Si
todas las noches en lugar de dormir pudieras contar estrellas, y
pudieras contar una estrella cada segundo, tardarías toda una vida
en contar todas las estrellas que tiene nuestra galaxia. Mi padre me
decía estas cosas, y otras muchas que ya no recuerdo, mientras
armábamos su viejo telescopio sobre la montura ecuatorial que ya
habíamos reparado más de una vez.
Mi
padre no era una persona cultivada, ni siquiera había recibido
formación superior, pero sin embargo siempre supo transmitirnos la
importancia de aprender e intentar superar en todo momento nuestros
límites. Mis hermanas y yo nos criamos en un ambiente de escasos
recursos económicos e intelectuales pero con grandes dosis de
curiosidad y novedades. Ahora se que muchas de las cosas que para
nosotros eran novedades también lo eran para ellos, que la primera
vez que visitaron un museo científico fue con nosotros o que aquel
viaje de tres horas más allá de la linea gravitatoria de la Tierra
supuso la renuncia a cambiar de coche y la obligación de ir a
trabajar en el colectivo durante los siguientes tres años, con el
consiguiente madrugón que eso suponía. Pero en aquel momento,
aquellas noches que pasábamos a la intemperie, escuchado el sonido
del aire al pasar entre de los manzanos, eran para mi una prueba más
de que mi padre lo sabía todo, de que ya lo había vivido todo.
Y
ahora que han pasado más de veintisiete años desde su muerte lo
recuerdo casi a diario, sobre todo al mirar por los enormes
ventanales de esta nave y descubrir que continuamos en rumbo de
colisión hacia el sol.
Quien
me lo iba a decir a mí hace quince años.
Cuando
acabé mis estudios conseguí colocarme en una empresa que organizaba
cruceros espaciales entre las distintas bases planetarias en órbita.
Mi especialidad eran los paneles solares. Había participado en el
grupo de trabajo que había desarrollado las velas de captación de
energía cósmica y humildemente debo de reconocer que tenía cierto
prestigio en el mundillo. La empresa se puso en contacto conmigo
incluso antes de terminar mis obligaciones con el Departamento de
Formación y como el sueldo era bueno y me ofrecían trabajar en la
Base Lunar IV (la más cercana a la Tierra) acepté sin pensarlo.
Por
aquel entonces mantenía un estrecho contacto con mi familia. Mi
madre trabajaba una de las centrales de transformación de plásticos
que aún existían en medio del océano. Todas las semanas conseguía
que mis hermanas y yo nos juntásemos en su transbordador
habitacional para comer y conversar en persona. Ella, al igual que mi
padre, decía que aún éramos seres gregarios, que necesitábamos el
contacto físico y la presencia real. Que a pesar de todos los
avances tecnológicos que nos permitían estar conectados con otras
personas a miles de husos de distancia había una necesidad en
nosotros que solamente la presencia del otro podía satisfacer. Por
eso siempre tuvo un interés especial en mantener aquellas reuniones
semanales. Cuando murió mi padre abandonó la colonia residencial en
la que vivían y se compró aquel transbordador habitacional diciendo
que así podría desplazarse a visitarnos cuando quisiera o recibir
nuestras visitas en cualquier lugar de la órbita abierta. Recuerdo
que mis hermanas y yo le habíamos preguntado si se acostumbraría a
vivir siempre dentro de una cápsula habitacional, si no le vendría
mejor seguir en la colonia, cerca de los lagos artificiales y de los
bosques. Dijo que eso lo tendría siempre a su alcance, que
simplemente tendría que desplazarse a alguno de los parques de
esparcimiento y quedarse allí todo el tiempo que necesitase. Yo no
lo veía muy claro, y sin embargo ahora soy yo el que vivo en una
nave espacial con la certeza de que no volveré a pisar jamás los
bosques de la Tierra.
Mientras
me preparo para la revisión exterior pienso en las vueltas que ha
dado mi vida en los últimos años. Como iba yo a suponer que
acabaría presentándome voluntario para esta misión, que mi destino
final estaría en un desplazamiento constante a través del espacio.
Todo comenzó hace ocho años, cuando mi empresa fue seleccionada por
el Gobierno Mundial para participar en el Proyecto Colonia. Para no
aburrirles con datos que seguramente ya conozcan les diré que mi
trabajo dentro del proyecto consistió en adaptar las velas de
captación solar para que fuesen capaces de aprovechar también la
energía cósmica. La tecnología ya existía desde hacía décadas,
pero nunca se había utilizado en una misión de aquel tipo.
Obviamente, mi parte en aquel asunto concluiría unas semanas antes
del inicio del viaje. Después todo quedaría en manos del equipo de
ingeniería que formaba parte de la tripulación. Y no solamente en
lo referente a la propulsión y a la generación de energía en
general. Debido a las peculiaridades de aquella misión entre la
tripulación había especialistas en todas las áreas de conocimiento
científico y tecnológico del momento. De hecho, la mayoría de
ellos habían participado desde el principio en el proyecto, tomando
decisiones y aportando ideas y soluciones a todos los problemas que a
lo largo del tiempo se habían ido planteando.
Como
ya he dicho, yo formaba parte del equipo de ingeniería encargado de
diseñar las velas de captación de polvo solar. El equipo estaba
formado por siete personas, tres hombres y cuatro mujeres, y yo era
el único que me quedaría en tierra, o al menos eso era lo que
pensaba yo. Al cabo de cuatro años una poderosa razón había
provocado que cambiara de planes.
El
mar es cambiante y nunca sabes en que momento te va a ofrecer la gran
ola. Mi padre me decía esto mientras me animaba a meterme de nuevo
en el agua con la tabla. Nos había contagiado su amor por el mar y
por todas las actividades relacionadas con el líquido elemento.
Cuando otros niños aprendían a utilizar sus primeros propulsores
anatómicos, a mis hermanas y a mi nos llevaba a solitarias playas a
practicar deportes que hacía décadas que nadie practicaba. El que a
mí más me gustaba era el windsurf, saber interpretar el viento y el
mar y combinar la fuerza de ambos elementos para desplazarte sobre el
agua, casi para volar. Esa sensación de ser tú mismo el que
consigues el movimiento no la he sentido nunca con ninguno de los
distintos ingenios que tenemos para desplazarnos a velocidades muy
superiores a las que yo alcanzaba sobre aquellas tablas que parecían
sacadas de un museo. Y sin embargo era practicando windsurf con mi
padre cuando me sentía más unido a él.
Como
había supuesto, uno de los rotores de la vela principal está
dañado. Todos los sensores indican la existencia de un fallo de tipo
mecánico, aunque desde aquí resulta imposible verificar su
gravedad. Un desgarro en alguno de los elementos móviles, un sensor
desconectado, algún condensador de nanopartículas que se ha
obturado. No lo sabemos, no podemos saberlo porque algunas de las
pequeñas cámaras que monitorizan esa parte de la vela tampoco
funcionan. Seguramente en algún momento colisionaron contra la nave
los restos metálicos de algún satélite o las pequeñas piezas
perdidas por alguna vieja nave obsoleta en su último viaje hacia el
sol.
Habrá
que salir, le digo a la supervisora Razer.
Ella
sabe que no hay más remedio. Como responsable del mantenimiento de
la vela sabe que es lo más lógico y la decisión que debe tomar. De
todo el equipo, yo soy el ingeniero con más experiencia en el
montaje y reparación de paneles solares, y todo apunta a que se
trata de un simple problema mecánico, algo que habrá que arreglar
manualmente en el mismo lugar de la avería. Sería un gasto inútil
de energía y de recursos que el equipo de mantenimiento tuviese que
volver a entrar por no saber exactamente lo que hay que hacer. Sin
embargo, como compañera no puede evitar sentir cierto desasosiego
con la idea de verme durante unas horas en el exterior, corriendo un
riesgo que si bien es mínimo, es real.
-Vamos,
Razer, sabes que es lo más sensato. Acompañaré al equipo de
mantenimiento y haré las reparaciones que sean necesarias. Yo puedo
hacer un diagnóstico en el mismo lugar e iniciar las operaciones
pertinentes. Sabes que hay cosas que se acaban antes haciéndolas uno
mismo, y este es uno de esos casos.
La
verdad es que tengo ganas de salir, aunque salir no es la palabra
exacta en este caso. Cuando sabes que te pasarás el resto de tu vida
metido en una nave espacial estar por unas horas anclado en el
exterior es poco consuelo, pero necesito volver a ver con mis propios
ojos ese minúsculo punto que es la Tierra. Dentro de tres meses,
cuando doblemos la órbita solar y alcancemos la velocidad de no
retorno, la Tierra ya no será visible y cada día de viaje nuestra
estrella se irá haciendo más y más pequeña hasta que de ella y de
nuestro pasado ya no quede nada. Todo será nuevo entonces, y
nuestros hijos tendrán que aprender que hubo una vez un planeta
llamado Tierra, y a su vez tendrán que explicárselo a los hijos de
sus hijos. Tal vez sean ellos los que lleguen al final del camino.
Hay
un tiempo para cada cosa, debes centrarte siempre en el presente, en
lo que estás haciendo en ese preciso momento. De lo contrario nunca
vivirás en el instante y la vida huirá delante de tí como una
mariposilla inquieta. Mi padre tuvo muy pocos años para vivir, pero
los vivió plenamente y siempre intentó compartir su tiempo con
nosotros. Cuando murió sentí que de algún modo una etapa se había
completado, y estoy seguro que también él se fue con la sensación
del trabajo cumplido. Le faltaban aún muchos años para vivir y
seguramente podríamos haber hecho muchas más cosas pero el tiempo
compartido sirvió para llenarlo de experiencias, de conversaciones y
de cariño, y ahora tengo una gran colección de recuerdos que de
algún modo me acompañan y me aportan confianza en mi mismo.
No
recordaba que caminar con las botas magnéticas fuese tan cansado. A
los pocos minutos los músculos de mis piernas están endurecidos por
el esfuerzo. Las dos técnicas de mantenimiento exterior que me
acompañan, más acostumbradas que yo a los paseos por el exterior de
la nave, me recomiendan que procure alargar mis pasos lo máximo
posible y que no tenga prisa por avanzar. Las velas están formadas
por gigantescas placas dispuestas de tal modo que eran capaces de
aprovechar distintas formas de energía. Llegará el momento en el
que los rayos procedentes del sol no tendrán intensidad suficiente
como para activar las placas. Será necesario emplear todo tipo de
energía cósmica que podamos captar, por eso la superficie de las
velas era inmensa.
Nos
desplazamos por el eje central, y afortunadamente no tardamos
demasiado tiempo en llegar al lugar donde está la avería. Tres o
cuatro metros de uno de los paneles laterales están desconectados de
la plataforma principal e incrustados alrededor del rotor. Por
suerte, no se aprecia ninguna quemadura o rotura y no habrá que
cambiar nada.
-
Razer, hemos tenido suerte. Solo tengo que volver a conectar uno de
los paneles. En media hora estará arreglado.
Sin
perder tiempo comencé a encajar las nanofibras. Le pedí a mis
acompañantes que inspeccionasen el resto de los paneles, aunque
tenía la certeza de que la avería se encontraba en este sector.
Para evitar que caminaran por el exterior más de lo necesario ellas
buscaría las exclusas de los sectores B y C para regresar al
interior. Sentí un pequeño escalofrío cuando las vi desaparecer
entre las barras de sujección laterales, cada una en una dirección
distinta. Durante los próximos minutos estaría totalmente solo.
Levanté la vista y vi los reflejos que los rayos del sol provocaban
sobre las velas metálicas. A esta distancia, teníamos que ser muy
cuidadosos para no exponernos directamente a la luz solar. Nuestros
trajes estaban preparados para soportar durante unos minutos la
radiación, pero por seguridad todas las salidas se realizaban por el
lado opuesto al sol. Me gustaría haberme asomado durante unos
segundos y mirar directamente a nuestra estrella, pero el sentido
común me hizo volver sobre mis pasos en cuanto comprobamos que los
paneles volvían a funcionar correctamente. Apenas me quedaban unos
metros para entrar de nuevo en la nave cuando perdí el contacto con
el interior.
Noté
como algo se quebraba, y silencio.
El
día que murió, mi padre me confesó que una de las cosas que más
lamentaba era no haber podido compartir conmigo la ola perfecta.
Cuando la encuentres piensa en mí, me había dicho, y yo le aseguré
que todas las olas que habíamos cabalgado juntos habían sido
perfectas. Que no cambiaría ni uno solo de los momentos que habíamos
pasado juntos esperando sentados sobre nuestras tablas a que el mar
nos anunciase que había llegado nuestro momento. Que para mi el mar
ya no sería lo mismo sin él.
-No
hijo, tu gran ola aún no ha llegado. Cuando llegue lo notarás en
todo el cuerpo y tendrás que ser rápido y aprovechar el impulso.
Durante un instante tú y la ola seréis una misma cosa, no sabrás
donde acabas tu y donde comienza la fuerza de los elementos. Será tu
ola perfecta, y se que pensarás en mi.
Una
pequeña vibración me hizo comprender. Acababa de producirse una
erupción solar, y teniendo en cuenta lo cerca que estábamos del
sol, la brutal liberación de energía haría que mi traje se
desintegrase antes de alcanzar la escotilla de entrada. Entonces lo
noté en mi interior, sentí como cada músculo de mi cuerpo se
tensaba y vi a mi padre aupándome una y otra vez sobre la tabla
hasta que conseguí mantener el equilibrio. De manera casi instintiva
arquee mi cuerpo al mismo tiempo que desconectaba el anclaje
automático de mis botas. Giré sobre mi mismo y vi que los guantes
comenzaban a pulverizarse, pero tenía que aprovechar las ondas
magnéticas para alcanzar la escotilla. Las botas serían mi tabla de
salvación y la inversión de la polaridad sería la ola, mi ola
perfecta.
Se
que en algún lugar del inmenso universo que estamos comenzando a
explorar mi padre sonríe al verme cabalgar sobre una ola solar.




