lunes, 13 de abril de 2020

Efectos Secundarios (II)







Recuerdo muy poco de aquellos días, como si mi memoria se negase a recordar aquella traumática época. Sin embargo, las palabras de los doctores, diciéndome que el diagnóstico era inequívoco e irreversible, están grabadas en mi mente como si de un archivo sonoro se tratase. La corrosión no tardaría muchas semanas en destruir todo el tejido blando de mi brazo y posiblemente acabaría infectando al resto de mi cuerpo. La única solución era amputar, y hacerlo cuando antes.
El doctor Mulderson insistió en la necesidad de comenzar el tratamiento ese mismo día.
- Si todo sale, bien, y no tenemos motivos para pensar en complicaciones o rechazos, dentro de una semana podrás comenzar las sesiones de fisioterapia para adaptarte a tu nuevo brazo biónico.
La operación incluía el implante de un nuevo miembro. Una nueva tecnología que después de haber pasado por las obligatorias fases de estudio y ensayos estaba comenzando a emplearse para casos como el mío. A diferencia de las primeras piezas de ortopedia que se utilizaban décadas atrás, esta nueva generación de implantes estaba realizada con material orgánico creado en laboratorio. Por medio de la ingeniería de tejidos conseguían miembros que se adaptaban perfectamente al paciente, y al tratarse de material neutro las posibilidades de rechazo eran casi nulas.
Nunca tuve motivos para dudar de lo que me habían dicho, y durante unos años todo fue perfecto con mi brazo. La piel tenía una tonalidad ligeramente distinta y un tacto menos suave que el resto de mi cuerpo, pero solamente yo era consciente de estas diferencias. Pero hace unos meses comencé a experimentar sensaciones extrañas al tiempo que notaba como la sensibilidad y la textura de la piel de mi brazo cambiaban. No solamente era la sorprendente presencia de vello negro o el aumento cada vez más visible de la masa muscular de los biceps y los tríceps. De un día para otro notaba como los dedos cambiaban, haciéndose ligeramente más largos y fuertes, las uñas pasaron a tener una forma distinta a las de la otra mano y los movimientos comenzaron a ser más toscos y enérgicos, como si en lugar de tratarse de mi brazo fuese un apéndice al que aún tenía que acostumbrarme.
Los primeros días mi compañera intentaba tranquilizarme diciéndome que seguramente sería algo hormonal, que era posible de que los reajustes a los que me habían sometido durante la cuarentena obligatoria después de mi regreso estuvieran haciendo algún tipo de efecto que antes no había notado. La explicación no llegaba a convencernos a ninguna de las dos. A mí porque había sido sometida a las mismas operaciones al regreso de mis anteriores misiones en el Cinturón de Kuiper y nunca había sentido nada parecido. A ella porque su formación médica y su especialización en sintomatologías de gravedad cero le indicaban que los cambios físicos que estaba experimentado no parecían tener nada que ver con una reacción a medicamentos o con una enfermedad o contagio. Yo no experimentaba ningún tipo de malestar ni de dolor, simplemente mi brazo estaba cambiando.
Dos meses después todo se precipitó. Aquel brazo, claramente distinto al resto de mi cuerpo, tenía el aspecto que tendría el brazo de un hombre. Y no solo era eso. Había comenzado a sentir una inexplicable vibración, un latido interno que no sabía identificar. No era dolor, ni frío, ni calor. Era una especie de cosquilleo, una palpitación que parecía brotar del brazo entero y de ningún lugar concreto. Aquello no era normal.
Mi compañera decidió acompañarme. El ingeniero ni siquiera utilizó el escaner para determinar que efectivamente, aquel brazo era de un hombre.
- Resulta muy extraño, y sobre todo muy inquietante, -me dijo mientras me conectaba a la consola de datos para revisar las últimas actualizaciones de mi software interno. -Durante muchos años los seres humanos han empleado implantes para suplir la pérdida o el deterioro de sus miembros, pero es la primera noticia que tengo de que a un androide le implanten el brazo de un humano.





domingo, 12 de abril de 2020

Las palmeras salvajes. William Faulkner







Dualidad
Las palmeras salvajes, de William Faulkner, es un ejercicio de dualidad desde distintos puntos de vista. En primer lugar la propia obra es doble ya que en esta novela se cuentan dos historias totalmente independientes. Argumentalmente no tiene nada que ver “Las palmeras salvajes” con “El viejo”. Avanzamos en la novela buscando un nexo de unión que no existe. Pensamos que seguramente hay algún dato que se nos escapa, que de algún modo las dos historias deben tener algún punto de unión y al final, solamente al final, sabemos que lo único que puede relacionar las historias es donde acaban los dos personajes. Ni siquiera sabemos si se conocen o no, aunque podemos intuir que tal vez uno de los que escuchan la historia de “El viejo” es el propio protagonista de “Las palmeras salvajes”, aunque esta es una suposición mía. El autor en ningún momento relaciona las dos narraciones.
De hecho las dos historias funcionan de un modo independiente, podrían haber sido publicadas como novelas cortas sin que su calidad se viese mermada. Pero Faulkner explicó en alguna ocasión que al llegar al final de la primera parte de “Las palmeras salvajes” sintió que necesitaba un contrapunto, algo que aportase intensidad y comenzó a escribir “El viejo”. Después siguió de nuevo con “Las palmeras salvajes” y así hasta el final.
Permitidme que me ría. Faulkner, como todos los grandes escritores, es un mentiroso redomado, de esos que dicen que no existe la inspiración, que simplemente se trata de trabajo duro y metódico, y un poco de suerte. En mi opinión en “Las palmeras salvajes” tiene muy claro lo que pretende. No dudo que el chispazo creativo le llegara cuando estaba escribiendo la primera historia, pero también creo que fue un rasgo de genialiadad lo que impulsó al escritor a intercalar las dos narraciones, como también estoy convencido de que pretende, de algún modo, ofrecer las dos caras de una misma moneda. Nos cuenta dos historias de amor y de abandono, de renuncias. Dos historias que lo único que tienen en común es el hecho de ser totalmente opuestas, como si se tratase de una fotografía y de su negativo. Carlota y Harry renuncian a todo, incluso al decoro y a la corrección social, por mantener viva la llama del amor; el penado alto, del que no llegamos a saber el nombre, renuncia al amor y a la libertad para hacer lo que considera correcto, lo que se espera de el.
Pero no acaba aquí la dualidad. Carlota y Harry huyen del mundo; el penado, pudiendo huir y ser libre, decide regresar a la cárcel; en la primera historia vence la muerte, en la segunda vence la vida, a pesar de las circunstancias. En una, un aborto que no tendría que salir mal termina en tragedia; en la otra la vida se abre paso milagrosamente en un parto casi imposible. En “Las palmeras salvajes” Harry duda, se deja llevar por las circunstancias, experimenta cierta disonancia entre lo que cree que debe hacer y lo que finalmente hace. En “El viejo”, sin embargo, el personaje no duda jamás. Solo tiene un objetivo claro y se enfrenta a todo tipo de penalidades para conseguirlo. No le importan las consecuencias negativas que puede tener para el cumplir con su tarea. Simplemente lucha incansablemente para conseguirlo. Hay cierta demencia en los dos protagonistas, aunque varia la manera de llegar a ella. Lo demencial en Harry viene determinado por las decisiones que el mismo va tomando, a veces por propia iniciativa y a veces obligado por el amor. El protagonista del segundo relato, sin embargo, parece un demente desde el principio, intentando enfrentarse a unas circunstancias que claramente lo sobrepasan simplemente por una insana necesidad de cumplir lo que otros le han ordenado.


En cuanto al estilo anotaré simplemente el gran acierto al emplear en “El Viejo” un lenguaje sonoro y envolvente, con largas frases que como un río fluyen y se bifurcan. Conviene aclarar que “El Viejo” es la forma que usan los sureños para referirse al río Misisipi, que es el lugar en el que se desarrolla toda la historia. El estilo de Faulkner no es sencillo y requiere muy a menudo volver atrás para comprender todo lo que nos quiere decir. A veces acumula imágenes para describir un sentimiento o un estado de ánimo y otras veces es capaz de condensar en una sola frase una historia que el lector deberá completar.
Por cierto, la edición que he leído es la traducción del año 1962 de José Luis Borges, con lo que la genialidad del autor se ve sin duda enriquecida con la genialidad del traductor. Y quien mejor que Borges para entender la profundidad y el estilo de Faulkner, para adentrarse con machete en la espesura de su prosa.
Y es que si algo caracteriza la obra de Faulkner es que nos obliga a trabajar. El lector tiene que hacer un gran esfuerzo intelectual para adentrarse en la narración, para disfrutar de ella. Y aún así hay veces en las que nos sentimos perdidos y con la sensación de que debemos esforzarnos un poco más, como el penado alto navegando entre la inmensidad de las desbordadas aguas de un río que no es nada hospitalario.
En efecto, esta novela, al igual que toda la obra de Faulkner, es cualquier cosa menos hospitalaria para el lector. Se trata de una obra maestra de la Literatura,y como tal hay que conocer las claves y tener la voluntad suficiente para disfrutarla en su totalidad. Como toda obra de arte admite múltiples lecturas, incluso algunas que ni se le pasaron por la cabeza al autor a la hora de escribir. Si nos atrevemos a adentrarnos en sus páginas nos obligará a reflexionar sobre una de las cuestiones esenciales de la existencia humana. Sentiremos que los avatares de la vida humana, las decisiones que tomamos y las situaciones a las que nos enfrentamos (como se enfrentaron Harry y Carlota) son igual de impredecibles e ingobernables que el esquife que afanosa e inútilmente se empeña en manejar el penado alto a través de un Río Misisipi totalmente desbordado.

La vida, a menudo, no es más que un vano intento de mantenernos a flote en aguas turbulentas. 

lunes, 23 de marzo de 2020

Los adioses. Juan Carlos Onetti.





Ambigüedad.


Desde las primeras páginas de Los Adioses, de Juan Carlos Onetti, sentimos cierta confusión, una incómoda sensación de no entender muy bien lo que nos cuenta, o quien nos lo cuenta. La historia es más bien sencilla y única. No hay subtramas que entorpezcan la narración, ni siquiera hay un hilo argumental basado en la acción. En realidad suceden muy pocas cosas en esta novela, y tal vez en eso reside uno de sus mayores méritos. Lo importante no es lo que sucede, sino cómo interpretamos lo que que sucede.
Como no creo que nadie vaya a leer la novela después de leer esta entrada(¿leerá alguien esta entrada?), diré que Los Adioses trata exactamente de eso, de las despedidas de un hombre enfermo que se sabe desahuciado. Decide retirarse a un sanatorio, aunque sin esperanza de volver, y allí recibe cartas y más tarde la visita de una mujer con su hijo y de una joven.
Ya está, el argumento ya está apuntado y realmente no ocurre nada más. El relato, sin embargo, va tejiéndose a través de la mirada del tabernero del lugar, que es el narrador y a su vez uno de los protagonistas de la novela. Él nos cuenta lo poco que pasa, aunque la esencia del libro, como ya he dicho, no está tanto en lo que pasa como en lo que piensa, en lo que sospecha y en lo que interpreta este narrador. Nos va desgranando la situación según lo que él mismo deduce, y añade muchas veces lo que le cuenta un enfermero del sanatorio y una camarera de habitación del hotel en el que durante una temporada también se aloja el hombre.
Y nosotros, confiados, vamos formándonos una idea de lo que ocurre. Nos dejamos llevar por los comentarios, por la visión totalmente subjetiva del narrador al que creemos en todas sus suposiones y suspicacias. Solamente al final entendemos que hemos caído en una pequeña trampa, que Onetti no pretende contarnos una historia, sino ponernos en evidencia, demostrarnos que hemos sido lectores confiados y que nos hemos dejado embaucar por las habladurías de unos personajes que no son simplemente los protagonistas de la historia, sino que en realidad son los que la inventan.
Pues si algo caracteriza Los Adioses es la existencia de dos historias, aunque solamente al final lo comprendemos, cuando el tabernero decide abrir un par de cartas que por descuido, o mala fe, había olvidado entregar al hombre. Durante gran parte del libro avanzamos convencidos de que las informaciones que nos va aportando el narrador-protagonista son ciertas sin pensar que es Onetti el que pretende enredarnos y confundirnos.
Y así, al llegar al final, sospechamos que la historia no es lo importante, no es lo que Onetti nos quiere contar. Descubrimos que el autor nos obliga a participar, nos otorga el estatus de protagonistas al igualarnos con el pueblo, con esa masa ansiosa de saber y de dar credibilidad a los chismes y comentarios que nos van aportando tanto el tabernero como el enfermero y la mucama.
El estilo de Los Adioses, al igual que el de toda la obra de Onetti, es preciso y certero, con dobles, y a veces triples enumeraciones que aportan significados nuevos, incluso opuestos. Su lectura requiere un esfuerzo lector que no está muy de moda en estos tiempos en los que apenas podemos centrarnos en algo que sobrepase la extensión de un tuit. Debemos tener en cuenta que se trata de la obra de un escritor a la vieja usanza. Onetti no pretende ser tu amigo, no es como uno de esos autores actuales que mima a sus lectores, que tienen página en facebook y contesta a tus comentarios como si fuese tu amigo de toda la vida. No. Onetti no escribe para ti, no busca complacernos ni espera nuestra opinión. Le da igual que consigas leerlo o que lo recomiendes en la radio o en tu cículo de amistades, o incluso que lo consideres como uno de los autores imprescindibles. Onetti no escribía para eso, no necesitaba alimentar su ego ni aparecer en los medios de comunicación o en los congresos sobre literatura.Simplemente era un escritor que escribía.
Su calidad literaria es incuestionable, aunque lamentablemente no es tan conocido como Márquez o Vargas-Llosa, tal vez por esa tendencia suya a encerrarse en su obra, a crear y recrear el mundo de Santa María, la ciudad que inventó y en la que suceden buena parte de sus novelas. La lectura de su prosa, lenta y rica en matices, nos plantea cuestiones existenciales universales, comunes al ser humano, y nos obliga a enfrentarnos a la soledad en la que en realidad todos estamos inmersos. Al fin y al cabo, en soledad escribimos y en soledad leemos.

viernes, 6 de marzo de 2020

Efectos secundarios (I)




Los problemas comenzaron hace unos meses.
Un día me levanté con una extraña sensación en el brazo derecho. Un leve dolor que irradiaba desde la parte frontal del hombro hasta la parte lateral del antebrazo. No le di importancia. Unos días antes había estado haciendo ciertos trabajos en el jardín y era normal que mis músculos se resintiesen un poco. Al fin y al cabo ya no soy un hombre joven.
Pero el dolor fue a más. Ya no se trataba simplemente de una molestia al hacer movimientos o intentar levantar pesos. Comencé a despertarme por las noches sintiendo una intensa punzada en el brazo, como si de pronto algo se rompiera dentro del hueso. Me paseaba por la habitación con el cuerpo empapado en sudor y un extraño sabor metálico en la boca, buscando el origen del dolor, intentando recordar algún golpe fortuito, tal vez algún esfuerzo o un movimiento brusco al que en su momento no le había prestado atención. La ausencia de causas claras me llevaba entonces a divagar sobre la posibilidad de algún tumor, un defecto congénito que se manifestara a partir de los cuarenta o tal vez alguna lesión mal curada de mi época de jugador. En la madrugada, las más disparatadas explicaciones comenzaban a tener sentido para mi. Muchas veces, el amanecer me sorprendía buscando en el ordenador información sobre dolores repentinos en el cuerpo, anotando síntomas y comparándolos con lo que yo experimentaba o poniendo en práctica ridículos remedios caseros. Acabé siendo un experto en dolores de articulaciones, huesos y músculos, aunque no encontraba nada que se ajustase exactamente a lo que yo sentía.
No se trata de un simple dolor, razonaba con mi compañera, es como si me estuvieran arrancando el brazo, como si no formase parte de mi. A la tercera noche que la desperté con mis gemidos y mis balbuceantes razonamientos, ella me obligó a ir al médico.
Sabéis que soy poco propenso a visitar a cualquier profesional que para realizar su trabajo tenga que ponerse una bata blanca, pero aquello comenzó a asustarme un poco, sobre todo al descubrir que cada vez el dolor era más persistente y que ningún analgésico de los que te dan sin receta médica surtía efecto.
Bursitis y desgarro del manguito rotador sin rotura, dijo la doctora mientras extraía el catéter con la nanocámara de lente fibrilar de mi cuerpo. Algún movimiento brusco y forzado podía producir un desgarro en los tendones del hombro y las bursitis son frecuentes después de realizar movimientos continuos y repetitivos. Lo extraño es que hasta hoy no tuvieses ningún tipo de molestia, añadió, estos síntomas son muy habituales en este tipo de implantes.
Implantes? Qué implante? Pregunto asombrado.
La doctora levanta la vista de la pantalla vertical en la que hace unos segundos podía ver el interior de mi articulación y me observa durante un instante. Mi confusión va en aumento. ¿De qué me está hablando? ¿Qué ha visto en mi hombro? Noto como mi corazón se acelera, empiezo a sentirme nervioso y mareado, y lo peor es que también la doctora parece inquieta. Comienza a buscar información en la pantalla vertical y en el reproductor holográfico aparece una representación de mi cuerpo acompañada de información variada sobre mi. Mi nombre y mi código de identificación universal, la fecha de mi nacimiento, datos sobre el análisis genético, los riesgos porcentuales de padecer las enfermedades típicas. Todo parece normal en mi expediente sanitario. Todo es normal salvo esto, me dice la doctora señalando la imagen holográfica tridimensional. Mi brazo derecho aparece con una tonalidad distinta y marcada con la referencia JUN2017_implante_orgánico.
Pero que quiere decir eso? No recuerdo que me hayan implantado nada! Tiene que tratarse de un error! De pronto la imagen desaparece y comienza a sonar un pitido intermitente. Con un gesto e fastidio la doctora se separa de la pantalla vertical que solamente muestra un escueto mensaje que dice “Iniciado el protocolo 5 de seguridad”.
Seguro que no recuerdas nada, me pregunta la doctora cada vez más inquieta. Todo tu historial médico ha desaparecido al intentar acceder a la información sobre el implante, como si hiciese saltar algún tipo de alarma. Nunca me había pasado nada semejante. Me levanto y comienzo a dar vueltas por la consulta mientras la doctora intenta recuperar los datos pulsando las teclas de su periférico de volcado remoto. Tienes que haber sufrido algún accidente hace unos años, o algún tipo de enfermedad degenerativa. Por lo que pude observar, tu brazo derecho es un implante y ese tipo de operaciones no son algo que pueda realizarse sin el consentimiento del paciente, y mucho menos sin su conocimiento. Le tiembla la voz al hablar. Yo camino confuso de un lado a otro del cubículo, me asomo a la ventana, vuelvo a mirar los monitores apagados y el reproductor holográfico en el que hace unos minutos pude vez claramente las cicatrices internas que evidenciaban algún tipo de operación de la que no tenía recuerdo alguno. ¿No se tratará de un error?, pregunto, ¿no será el historial de otro paciente el que acabamos de ver? La doctora niega con la cabeza mientras intenta volver a consultar mi expediente sanitario.
La pantalla de comunicación se ilumina indicando que hay una videollamada entrante. Antes incluso de que la doctora responda aparece la imagen de un tipo de unos cincuenta años. Buenos días doctora, perdone la intromisión, pero creo que está intentando acceder a cierta información para la que no está autorizada. Podría si es tan amable decirme a que se debe su interés?
- Intento acceder al expediente de un paciente que presenta molestias en un hombro- responde la doctora sin comprender muy bien lo que está pasando. - Por lo que pude ver fue sometido a algún tipo de trasplante y quisiera descartar que se trate de algún tipo de efectos secundarios de la operación antes de hacer un diagnóstico.
- Dígame doctora, el paciente está aún en la consulta?
La doctora me mira durante una milésima de segundo antes de hacer un gesto negativo. Desde donde estoy puedo ver perfectamente la expresión de incredulidad en el rostro que aparece en la pantalla.
- Doctora, es importante que comprenda que este asunto no entra en las funciones que tiene usted encomendadas. Tengo que rogarle que espere en la consulta hasta la llegada del personal debidamente cualificado. Es prioritario que el paciente …
Estrello la pantalla de comunicación contra la pared lateral mientras busco respuestas en los ojos atemorizados de la doctora. Su rostro es una mezcla de sorpresa e inquietud y su voz entrecortada repite sin cesar que ella no sabe nada, que no tiene ni idea de lo que está pasando. Mi violenta reacción parece haberla asustado un poco, y la puerta bloqueada por la que pretendo salir no contribuye a que se tranquilice.
-Estamos encerrados. Qué demonios está pasando aquí?
Yo ya no le prestaba atención. Asomado a la ventana buscaba algún saliente que me permitiese descender los dos pisos que había hasta la calle sin romperme un hueso. No hubo tiempo para pensarlo demasiado. Dos personas con extraños uniformes entraban en la consulta cuando salté hacia el balcón del piso inferior.


martes, 25 de febrero de 2020

L'écume des jours. Boris Vian






Surrealismo.
Lo primero que me viene a la cabeza al leer “La espuma de los días”, del francés Boris Vian es la palabra surrealismo y todos los -ismos que marcaron las primeras décadas del siglo XX. Futurismo, creacionismo, expresionismo, cubismo. Romper con los convencionalismos artísticos, crear un poema como la naturaleza hace un árbol, que diría Vicente Huidobro. Temporalmente no puede incluirse dentro del movimiento vanguardista (la obra se publicó en el año 1947), pero tanto por estética, con luminosas imágenes que nos transportan a un mundo que mezcla lo onírico con extrañas invenciones tecnológicas, como por su estilo, creando nuevas palabras y jugando con los dobles sentidos, la obra de Vian podría incluirse en cualquier antología poética de las vanguardias.
En realidad se trata de una historia de amor, o más bien de dos historias de amor que terminan mal. Boris Vian nos cuenta, principalmente, una hermosa y trágica historia de amor, la devoción de un hombre que necesita enamorarse y que ve cumplido su sueño, y el paulatino deterioro de la relación, que no del amor. Ya sabéis, la chica enfema, el chico hace todo lo posible para salvarla y al final...
Pero lo importante, como en la buena literatura, no es tanto lo que cuenta sino la manera de contarlo. Las historias son siempre las mismas, los temas se repiten desde las tragedias griegas. Las pasiones humanas, el destino que siempre termina por cumplirse, amores, odios, amistades. Pero Boris Vian nos lo cuenta a su manera, sumergiéndonos desde la primera página en un mundo alucinado y extraño en el que a pesar de que el entorno urbano es el propio de la mitad del siglo XX, los objetos y las costumbres son muy distintas. Hay nubes rosas en las que podemos viajar, casas que cambian de color, habitaciones que se redondean por efecto de la música. Un ratón que nos acompaña durante toda la narración, y profesiones totalmente descabelladas. Por inventar, Boris Vian inventa incluso un baile.
Pero si conseguimos adentrarnos en este mundo lisérgico y fantástico podremos acompañar a Colin y a Cloé en su hermosa historia de amor. Asistiremos al estallido de felicidad que supone para ellos encontrar el amor, lo único verdaderamente importante en la vida de Colin.
"¿A que se dedica usted en la vida?- preguntó el profesor.
Aprendo cosas – dijo Colin- y amo a Cloé"
Este es un buen resumen de la historia, y por eso no duda en gastar toda su fortuna en flores para conseguir su recuperación y cuando sabe que se queda sin dinero decide incluso trabajar para poder seguir comprando flores. Las profesiones son otra de las grandes sorpresas de esta obra. Desde cultivador de armas hasta anunciador de tragedias. Y en ninguna de estas profesiones tiene éxito el desdichado Colin. Los fusiles crecen defectuosos y a nadie le gusta conoces las malas noticias antes de que sucedan, sobre todo cuando no podemos hacer nada para evitarlas.
La trama es rocambolesca, pero no resulta inverosímil. Dentro del mundo propio de la novela, todo lo que va sucediendo es lógico y previsible, y tal vez por eso nos sumergimos en el juego que nos propone Boris Vian sin oponer resistencia. Una vez que comprendemos que casi cualquier cosa puede suceder aceptamos el reto y avanzamos, esperando tal vez, como el poeta, algún milagro de la primavera. Si a esto unimos que la narración es ágil y viva, y la extensión corta nos encontramos con una lectura agradable y amena, que por una parte nos divierte por su luminosa imaginación y su sentido del humor a la hora de inventar palabras y objetos y por otra nos conmueve como nos conmueven todas las historias de amor que no caen en la cursilería o el estúpido arrobo de las emociones.
Por último quiero señalar la importancia de la música, en concreto del jazz. Boris Vian era un gran aficionado a este tipo de música, y casi es obligado buscar la pieza llamada Chloé, de Duke Ellington, y escucharla mientras leemos que esta música consigue que las paredes de la casa se vuelvan redondas. Todo el libro tiene referencias a la música, ya sea para describir nuevos tipos de baile como para hacer funcionar el pianococtel, un invento de Colin que prepara combinados de alcohol según las melodías que se toquen.



En definitiva, “La espuma de los días”, de Boris Vian, no es simplemente un original e imaginativo ejercicio de creación artística. Esconde también una crítica al tiempo que le ha tocado vivir, a la falta de esperanza que envolvía a toda una generación que después de la barbarie de la segunda guerra mundial y el comienzo de la época de las cadenas de montaje y el trabajo deshumanizado se preguntaba si quedaba esperanza, si todavía había espacio para las relaciones humanas como el amor o la amistad o estas perdían importancia en un mundo rodeado de frías máquinas.

viernes, 21 de febrero de 2020

Chabasqueira




Aquel verano todas andábamos como mansas corderillas detrás de Ricardo.

Algunos años antes, en el instituto, ninguna de nosotras habría mirado para él. Con su gastada cazadora vaquera, heredada de su hermano mayor, y esa ridícula pelusilla adornando su rostro aniñado solamente captaba nuestra atención cuando algún profesor le reprendía en clase o hacía alguna de sus tonterías de niño de primaria, como revolcarse por el suelo o buscar insectos entre las cortezas de los árboles del parque. A nosotras, los que realmente nos gustaban eran los chicos que iban a los conciertos de Los Suaves y se escondían en las esquinas del patio para fumar. Ricardo no era más que el típico vecino al que ves crecer. Está en las fotos de los cumpleaños y de las primeras comuniones y tu madre siempre te pregunta por él, pero para nosotras no entraba en la categoría de chico del que hablar y al que puntuar.

Ricardo se fue a vivir a Suiza con un tío suyo que trabajaba en una reserva para fauna salvaje. Según nos contaría aquel verano, estaba estudiando veterinaria y quería especializarse en la vida del lobo salvaje. La mayoría de nosotras estábamos en la universidad, alguna incluso vivía en otra ciudad, pero manteníamos el grupo unido. No había día en el que no hablásemos entre nosotras, ni fin de semana que no saliésemos juntas a los bares, pubs y discotecas de siempre, contándonos nuestras cosas y suspirando por los muchachos que nos gustaban. Ya apenas nos interesaban los chicos malos del instituto. Ellos seguían con sus melenas y con su tabaco, cantando siempre la misma canción sobre lo dura que es la vida y lo crueles que son las chicas con las que jamás se acostarían. Ahora a nosotras nos gustaban más los chicos sofisticados, seguros de si mismos, de esos que van al gym y jugar al tenis, y sobre todo con coche propio. Y fue entonces cuando Ricardo volvió a aparecer.

No es que se hubiera ido.

Lo veíamos todos los años en las vacaciones y en las fiestas del barrio, pero creo que fue cuando apareció con aquel coche de alta gama, aquel peinado que nunca antes habíamos visto en los chicos de la universidad y su esclava de plata con la palabra Rikky grabada cuando comenzamos a prestarle atención. Si lo encontrábamos en alguna terraza le saludábamos cariñosamente, poniendo ojos de corderillas degolladas cuando nos sonreía y nos preguntaba por la familia. Y si lo veíamos por las noches, en alguna discoteca, nos acercábamos como un grupo de colegialas, aprovechando cualquier ocasión para tocarle en los brazos o en la espalda. Alguna, más atrevida y haciéndose la borracha, se las ingeniaba para tocarle el culo aprovechando el barullo de luces, música y gente bailando en la pista. Después, de regreso, la muy zorra presumía delante de las demás diciendo que nuestro Ricardo se había convertido en un pedazo de tío bueno, que estaba más musculoso de lo que parecía y que seguramente en la cama era de los que apretaban fuerte, sin dejarte espacio para moverte. Reíamos nerviosamente, imaginándonos las unas a las otras retozando con Ricardo, dejándonos llevar y aceptando sin remilgos nuevas técnicas amatorias que suponíamos de moda en Europa ya que por entonces, aunque nos esforzábamos mucho en disimularlo, todas nosotras éramos vírgenes. Nos comportábamos como auténticas mujeres experimentadas que no estaban dispuestas a perder el tiempo con muchachos inexpertos. Por eso aquel verano Rikky se convirtió, a nuestros ojos, en el chico ideal, una copia casi exacta del protagonista de cualquier serie de adolescentes, hermoso y delicado, pero con un halo de misterio que lo hacía más atractivo.

Y Rikky se dejaba querer. Nos contaba cosas de su vida en el extranjero, de sus amigos, todos rubios y ricos, y de las chicas que no paraban de perseguirlo. Nosotras nos imaginábamos a aquellas mujeres esbeltas y blancas, de maneras delicadas, dulces en el trato e interesantes en la conversación y comenzamos a odiarlas. Allí los morenos ligan un montón, decía Ricardo adoptando un gesto tímido, como disculpándose por haberse convertido en un hombre tan atractivo para las europeas del norte.

Pero sin duda lo que a todas nos volvió rematadamente locas fue que nos contara que tenía novia, y que estaban muy enamorados. No puedo explicarlo muy bien, es un tema del que no volvimos a hablar jamás, pero en mayor o menor medida todas nosotras sufrimos una especie de locura transitoria, un sin sentido que nos hizo comportarnos como personas obsesivas y crueles. Queríamos a Rikky en exclusiva, nos pertenecía y no estábamos dispuestas a que una mocosa nos lo arrebatara. Comenzamos una carrera frenética por ganarnos su atención, a rivalizar por cualquier estupidez. Si una conseguía que la llevara en coche a hacer algún recado al Centro Comercial, otra le pedía ayuda para escoger un regalo para algún familiar. Si por un casual hacía algún comentario sobre el peinado de una, otra se apresuraba a enseñarle el nuevo esmalte de uñas y a pedirle opinión. Nos veíamos mutuamente hacer el tonto día tras día, conscientes de que nos estábamos poniendo en evidencia de una manera tan absurda que tenía que sorprender al pobre Ricardo. No podíamos evitarlo. Sometidas a una especie de hechizo, pasábamos los días obsesionadas con Rikky, buscando disculpas para verlo, para estar con él a solas, sin la presencia de las otras. La situación se volvía más incómoda a medida que pasaba el verano y las vacaciones llegaban a su fin. Las discusiones surgían por cualquier comentario sin importancia, aparecían viejas rencillas y recriminaciones constantes, insultos que provocaban lágrimas. Una pegajosa sensación de irrealidad parecía envolver aquellos días de verano, una insana atracción nos hacía buscar una y otra vez a Rikky, interpretar sus gestos, retorcer sus palabras hasta que dijeran lo que queríamos oír.

Pero Ricardo no cedía. Muy tarde comprendimos que jugaba con nosotras como un gato saciado juega con sus presas. No estaba interesado en ninguna, por lo menos no de la manera que a nosotras nos hubiera gustado, y tal vez por eso parecía querer complacernos a todas. Por eso, rendidas y aburridas de nosotras mismas, no pusimos reparos cuando aquella noche nos pidió que le acompañáramos a las termas. Durante el verano las instalaciones permanecían abiertas hasta más tarde para refrescarse en las noches de más calor. Sabíamos, porque todas lo habíamos hecho alguna vez, que existían algunos lugares oscuros cerca de las piscinas de agua caliente donde las parejas hacían algo más que tomar un baño. Besos inseguros, caricias cada vez más atrevidas, pieles desnudas que se encuentran por primera vez. Nos emocionamos pensando que sus reticencias habían acabado, que nuestra insistencia había derrumbado el muro de indiferencia tras el cual Ricardo se había parapetado durante las últimas semanas. Rikky seria nuestro al fin.

Quizás por nerviosismo, alguna comenzó a hablar sobre la desaparición de la chica que durante aquellos días ocupaba la atención mediática. Como pretendiendo demostrar nuestro conocimiento sobre el lado oscuro de la vida, comenzamos a aportar datos, no siempre inventados, sobre el asunto. La conversación comenzó a adquirir un tono siniestro, las posibles escenas del crimen eran cada vez más sangrientas y los motivos siempre sexuales. Nos excitábamos a nosotras mismas completando frases, buscando palabras descarnadas y aportando minuciosos detalles sobre pieles rasgadas y cuerpos quebrados.

Él, en lugar de amedrentarse se mostraba cada vez más animado. Al principio solamente escuchaba y se reía cuando alguna le preguntaba si no tenía miedo de que fuésemos unas pervertidas dispuestas a aprovecharnos de él, o unas psicópatas asesinas comenzando algún rito satánico. Después nos dijo que él también tenía alguna historia para contarnos, que en su familia era conocido que un antepasado suyo, un par de siglos antes, había sido asesinado por los hombres de nuestro pueblo, acusado de ser un licántropo. De pronto nos sentimos algo incómodas, mareadas, confusas. El aire comenzó a hacerse más denso y una brisa cálida comenzó a deslizarse entre las ramas de los árboles, esparciendo a nuestro alrededor un olor intenso, amargo y húmedo, como de cuero mojado. Escuchamos el ruido de las ramas al quebrarse. Una de nosotras gritó. La pulsera de plata brilló por unos segundos a la luz de la luna. La mirada salvaje, la amenazante boca dispuesta a saciarse, un alarido de satisfacción y las uñas clavándose en la piel.

Al día siguiente, los forenses solamente encontraron los huesos.




jueves, 20 de febrero de 2020

Serenidad






Sam respiró profundamente. –Bueno, estoy de vuelta."
Esto es lo que dijo Sam cuando regresó a la Comarca, sentándose en su sillón preferido, con su querida hobbita de alegres rizos bailando a su alrededor y con su hija en el regazo. El trabajo estaba terminado. Tocaba tomarse un descanso.
Así es como me siento yo esta mañana. Ya es definitivo que el esfuerzode hace unos meses valió la pena. Los madrugones, las horas de estudio, los nervios y los sacrificios. Superé un proceso selectivo que ha sido muy duro. ¿Acaso hay alguno que no lo sea?
Como suele ocurrir cuando conseguimos algo que nos ha llevado tanto tiempo y esfuerzo, la sensación que predomina es la de alivio y satisfacción. Más adelante, cualquier día mientras camine despistado por alguna acera o al entrar en una biblioteca sentiré de pronto una súbita alegría, una emoción de esas que nos suben por la espalda, cosquillea entre los huesos temporales y los parietales y nos impulsa a dar pequeños saltos, levantar las manos en señal de triunfo y tal vez gritar.
Pero hoy no es ese día.
Hoy simplemente suspiro aliviado, celebro la buena suerte que he tenido y pienso en lo bien que se está cuando se está bien. Descanso, tranquilidad, disfrutar del tiempo y de la compañía, dar y recibir algunos mimos familiares y mañana, tal vez pasado, ir pensando en volver a empezar.