Ya que estás aquí...
Bienvenido a Mar de Beaufort.
miércoles, 30 de octubre de 2024
NaNoWriMo 2024
jueves, 17 de octubre de 2024
Reconstrucción (III)
Las cosas no siempre ocurren como uno espera. Y si hace cuatro años comentaba que había comenzado la reconstrucción, y hace dos comentaba que las reformas en esta casa tenían cierta relación con mi propia transformación, ahora tengo que dejar constancia de un nuevo capítulo, una nueva fase en este vaivén de convalecencias y rehabilitaciones que voy arrastrando desde el comienzo de la década.
Tres operaciones en cuatro años puede no ser mucho para algunas personas que por desgracia tiene que pasar por quirófanos más de lo que quisieran, pero para mi, que siempre había gozado de buena salud, está siendo un poco duro. Ya no por las secuelas emocionales y anímicas que van quedando, sino porque también quedan cicatrices físicas y pequeñas taras que nos recuerdan que ya no somos jóvenes y que los cuerpos, cada vez más, necesitan tiempo para recuperarse.
Debería ser la última, por lo menos en unos quince o veinte años, pero nadie puede asegurarlo. Al fin, non somos más que pequeñas briznas de magia y existencia en manos de las parcas que van tejiendo, sin orden ni concierto, nuestras vidas. Por eso soy muy consciente de que en los próximos años puede ocurrir cualquier cosa, y por eso mismo no voy a volver a enumerar los propósitos y proyectos para los próximos meses. ¿Para qué dejar constancia de la necesidad de ir acabando lo que está a medias? ¿A quien puede importarle si me matriculo de nuevo en la UNED, si retomo esa novela sobre un barco o si intento completar las mil lecturas que me propuse leer antes de irme?
No, ya no tiene sentido.
Simplemente, como Sarah Connor en Terminator 2, escribo en la gastada madera de mi navío "No Fate" y de nuevo me hago a la mar.
.
sábado, 10 de agosto de 2024
De odiseas y metamorfosis
domingo, 3 de marzo de 2024
Los caminos inciertos
sábado, 2 de marzo de 2024
Navegando sobre las nubes.
viernes, 1 de marzo de 2024
40 minutos
Corenta minutos.
Corenta minutos non son nada e sen embargo, moitas veces, dan para moito.
Corenta minutos poden ser moi distintos dependendo de se estamos sentados na cadeira do dentista, ou nun avión cara a un destino de sol e praia, ou nunha clase de Teoría e Crítica literaria.
Corenta minutos non son o mesmo para a crianza que xoga no parque que para o papá que está agardando apoiado na farola.
Corenta minutos achegan ao ceo a dúas persoas que se aman (corpos que se xuntan, labios que se atopan) ou enterran no inferno de reproches e desprezos aos que xa non se queren ben.
Corenta minutos poden marcar o noso futuro no segundo exercicio dunha oposición, ou na sala de espera do departamento de oncoloxía, ou nunha tarde na praia na que nos coñecemos, ou nesa conversa que durante tanto tempo non quixemos manter.
Corenta minutos non son unha medida de nada, e sen embargo hai veces nas que poden significalo todo, o tempo exacto que tardamos en namorarnos ou ese intervalo que nunca debimos deixar pasar entre un adeus e un perdoa.
E sen embargo, os corenta minutos máis memorables dos últimos tempos foron os que tardou un home xa vello, un ancián con bastón e paraguas, en recorrer os escasos 300 metros que van da súa casa á cafetería. Corenta minutos pasaron dende que saíu pola porta da súa vivenda até que chegou á súa mesa de sempre. Corenta minutos baixo a choiva, un pasiño, outro pasiño e descanso. Un pasiño, outro pasiño e volta a empezar.
Sei que foron corenta mintuos porque foi o que eu tardei en facer cinco quilómetros (seino, son un runner mediocre), e sei tamén que ese home ben podía ter quedado na casa, que tal vez o esforzo ou o risco a caer podía telo convencido para non saír, pero intúo tamén que eses 300 metros, ese paseo pola acera que seguramente fai cada mañá é un reto, un dos momentos do día que lle dan azos para continuar camiñando, o seu propósito diario.
Ao final a vida, sinxelamente, é ir mantendo propósitos e ritmos diarios que nos obriguen a erguernos cada mañá con algo que facer, un verso que escribir ou unha peza que engadir ao puzzle das nosas coloridas xornadas.
miércoles, 14 de febrero de 2024
Cada día una más (II)
Hubo un tiempo en el que la vida era más sencilla y transparente y los días estaban tan repletos que apenas teníamos tiempo para pensar en nada más que no fuese vivir. No había lugar para las dudas o para las inseguridades. Simplemente pasaban las tardes, como gigantes contenedores llegados en barcos de ultramar, y nuestra única preocupación era llenarlas de experiencias y de sueños, de las ocupaciones propias de los críos que nacimos cerca de un astillero.
Hubo un tiempo en el que las horas pasaban cargadas de matices y nosotros, como pequeños aprendices de pintores, eramos capaces de colorear un lienzo distinto cada día. Todo era novedad, descubrimiento y aventuras en paisajes familiares en los que siempre aparecían tesoros escondidos: una extraña inscripción en los restos de las barcazas de la fábrica de cerveza; un baúl carcomido entre las raíces del gran pino caído tras el paso de la borrasca; extrañas piezas de hierro que encontrábamos entre las basadas de las gradas del astillero en el que nos colábamos algún que otro fin de semana.
Así arranca el relato, este experimento/proyecto que he decidido empezar y que por ahora es fácil. Una palabra más cada día es un reto sencillo, sobre todo los primeros meses. 28, 35 o incluso 60 palabras que tendré que escribir el 31 de marzo son algo que incluso yo, que carezco totalmente de eso que llaman constancia, soy capaz de hacer.
¿Qué pasará en el mes de agosto, o en noviembre, cuando haya que escribir 200 o 300 palabras CADA DÍA?. Pues no lo se, la verdad, pero a día de hoy tengo ya bastante avanzado lo que quiero contar y creo que voy a ser capaz de mantener el ritmo, por lo menos hasta que florezca la primavera. Después quien sabe, ya conocéis mi tendencia dejarme llevar por el entusiasmo de los días azules y de los campos en flor. Pero acaso los poemas no son también palabras cargadas de vida y de energía...
.jpeg)



