
A
las cinco de la tarde parecía que tenía un clavo perforando mi
cerebro. Llevábamos más de una hora visitando el pueblo de Álora y
lo único que deseaba era volver al hotel y meterme en la cama de la
habitación. El dolor de cabeza se había ido haciendo más intenso a
medida que avanzaba el día. Recuerdo que ya durante la ruta de la
mañana había comenzado a sentir los pinchazos que me hacían
presagiar que iba a sufrir un ataque de migraña, y al acabar de
recorrer el famoso Caminito del Rey no me apetecía otra cosa que
escapar de aquel sol intenso y de la pesada compañía de aquellos
dos cicerones empeñados en hacer una disertación académica en cada
uno de los lugares por los que pasábamos. En cada recodo del camino
tenían una anécdota que contar, un hecho histórico que rememorar o
alguna frase famosa que pronunciar. Era el tercer día que pasábamos
con ellos, y a juzgar por todo lo que nos habían contado, la
provincia de Málaga era sin duda la zona de nuestra geografía en la
que más acontecimientos relevantes habían sucedido. Los reyes
estaban más lucidos y más dicharacheros cuando pisaban su suelo y
el curso de la historia siempre estaba determinado por lo que sucedía
o no sucedía en aquel lugar. Poco podía yo imaginar que aquellas
pequeñas vacaciones iban a ser más parecidas a un seminario sobre
historia y filología que al periodo de desconexión
y relax que yo había imaginado. Y todo por una
desafortunada decisión.
La
idea había sido de Bruno. Él tenía una semana libre en el trabajo
y yo había decidido hacer un descanso en la preparación de las
oposiciones para inspectora de hacienda. Mi intención era pasar unos
días tumbada en la piscina de un hotel del sur, pero Bruno me
propuso que aprovecháramos para visitar a unos amigos suyos que
vivían en Málaga. Yo no estaba muy interesada en conocer a sus
amigos. Las experiencias previas no habían sido muy gratificantes
para mí, y sospechaba que si continuaba integrándome en la vida
social de Bruno nuestra relación duraría poco. No podía entender
como una persona tan dulce y tan interesante como él podía tener
unas amistades tan cretinas. Pero finalmente me convenció y
acordamos que tres días los pasaríamos en la piscina del hotel y
otros tres los dedicaríamos a conocer la zona con ellos.
Me
sobraron dos para descubrir que eran igual de cansinos que el resto
de amigos de Bruno. Aquella pareja parecía empeñada en demostrar
que los iguales se atraen y se complementan de tal manera que al
final parecen la misma persona. Después de unas hora de conversación
con ellos yo ya no era capaz de distinguir lo que me decía uno y lo
que me decía la otra. Miguel había aprobado las oposiciones de
profesor de literatura hacía dos años e impartía clases en un
pequeño pueblo de Málaga y Maite, como ella se encargaba de repetir
en cada conversación, tenía la fortuna de trabajar desde casa. Si
hablábamos de los atascos en los accesos a la ciudad ella decía que
tenía la fortuna de trabajar desde casa; si salía en la
conversación los normales roces que surgían con los compañeros de
trabajo ella decía que tenía la suerte de trabajar desde casa;
hablando de lo poco que dedicaban las empresas a mejoras las
condiciones de trabajo ella repetía que trabajaba desde casa. Al
final de aquella tarde tenía muy claro que ella era una persona
feliz, sin horarios que cumplir ni problemas con sus compañeros
porque trabajaba desde casa, pero no llegué a saber en que trabajaba
realmente.
Los
días anteriores habíamos recorrido con ellos la parte costera de la
provincia. Benalmádena, Fuengirola, Marbella o Estepona ya no tenían
secretos para nosotros. Para el último día habíamos dejado la
visita a un par de pueblos conocidos por sus castillos medievales y
la conocida ruta del Caminito del Rey. Vais a alucinar con las vista
y con la historia que encierra toda esa comarca, dijo un entusiasmado
Miguel con un tono que yo no pude más que interpretar como una
amenaza. Incluso cuando estaba en la piscina del hotel me parecía
oír sus explicaciones sobre Reyes y Califas que parecían disfrutar
llevando a cabo las más extravagantes proezas. Bruno se reía cuando
le contaba que no podía sacarme de la cabeza las voces de sus amigos
y que incluso soñaba con ellos. Una noche, mientras hacíamos el
amor, incluso llegué a pronunciar varias veces el nombre de Alfonso,
inducida por la historia que nos había contado Miguel sobre los
amores entre Alfonso VI y Zaida, hija de un tal Al-Mutamid.
Aquel
día no había sido diferente. Nos habían recogido en el hotel
después del desayuno y de camino hacia Ardales Miguel nos había
explicado todo lo que había que saber sobre el Caminito del Rey. La
historia de Alfonso XIII atreviéndose a recorrerlo, el abandono
durante décadas y el proyecto de recuperación que culminó en el
año 2014 con la reapertura
de la senda. Al llegar yo ya estaba cansada,
aunque debo reconocer que las vistas eran espectaculares y en algunos
tramos que pasaban a unos cien metros por encima del río me sentí
afortunada de estar en aquel lugar. Incluso fantaseé con la idea de
una inesperada caída de nuestros anfitriones pues a esas alturas del
viaje era plenamente consciente de que la única manera de que los
infatigables M&M se callasen y me dejaran disfrutar del paisaje
sería despeñándose por uno de aquellos precipicios, y aún así no
tengo muy claro que no siguiesen dando explicaciones mientras caían.
Seguramente habría alguna historia que contar sobre algún personaje
importante que desgraciadamente se precipitó al abismo desde aquel
mismo lugar.
Seguramente
es por la altura, me dijo Maite cuando les comenté que tenía un
fuerte dolor de cabeza y que lo mejor era que me fuese al hotel a
descansar. Insistieron en que teníamos que ir a comer a una pequeña
taberna que había en un pueblo cercano. Ella sacó del bolso un
pastillero y me dio una pastilla que según ella me iba a sacar el
dolor de cabeza en unos minutos. Desesperada, y deseando que la
jornada acabara lo antes posible me tomé la pastilla y me puse en
modo ausente.
Casi
no recuerdo de lo que hablaron en la comida. Bruno, que iba
comprendiendo que mi límite de paciencia se había agotado hacía ya
unas horas, intentaba que no se notase mucho que estaba pasando
totalmente de la conversación. No era mi intención mostrarme tan
arisca, pero la mezcla del analgésico y la carne de ciervo que nos
habían servido me había dejado un poco aturdida. Intentaba prestar
atención pero inexplicablemente en mi mente se formaban confusas
imágenes: campos abrasados por un sol inclemente; ejércitos
dispuestos para la batalla; gritos y algarabía. Sin duda estaba
sufriendo algún tipo de alucinación, pero teniendo en cuenta que ya
casi habíamos terminado y que en unas horas podría descansar en la
cómoda habitación del hotel decidí hacer un pequeño esfuerzo para
que la reunión con Maite y Miguel no acabase como el rosario de la
aurora.
Ahora
no recuerdo exactamente si los acontecimientos sucedieron al mismo
tiempo o si hubo un lapso de tiempo entre mi pensamiento y la trágica
realidad que tuvo lugar. Nunca se lo he confesado a nadie, pero de
algún modo aquella mañana me fue concedido un deseo, aunque se
tratara de un deseo tan malvado como el que yo tuve cuando Miguel nos
estaba explicando aquel romance medieval que hablaba sobre el asedio
al Castillo de Álora por parte de los cristianos. Don Diego Gómez
de Ribera, apodado el Adelantado de Castilla estaba subiendo por esta
misma calle, decía Miguel cuando subíamos por la Calle Ancha del
pueblo de Álora. El romance nos cuenta como los moros del castillo
intentaban huir con sus posesiones más preciadas mientras que los
soldados cercaban la ciudad. Yo solamente quería que Miguel se
callase de una vez, pero él siguió contando la escena como si la
estuviéramos viendo en aquel momento. Impertérrito ante el sol
abrasador y ajeno totalmente a nuestras caras de cansancio nos pedía
que miráramos ora hacia los campos que rodeaban la fortaleza ora
hacia lo alto de aquella loma al par del río. Nos explicó que la
figura de un niño morico con una ballesta hacía presagiar una
indigna muerte para un caballero castellano ya que por aquel entonces
las armas a distancia eran consideradas de cobardes, y un noble
castellano debía morir enfrentándose cara a cara a su enemigo y no
abatido por una flecha disparada a traición. Entonces lo vi con
claridad. Miguel señalaba lo alto de una de las torres diciendo que
desde allí habrían disparado la flecha que atravesó la cabeza del
Adelantado de Castilla. No se exactamente si vi aquella oscura figura
o si la imaginé, pero justo en el momento en que Miguel explicaba
que la flecha penetraba por la visera del yelmo, que el victorioso
caballero había levantado para ver quien le hablaba, justo entonces
vimos que una flecha silbaba al atravesar el aire y escuchamos un
chasquido húmedo y viscoso. Miguel, con el rostro bañado en sangre
y una terrible incisión en la frente, se desplomaba a nuestros pies.