jueves, 20 de diciembre de 2012

Nociones de Astronomía IX: el mundo no se acabará mañana.


La luna sonríe tímidamente a un casi imperceptible Venus mientras se difuminan en el cielo las estelas de los aviones más madrugadores. A lo lejos, O Pico Sacro aguarda la ardiente visita del sol. Altivas farolas se burlan del malhumorado despertar de los habitantes de las ciudades, siempre conduciendo con prisas para llegar a la rutina diaria. A través de los cables de la ciudad fluye la energía y la información que nos hará sentir que somos invencibles, que somos los reyes de la creación.




Amanece un día más en Compostela, un día cualquiera, un día como será el día de mañana y que no aportará demasiadas novedades a lo que fue el día de ayer. Amanece. Un silencio luminoso invade las calles, las aceras y los jardines mientras que en el cielo aparecen las brumas que nos recuerdan que no todo será luz este día. Amanece. Un fuego inmenso comienza a abrazar el horizonte y algunos árboles parecen inmensos y cercanos, gigantes en llamas en batalla constante con el infinito que amenaza con devorarnos cualquier día.



Pero hoy no será ese día. Un sol como un mundo nos anuncia que la vida comienza su ciclo por estos lares. La montaña sagrada de nuestros antepasados se deja querer como todos los inviernos, preparada para ser la frontera, el límite a partir del cual el astro Rey tendrá que volver sobre sus pasos y regresar. Crecerán los días, celebraremos el triunfo de la luz disfrazando de falsas creencias lo que ya los antiguos veneraban sobrecogidos: el creador del mundo y de la vida es aquel que se manifiesta cotidianamente ante nosotros. Tendremos la evidencia de que nos somos más que una casualidad, un pequeño destello de grandeza condenado a integrarse en la inabarcable rueda del tiempo. Seremos simplemente una minúscula pieza en este presente que nos ha tocado vivir, en este día que avanzará sin que el resto del universo se percate tan siquiera de nuestra presencia.



Bajo este sol que ahora nos ilumina nacerán generaciones enteras, afortunados humanos que nunca pasarán hambre o tristes niños que nunca llegarán a ser adultos, hombres malos, mujeres desgraciadas... Nacerán generaciones enteras, diferentes en sus herencias y tan opuestas en sus intereses que solamente la muerte los igualará un día. Somos miles naciendo cada día, abriendo los ojos a un mundo injusto y diverso, llenos de vida y de fuerza, aunque las esperanzas no sean las mismas aquí que el desierto. Y sin embargo nacemos en el mismo mundo y somos hijos del mismo tiempo. Es el mismo sol el que cada día nos ilumina a todos e incluso aquellos que según lejanas noticias son perseguidos, torturados y asesinados nacieron como nosotros un día y tienen el mismo derecho a ser felices y a vivir que nosotros tenemos.


El mundo no se acabará mañana, aunque cada segundo se acabe trágicamente para miles de personas sin que ni siquiera sintamos una punzada de dolor. Como siempre, me enredo en cuestiones banales, vivo a diario encerrándome en burbujas de indolencia y desconocimiento, esforzándome para creer que el mundo es así y que no tiene remedio. Intento proteger mi felicidad atribuyendo al azar la fortuna de mi nacimiento, subestimando mi capacidad para cambiar las cosas y culpando de las grandes injusticias del mundo a personas malvadas y sin escrúpulos.


No. El mundo no se acabará mañana, aunque tal vez mañana tengamos que comenzar a luchar por un mundo en el que el sol brille para todos con la misma dureza y con la misma suavidad. El mundo no se acabará porque a los planetas, a las galaxias y a los agujeros negros les tiene sin cuidado lo que hayan escrito en piedras hace siglos unos tipos que pasaron por el mundo como nosotros pasaremos: obsesionados por un mañana incierto y lejano cuando tenemos el presente a nuestra entera disposición. Solo de nosotros depende saber aprovecharlo en lo realmente importante.


viernes, 30 de noviembre de 2012

Las reglas del R9.

Pocos de vosotros sabréis lo que significa conducir un R9, elegido mejor coche del año en europa en 1982. Muchos ni siquiera lo reconoceréis si lo veis por la calle, o giraréis la cabeza al descubrir un coche que parece de otro tiempo. Lo es. Os aseguro que conducir el R9 es una experiencia religiosa, algo que solamente algunos inciados podemos disfrutar plenamente. En estos tiempos absurdos de dirección asistida y faros de xenon, con lucecitas de colores en el salpicadero y señales acústicas para todo sentarse al volante del R9 significa aceptar ciertas reglas.



La primera de ellas, de obligado cumplimiento, es tirar de la palanca del aire cuando intentas arrancarlo. Si no hay palanca, no hay encendido. Por eso, cuando el agente Weir intentó sentarse al volante argumentando que era lo más parecido al sedán del FBI que solía conducir en Wisconsin, tuve que hacer pequeños chasquidos con la lengua moviendo mi índice de un lado a otro.
- No, my friend, no. My car is only for me- le dije mientras amablemente le señalaba el asiento de atrás. No tanto por su desconocimiento de la primera regla, sino porque la segunda regla del R9 es que sólo yo conduzco el R9.

A pesar de su tamaño, el agente Weir parecía el típico bonachón despistado que es capaz de preguntarte dónde está la Catedral el la mismísima Praza do Obradoiro. Por eso se metió en el coche refunfuñando algo que no comprendí, pero que provocó que su compañera se riese con ganas mientras me guiñaba maliciosamente un ojo.

-Venga, arranca ya, que el camino es largo y el tiempo apremia.
Hilario utilizaba estas expresiones solemnes cuando no tenía ganas de dar explicaciones. Quería llegar lo antes posible y sabía que a estas horas el peaje de la autopista se ponía imposible. Tal vez por eso comenzó a impacientarse al descubrir que no pasabamos de noventa y que todo el mundo nos miraba al adelantarnos. Si su intención era pasar desapercibido se había equivocado de coche. Un R9 a 90 km/h por la autopista, con una pareja bien vestida en el asiento de atrás, un tipo con una camiseta de Los Suaves de copiloto y un barbudo muy feo conduciendo.

Por eso no me extrañó lo más mínimo que al salir de la autopista nos estuviera aguardando una patrulla de la Guardia Civil. Pero en lugar de pedirme los papeles del vehículo nos dijeron que llegábamos con retraso, que el concierto estaba previsto para las diez y media y que el alcalde estaba esperando por nosotros para entregarnos la llave de oro de la ciudad.

No pudimos negarnos. El agente Weir demostró ser un auténtico maestro con la guitarra y yo siempre me he defendido bien con el bajo. Hilario se sabía algunas canciones y el resto es Rock&Roll.





jueves, 8 de noviembre de 2012

James Bond, La 2 y la extraña tonteoría de los envoltorios.

Parece ser que la creatividad y el disfrute de las expresiones artísticas que muestran algunos seres humanos no es más que una forma más de seducción, otra trampa más de la naturaleza para conseguir que la vida continúe. Dicen los expertos que una sinfonía, un cuadro o una poesía son biológicamente iguales a los cuernos de los ciervos o las plumas coloradas de los tucanes. Sirven para presumir y para beneficiarse a algún miembro de nuestra especie que se deje seducir por estas cosas.


http://anima-blog.blogspot.com.es/2012/01/pistas-sobre-la-osteoporosis-en-la.html
De lo que se trata, simplemente, es de conseguir que nuestros genes pasen a la otra generación mezclados con los mejores genes disponibles en el entorno. Y como el ser humano, sobre todo las humanas son bastante retorcidas pues no es suficiente con tener la cornamenta más grande o el pelo más resistente. No señor! Para algunas hay que pintar y cantar y todo eso, y a veces ni esto es suficiente.

Todo esto lo pensaba mientras James Bond le decía a Electra aquello de que El mundo nunca es suficiente. Debo confesar que antes había visto el documental de La 2 sobre la importancia del sexo en la evolución y me quedé con la idea del arte como mero instrumento para ligar. Si si, ya se que los psicologos evolutivos y los etólogos lo expresan de otra manera, pero en realidad lo que quieren decir es que toda manifestación cultural y toda organización social busca, en el fondo, que la especie siga existiendo. Por eso viendo a James Bond comencé a pensar en las motivaciones que tendría Ian Fleming cuando creó a su personaje. Según la teoría del documental de La 2 fueron sus genes los que le impulsaron a escribir para tener más posibilidades reproductoras. Evidentemente, los genes se equivocaron pues el que ligaba era Bond, y no Fleming, y finalmente el que sigue existiendo es el personaje y no el autor.

Yo creo que lo que realmente impulsa al creador es el afán de vencer a la muerte a través del arte. Ilusamente pensamos que mientras se nos recuerde algo de nosostros permanecerá vivo.Tal vez por eso en estos tiempos de grandes descubrimientos y de aumento de nuestro conocimiento sobre las cosas hacemos todo lo posible para perdurar. Nos sentimos sobrepasados cuando descubrimos en nosotros mismos un cerebro maravilloso que nos permite hacer cosas realmente asombrosas pero que también nos demuestra que todo es efímero y que nuestra estancia en este mundo es más bien corta. Por eso intentamos dejar constancia de nuestra existencia a través de fotos, palabras, redes sociales y descendencia que nos recuerde.

Si amigos, queridas lectoras, el mundo nunca será suficiente para el ser humano porque nunca conseguiremos entender como siendo nosotros tan inteligentes y tan hábiles para cambiarlo, manipularlo e incluso destruirlo, pues resulta que al final no somos nada para el mundo, la vida sigue, la biología hace su trabajo y al final resulta que no somos más que un simple envoltorio para que la vida continúe generación tras generación. Eso si, hay envoltorios que hacen que merezca la pena dejarse vivir.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Las extrañas señales en el cielo.



Delante de mí caminaba una muchacha con medias negras y minifalda azul aunque lo que yo miraba disimuladamente era la bonita bufanda a cuadros con la que se guarecía del frío seco de principios de octubre. Extrañas señales en el cielo me habían despertado de un sueño inquieto y pegajoso en el que soñé que soñaba con un tiempo remoto en el que un hombre extraño y solitario me hablaba sin hablar. Busqué a tientas las gafas en la mesilla de noche, me incorporé empapado en sudor y comprobé que un gato vidrioso me observaba desde el otro lado de la ventana. -Pasa ghato!- le grité a modo de ensalmo, turbado todavía por las extrañas imágenes que no me dejaban pensar con claridad.

Después de un desayuno completo a base de frutos secos, zumo de tomate y zanahoria y tres rebanadas de pan integral con queso fresco salí a la calle. Ya en la acera no tenía claro hacia donde caminar (total, para lo que tenía que hacer...) y al ver las piernas de aquella morena aquella bufanda tan bonita decidí caminar hacia la zona vieja para hacer un poco de tiempo antes de acercarme a la Taberna de Beaufort para tomar unos albariños con Ramón y hablar sobre la crisis de la izquierda y sobre el montón de setas que habían dejado las últimas lluvias.

 
Iba distraído, la verdad. Tarareaba la musiquilla de una canción de los años ochenta mientras seguía cavilando sobre el absurdo sueño de la noche pasada cuando de pronto la chica de la minifalda desapareció. No, no me entiendan mal. No quiero decir que se metiera en algún comercio o que tomara alguna de las callejuelas que hacen del casco antiguo de Compostela un sitio ideal para deambular sin rumbo y sin prisas. Cuando digo que la muchacha desapareció quiero decir que dejó de estar, que caminaba tranquilamente a unos escasos dos metros por delante de mí cuando de pronto desapareció, dejó de existir, se esfumó ante mis ojos. Me detuve en seco y miré a mi alrededor, esperando encontrarme a un par de cretinos con una cámara haciendo uno de esos estúpidos programas de cámara oculta de la telegaita*. Todo parecía normal. Nadie se había detenido, salvo yo, y nadie parecía haberse percatado ni de la presencia ni de la posterior desaparición de la joven de la bufanda a cuadros.

A punto estaba de seguir mi camino cuando descubrí en el suelo un extraño libro. Su color era indefinido, diríase que cambiante y su título estaba escrito con unos caracteres que para un ignorante iletrado como yo parecían medievales, pero vaya usted a saber. Las crónicas del astillero, ponía, memorias de un futuro olvidado. Supuse que era una de esas novelas fantásticas para adolescentes que no te tienen otra cosa que hacer que leer sobre amores entre vampiros y lobishomes. Debo confesar que ante los libros tengo la misma actitud que ante el trabajo, cuanto más lejos mejor. Por eso ni siquiera me incliné a recoger aquel extraño volumen sino que disimuladamente le propiné una patada para ocultarlo debajo de un contendor mientras que miraba hacia las extrañas señales que seguían prendidas en el cielo.


 


* Telegaita: f. coloq. En determinados ambientes reivindicativos, forma sarcástica de referirse a la  Televisión de Galicia.

viernes, 19 de octubre de 2012

Error en el hipermercado.



Sor Beatriz atravesaba veloz la sección de pastas, arroces y legumbres. Había dejado el Seat Panda del convento aparcado en la parada de autobuses y como apareciese la policía local no la libraría de la correspondiente multa ni dios. Era una de esas mañanas en las que no le importaría lo más mínimo mandarlo todo al diablo. La madre superiora le había afeado su pereza a la hora de levantarse y como penitencia le había encomendado ir a comprar una olla nueva. Al ir a buscar el coche la entrometida de Sor Remedios le había preguntado una otra vez si era necesario que fuese en coche, que la gasolina estaba cara y que nada mejor que un paseo matutino para mantenerse en forma. Tardó media hora en convencerla de que estaba cayendo el diluvio y otra media en encontrar las llaves del Panda. Para colmo, al llegar al hipermercado no había sitio para aparcar por lo que tuvo que dejar el coche en la parada de autobuses. Que sea lo que dios quiera se dijo mientras se dirigía a la sección de menaje de cocina para comprar de una santa vez la dichosa olla. Y justamente cuando llegó a la caja para pagar cayó en la cuenta de que se había olvidado el monedero en el coche.

En ese mismo instante, una mujer de unos cuarenta y tres años atravesaba la sección de conservas, salsas y aceitunas en dirección a la única caja que se encontraba abierta en ese momento. Su intención era simplemente llegar antes que la monja y poder mirar en el interior de la olla cuando esta la depositase en la cinta para pagar. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar a la caja no había rastro de la monja ni de la olla. Desconcertada echó un vistazo alrededor para comprobar que la religiosa había decidido volver sobre sus pasos y se dirigía nuevamente a la sección de menaje, haciendo aspavientos con una mano mientras en la otra sostenía la olla. Como aquel embrollo estaba durando demasiado decidió que lo mejor sería acercarse a la monja y pedirle que le dejase inspeccionar el interior de cacerola para comprobar que reunía las condiciones necesarias para la venta.

Mientras tanto, agazapado detrás de los lácteos un tipo pequeño con barba observaba con tanta atención lo que ocurría en la caja tres que hizo sospechar al vigilante de seguridad. Sus sospechas se convirtieron en claros indicios de delito cuando el hombre comenzó a trotar hacia una monja que llevaba en sus manos una olla y sin el menor reparo se la arrebató de las manos. Jesús, María y José, exclamó Sor Beatriz asustada no tanto por el hombre con barba que le había arrabatado la cazuela de las manos, sino por la mujer de unos cuarenta y cinco años que de pronto había aparecido por su derecha pidiéndole que le entregase la olla para una inspección rutinaria. Por si fuese poco, se unió al grupo un guardia de seguridad que le pidió al hombre de barba que hiciese el favor de devolverle la olla a la monja y de acompañarle a la puerta. El hombre, avergonzado, le entregó la cacerola a la monja mientras le decía al guardia que su nombre era Marcelino Tomás y que las cosas no eran lo que parecían.

jueves, 18 de octubre de 2012

Marraxo & chips.



Nunca debí aceptar la propuesta de Hilario. Después de los sucesos aquí relatados y nunca explicados de forma coherente tendría que haber cerrado las puertas de la Taberna de Beaufort y marcharme para mi casa antes de que Hilario comenzase a contarme aquel extraño suceso del que nada bueno podría salir.

Pero es superior a mi. Solamente hacen falta un par de cervezas para comenzar a enredarme, y a la cuarta ya es fácil convencerme de casi cualquier cosa. De este modo, después de que los americanos acompañaran tres botellas de buen albariño con dos raciones de mejillones al vapor, cinco de pulpo y las tres docenas de croquetas de jamón que doña Sonia había preparado para el menú del día siguiente, Hilario comenzó a hablarme de que necesitaba mi ayuda para llegar a Cedeira aquella misma noche.

-  ¿A Cedeira? ¿Pero qué demonios tienes que hacer en Cedeira?
- Yo nada -me contestó mientras terminaba de un trago la cerveza- pero estos dos tienen que ir a investigar. Al parecer son expertos en ese tipo de fenómenos.
- No se que decirte, la verdad. Parecen un poco alelados, aunque puede ser por el festín que se están dando. ¿Cuánto hace que no comen?
- Ni idea, a mi me llamaron para que los fuese a recoger al aeropuerto y los llevase lo antes posible a Cedeira.
- Pues cuando descubran las raciones de marraxo van a flipar.
- ¡Es verdad! Oye, que si salimos ahora aún nos da tiempo a cenar allí. ¿Aún tienes el Renault 9?
- Por supuesto... aunque probablemente tengamos llenar el depósito a medio camino para llegar. Traga más que un banco gestionado por un político de derechas venido a menos...
- No capto el sarcasmo-me contestó Hilario- pero por la pasta no te preocupes, que pagan los americanos. Tu vete a por el coche que yo les voy explicando que esta noche cenarán traditional fish and chips of Galicia.



jueves, 4 de octubre de 2012

4


El cuatro es un número que se deja querer. De los cinco primeros es sin duda el más campechano, el que no tiene extrañas connotaciones ni estúpidas rimas. El uno es único, la soledad, el primero. El número dos es siempre el que dirige el cotarro, la otra parte de la pareja, el que puede hacer que el uno duplique su valor si te permiten llevar dos por uno en el supermercado. El tres es el tercero en discordia, los tres pies del gato, el hijo que polariza la relación de la pareja creando un triangulo invertido que puede desquilibrar una familia.

Pero el cuatro... el cuatro mola.

El cuatro aparece tan tranquilo y le dice al tres que aún necesita un uno para igualarle, y al dos le recuerda que lo dobla en número. El cuatro es la simetría, es el grupo perfecto. Los cuatro fantásticos, los Rolling, los cuatro jinetes del apocalipsis y los cuatro evangelistas. La naturaleza tiende al cuatro, hay cuatro puntos cardinales, cuatro estaciones, cuatro elementos primigenios y nuestro corazón tiene cuatro cavidades.

El cuatro es un número tabernario, indispensable para una buena partida de tute, para sentarse en una mesa a charlar y tomar unas cervezas (cada vez que pides una nueva ronda puedes llevar fácilmente dos en cada mano) e incluso para pedir un taxi y no conducir el cuatro es el número más práctico y económico.



Y que decir de las familias. En estos tiempos en los que nuestras futuras pensiones están en peligro el cuatro es el número solidario, dos hijos por pareja aseguran que en un futuro haya por lo menos una persona cotizando por nosotros. Por no hablar de la tranformación que supone convertir el triangulo asimétrico de los sentimientos paterno-materno-filiales en un cuadrado perfecto, en algo completo y estable.

Si amigos, el cuatro mola. Por eso, aprovechando que hoy es cuatro de octubre, merece la pena detenerse a pensar en las cuatro virtudes cardinales de las que ya hablaba Platón: justicia, prudencia, fortaleza y templanza. Vienen tiempos de crudo invierno en los que tendremos que hacer acopio de toda nuestra fortaleza y templanza para ser prudentes en nuestros actos y actuar de manera justa. Pero el maravilloso fenómeno de la vida renacerá con la primavera y alegremente volveremos a brindar por los presentes que nos traerá el cuarto mes del año.