Puñetazo.
Un auténtico descubrimiento. En mi última visita a la biblioteca opté por novelas cortas y por autoras totalmente desconocidas para mi. Y acerté de pleno. Ya hablé de La Cresta de Ilión, de Cristina Rivero Garza, y ahora le toca el turno a Brenda Navarro. Curiosamente las dos son autoras mejicanas y contemporáneas, y las dos tratan, en cierto modo, el tema de las fronteras, de la inmigración y del desarraigo.
Ceniza en la boca es un auténtico puñetazo en las conciencias, una novela sublime y directa; cortante y seca como la narradora, sin concesiones de ningún tipo. Nos pone ante esa mujer con la que nos encontramos todos los días en la cola del supermercado o en la parada del autobús, nos introduce en su realidad, en sus penurias y en sus frustraciones y nos hace partícipes de la violencia a la que se ve sometida a diario.
Comprendemos que huyendo de una realidad agresiva y sin futuro acaban en un mundo que les niega el espacio. Personas que no saben ya a que lugar pertenecen, que buscan un futuro mejor, una oportunidad que pronto descubren que non les será dada. No hay posibilidad de ascender en el escalafón social, no podrán librarse nunca de la condición de “extranjero”, de verse obligados a ejercer trabajos penosos y mal remunerados.
Narración directa, rápida y concisa. La primera persona ayuda a crear un estilo fuerte y descarnado, una especie de diálogo interior en el que la protagonista va mostrándonos como se sentía en cada momento de su vida, en cada contratiempo, y va explicando las claves para entender el acontecimiento con el que comienza el libro. El suicidio de su hermano acaba pareciéndonos el final lógico para una vida llena de renuncias y de desprecios. Arrastrados por una madre que parece ausente deben enfrentarse a un ambiente hostil. Ella pudo adaptarse, huir tal vez, pero el no pudo soportarlo y saltó.
Pero además de esta lucha interior por comprender al hermano suicida, este análisis minucioso y despiadado de los motivos que le llevaron a acabar con todo, la novela va desgranando sus vidas, su infancia feliz con sus abuelos en México, su llegada a España, la experiencia escolar de él y los trabajos de ella. Hay episodios luminosos, pequeños retazos de auténtica literatura. Me parece sublime la parte en la que narra la experiencia como cuidadora interna de la adorable Laura, una anciana que desprecia a su familia y a la que finalmente le falla al no permitirle morir en su casa. O la crítica ácida a las jóvenes universitarias catalanas que pretenden defender los derechos de las inmigrantes que se dedican a la limpieza.
En realidad, Ceniza en la boca puede interpretarse como una crítica rotunda al sistema explotador en el que nos hemos convertido, a la ausencia de valores, a la falta de solidaridad, al trato que le damos a los ancianos y a la infancia, que parecen estorbarnos y que confiamos al cuidado de personas extrañas a las que explotamos sin compasión.
Y todo ello empleando un lenguaje casi coloquial, frases cortas sin apenas subordinadas y abundantes expresiones mejicanas. Diálogos que aparecen sin ningún tipo de marca que indique quién está hablando y que se mezclan con los pensamientos de la narradora.
En definitiva, son estas novelas las que me animan a leer más de su autora y me invitan a dejar de escribir.






