido hacer de ellos personas honestas y rectas. Se sabía afortunada. Pocos hombres se habrían atrevido a casarse con una mujer con un hijo como lo había hecho Ramón. Trabajó muy duro para criarlos a los cuatro y para darles estudios y nunca hizo la más mínima diferencia entre nuestros tres hijos y el mayor, mi error de juventud, -solía afirmar orgullosa cuando hablaba con sus amigas.
La mujer no pudo evitar las lágrimas. A pesar de estar acompañada por sus hijos comenzaba a sentir ya una inmensa soledad, una agobiante sensación de abandono, casi rabia por una muerte tan repentina y tan injusta. Ahora que podrían comenzar a disfrutar de la vida y de la familia... Sintió una pena infinita al pensar en lo feliz que se sentiría Ramón viendo crecer a sus nietos.
- El final fue algo doloroso, pero estuvo en todo momento rodeado por su familia y se puede decir que murió tranquilo y satisfecho- dijo al fin la mujer sintiendo cómo se le quebraba la voz de la emoción.
- Es una pena, merecía morir solo y abandonado- dijo el desconocido- del mismo modo que él abandonó a mi madre y a mis hermanos cuando yo tenía nueve años.
martes, 4 de junio de 2013
Los amaneceres cambian con la edad.
Supongo que será otra de mis "tonteorías", pero de un tiempo a esta parte tengo la sensación de que experimento cosas distintas ante los mismos hechos. Y no, no me refiero a la facilidad de acumular quilos en lugares en los que no parecía que pudiesen acumularse grasas tomando incluso menos cantidad de cerveza.
Estoy hablando de cosas espirituales, de sensaciones que nada tienen que ver con lo físico y mundano. O tal vez si. Bueno, da igual, el asunto es que ahora que culmino sin éxito alguno mi cuarta década de existencia descubro como los amaneceres ya no son lo que eran.
En la primera infancia no tengo muy claro qué pensaba o qué sentía cuando veía salir el sol. Tampoco se si alguna vez ví salir el sol, pero seguramente me preguntaba a mí mismo, o más bien le preguntaba machaconamente a mi madre como era que no se quemaban los árboles, o porqué el sol salía por encima de los edificios de la Rúa Nova, en Perillo. Y lo digo porque ahora mi hijo está convencido de que A Cidade da Cultura, en Compostela, es A Casa do Sol ya que todos los días vemos como se levanta justamente por encima de esta gran obra con la que nuestro Don Manuel puso a Santiago y a Galiza entera a la altura de las grandes ciudades culturales del mundo. (Esto es ironía, y no seguiré por este camino ya que como sabéis esta entrada tratará sobre cosas espirituales).
Lo que quiero decir es que en la infancia el sol sale, y punto. No dudamos de que sale por donde lo vemos salir y lo que nos preocupa son las cosas importantes: donde duerme, como bebe el zumo, como hace para comerse las galletas...
Pero llega la adolescencia y como nos creemos que somos el centro de todo pensamos que el sol sale para nosotros y que solamente nosotros somos capaces de sentir su fuerza y su poderío. Vemos el sol y pensamos que tenemos otro día por delante para comernos el mundo. Algunos nos quedábamos mirando fijamente para él, a ver quien aguanta más la mirada, pensábamos. A otros nos daba por la vena mistica y notábamos como su fuerza penetraba en nosotros. En fin, adolescentes, ya sabéis.
Y que decir de la etapa de los veinte años, de la época en la que ver amanecer significaba que habíamos disfrutado una larga noche de juerga. Si para el adolescente ver el sol significaba tener un día por delante, para el veinteañero ver el sol era poder ir a dormir. Habiamos pasado toda la noche de local en local, aburriéndonos cada vez más, bebiendo cada vez más y ligando cada vez menos y al final alguno miraba por encima de las casas del casco antiguo y exclamaba triunfal aquello de -Joder, ya está amaneciendo!! Y todos poniamos cara de fastidio para dar a entender que queriamos seguir de fiesta, pero en realidad todos teniamos ganas de irnos para cama de una vez, y para nuestros adentros deciamos que no lo haríamos más, que esto de pasar toda la noche de juerga era una solemne tontería y una pérdida de tiempo. Y el puto sol dándonos en la cara...
Y a los treinta comenzamos a irnos a las tres o a las cuatro para casa, que prefiero madrugar y aprovechar la mañana para hacer cosas, o para ir a pescar o para dar un largo paseo con nuestro perro por la playa. Los amaneceres suelen estar acompañados de sesudas reflexiones vitales, nada más tierno y sensible que un treintañero viendo amanecer, ensimismado y decidiendo lo que hará de su vida. ¿Nos casamos o esperamos a amueblar el piso? ¿Me compro el Ibiza o el León? ... Bueno, esto era hace unos años, los que ahora tienen treinta años lo que piensan es si se van a Australia o a Canadá.
Sin casi darnos cuenta tenemos un par de hijos, un perro, una hipoteca y un ERE amezando nuestro futuro. Y ver amanecer suele significar que el niño está durmiendo con su madre en tu cama y tu te tienes que levantar. Y mientras ves como el sol asoma piensas que afortunadamente te espera otro día de trabajo, pero que solamente has podido dormir cuatro horas, que comienzas a tener dolores en las articulaciones y que te levantas algo mareado...
Los amaneceres ya no son lo que eran. Supongo que ya casi no tenemos tiempo para detenernos unos minutos a contemplar cómo se ilumina el mundo y como los campos y las ciudades reinician su rutina diaria. Pasamos por la vida siempre ocupados, siempre con prisas y tal vez por eso algunas veces nos quedamos un instante pegados al cristal de la ventana pensando en el montón de hermosos amaneceres que habremos vivido ya, y preguntándonos cuantos nos quedarán por disfrutar.
Los amaneceres ya no son lo que eran. Supongo que ya casi no tenemos tiempo para detenernos unos minutos a contemplar cómo se ilumina el mundo y como los campos y las ciudades reinician su rutina diaria. Pasamos por la vida siempre ocupados, siempre con prisas y tal vez por eso algunas veces nos quedamos un instante pegados al cristal de la ventana pensando en el montón de hermosos amaneceres que habremos vivido ya, y preguntándonos cuantos nos quedarán por disfrutar.
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