Hubo un tiempo en el que la vida era más sencilla y transparente y los días estaban tan repletos que apenas teníamos tiempo para pensar en nada más que no fuese vivir. No había lugar para las dudas o para las inseguridades. Simplemente pasaban las tardes, como gigantes contenedores llegados en barcos de ultramar, y nuestra única preocupación era llenarlas de experiencias y de sueños, de las ocupaciones propias de los críos que nacimos cerca de un astillero.
Hubo un tiempo en el que las horas pasaban cargadas de matices y nosotros, como pequeños aprendices de pintores, eramos capaces de colorear un lienzo distinto cada día. Todo era novedad, descubrimiento y aventuras en paisajes familiares en los que siempre aparecían tesoros escondidos: una extraña inscripción en los restos de las barcazas de la fábrica de cerveza; un baúl carcomido entre las raíces del gran pino caído tras el paso de la borrasca; extrañas piezas de hierro que encontrábamos entre las basadas de las gradas del astillero en el que nos colábamos algún que otro fin de semana.
Así arranca el relato, este experimento/proyecto que he decidido empezar y que por ahora es fácil. Una palabra más cada día es un reto sencillo, sobre todo los primeros meses. 28, 35 o incluso 60 palabras que tendré que escribir el 31 de marzo son algo que incluso yo, que carezco totalmente de eso que llaman constancia, soy capaz de hacer.
¿Qué pasará en el mes de agosto, o en noviembre, cuando haya que escribir 200 o 300 palabras CADA DÍA?. Pues no lo se, la verdad, pero a día de hoy tengo ya bastante avanzado lo que quiero contar y creo que voy a ser capaz de mantener el ritmo, por lo menos hasta que florezca la primavera. Después quien sabe, ya conocéis mi tendencia dejarme llevar por el entusiasmo de los días azules y de los campos en flor. Pero acaso los poemas no son también palabras cargadas de vida y de energía...

