jueves, 28 de marzo de 2013

El apabullante mundo de la literatura.



Hace tiempo que no me abandono al lento transcurrir de las horas en las heladas costas del Mar de Beaufort. Hace tiempo que no paso la noche en vela escuchando programas de radio en los que hablan sobre las otras realidades posibles en este mundo infinito. Hace tiempo que no me siento delante de una página en blanco esperando una frase que inicie esa historia que siempre está a punto de concretarse. Hace tiempo, en definitiva, que no estoy solo.

Demasiada navegación inútil, demasiada banda ancha y demasiados lugares dedicados a la literatura, a la creación, al presuntuoso oficio de escribir. Regreso por unas horas a mi solitario rincón helado y descubro que soy un hombre apabullado. Hay tanto y tan bueno por la red que tengo que hacer esfuerzos para contar mis cosas, para pensar que merece la pena el tiempo que yo invierto en escribir y que tú gastas en leer. Nada de esto es nuevo, ya te lo he contado alguna que otra vez, y a menudo me sorprende que continúes leyendo lo que escribo sabiendo que no tengo demasiado que aportar. Otras veces, sin embargo, lo que me sorprende es ser el autor de alguna frase bien construída o de algún relato.

Antes era más fácil. Antes estaba yo y mis cuadernos, mis cartas y mis versos malos malos malos. No tenía ningún interés en que mis letras llegasen más allá. Escribía para mí y para mis amistades y pensaba que algún día... Lo que no esperaba es que el mundo estuviese lleno de buenos escritores que nunca conseguirán publicar esa novela y que fuese tan difícil navegar por internet y no tropezarte con un blog lilterario que te haga sentir bastante mediocre.

Todo está escrito sub sole, que diría nuestro entrañable profesor de latín en los años noventa. Y ahora, además de estar escrito está publicado en dos o tres lugares distintos y no descarto que varios lleguemos a la misma frase a través de caminos distintos. Al fin y al cabo, si el universo es infinito las posibilidades también han de serlo. Somos tantos dedicados a crear que inevitablemente algunos coincidiremos.

Lo que intento decir es que estoy saturado. Dedico más tiempo a darle publicidad a este mi rincón que a escribir. Me engancho fácilmente a otros blogs y busco modelos para seguir, pequeños detalles que puedan hacer más atractivo este sitio. Cuelgo mis entradas en la página del facebook, en mi perfil del google+, en LinkedIn.. Intento darme a conocer, establecer vínculos de afinidad con otros internautas a los que no conozco de nada y que lo desconocen todo sobre mí. Alguno incluso pensará que soy el rey de la fiesta, el tipo ocurrente que siempre tiene algún chascarrillo gracioso que contar.

Nada más lejos de la realidad. Soy un tipo introvertido y reservado, más bien aburrido y muy poco hablador. Me intimidan enormemente las multitudes y en cualquier reunión de más de cuatro estaré más bien callado y mantendré las distancias. Por eso este sitio se llama Mar de Beaufort y por eso me gusta regresar alguna noche y escribir lo que se me ocurra sin preocuparme por si será o no será literatura...

Al fin y al cabo, prefiero la clásica conversación directa y sosegada antes que la apabullante complejidad de las nuevas redes sociales. Me desenvuelvo mejor en la comunicación íntima y personal que en continuo fluir de contenidos sin que tengamos tiempo para interiorizar nada. Por eso me gusta regresar aquí, a esta soledad helada y hablarte lisa y llanamente de mí.




lunes, 25 de marzo de 2013

El asombroso hombre percha.

Lo pueden encontrar en cualquier sala de espera o haciendo cola en cualquier organismo público o oficina bancaria, que pronto serán lo mismo. Existen en cualquier época del año, pero sin duda es en los días de lluvia y frío cuando demostrarán sus habilidades como "hombre-percha". Y lo preocupante del caso es que a cualquiera de nosotros puede sucedernos, ninguno está libre de convertirse en un "hombre-percha", sobre todo en esta sociedad en la que al llegar a un sitio, aunque tengamos cita previa, nos ponemos a la cola para que al otro lado del mostrador nos digan lo que ya sabemos: que tenemos que esperar a que nos llamen.

Es sabido que la aglomeración de gentes provoca que suba la temperatura por lo que se hace necesario empezar a sacar los abrigos y hacer equilibrios para sujetar con una mano el paraguas, con otra el chaquetón y a menudo los papeles que todos solemos llevar "por si me los piden".
Puede pasar una hora, o dos (el horario que figura en volante es aproximado y puede sufrir variaciones, como bien nos indicaron hace meses, al darnos la cita).
Pero cuando suena el nombre de nuestra pareja por megafonía sale el hombre percha que todos llevamos dentro. Casi instintivamente ella nos da su abrigo y comienza a andar hacia la puerta indicada. Nosotros las seguimos como podemos, intentando no tropezar con nadie, y mucho menos con ese otro hombre percha que nos examina para comprobar si tenemos algún truco especial para conseguir que el bolso y el paraguas graviten en la misma elíptica sin interceptar la órbita de la carpeta azul de las analíticas.

Entramos.

Y mientras intentamos acomodarnos nosotros y nuestras cosas en la silla la doctora explica que todo está bien, que esto y que lo otro y después de una rápida exploración nos indica que ya podemos marcharnos. Justo cuando habiamos descubierto el equilibrio exacto entre las cosas que pueden caer y las que pueden resbalar!

Es al intentar levantarnos cuando el paraguas se cae. Al agacharnos el abrigo resbala y levantamos la rodilla para impedir que toque el suelo pero comienza a describir unha parábola que provoca que la carpeta azul se caiga por el otro lado. Lo único que se mantiene en su sitio es el bolso, o casi, ya que con tanto movimiento ha comenzado a oscilar de un lado a otro como si fuese un péndulo, lo cual hace que nuestra postura sea más ridícula todavía. Un hombre encorbado, con el culo en pompa y un bolso colgado en el pescuezo no es lo que se dice una postura muy digna para salir de una consulta.

Nos incorporamos, distribuimos nuevamente nuestros enseres por nuestro cuerpo y salimos. Nada es complicado para el "hombre-percha". Algunos incluso son capaces de llevar a un bebé en brazos mientras rellenan una primitiva, pero esto ya requiere un poco de experiencia. No lo intenten con su primer hijo.





jueves, 7 de marzo de 2013

Imaxínote feliz.



Quixera contarche tantas cousas. Falarche do espelido que está o cativo mentres damos un pe de leria comentando a moita auga que está a caer neste inverno que vai rematando. Quixera que vises como se lle vai ennegrecendo o cabelo e como coñece todas as letras menos o ka, aínda que a tí o que máis che gustaría  sería velo comer nas fresas con azucre e nas filloas. Imaxínote sorrindo de satisfacción ao velo sentado na mesa papando os fresóns máis grandes que atopaches na praza, e insistindo para que lle fagamos un bocadillo ou lle deamos un anaco queixo con marmelo.

Imaxínote feliz.

Pasaron meses e todo foi facéndose un pouco máis vello. Vou acumulando as conversas que non temos, ilusións que me gustaría compartir contigo, e tal vez por iso veñen á miña memorias frases soltas, pequenas pegadas doutras charlas nas que non sempre entendín todo o que me querías contar. Son os retrincos que quedan no recordo, as probas de que houbo compaña entre nós, de que houbo complicidade e de que dalgún modo, mentres poida escoitar a túa voz, tí existirás.

Imaxínote feliz sabendo que nós estamos ben, que imos organizando a nosa vida e que a primavera que se achega virá chea de alegría e de esperanza. Imaxínote rindo e cantando aquel "ven ven ven ven, cariño mío", asubiando aquela melodía mentres camiñabas con pasiños cortos dun lado para outro da cociña e o sol se filtraba por entre as grandes follas da figueira. Si, imaxínote feliz aínda que ás veces, dous anos despois, unha bágoa queda pendurada sobre as lembranzas e non podo evitar sentirme triste por aqueles tempos que marcharon, pero sobre todo por estes tempos que tí non puideches disfrutar.

E máis nada por hoxe. Deixarei que a bágoa esvare por aqueles días e que o sol que nos iluminou vaia aloumiñando as ausencias. Deixareime estar triste cando queira estar triste, pero os días felices que están por vir vivireinos con intensidade e con xenerosidade para impedir que o esquecemento apague a alegría que tí poderías ter disfrutado ao noso lado.

Bicos, e ata outro día.


jueves, 28 de febrero de 2013

Los cinco primeros


Hace tres años, en las charlas de preparación al parto la matrona nos dijo que la mejor manera de aliviar el cólico del lactante era darle calor, y que como la barriga de los papás está más caliente que la de las mamás pues que era una buena solución que acostásemos a nuestros bebés boca abajo sobre nuestras paternales barrigas.

Siempre he sido un tipo bastante diligente y servicial y por eso no dudé en dejarme barriga. Por eso y para que mi pareja no llevase sola el peso del embarazo: si ella se sentía pesada, yo también; si ella no llegaba a los estantes, yo tampoco; si ella roncaba al dormir, yo no sería menos. Además, familiares y amigos no paraban de repetirnos aquello de que en cuanto el bebé comenzase a andar ya adelgazaríamos corriendo detrás de él.

Pero resultó que la criatura apenas tuvo gases, con lo que nunca pude comprobar los efectos terapéuticos de mi hermosa panza. La barrigola de la mamá desapareció a los pocos meses del parto mientras que la mía no paraba de crecer, y por si fuese poco nos salió un niño perezoso en eso de andar y tardó unos catorce meses en decidirse, y aún encima es bastante tranquilote por lo que correr detrás de él no corro mucho, la verdad.

Todo esto viene al caso porque estoy sufriendo el Síndrome CCC, Corredor con cuarenta. Supongo que habrá estudios que demuestran que a los cuarenta años a los chicos nos da por querer recuperar la forma de los veinte y comenzamos a correr. Yo noté los primeros síntomas en el verano, cuando me compré una bicicleta y me puse a tararear la cancioncilla de Verano Azul por los caminos de Compostela. Después pasó lo que pasó.


Pero como la barriga no para de crecer y el tiempo escasea, decido calzarme esas viejas deportivas y comenzar a correr un poco. Unos minutos de carrera continua harán que consuma más grasa que una hora encima de la bicicleta.  La cuestión es que desde hace un par de semanas salgo cada dos o tres días a dar unas vueltas y aunque parezca asombroso ya conseguí correr cinco quilómetros seguidos. Por ahora mi panza no lo nota demasiado, es verdad, pero si en dos semanas conseguí correr cinco quilómetros, calculo yo que para el verano estaré preparado para el maratón que se nos viene encima.

jueves, 14 de febrero de 2013

La cansina aurora boreal.



Querida Sally:

aburrido como estoy de la cansina aurora boreal me decido a escribirte de nuevo. Ya se que hace unos meses me despedía de tí para siempre, pero después de pasar más de cien días viendo fenómenos luminiscentes en el cielo no pude evitar recordar el brillo de tus ojos cuando me decías que me amabas. Se que en su momento te escribí algún verso comparando tu mirada con las estrellas o con el replandor del amanecer sobre las verdosas aguas del Estrecho de Shelikof. Ahora que habito en la soledad puedo asegurarte que el simple recuerdo del abrazo meloso de tus pupilas hace que me sienta menos incomprendido y menos desamparado de lo que es costumbre en mí.

Digámoslo claro, esta misión es un desastre, una auténtica chapuza. Llevamos meses navegando en círculo dentro del Círculo Polar Ártico, si me permites la redundancia. Nuestro objetivo era recoger los restos de un satélite que se estrellaría en el Mar de Beaufort el 21 de diciembre. Lamentablemente, nuestro técnico de telecomunicaciones se equivocó de ruta y acabamos entrando en aguas rusas. Obviamente, a las autoridades rusas no podiamos contarles qué demonios haciamos navegando por sus mares por lo que fingimos no comprender nada de lo que nos decían, lo cual era cierto en parte, y nos fuimos por donde habiamos llegado.

Por si fuese poco, uno de los marineros  no hace más que hablar y su acento cantarín hace que piense en tí, pero su conversación es tan excesiva que a veces tengo que hacer un gran esfuerzo para no tirarlo por la borda. Insiste en la necesidad de pescar uno de los pulpos gigantes que nos rodean desde hace unas semanas. Él dice que tenemos que analizar si su tamaño desmesurado y su capacidad para cruzar sus patas formando una especie de figura ancestral son signo de una inteligencia desarrollada. Me cuenta que en su pueblo natal consideran que los pulpos son los animales más inteligentes que existen y que una prueba de ello es que se niegan a reproducirse en cautividad. Que son capaces de abrir cualquier tipo de envase, ya sean tapones de rosca o latas con abre-fácil, pero que lo único que beben es la Estrella Galicia, siempre que sean botellines de un tercio. Y cuando le pregunto si no les da cierta pena comerse animales tan inteligentes me responde que es una especie de rito ancestral y que el conocido Pulpo á Feira no es más que un rito iniciático en el se puede conocer la personalidad de los comensales según mojen o no mojen el pan en el aceite.

En fin, no quiero aburrirte con nuestras conversaciones, que bastante nos aburrimos nosotros en este extraño mar en el que nunca llega a ser de día, en este Mar de Beaufort en el que un servidor está dando vueltas continuamente en torno a una idea que no termina de llegar a puerto. Te diré que esto de las auroras boreales está sobrevalorado. Al fin y al cabo, son unas luces que vienen y van. Para un rato está bien, pero pasarte tres meses con esas sombras luminosas apareciendo cuando menos te lo esperas cansa un poco, la verdad. Por eso tengo ganas de volver. Esto de navegar y vivir aventuras y sentir el riesgo en cada poro de tu piel está bien, pero no hay nada como llegar a casa, ponerse las zapatillas y tumbarse tranquilamente en el sofá a ver el rosco de pasapalabra.





martes, 5 de febrero de 2013

El final de cielo y sal.


Cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Recordaba perfectamente que un desconocido la había llevado al hospital, pero no podía explicar quien era o cómo había entrado en su casa. Estaba confusa y asustada, tal vez algo arrepentida por haber deseado con tanta intensidad que todo terminase de una vez.  Por eso no dijo nada cuando le preguntaron sobre los golpes que tenía en la cara. Se limitó a decir que se había caído por las escaleras.

Él jamás pudo explicar por qué era otro el que conducía su coche en el momento del accidente ni qué hacía en la casa del fallecido. Recuerda vagamente que regresaba a casa y que sufría un terrible dolor de cabeza, pero aún hoy es incapaz de saber en qué momento le había dejado su coche a un extraño ni cómo había entrado en su casa. Al ver a aquella mujer tendida en el suelo se asustó un poco y no dudó en llamar al 091 para que enviasen una ambulancia, pero como aquella noche había huelga en los servicios de ambulancia tuvo que buscar un taxi y llevarla él mismo al hospital.

Ella contestó que se trataba de un amigo de la familia que estaba pasando unos días en casa. El policia anotó en su libreta mientras le decía que su marido había fallecido en el acto y que se desconocían las causas del accidente. Él no mostró la menor preocupación por el coche, lo que el policia interpretó como una prueba del estado de shock en el que ambos se encontraban. Les dijo que lo sentía mucho y cerró la puerta de la habitación 745 en la que ella estaba ingresada.

Durante unos minutos permanecieron en silencio. Él le preguntó si había sido su marido, ella lo miró a los ojos y supo que algo comenzaba en ese preciso instante. Él le confesó que lo último que recordaba era el silencio, ella le contó que por unos segundos se había sentido parte de la oscuridad. Ninguno de los dos merecía morir de aquel modo. Esto es lo que se repiten una y otra vez cuando se atreven a profundizar un poco más en lo que sucedió aquella noche.

Por eso, cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Sabía que las lágrimas saladas escocerían en su labio partido.



miércoles, 30 de enero de 2013

El final oscuro.


Comenzaron siendo imágenes difusas, paisajes totalmente desconocidos que aparecían en su mente como aparecen los recuerdos de la infancia cuando menos lo esperamos. Cíclicamente se repetía la misma escena: en el horizonte se vislumbraba el perfil de una masa informe a la que se iba acercando para descubrir que se trataba de un bosque de otras latitudes, con pequeños árboles sin hojas y grandes postes que sostenían gruesos cables de alta tensión.

Su marido había vuelto a casa después de tres días sin saber nada de él. Como siempre, regresaba borracho y desaseado, y comenzaba la retahíla de criticas y reproches con las que intentaba justificar sus ausencias, culpándola a ella de falta de comprensión y desisterés total por sus necesidades. Después comenzaría a recriminarle que ya no se cuidaba como antes, que vestía como una vieja  y que cada vez estaba más gorda  para terminar diciendo que él no se merecía esto y que no sabía para qué se molestaba en volver a casa, que estaba harto de su cara de estúpida y de su silencio.

Ella nunca decía nada. Sabía que era mejor dejar que gritase y con algo de suerte se iría para cama sin más. La última vez que intentó defenderse de sus críticas terminó con la nariz rota y con una sensación de irrealidad semejante a la que ahora estaba experimentando. Mientras él gritaba y la zarandeaba ella veía cada vez con más nitidez una especie de autopista rodeada de bosques y tenía la impresión de estar dentro de un coche. Decidió concentrarse en lo que veía y no prestar atención ni a los empujones ni a los insultos que rápidamente iban subiendo de tono.

De pronto sucedió. El sabor metálico y dulzón de la sangre llenó su boca y supo que tenía el labio roto. Una bofetada certera hizo que su cabeza golpease contra la esquina de la puerta. Mientras él la agarraba por los pelos e intentaba ponerla de nuevo en pie ella se concentraba en lo que veía a su alrededor, en los árboles que pasaban a gran velocidad y en el paisaje que parecía tan real que casi podía sentir la brisa en su cara.

La segunda bofetada hizo que le reventara el tímpano. Sintió que algo estallaba dentro de su cabeza y de repente todo se convirtió en un doloroso silencio. Tardó unos segundos en comprender lo que había pasado y no tuvo fuerzas para seguir viviendo. En su cabeza solamente veía un gran camión al que irremediablemente se iba acercando. Lo último que sintió fue un golpe seco en los riñones. De pronto, todo fue oscuridad.