Dualidad
Las
palmeras salvajes, de William Faulkner, es un ejercicio de dualidad
desde distintos puntos de vista. En primer lugar la propia obra es
doble ya que en esta novela se cuentan dos historias totalmente
independientes. Argumentalmente no tiene nada que ver “Las palmeras
salvajes” con “El viejo”. Avanzamos en la novela buscando un
nexo de unión que no existe. Pensamos que seguramente hay algún
dato que se nos escapa, que de algún modo las dos historias deben
tener algún punto de unión y al final, solamente al final, sabemos
que lo único que puede relacionar las historias es donde acaban los
dos personajes. Ni siquiera sabemos si se conocen o no, aunque
podemos intuir que tal vez uno de los que escuchan la historia de “El
viejo” es el propio protagonista de “Las palmeras salvajes”,
aunque esta es una suposición mía. El autor en ningún momento
relaciona las dos narraciones.
De
hecho las dos historias funcionan de un modo independiente, podrían
haber sido publicadas como novelas cortas sin que su calidad se viese
mermada. Pero Faulkner explicó en alguna ocasión que al llegar al
final de la primera parte de “Las palmeras salvajes” sintió que
necesitaba un contrapunto, algo que aportase intensidad y comenzó a
escribir “El viejo”. Después siguió de nuevo con “Las
palmeras salvajes” y así hasta el final.
Permitidme
que me ría. Faulkner, como todos los grandes escritores, es un
mentiroso redomado, de esos que dicen que no existe la inspiración,
que simplemente se trata de trabajo duro y metódico, y un poco de
suerte. En mi opinión en “Las palmeras salvajes” tiene muy claro
lo que pretende. No dudo que el chispazo creativo le llegara cuando
estaba escribiendo la primera historia, pero también creo que fue un
rasgo de genialiadad lo que impulsó al escritor a intercalar las dos
narraciones, como también estoy convencido de que pretende, de algún
modo, ofrecer las dos caras de una misma moneda. Nos cuenta dos
historias de amor y de abandono, de renuncias. Dos historias que lo
único que tienen en común es el hecho de ser totalmente opuestas,
como si se tratase de una fotografía y de su negativo. Carlota y
Harry renuncian a todo, incluso al decoro y a la corrección social,
por mantener viva la llama del amor; el penado alto, del que no
llegamos a saber el nombre, renuncia al amor y a la libertad para
hacer lo que considera correcto, lo que se espera de el.
Pero
no acaba aquí la dualidad. Carlota y Harry huyen del mundo; el
penado, pudiendo huir y ser libre, decide regresar a la cárcel; en
la primera historia vence la muerte, en la segunda vence la vida, a
pesar de las circunstancias. En una, un aborto que no tendría que
salir mal termina en tragedia; en la otra la vida se abre paso
milagrosamente en un parto casi imposible. En “Las palmeras
salvajes” Harry duda, se deja llevar por las circunstancias,
experimenta cierta disonancia entre lo que cree que debe hacer y lo
que finalmente hace. En “El viejo”, sin embargo, el personaje no
duda jamás. Solo tiene un objetivo claro y se enfrenta a todo tipo
de penalidades para conseguirlo. No le importan las consecuencias
negativas que puede tener para el cumplir con su tarea. Simplemente
lucha incansablemente para conseguirlo. Hay cierta demencia en los
dos protagonistas, aunque varia la manera de llegar a ella. Lo
demencial en Harry viene determinado por las decisiones que el mismo
va tomando, a veces por propia iniciativa y a veces obligado por el
amor. El protagonista del segundo relato, sin embargo, parece un
demente desde el principio, intentando enfrentarse a unas
circunstancias que claramente lo sobrepasan simplemente por una
insana necesidad de cumplir lo que otros le han ordenado.
En
cuanto al estilo anotaré simplemente el gran acierto al emplear en
“El Viejo” un lenguaje sonoro y envolvente, con largas frases que
como un río fluyen y se bifurcan. Conviene aclarar que “El Viejo”
es la forma que usan los sureños para referirse al río Misisipi,
que es el lugar en el que se desarrolla toda la historia. El estilo
de Faulkner no es sencillo y requiere muy a menudo volver atrás para
comprender todo lo que nos quiere decir. A veces acumula imágenes
para describir un sentimiento o un estado de ánimo y otras veces es
capaz de condensar en una sola frase una historia que el lector
deberá completar.
Por
cierto, la edición que he leído es la traducción del año 1962 de
José Luis Borges, con lo que la genialidad del autor se ve sin duda
enriquecida con la genialidad del traductor. Y quien mejor que Borges
para entender la profundidad y el estilo de Faulkner, para adentrarse
con machete en la espesura de su prosa.
Y
es que si algo caracteriza la obra de Faulkner es que nos obliga a
trabajar. El lector tiene que hacer un gran esfuerzo intelectual para
adentrarse en la narración, para disfrutar de ella. Y aún así hay
veces en las que nos sentimos perdidos y con la sensación de que
debemos esforzarnos un poco más, como el penado alto navegando entre
la inmensidad de las desbordadas aguas de un río que no es nada
hospitalario.
En
efecto, esta novela, al igual que toda la obra de Faulkner, es
cualquier cosa menos hospitalaria para el lector. Se trata de una
obra maestra de la Literatura,y como tal hay que conocer las claves y
tener la voluntad suficiente para disfrutarla en su totalidad. Como
toda obra de arte admite múltiples lecturas, incluso algunas que ni
se le pasaron por la cabeza al autor a la hora de escribir. Si nos
atrevemos a adentrarnos en sus páginas nos obligará a reflexionar
sobre una de las cuestiones esenciales de la existencia humana.
Sentiremos que los avatares de la vida humana, las decisiones que
tomamos y las situaciones a las que nos enfrentamos (como se
enfrentaron Harry y Carlota) son igual de impredecibles e
ingobernables que el esquife que afanosa e inútilmente se empeña en
manejar el penado alto a través de un Río Misisipi totalmente
desbordado.
La
vida, a menudo, no es más que un vano intento de mantenernos a flote
en aguas turbulentas.





